Este ensayo no pretende ofrecer un inventario exhaustivo de los acontecimientos ocurridos durante el primer semestre del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez. Ese ejercicio ya fue realizado por Laboratorio de Paz en su informe “Cinco meses del interinato: Reconfiguración sin transición. Balance político, institucional, económico y de derechos humanos de Venezuela tras el 3E”, donde se documentan de manera sistemática las principales decisiones, reformas y hechos del período. El propósito de estas páginas es diferente: proponer una hipótesis de interpretación sobre las apuestas estratégicas de los principales actores involucrados en el conflicto, y los límites que han encontrado hasta ahora.
En una partida de póker no siempre gana quien tiene las mejores cartas. Muchas veces gana quien calcula mejor las del adversario y, sobre todo, quien evita sobreestimar el valor de su propia mano. Un as bajo la manga puede cambiar el rumbo de una ronda, pero rara vez basta para ganar toda la partida.
Hace algunos meses repetí la idea de que la crisis venezolana se parecía más a una partida de póker que a un juego de ajedrez. La diferencia no era una simple licencia literaria. En el ajedrez todas las piezas están a la vista desde el comienzo y el desafío consiste en anticipar el siguiente movimiento del adversario. El póker funciona de otra manera. Cada jugador conoce únicamente sus propias cartas, intenta descifrar las de los demás y decide, en cada ronda, cuánto mostrar y cuánto ocultar. Se juega con las cartas, pero también con las percepciones.
El 3 de enero las cartas volvieron a repartirse. Medio año después, la partida ha avanzado lo suficiente como para que algunos naipes hayan quedado sobre la mesa. Ningún jugador ha mostrado todavía su mano completa, pero todos se han visto obligados a revelar algunas cartas. Unas por decisión propia; otras porque las circunstancias ya no permitían seguir escondiéndolas.
Quizás el error más frecuente al analizar este primer semestre ha sido observar a cada actor por separado. Se ha discutido qué hizo el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, cuál fue la estrategia de Estados Unidos, cómo respondió María Corina Machado o cuál es hoy el estado de ánimo de la sociedad venezolana. Sin embargo, ninguna partida de póker puede entenderse mirando únicamente a un jugador. Cada apuesta modifica el comportamiento de los demás. Cada carta que uno decide mostrar obliga al resto a recalcular su estrategia.
Lo verdaderamente interesante de estos seis meses no es determinar quién va ganando la partida. Todavía es demasiado pronto. Lo revelador es otro aspecto: desde el 3 de enero todos jugaron como si guardaran un as ganador bajo la manga. El gobierno encabezado por Delcy Rodríguez apostó por la gobernabilidad; Estados Unidos, por la estabilidad; María Corina Machado llegó al nuevo escenario con el mayor capital político acumulado por un liderazgo opositor en muchos años; y buena parte de la sociedad venezolana asumió que la salida de Nicolás Maduro marcaría el inicio de la transición.
Ninguno de los actores parece haberse equivocado al identificar cuál era su principal activo. El error consistió en atribuirles una capacidad de transformación mayor de la que realmente tenían. Los ases existían. El error consistió en creer que cualquiera de ellos bastaba para ganar. La gobernabilidad no produce automáticamente legitimidad; la estabilidad no conduce por sí sola a la democratización; el liderazgo político necesita traducirse en poder constituyente; y la salida de un gobernante no equivale, necesariamente, al cambio de un régimen.
Quizás esa sea la mejor manera de leer este primer semestre: no preguntándonos quién tiene las mejores cartas, sino qué reveló cada jugador sobre la verdadera fortaleza (y los límites) de su propia mano.
Primera apuesta: hacer del tiempo un aliado
El primer jugador obligado a mover fichas fue el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez. En el póker existe una desventaja conocida: quien apuesta primero revela más información sobre su mano que los demás. Algo parecido ocurrió después del 3 de enero. Mientras los otros actores todavía evaluaban el nuevo escenario, el gobierno debía demostrar que era capaz de administrar el país.
Su apuesta parece relativamente clara. Antes de construir legitimidad, había que producir gobernabilidad. Sus retos eran varios: mantener unido al chavismo, garantizar el funcionamiento del Estado, evitar una nueva crisis económica y ofrecer suficientes señales de estabilidad para reducir la incertidumbre dentro y fuera de Venezuela. Si todo eso funcionaba, el paso del tiempo haría el resto. La normalización de la vida cotidiana terminaría desplazando a un segundo plano el debate sobre la legitimidad de origen del nuevo gobierno.
Hasta ahora, esa apuesta ha mostrado resultados. El chavismo ha conservado una cohesión mayor a la que muchos pronosticaban tras la salida de Nicolás Maduro. El gobierno ha impulsado reformas económicas que hace apenas unos años parecían incompatibles con la retórica oficial, ha construido una relación pragmática con Washington, ha proyectado una imagen de normalidad institucional muy distinta a la de los últimos años y ha mantenido el descontento interno del chavismo a raya. Desde la perspectiva de la administración del poder, pocas manos se han jugado con tanta disciplina.
Pero toda apuesta depende también de aquello que no controla.
En este caso, el principal adversario del gobierno no parece ser María Corina Machado, ni Estados Unidos, ni siquiera la oposición en su conjunto. Es el tiempo.
Porque el tiempo puede consolidar la gobernabilidad, pero también puede hacer más visible aquello que la gobernabilidad no resuelve. Una economía más estable, una administración pública más eficiente o una menor conflictividad política no responden por sí mismas a la pregunta que permanece abierta desde el 3 de enero: ¿quién tiene el mandato democrático para ejercer la Presidencia de la República?
La estrategia de los hermanos Rodríguez parece responder a un cálculo temporal muy preciso. Su objetivo no consiste necesariamente en resolver de inmediato el problema de la legitimidad, sino en administrar la transición el tiempo suficiente para llegar a noviembre, cuando una eventual pérdida republicana en las elecciones de medio término podrían reducir el margen de maniobra internacional de Donald Trump. Si ese escenario se materializa, los acuerdos económicos podrían mantenerse, pero el gobierno venezolano dispondría de una mayor autonomía para decidir el ritmo y el alcance de las reformas políticas. En otras palabras, la apuesta consiste en resistir hasta que cambien las condiciones de la partida.
Pero el tiempo no es un aliado incondicional. También puede convertirse en el principal riesgo. La expectativa que siguió al 3 de enero otorgó al nuevo gobierno un margen político para demostrar que era capaz de mejorar la economía y transformar el funcionamiento del Estado. Sin embargo, ese crédito no es infinito. A medida que transcurren los meses, los gremios recuperan confianza para volver a plantear sus demandas, mientras la ciudadanía comienza a evaluar al gobierno menos por comparación con el pasado y más por sus propios resultados. Además, la magnitud de la ineficiencia, la corrupción y el deterioro institucional heredados del chavismo plantea una pregunta que todavía permanece abierta: ¿puede un chavismo reestructurado mejorar de manera sostenida la calidad de vida de los venezolanos sin transformar las bases del modelo político que produjo precisamente esa crisis?
Esa es, probablemente, la principal incógnita de la apuesta de Delcy Rodríguez. La partida no ha demostrado que el gobierno se equivocara al apostar por la gobernabilidad. Ha demostrado algo más interesante: que la gobernabilidad era una condición necesaria, pero podría no ser suficiente. Su verdadero desafío consiste en lograr que el tiempo termine fortaleciendo la aceptación del nuevo orden político y no, por el contrario, haciendo cada vez más evidente que el gobierno de los Rodríguez tiene los mismos problemas de legitimidad que el de Nicolás Maduro.
Segunda apuesta: convertir a Venezuela en una ventaja estratégica
A diferencia de los demás jugadores, Estados Unidos nunca se sentó en una sola mesa. Mientras el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, María Corina Machado y la propia sociedad venezolana concentraban toda su atención en una única partida, Washington jugaba varias al mismo tiempo. Venezuela era apenas una mano dentro de un torneo mucho más amplio: el de la geopolítica mundial.
Por eso resulta difícil identificar con precisión cuál es su apuesta final. Algunas de sus cartas permanecen boca abajo. No sabemos con certeza qué lugar ocupa la democratización de Venezuela dentro de sus prioridades estratégicas, ni hasta qué punto está dispuesta a sacrificar otros objetivos para alcanzarla. Lo que sí muestran sus movimientos es otra cosa: la apuesta estadounidense parece consistir en que una Venezuela funcional aumente su capacidad de maniobra en el resto del tablero global.
Vista desde esa perspectiva, muchas decisiones adquieren una lógica distinta. La flexibilización de sanciones, el respaldo a las reformas económicas, la reactivación del sector petrolero y minero, y el acercamiento pragmático al gobierno encabezado por Delcy Rodríguez no necesariamente expresan una preferencia por un determinado desenlace político interno. Responden, sobre todo, a una lógica geopolítica: reducir la influencia de China, Rusia e Irán en un país con enormes recursos energéticos y minerales; fortalecer las cadenas de suministro occidentales; estabilizar los flujos migratorios; y demostrar capacidad para reorganizar un espacio considerado estratégico para la política exterior estadounidense. La reactivación de inversiones energéticas occidentales y la flexibilización de sanciones tras el 3 de enero parecen responder precisamente a esa lógica de reposicionamiento geoeconómico.
Hasta ahora, esa apuesta ha producido resultados visibles. Venezuela ha recuperado parte de su atractivo para la inversión internacional; empresas occidentales han retomado proyectos energéticos; y el país ha dejado de ocupar el lugar de principal foco de inestabilidad hemisférica que tuvo durante la última década.
Sin embargo, toda apuesta tiene un adversario. En el caso de Washington, ese adversario no parece ser el tiempo, como ocurre con Delcy Rodríguez. Es la dispersión.
Las grandes potencias rara vez juegan una sola partida. La competencia con China, las tensiones en Oriente Medio, la política hacia Cuba, la seguridad energética, la guerra comercial y las elecciones de medio término compiten permanentemente por los mismos recursos políticos y diplomáticos. Cada nueva crisis obliga a redistribuir fichas entre distintas mesas. Cada nuevo frente reduce la atención disponible para los demás. Los acontecimientos recientes en Irán y el endurecimiento de la política hacia Cuba ilustran precisamente esa presión creciente sobre la agenda estratégica estadounidense.
La dispersión comienza a tener otra consecuencia menos visible. A medida que Washington distribuye su atención entre múltiples frentes, aumenta su dependencia de la información que recibe desde Caracas para evaluar la evolución de la apuesta venezolana. Esa asimetría empieza a favorecer al gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, que tiene mayores incentivos para presentar los avances económicos e institucionales como evidencia de una estabilización política más profunda de la que realmente existe.
La recuperación parcial de algunos indicadores económicos, la reapertura de inversiones, el supuesto cierre del Helicoide, la promulgación de la Ley de Amnistía o el funcionamiento de las llamadas «mesas de diálogo» comienzan a alimentar la percepción de que Venezuela avanza hacia una normalización progresiva. Implícitamente, parece asumirse que la mejora económica terminará produciendo, por sí sola, la estabilidad política necesaria para consolidar la nueva etapa.
Pero esa hipótesis todavía está por demostrarse. Una economía más dinámica no resuelve automáticamente el problema de la legitimidad democrática ni las demandas de representación y participación que permanecen abiertas desde el 3 de enero. Y, al mismo tiempo, Washington necesita seguir presentando en todo el mundo la experiencia venezolana como una apuesta exitosa. No únicamente por lo que ocurre dentro del país, sino porque el éxito de esa mano fortalece su capacidad de negociación y de disuasión en los demás tableros donde hoy compite. Si Venezuela deja de aparecer como un caso de estabilización, también se debilita parte del argumento estratégico con el que Estados Unidos juega el resto de sus partidas.
Tercera apuesta: derrotar el desgaste
Si hay un jugador cuya mano fue probablemente mal interpretada en los primeros días posteriores al 3 de enero, ese fue María Corina Machado.
Vista desde fuera, la rapidez con la que ocurrieron los acontecimientos llevó a muchos a interpretar que su estrategia y la de Estados Unidos formaban parte de una misma jugada. La partida demostró que el vínculo era más complejo y menos lineal de lo que muchos imaginaron en aquellos primeros días. Ambos actores compartían algunos objetivos inmediatos, pero jugaban partidas distintas, con incentivos diferentes y horizontes temporales que no necesariamente coincidían.
Esa diferencia colocó a María Corina Machado frente a una tensión particularmente difícil de administrar. A diferencia del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, no controla el aparato del Estado. A diferencia de Washington, tampoco dispone de instrumentos económicos o geopolíticos para modificar el entorno. Su principal activo sigue siendo el enorme capital político acumulado el 28 de julio.
Su estrategia consiste en preservar ese capital hasta el momento en que pueda traducirse en una nueva legitimidad institucional. Para lograrlo necesita sostener un equilibrio delicado: mantener una relación de cooperación con el único actor internacional con capacidad real para influir sobre la evolución de la crisis venezolana, sin permitir que esa relación diluya la autonomía política que explica buena parte de su legitimidad ante la sociedad venezolana.
Su principal enemigo, por tanto, no parece ser Delcy Rodríguez ni Estados Unidos. Es el desgaste.
No solo la erosión que produce el paso del tiempo sobre cualquier liderazgo, sino la que genera una espera prolongada. Cada mes sin una elección presidencial obliga a administrar expectativas, contener frustraciones y evitar que ese capital pierda intensidad. Incluso la discusión sobre la fecha de un eventual regreso al país puede leerse desde esa perspectiva. No se trata únicamente de una decisión de seguridad, sino de encontrar el momento político en que ese regreso fortalezca su liderazgo, en lugar de acelerar su desgaste.
Pero esa estrategia también depende de un factor externo. María Corina Machado no solo necesita preservar su principal activo; necesita que la apuesta del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez empiece a encontrar sus propios límites. Mientras la gobernabilidad continúe produciendo estabilidad económica, reconocimiento internacional y una percepción de normalización, el margen para reabrir la discusión sobre la legitimidad presidencial seguirá siendo estrecho. Su compás de espera, por tanto, no es pasivo. Consiste en conservar intacta su mejor carta hasta que las contradicciones de la estrategia oficialista (o un cambio en el contexto internacional) vuelvan a modificar la partida y la conviertan nuevamente en un actor central dentro de los cálculos de Washington y de los demás actores internacionales.
En el fondo, la apuesta de María Corina Machado consiste en impedir que el tiempo de la política sea más rápido que el tiempo de su liderazgo. A diferencia de Delcy Rodríguez, que necesita que su propia apuesta continúe produciendo resultados, ella necesita que esa apuesta comience a mostrar sus límites antes de que el desgaste alcance a la suya. Si consigue atravesar ese período sin perder centralidad política, habrá demostrado que su lectura de la partida era correcta.
Cuarta apuesta: reconstruir la autoestima política
El cuarto jugador es también el más difícil de describir. La sociedad venezolana no tiene una sola voz, una estrategia unificada ni un liderazgo único. Sin embargo, durante estos seis meses ha mostrado un comportamiento que merece ser leído como una apuesta colectiva.
A diferencia de los otros tres actores, la sociedad llegó al 3 de enero con pocas razones para confiar en sus propias cartas. Después de años de represión, crisis económica, migración masiva, promesas incumplidas y derrotas acumuladas, una parte importante de los venezolanos había dejado de creer que su propia actuación pudiera modificar el curso de los acontecimientos. La mayor victoria del autoritarismo no fue solamente controlar las instituciones. Fue erosionar la autoestima política de la ciudadanía.
El 28 de julio alteró profundamente esa percepción. Independientemente del desenlace posterior, millones de personas descubrieron algo que durante años parecía imposible: que seguían siendo capaces de actuar colectivamente y de modificar el tablero político. El fraude impidió transformar esa mayoría en un cambio inmediato de gobierno, pero no logró borrar esa experiencia compartida. La respuesta del chavismo fue una represión de una intensidad inédita, con 17 meses de terrorismo de Estado, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), orientada precisamente a impedir que esa recuperación de la confianza se transformara en una nueva capacidad de movilización.
El 3 de enero volvió a desplazar el centro de gravedad hacia otros actores. Durante semanas pareció que el desenlace dependería exclusivamente de las decisiones del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, o de Washington. La sociedad regresó, aparentemente, al papel de espectadora.
Pero la partida ha ido revelando algo distinto.
A medida que transcurren los meses, la sociedad venezolana comienza a recuperar, lentamente, algo más que la confianza en sí misma. Empieza a reconstruir su capacidad para impulsar una agenda propia de democratización. La exigencia de elecciones presidenciales, la defensa del derecho al voto, las demandas de liberación de presos políticos o la presión por reformas institucionales vuelven, poco a poco, a instalarse en el debate público. Es un proceso todavía incipiente, pero marca una diferencia importante respecto a los primeros días posteriores al 3 de enero, cuando la iniciativa parecía concentrarse exclusivamente en los demás jugadores.
La apuesta de la sociedad venezolana consiste, precisamente, en reconstruir su confianza en sus propias capacidades. En volver a creer que no es un actor secundario de la partida, sino uno de sus protagonistas. No porque controle las instituciones ni porque disponga de mayores recursos que los demás jugadores, sino porque ninguna de las otras apuestas puede consolidarse completamente sin algún grado de aceptación, presión o participación ciudadana.
Su principal adversario no parece ser el gobierno, ni la oposición, ni la comunidad internacional. Es la baja autoestima política. La convicción, cultivada durante años, de que haga lo que haga el resultado siempre será decidido por otros.
La partida todavía no permite saber si esa apuesta tendrá éxito. Pero quizás haya comenzado a demostrar algo que pocos habrían anticipado hace seis meses. Mientras los demás jugadores ya han mostrado buena parte de sus cartas, la sociedad venezolana apenas empieza a descubrir las suyas.
Noviembre: ¿La última ronda?
Todavía es demasiado pronto para declarar un ganador. La partida sigue abierta y, como ocurre en el póker, el desenlace rara vez se decide en las primeras rondas. Sin embargo, tampoco se juega indefinidamente. Siempre llega un momento en que una carta modifica el equilibrio de la mesa y obliga a todos los jugadores a revelar mucho más de lo que habrían querido. Es posible que ese momento llegue antes de lo que muchos imaginan.
Las elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para noviembre, podrían convertirse en la última ronda de esta partida. Si alteran el margen de maniobra de la Casa Blanca, también modificarán los cálculos del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, de María Corina Machado y de la propia sociedad venezolana. Todos parecen jugar como si comprendieran la importancia de ese momento. Pero ninguno puede reconocerlo abiertamente sin revelar demasiado sobre la estrategia que ha decidido seguir.
Si estos primeros seis meses dejan una enseñanza, no es que alguno de los jugadores haya estado completamente equivocado. Es que todos comenzaron a descubrir que sus mejores cartas tenían más límites de los que inicialmente imaginaron.
Todos, salvo uno. La sociedad venezolana pasó demasiado tiempo convencida de que apenas participaba como espectadora de la partida. Desde el 3 de enero, sin embargo, ha comenzado a recuperar lentamente algo más que la confianza en sí misma: la capacidad de construir una agenda propia de democratización y de volver a concebirse como un actor capaz de influir en el rumbo de los acontecimientos. Es un proceso todavía incipiente, pero también la apuesta que menos ha revelado sus potencialidades.
Quizás noviembre no marque el final de la partida. Pero sí puede señalar el final de esta primera etapa del tutelaje, en la que cada actor ha intentado crear condiciones favorables para su propia apuesta. Lo que ocurra después dependerá menos de las expectativas construidas durante estos meses y más de la capacidad de cada uno para adaptarse a un escenario que, con toda probabilidad, volverá a cambiar. El deseo es que, cuando sea necesario, la sociedad venezolana pueda mostrarse de nuevo como un jugador con agencia propia y con buenas cartas entre las manos.




