El jardín de las formas inútiles constituye mucho más que la primera exposición personal de Eduardo Hernández Santos en dieciocho años. Su realización en el espacio Guermantes de La Habana, bajo la curaduría de Enzzo Hernández, marca el regreso de una obra que nunca dejó de producirse, aunque permaneciera durante demasiado tiempo fuera de los espacios de exhibición. La primera exposición personal en tanto tiempo es un hecho que inevitablemente obliga a pensar en los silencios que han acompañado una de las trayectorias más singulares del arte cubano contemporáneo. La muestra adquiere así el carácter de un reencuentro largamente esperado, uno que permite volver sobre la trayectoria de un artista cuyo reconocimiento dentro de la institucionalidad cubana sigue estando muy por debajo de lo que merece.
Resulta difícil comprender la historia reciente del arte queer en Cuba sin reconocer el lugar que ocupa Eduardo Hernández Santos. Durante décadas sostuvo una práctica atravesada por el homoerotismo, la experimentación formal y una sensibilidad visual ajena a los modelos dominantes de la cultura oficial. En un contexto marcado por el machismo y la homofobia institucional, esa persistencia tuvo inevitablemente un costo.
Aunque suele ser identificado principalmente como fotógrafo, su producción siempre ha desbordado cualquier clasificación disciplinaria. Su trabajo encuentra en el collage una forma de pensamiento antes que un procedimiento técnico. A lo largo de su trayectoria ha reunido fotografías, dibujos, ilustraciones, objetos encontrados, muebles restaurados, telas, cristales, pelucas, fragmentos arquitectónicos y piezas decorativas dentro de un mismo universo visual donde cada elemento modifica el sentido del resto.
En esta exposición la fotografía deja de ocupar el centro para dar paso a una serie de collages de extraordinaria densidad visual. Imágenes cuidadosamente recortadas, rasgadas y superpuestas construyen composiciones donde el deseo homoerótico convive con referencias a la historia del arte europeo y japonés. El orientalismo finisecular, la estética del japonismo, los objetos decorativos, las artes aplicadas y el imaginario decadentista aparecen entrelazados mediante asociaciones que prescinden de cualquier orden cronológico.
…Camelias japonesas concebidas por Émile Gallé, tsubas, estuches lacados, biombos, empuñaduras, catedrales góticas, Henri de Toulouse-Lautrec vestido con un kimono… Tal como lista el texto curatorial escrito por Enzzo Hernández, comparten un mismo espacio de imaginación. Las imágenes dejan de pertenecer exclusivamente a la historia para integrarse en un archivo personal donde las afinidades formales y afectivas pesan más que las categorías académicas. La obra reorganiza ese repertorio desde una lógica poética que transforma la memoria cultural en una experiencia abierta. Eduardo Hernández Santos parece encontrar en el refinamiento decorativo, el gusto por el artificio y la fascinación por Japón una vía para imaginar otros modos de sensibilidad, convirtiendo el ornamento en un territorio de libertad estética y afectiva frente a los límites impuestos por su tiempo.

Guermantes participa activamente de esta lectura. La arquitectura doméstica, el mobiliario antiguo y la atmósfera de la casa prolongan las preocupaciones del artista. Restaurador y coleccionista apasionado, Hernández Santos ha dedicado años a rescatar objetos abandonados para devolverles una existencia mediante la restauración y la intervención artística. Esa misma pulsión atraviesa toda la muestra. Cada imagen y cada objeto parecen haber sobrevivido al desgaste del tiempo para incorporarse a un paisaje donde pasado y presente dejan de oponerse.
El jardín de las formas inútiles propone, en definitiva, una celebración de aquello que la historia suele relegar a sus márgenes. El ornamento, las artes decorativas, las miniaturas, los objetos utilitarios y las sensibilidades consideradas menores recuperan aquí toda su capacidad para producir sentido. Al mismo tiempo, la exposición devuelve a Eduardo Hernández Santos al panorama cultural habanero, que siempre le correspondió dentro del arte cubano contemporáneo. Su regreso no responde a un gesto de nostalgia, sino que confirma una obra que nunca dejó de existir, cuya vigencia encuentra hoy nuevas formas de ser entendida.




