I[1]
Las circunstancias que rodearon su salida del país y su posterior fallecimiento en Puerto Rico en 1961, víctima de una enfermedad contra la cual llevaba años luchando, convirtieron circunstancialmente a Jorge Mañach en una figura problemática dentro de una Cuba convulsionada por una Revolución que transformó, sin lugar a dudas, todos los aspectos de la vida nacional. Desde la década de los años veinte Mañach ya se había constituido en uno de los intelectuales más destacados del ámbito nacional. Escritor atildado, fecundo e inspirado no pocas veces, provisto de una muy sólida cultura, hizo del periodismo una práctica cotidiana durante la mayor parte de su vida, sin desdorar la publicación de libros ni el desempeño de una cátedra universitaria. Pero, hombre de su tiempo al fin y al cabo, se vio atraído por la vida política del país, y a ella entregó no pocos esfuerzos, a pesar de primar siempre más en el el hombre de pensamiento que el de acción.
Proveniente de una familia de la pequeña 1922 burguesía villaclareña, por matrimonio pudo ubicarse quizás en un escalón más alto, al ser su suegro rico comerciante, lo que le garantizó desenvolverse en medios habaneros de gran solvencia económica (y no difícil reconocimiento politiquero).[2] Traer esto a colación pudiera parecer cosas de un elemental mecanicismo para explicar a Mañach, pero en su caso resultaba un factor importante para intentar un primer acercamiento a su quehacer integral, no exento de contradicciones y desgarres. De todos es sabida su larga vinculación al periódico cubano de mayor conservadurismo, rayano en la más franca reacción casi siempre, como lo fue el Diario de la Marina. Fundador y alma intelectual del partido político conocido como ABC, perfectamente encasillado dentro de un ámbito pequeño burgués que, si bien ostentaba una definida postura nacionalista, no resultaba menos conservador en los aspectos social y económicos. Consecuente con estas vinculaciones suyas, Mañach era un convencido anticomunista, como lo probó en algunas de las numerosas polémicas en las que se vio envuelto, pues parece ser que la polémica intelectual era un campo de cultivo ideal para su quehacer ideológico, en general tratado de mantener en planos de dignidad y respeto. Faltos de acuciosos estudios internos que analicen sus posturas y el medio en que se desenvolvió, No intentamos, por razones muy obvias, abordar este aspecto aquí, sino solo anotar su existencia. Para algunos, el gran drama de Jorge mañas fue el tratar de ser el ideólogo oculto y consciente de una burguesía que nunca lo reconoció como tal, porque no estaba a su altura.
Sin embargo, si existe una figura ante la cual mañana se sintió perenne y fuertemente atraído, esa fue, sin dudas, la de José Martí, un escritor de altísimo rango, pero también un revolucionario radical. ¿Cómo un hombre que proyectó su vida desde posturas personales y políticas conservadoras pudo sentirse tan atraído por el revolucionarismo radical de Martí? Y, ¿hasta qué punto su comprensión de martino se vio lastrada por prejuicios clasistas? De entrada, superboard martiano es incuestionable y está firmemente documentado en los muchos textos que le dedicó. Un acercamiento primario a la producción martiana de Mañach nos permite agruparla en tres etapas. La primera comienza, al parecer, con unos artículos publicados en el Diario de la Marina en 1922 —tenía entonces venticuatro años— en los que muestra sus preocupaciones Sobre la recepción martiana y la justa valoración de su figura. Al año siguiente dedica otros 2 artículos a la visita que hizo en compañía del pintor Edelmann a la única hermana sobreviviente de Martí, Amelia, visita que preludia su más importante y popular obra en este campo, su biografía Martí, el apóstol, hecha a pedidos de una editorial española, y aparecida en 1933. Durante esta primera etapa de sus colaboraciones martianas, tienen marcados relieve unos 15 artículos publicados en el periódico El País, hasta 1933 y que hoy corren el riesgo de perderse, dado el estado en que se encuentran las colecciones de ese periódico existente en el país. Culmina la etapa su panegírico El pensamiento político y social de José Martí, Ofrecido en sesión solemne con la cual el senado de la república —al que pertenecía entonces— conmemoraba el natalicio del apóstol, la noche del 28 de enero de 1941, texto sobre el cual volveremos más adelante.
La segunda etapa de sus publicaciones martianas puede ubicarse en la década que sigue a 1945, la cual tiene su ápice en la conmemoración del centenario del nacimiento del apóstol en 1953, ilustrada sobre todo por el medio centenar de artículos que publicara en el Diario de la Marina, muchos de ellos integrantes de un texto mayor suyo titulado Espíritu de Martí, aparecido posteriormente en varias formas (incluso como texto mimeografiado de sus clases en la Universidad de la Habana), pero que aún espera por una edición más definitiva, completa y rigurosa. Deben destacarse también durante ese lapso sus diez artículos martianos aparecidos en la muy leída entonces revista Bohemia, que junto a sus regulares intervenciones por televisión y radio —su bien recordada Universidad del Aire— le ganaron respeto y popularidad en amplios sectores del país, con seguridad mucho mayores que los que obtuvo con sus campañas políticas. Alrededor de la fecha del centenario son varios los textos que publica en distintos órganos,[3] pero con posterioridada a 1955 —la tercia etapa— su producción martiana decae a títulos esporádicos o a la reaparición de viejos artículos. Así, aparte de sus textos editados en libros y folletos, la producción martiana de Jorge Mañach ronda el centenar de artículos publicados en periódicos y revistas. Y su importancia no radica principalmente en este dato cuantitativo, sino sobre todo en la evidente calidad de ellos.
La escasez en Cuba de estudios detenidos sobre la figura y obra de Mañach dificultan un primer acercamiento crítico rápido a ellos,[4]dado lo extenso y complejo de su trayectoria en tiempos que todavía resultan casi vírgenes para nuestra historiografía, sobre todo esa década del 40 tan falta de visiones completas y objetivas. Por lo tanto, no pretendemos dar en esta intervención un juicio abarcador sobre la materia, sino sólo puntualizar la necesidad de su estudio, aprovechando la coyuntura propicia de celebrarse en 1998 el centenario de su nacimiento. Puestos en el dilema del poco tiempo disponible para esta exposición y la vastedad de una materia poco estudiada, pasamos ahora a seleccionar fragmentos de textos de Mañach sobre Martí para conocer de primera mano, aunque sólo sea en calidad de muestra, algunas de sus opiniones y valoraciones al respecto. Para eso hemos escogido sus dos primeros artículos sobre Martí y el panegírico El pensamiento político y social de José Martí.[5]
II
Ya desde sus estancias estadounidenses o europeas, el joven Mañach había enviado ocasionales colaboraciones a alguna publicación habanera, como el Diario de la Marina y Bohemia, y a su regreso a Cuba en 1922 consigue una columna regular en el Diario de la Marina bajo la denominación de “Glosas”, título que da a una recopilación de ellas en forma de libro aparecida en 1924. Pero en ese mismo año de 1924, a partir del 9 de junio, las “Glosas” comienzan a aparecer en el periódico El País, lugar en donde permanecerán durante toda la década siguiente, pues no será hasta el 11 de febrero de 1945 cuando reaparezca de nuevo en el Diario de la Marina. Pero ya en el período inicial de las “Glosas” en ese periódico, entre 1922 y el primer semestre de 1924, el tema martiano se fue abriendo paso entre sus preferencias, de manera algo lenta al comienzo, pero sí significativa.
La primera colaboración de Mañach sobre el tema martiano que hemos podido encontrar tiene fecha del 15 de noviembre de 1922, y apareció bajo el rubro genérico de “Glosas trashumantes” en las páginas del Diario de la Marina. Lleva por título “El Apóstol y el habitante”, y resulta reveladora de las características de su autor en ese momento, pero, también, hasta cierto punto, premonitoria de su futuro quehacer en ese campo. El mismo título es significativo, pues por un lado tenemos el epíteto de “apóstol”, que estará ligado a la famosa biografía que Mañach le dedicará al héroe cubano, y, por la otra, alude a un vocablo de la terminología popular, a la cual gustaba Mañach ocasionalmente referirse, pero manteniendo cierto distanciamiento. Algo así como “descender” a lo popular. Pero vale la pena, para apuntar matices reveladores, detenernos en este artículo.
En primer lugar, el vocablo de “habitante” utilizado por Mañach, al parecer usual en su época, ha permanecido bastante vigente en sus connotaciones básicas. Según Esteban Rodríguez Herrera, habitante es “vocablo muy vulgar que la plebe aplica al de su misma casta que vive en el desamparo, carente de recursos y abrigo permanente, deambulando en todas direcciones como todo vago. El epíteto es despectivo”.[6] Al utilizarlo, vemos cómo Mañach “desciende”, buscando un punto de vista extremo para indagar en la recepción martiana, pero que ya su elección supone una prevaloración despectiva. Como un instrumento indagatorio en toda su obra, Mañach suele preferir la contraposición de puntos de vista opuestos, a la manera socrática entre interlocutores bien diversos. Esta forma de mover ideas en sus adversos y reversos va a ser senda muy transitada por él, que lo llevará durante toda su larga trayectoria periodística a mantener las más disímiles polémicas.[7]
En el artículo “El Apóstol y el habitante”,[8] Mañach se propuso meditar sobre la recepción martiana en dos vertientes: la construcción de monumentos conmemorativos y la visión que de él tenían sectores contrapuestos de la población. Para eso retoma el interlocutor habitual en muchas de sus “Glosas”, una mujer culta, elegante, aristocratizante, y pone en su boca valoraciones negativas extremas acerca de las bondades estéticas de la modesta estatua amarillo existente en el Parque Central de La Habana. Excusado en la imaginaria personalidad femenina, las valoraciones resultan punzantemente impertinentes.
Tras lo anterior no es difícil entrever al joven presuntuoso, crítico de artes plásticas, cáustico al juzgar los valores estéticos, en una despiadada crítica que el propio Mañach enmendará en años posteriores, pues con el paso del tiempo y la construcción del obelisco y la estatua martiana en la entonces llamada Plaza Cívica, en la década del 50, la del Parque Central se va transformando en “el viejo y querido monumento”, que seguía siendo “de los 2 que la capital le ha alzado al apóstol, el único acordé con la sencillez de su espíritu”,[9] pues “esta estatua, modestita y todo como es, o tal vez por lo mismo, tiene connotaciones sentimentales y hasta un simbolismo de ubicación central que el monumento aparatoso llamado La Raspadura nunca logrará tener por su cuenta”.[10]
Pero en el artículo de 1922 supuestamente quien le sale al paso a su amiga esteticista es un “habitante”, un desempleado, o quizás un vago, que vegetaba a la sombra de la estatua. A Mañach lo seducía a la posibilidad costumbrista, qué tan buenos antecedentes tenía la literatura cubana, y esta, con muchas de sus glosas, trato de transitar esos caminos. El aula popular del habitante la intenta remedar, sobre todo, mediante la sustitución de “l” por “r”, el apocope y algunos recursos convencionales. Pero esta defensa popular del apóstol, Mañach la desvirtúa cuando, despedida la impertinente señora, trato de convencer al “habitante” de que ella tenía su poco de razón, y lo logra, pero sobre todo no mediante razones, sino debido a pagarle “una media de laguer y una breva”.
Las conclusiones que el articulista saca del incidente retratan a Mañach de cuerpo entero:
“Esos gestos de patriotismo tuerto, esa hipersensibilidad, ese humor, susceptible a toda crítica, que atañe, en bien o en mal a nuestros temas sublimes, ese culto de los símbolos con descuido de la realidad, ese hero-worship que no tolera comentarios ni contra la estatua del héroe ¿no representa un extremo de nuestra opinión nacional, el prejuicio que pudiéramos decir plebeyo?
Frente a él está el otro, el de los patricios del día, que ya ‘no se hacen ilusiones’ y lo ven todo perdido.
¡Qué rica amalgama, amiga mía, pudiera hacerse entre ese romanticismo de los de abajo y ese cinismo de los de arriba!”
Es decir, ni con los de arriba ni con los de abajo, sino con los de esa medianía tras la que transparenta esa clase media de la que Mañach se sentía portavoz, y de alguno de cuyos valores —buenos y no tan buenos— fue alabardero y hasta arquitecto, incluso mucho más allá de lo que esa misma clase como tal estaba dispuesta a reconocer.
Pero de paso valga resaltar la habilidad del joven periodista, que a los veinticuatro años era dueño de una prosa suelta y hasta elegante, en donde la amalgama de casticismos, populismos, anglicismos y tecnicismos no era óbice para alcanzar un sello propio. Y valga la amenidad de una exposición ágil para tratar un tema nada frívolo, y que dentro de la línea de devoción martiana que inicia, presenta uno de los leit-motiv de su futura prosa periodística: la recepción martiana y la forma en que ésta se lleva a cabo.
Con “El apóstol y el habitante”, Mañach iniciará una larga lista de artículos periodísticos dedicados a Martí, que rebasará el centenar y transitará toda su producción literaria, conjugados con otros textos de mayor envergadura —la biografía, numerosas conferencias— y que lo ubican entre los escritores que más asiduamente han vuelto al imán martiano. Por de pronto, al mes siguiente del mencionado artículo, el 17 de diciembre de 1922, las páginas del Diario de la Marina recogen otra de sus “Glosas” dedicadas al héroe nacional: “Honrando a Martí”, que trata esta vez del cambio de nombre de la calle de Paula por el de Leonor Pérez. Es de señalar cómo el tono algo distanciado e intelectualista se tiñe de fuertes matices emocionales.
Mañach, al darse cuenta del ímpetu admirativo de su prosa, trata de excusarse ante su ficticia y pertinaz interlocutora: “Discúlpeme usted estas grandilocuencias, señora. Usted sabe que me disuenan los superlativos; pero es que el tema es superlativo de por sí y suscita los únicos lirismos que son perennes y que no ensordecen la vida.”
Al año siguiente vuelve al tema martiano —21 de febrero de 1923— al recordar, a propósito de la idea de erigir una estatua al Apóstol en Nueva York, su visita al “Orfelinato Martí para huérfanos de guerra”, cerca de París, y llegar a la conclusión de que “en cada lugar de la tierra donde haya muchos cubanos, debía de alzarse un monumento como aquél, a la palabra luminosa del Maestro —algo más que la mudez de una estatua, algo que recordase su vida, toda acción y generosidad”. Con lo que continúa su línea de atender las vías de la recepción martiana, que adquiere su punto más fervoroso cuando, a principios de 1924, visita a la única hermana viva del Apóstol, Amelia, en su modesta casa del callejón de Montero Sánchez, en el habanero barrio del Vedado, introducido por Edelman, el pintor amigo de Martí. Allí se encuentra *por primera vez el retrato al óleo que le hiciera Norman y que luego el propio Mañach copiará. Y lee emocionado cartas autógrafas del Apóstol. Según cuenta en sus hermosos artículos “La hermana dé Martí [I y II]”, aparecidos en el Diario de la Marina los días 11 y 12 de enero de 1924, después varias veces reproducidos en otras publicaciones, y que lo ponen ya en la vía de atesorar testimonios que luego tendrán cauce en su biografía de Martí.
III
Al comenzar a valorar el pensamiento político y social del Apóstol, Mañach trata de precisar primero cuándo surge la creencia política en Martí, y rastrea cómo, a partir de El Presidio Político en Cuba, la emoción política se va acrisolando en pensamiento político, cosa que para él adquiere ya plenitud el 24 de enero de 1880 en su memorable “lectura” de Steck Hall. Comenta Mañach que es “ahí, en ese largo, férvido, meduloso discurso (que todos los niños cubanos debieran estudiar en las escuelas junto con la carta al New York Herald y el Manifiesto de Montecristi) donde el Apóstol comienza a poner en claro su pensar sobre las realidades cubanas. Lo que hasta entonces se había formado era sólo la sensibilidad, sólo los criterios” (p. 7).
En esa prehistoria de la formación de su pensamiento político Mañach destaca dos factores emocionales. Uno, revelado ya desde sus cartas de la infancia, es el convencimiento que Martí tuvo de su índole sensitiva y generosa: “ternura, desinterés, celo vivísimo de su obligación, sensibilidad al dolor que no se merece, a la autoridad que lastima… Y voluntad de sacrificio”. El otro factor emocional, ya de la madurez, es “la nostalgia”, “la emoción del alejamiento de Cuba”: “nostalgia quemante y creadora”, que le permitió exagerar sin mentir. Así, señala Mañach: “Exagerando el dolor de Cuba alimentó Martí el redentismo y movió a los demás exiliados, heridos de la misma dulce llaga; exagerando el querer y las virtudes potenciales de su pueblo, pudo henchir de promesa la imagen de la patria futura y comunicar su convicción de que era una patria que valía la pena de ser ganada. Sin eso, tampoco se comprendería el optimismo de su pensamiento político” (p. 8).
En el campo de las experiencias, el destierro de Martí tuvo tres escenarios: España, la América indoespañola y luego los Estados Unidos. En España “Martí cobró la noción de la incompatibilidad histórica, del destino propio de su isla”: “La vocación americana de su isla cobró, en la tristeza de España, una alegre nitidez”. En México, Venezuela y Guatemala descubrió tierras de doble haz: de culturas superpuestas, de razas discordes, de confusas y contrarias voluntades, manifestadas en una falsa libertad; allí, expresa Mañach: “Con el ensueño de su misión americana, le nació […] al desterrado el más viable anhelo de una Cuba real, que por ninguna de sus partes sonara a hueco, donde pudiera asentase una república igualmente escarmentada del doctrinarismo postizo y del escolasticismo colonial” (p. 9).
El tercer momento del destierro martiano enfrenta a Mañach con una de sus posibles contradicciones respecto al héroe cubano. Mañach, formado en universidades estadounidenses, muy permeado por las formas.de vida y cultura del país norteño, debía definirse ahora respecto a la posición martiana ante ese país. Así expresa:
“Fueron luego los Estados Unidos. Allí, por el contrario, se daba la repudiación voluntariosa de todo lo tradicional, el triunfo de la libertad, la certidumbre de la democracia como cosa hacedera cuando el sentido común la asistía.
Pero Martí no se deslumbró. Vio en las entrañas y las halló de monstruo. De monstruo por lo vastas, por lo caóticas, y por ciertos movimientos como de apetito continental que ya en su época exhibía el dinosauro [sic]. Como los augures, Martí leyó en aquellas vísceras. Leyó la tentación imperialista, que se bautizaba entonces de “destino manifiesto”. Vio que a aquella libertad doméstica, con ser tan ancha y deleitosa, algo le faltaba; era todavía una agria libertad, una libertad de escuetos derechos y deberes; pero sin ternura, sin aquellas formas más blandas del respeto que son el goce mayor y la mayor dignidad de los hombres. En aquella tierra a la vez generosa y sórdida, observó cómo la técnica no dejaba aún nacer la cultura y cómo el dinero amenazaba agostarlo todo. Percibió, en fin, que en lo más hondo de aquel crisol inmenso, por debajo de los aluviones europeo que lo mantenían alimentado y en plácida ebullición, hervía ya con sorda violencia el conflicto del tiempo venidero: “la pelea de los hombres de labor contra los hombres de caudal”. Comprendió todo lo que esa pugna significaría para el mundo cuando a la abundancia de oportunidades sucediera la precariedad de ellas; cuando, agotada la fortuna o agarrotado, por la concentración del capital, el espíritu de empresa, se tomara pretexto del desajuste funcional del proceso económico para erigir lo transitorio en permanente, para estereotipar a los hombres en clases infranqueables y levantar, sobre esas bases precipitadas, una filosofía apocalíptica, transida de rencor y de odio. Martí vio o adivinó todo eso, aunque hoy algunos quieran olvidarlo y quiso para su Cuba liberada un pueblo de riqueza bien distribuida, que viviera todo él pacíficamente en el disfrute de iguales oportunidades de trabajo.” (p. 10)
Al indagar sobre cómo se nutre de su época su pensamiento social y político, Mañach señala que Martí surge en la arista misma donde el siglo quiebra su doble vertiente: la romántica y la positiva. Sus indudables características románticas están contenidas, frenadas, equilibradas “en él por la percepción vivísima del sentido objetivo y científica con que su siglo reaccionaba a los excesos anteriores del entusiasmo y la fantasía”. Así, en su obra pueden destacarse “tres elementos principales: uno de estimulación, fundamentalmente poético; otro de visión, adoctrinador y realista; otro, en fin, de organizador, de acción práctica, cautelosa y calculadora” (p. 11).
Sin embargo, Mañach reconoce que si en Martí existe “una idea maestra, una idea madre de la cual todo su pensamiento es una coherente proliferación, esa idea es esencialmente romántica”, que para él pudiera llamarse “idea armonista”, de un “armonismo cósmico”, según se desprende del análisis de algunas citas martianas, idea basada “en la certidumbre de una esencial e imánente unidad de todo lo real. Así el espíritu como la materia, todo es naturaleza”: “El mundo está presidido por ley de amor, que todo lo atrae y junta y vincula”. Según Mañach, alrededor de este principio se aglutina no sólo su pensamiento filosófico, sino también su pensamiento práctico: “De ahí procede, por deducción analógica, la teoría cultural, la teoría ética, la teoría social, la teo- ría política de Martí. Al fondo de esasdoc^* ñas particulares está la confianza en el unitario de la naturaleza, en la capación progresiva del ser para alcanzar su integración última, en la aptitud instintiva del hombre para armonizarse, por el amor, hacia la plenitud final de sí mismo” (p, 13).
El romanticismo puro, que había sido en gran medida un heroísmo retórico y como al revés, una sublimación de la debilidad, hízose en el Apóstol cubano heroísmo práctico, tarea de vida y no de literatura, afirmación gozosa y dolorosa del amor y del deber. (p. 14)
Para Mañach las dos manifestaciones principales del pensamiento político martiano, su “ala” y su “raíz”, son lo que llama su mística libertaria y su realismo político-social. La denomina mística libertaria por el acento religioso y casi trascendental con que Martí la expone, y de ella se originan sus postulados de la libertad colectiva como necesidad y como deber histórico: es la exigencia íntima del espíritu de sentirse en plenitud y ver reconocida su propia dignidad. Y Mañach repite la definición expuesta por Martí en La Edad de Oro, que considera “una de las más nobles y precisas definiciones de la libertad que se hayan jamás escrito” (p. 16): “libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y hablar sin hipocresía”. La libertad del grupo es también su posibilidad de elegir libremente, de buscar libremente su propio destino. Martí “no quería una patria sólo rica, ordenada y bien regida; quería una patria austera. Que fuese dueña de sí hasta para errar, hasta para conquistarse su personalidad en el dolor» (p. 17). Mañach reconoce que para Martí la libertad no era sólo un valor paramental o de filosófico amor propio, sino también una condición de eficacia social, de utilidad histórica. No solamente somos más dignos cuando somos libres, sino que somos más fecundos para el servicio humano” (p. 17).
Advierte el Maestro que no es libertad ni es democracia todo lo que como tal ha venido reluciendo. Y basándose en palabras martianas, Mañach lo exonera de ese liberalismo primario y romántico que la pereza le imputa, revelándolo como un heraldo de las ¡deas societarias contemporáneas. Como está filosóficamente fundado en el hombre, y no en el individuo, su pensamiento se anima de un profundo sentido social. El individuo no resulta potenciado para Martí, sino en función de sú ámbito humano. Y Mañach no duda en afirmar que “una franca dimensión colectivista se insinuaba, pues, en el pensamiento de Martí” (p.21). Al comienzo de nuestra intervención aludíamos al conservadurismo de Mañach, casi olvidado como vemos, cuando se identificaba con el atrayente ámbito martiano. Sin embargo, consecuente consigo mismo, Mañach trata de atajar algo este desboque socialista:
“Pero nada más que eso estamos autorizados a atribuirle. Que no se intente ahora, por menesteres actuales de propaganda, presentamos a un Martí precursor del radicalismo
social. Sobre sus ideas al respecto no puede existir género alguno de dudas. En el conflicto de las humanas fortunas, la ternura nativa le pone del lado de “los pobres del mundo” y frente a las clamantes injusticias sociales. Pero hay también en él un difuso aristocraticismo de artista, y sobre todo, una intensa observación de la variedad humana, que pugnan con la tentación igualitarista del demócrata” (p. 21).
Aquí podríamos señalar por parte de Mañach esa tendencia, al parecer casi siempre inevitable, de arrimar la braza a su sardina, práctica nada difícil de encontrar en muchos otros exégetas martianos de diversa tendencia, tanto de antes como de ahora. Pero en realidad Mañach hace más, pues llevado de su obsesión anticomunista intenta, por lo menos en una ocasión, una interpretación de las palabras martianas que bordea la tergiversación. Así llega a decir que Martí “Advierte que hay ya en pie ‘una nobilísima tendencia para hacer innecesario el socialismo” (p 22). Pero antes de esa cita Martí sí ha señalado que “Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo. ” (XV: 389), Es decir, Martí glosa— y lo dice claro— cómo en todo su artículo “La futura esclavitud”, el pensamiento de Spencer dándolo a conocer a sus lectores, pero sin que eso signifique que comulgue expresamente con lo que se expone allí. ¿No advertiría esto el en otras ocasiones sagaz Mañach? ¿O presionado por arrimar la brasa a su sardina leería en forma apresurada este momento en que Martí expone argumentos ajenos para que el lector saque sus propias conclusiones?
Como el tiempo apremia, sólo podemos, para terminar y ofrecer otra cara de su visión martiana, darle de nuevo-la palabra a Mañach en un tema que es de suponer le resultaba también problemático: el antimperialismo martiano. Veamos lo que dice al respecto, después de citar la última carta de Martí a Mercado:
“Por primera vez en la América nuestra, se hablaba con tal seguridad, aunque la palabra no se mencionara, del “imperialismo yanqui”, el concepto que luego había de servir de clave a todo un largo período de agitación continental. ¿Hasta qué punto estaba injustificada la aprensión de Martí? ¿Cuánto había en ello de peligro real y cuánto de latina o retórica prevención? No puedo sino limitarme a sugerir, señores, que, a estas alturas de nuestra historia, el peligro puede parecemos que no lo fue, sencillamente porque creemos que ya pasó —al menos en su forma más directa y ostensible. Pero en los días de Martí, las intenciones eran más claras, y más crudas las palabras; y es probable que si unas y otras no se tradujeron en mayor realidad, se debe precisa y principalmente a la resistencia moral que el propio Martí le opuso suscitando la segunda Revolución cubana. La distinta suerte de Puerto Rico debiera bastar a demostrarlo.
Mas, aun hoy, no estamos viendo cómo, a la sombra enrojecida de la actual perturbación internacional, todo un senador de los Estados Unidos ha presentado al Cuerpo de que forma parte un proyecto de resolución congresional enderezado a gestionar la incorporación de Cuba a la Federación norteamericana…? ¡Allá en Oriente, las cenizas sagradas de Martí deben de haberse agitado en su tumba! Y aunque esa ocurrencia carezca de mayor relieve, yo no puedo dejar de decir aquí esta noche, ante las autoridades sumas de la República que seguramente han de aprobármelo, ante el Cuerpo Diplomático que nos ha de servir de honroso testigo, que el pueblo cubano —todo el pueblo de Cuba que nosotros representamos— considera el infortunado proyecto como un frívolo atentado a la conciencia y a la dignidad histórica de esta Nación, y que si en Cuba hay, como en apoyo se aduce, cubanos que secretamente aprueban semejante deserción de nuestro destino, serán todavía escasos representantes emboscados de aquella “urbana y financiera manera de pensar” que Martí una vez denunció; pero no serán cubanos verdaderos, no serán de los que, como el Ápostol prefirieron, a la paz próspera bajo un amo extraño, el austero aprendizaje de la dignidad en la escuela de la responsabilidad propia.
No era, pues, tan irreal ni tan remoto el peligro que Martí oteó. Entendida su empresa histórica a la luz de aquella íntima y solemne carta a Mercado, podemos decir que el pensamiento revolucionario del Apóstol cubano tuvo una dimensión aun mayor que la que sus propios contemporáneos sospecharon: que su propósito fue asegurar el destino íntegro de América rescatando para la libertad a Cuba y a Puerto Rico, “las dos islas que habían de salvarse juntas, o juntas perecer en el recuerdo de los pueblo libres”. Esa previsión fue la que le confirió a Martí su rango más que cubano, su rango americano de libertador” (p. 29-30)
Creo que la anterior cita se explica por sí misma, y lamentamos no poder extendernos, por falta de tiempo, en otras interesantes indagaciones sobre cómo Jorge Mañach analizó el pensamiento político y social del apóstol. Sí, antes de terminar, debemos recordar el énfasis que Mañach puso en lo que llamó la ética política martiana, que implicaba su doctrina de la conducta cívica y del ejercicio de la autoridad, ya que “lo moral y lo político son casi consustanciales en el pensamiento del apóstol”, pues, como en la ética individual, la conducta pública se debe normar también por los imperativos del amor y del deber (p. 23). Creo que Mañach trató de mantenerse dentro de la ética martiana cuando se refirió a su ideario, a veces a contrapelo de prejuicios y resquemores personales, los cuales trató de sortear casi siempre en forma lo más honesta y rigurosa que pudo.
La labor martiana de Mañach resultó, sin dudas, muy amplia y hasta compleja. Puede hablarse de una evolución de sus ideas al respecto en sus últimas décadas de vida, evolución que algunos consideran una involución. Sin embargo, a pesar de no contar todavía con toda la información necesaria, creo difícil que Mañach llegase en alguna ocasión a traicionar conscientemente el pensamiento de Martí, como han expresado algunos. Incluso, me inclino a pensar que lo que sí se ha tergiversado más es lo que dijo Mañach sobre Martí. En realidad, fuera de su, al parecer imbatible, Martí, el apóstol, la obra martiana de Mañach resulta poco conocida y leída hoy día en Cuba. Esperamos que con motivo del centenario de su nacimiento pueda publicarse la selección de artículos suyos que preparara el Centro de Estudios Martianos. Y quizás pudiera pensarse en una edición cuidadosa de su Espíritu de Martí. Mientras, lo que sí me atrevo a afirmar, con plena certeza, es que la historia de la recepción martiana en Cuba no puede realizarse sin dedicarle un amplio espacio a la labor de Jorge Mañach.
Julio de 1997
Notas:
[1] Versión de la ponencia presentada en el Coloquio Internacional “Cien Años de recepción martiana”, efectuado en el Centro de Estudios Martianos de La Habana, entre los días 17 y 19 de julio de 1997.
[2] Mañach había nacido en Sagua la Grande, población de la antigua provincia de Las Villas, el 14 de febrero de 1898. Falleció en San Juan de Puerto Rico, el 25 de junio de 1961.
[3] Entre los más destacados “José Martí” en la Revista Cubana (1949) y “Las direcciones del pensamiento de Martí”, en el Boletín de la Academia Cubana de la Lengua (1954).
[4] En Cuba, en estos últimos treinta años, sólo recordamos esporádicos artículos periodísticos de Abilio Estévez, Jorge Luis Arcos, Rafael Rojas y Jorge Domingo, además del prólogo de Luis Toledo a la última edición cubana (1990) de Martí, el apóstol. Fuera de Cuba la bibliografía es más extensa, incluyendo libros como el de Andrés Valdespino Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas (Miami, 1971).
[5] El pensamiento político y social de José Martí. Discurso que leyó en sesión solemne del senado, conmemorativa del natalicio del Apóstol, la noche del 28 de enero de 1941, el Dr. Jorge Mañach, senador por Oriente. La Habana, Edición Oficial del Senado, 1941. Todas las citas que haremos, cuyas páginas puntualizamos, están tomadas de este folleto.
[6] Esteban Rodríguez Herrera: Léxico Mayor de Cuba. La Habana, Editorial Lex, 1959, vol. II, p 86.
[7] Polémicas de tipo político o literario, o de otras especies, las mantuvo, a guisa de ejemplo, con figuras tan diversas como Juan Marinello, Eduardo Chibas, Raúl Roa, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Raimundo Lazo, Gonzalo de Quesada.
[8] “El Apóstol y el habitante”. Diario de la Marina, edición de la mañana. La Habana, p. 15, 5 de noviembre de 1922.
[9] “Canaricultura. Aguja de marear”. Diario de la Marina. La Habana, septiembre de 1959.
[10] “La estatua y su ámbito. Aguja de marear”. Diario de la Marina. La Habana, 8 de abril de 1956.

