Jorge Mañach fue mi profesor, no mi maestro. La distancia que separa esas dos palabras explica quizás la naturaleza de las complejas relaciones que el periodista y catedrático universitario, fundador de la Revista de Avance, estableció con el mundo intelectual de su tiempo. Buen prosista, se le reprocha su exceso de empaque, de casticismo. Su dominio era el de la oratoria académica. Cuando improvisada, libre de latiguillos, parecía estar leyendo un texto, bien pautado en sus puntos y comas. Cuando leía, antiguo alumno de declamación en universidad norteamericana, introducía con habilidad la vacilación del que improvisa. Cumplía puntual su horario docente. Ni más, ni menos. Explicaba historia de la filosofía, tomando como base a Julián Marías, sin olvidar cierta fascinación juvenil por don José Ortega y Gasset. Pero en este terreno, como en otros, sorteaba obstáculos. Nos recreábamos en Heráclito y Parménides, pero rara vez llegábamos a Sócrates.
Así, en ese permanente intento por evitar dificultades, Jorge Mañach las encontró por todas partes. Tropezó con Raúl Roa que, por su comportamiento hirsuto, se colocaba en posición de antagonista natural. Tropezó con Rubén y, más tarde, con Lezama. Se distanció sin remedio de su amigo Marinello. Los hombres de la vanguardia artística lo veían con recelo, desilusionados por el eterno evadir de compromisos y por el acomodamiento a un estilo de vida diseñado por el establishment neocolonial.
En un breve ensayo sobre Gracián y Martí, Fina García Marruz contrapone la cautela a la entrega. Salvando las distancias, podría decirse quizas que, para Mañach, en muchos planos de la vida, incluido el trabajo intelectual, la cautela resultó un auténtico grillete. Dejó textos con penetrantes observaciones de crítico de arte, pero mantuvo distancia respecto al movimiento de vanguardia impulsado por sus coetáneos. Fue cronista y descubridor de su ciudad. Su indagación del choteo sigue siendo referencia necesaria para los estudiosos de la cultura cubana. Había descubierto una veta, pero no advirtió la riqueza del filón que conducía a los fundamentos de una cultura de resistencia.
El ocho de mayo de 1953 los estudiantes universitarios organizamos, como repudio al dictador Batista, una manifestación en homenaje a Guiteras. Al final del recorrido, en la escalinata universitaria, se le pidió al profesor Jorge Mañach que dijera algunas palabras. Afirmó entonces que la acción de los golpistas había contado con el respaldo y la anuencia de los Estados Unidos y —en términos más precisos— que respondía a los intereses del gran capital norteamericano. Ese era el responsable verdadero y era el que debía ser atacado. Su conducta posterior no estuvo de acuerdo con lo que su inteligencia le dictaba. Al cabo, con el gesto y con la palabra, se colocó del lado del imperialismo. En el dilema entre el pensar y el hacer, la cautela frenó las posibilidades de la única lucidez posible, la lucidez apasionada.
Dra. Graziella Pogolotti

