La presentación de la novela antecedió al coágulo. El coágulo se formó en la yugular y se extendió a todo el brazo, como una idea estúpida, pero crónica, imposible de desintegrar. En la presentación, el autor leyó un fragmento que refería a animales. Animales en un acuario. Animales y niños. Al pronunciar el nombre de un animal, uno muy específico, mi cerebro se disparó convertido en coágulo, pero coágulo fugado. Enlacé su dictado con una idea de El cuerpo utópico, de Michel Foucault: “Después de todo, los niños tardan mucho tiempo en saber que tienen un cuerpo. Durante meses, durante más de un año, no tienen más que un cuerpo disperso”.
Mi cerebro saltó al aire y comenzó a correr en círculos alrededor de la piscina de la memoria de finales de los ochenta. Mi cerebro-coágulo gritó mudo y se hizo una piscina en miniatura a mis pies, parecida a una piscina de menstruación. Pequeña y líquida, pero importante. La gente se rio igual que se ríen en los acuarios. La gente se rio en familia. La novela, que habla de un hijo único en el centro de una piscina, es decir, de una familia, es la tercera parte de la trilogía del mismo nombre.
La quimioterapia provoca trombos. Trombosis para siempre. Heparina sódica para toda la vida. Miedo a que el trombo suba y borre los recuerdos. Cruzo la pierna derecha sobre la pierna izquierda y abro Herbario 1987-1989 (kýrne, 2026), la última entrega de la trilogía novelística de Dashel Hernández, sentada en el tercer asiento de una salita de espera. La mantienen a media luz, como para no ceder a la despreocupación. Dos mujeres a mi lado esperan a la sobrina, a la que deben estar haciéndole una biopsia de riñón. No hay señal de internet ni de teléfono. Solo hay señal de incertidumbre.
Mis padres estudiaron agronomía, hablaban de plantas y árboles y flores todas las semanas. Crecí envuelta en un vocabulario herbívoro que no quiero olvidar. Como Dashel Hernández, que se niega a olvidar, y las tías de la muchacha, que se niegan a ir a la cafetería. Aprendí a leer, escribir y sembrar, al mismo tiempo. Las orquídeas se amarran a un tronco y florecen una vez al año. Algunas cosas, no sé si la mayoría o la minoría, brotan solo una vez al año.
Herbario es el relato de la felicidad en estado de amenaza, la ficción de una edad donde un niño es feliz, pero uno lee e intuye, desde la primera página, lo que pronto sobrevendrá, como una obstrucción del fluido sanguíneo. Una edad transparente y plena, virtuosa por la inocencia, que ha sido delimitada por el lenguaje. Un lenguaje concreto, maravilloso en objetos y sistemático en faltas: alguien que se va, alguien que muere, el ingrediente ausente, la prenda perdida. Lo que falta hace al lenguaje.
La alegría que emana del lenguaje y de los cuerpos familiares que lo emiten, trazada alrededor de un niño como una invisible vía endovenosa, es la alegría común de todos los niños de esa época. Cuba, finales de los ochenta. El sistema es su lenguaje. El sistema narrativo del herbario resulta casi científico. Los dibujos intercalados en sus capítulos no son meras ilustraciones para adornar, sino que tienen efecto preciso, el de las láminas de los libros de texto que esos mismos niños de tercer y cuarto grado, de ocho o nueve años, memorizaban en serie. El autor de la ficción es el autor de las láminas.
La singularidad de Herbario se enfatiza en los objetos, cosas, lenguaje: metilbenceno, cucaracha, televisor, pañoleta, helicópteros, patrulla, Novedades de Moscú, uniforme, Juventud Rebelde, libreta, policlínico, ojitos de Santa Lucía, flamboyán, banderitas, desfile, tocadiscos, caguayo, escopeta, desparpajo, desprestigio, Misha, guagua, pioneros, jodedera, fogata, sinsonte y gavilán, ballestrinque, perros jíbaros, escudo, locomotora, mimbre, hidroeléctrica, ferroviario, biología, Simon & Garfunkel, expediente, carta, torniquete, grabadora, repisa, lágrimas de niño.
Entre la zona oeste y la este de la UHealth Tower, los doctores y los enfermeros meriendan en un jardín rodeado por paredes de cristal. Al pasar junto a las paredes uno puede mirarlos y admirarlos, y agradecerles que todos ellos hayan estado junto a nuestros familiares en este día de hoy o en el día de mañana. Leer el Herbario no es entrar a un jardín, como uno supondría, sino al patio familiar donde los mayores sembraban toda clase de plantas medicinales para curar a los niños y a los ancianos, si se enfermaban, usándolas para hacer cocimientos o compresas, junto a flores silvestres y exquisitas, que sí les pertenecían. Al construir la novela como un herbario real, Dashel Hernández explora memoria, pero también pertenencia.
La foca Silvia podría ser un pomo de mayonesa, una lata de galletas de soda, un tentempié o una matrioska rusa embarazada llena de hijos por dentro que cuando crezcan irán al servicio. El servicio es militar y obligatorio. Los objetos funcionan como palancas de sueros de conciencia, jeringuillas para inyectar conciencia o dispositivos autoconscientes. Intervienen en el relato tanto como sus actores. Se proyectan sobre ellos y los manipulan. La batecasa de la madre del niño podría ser la verdadera protagonista de la escena. O la linfangitis en las dos piernas del viejo gordo diabético.
Asumiendo una estructura tradicional y una estética costumbrista a través de la ficción, Dashel Hernández ha escrito, de todas formas, una novela infrecuente, tal vez escasa, que mezcla ejercicios y búsquedas como si de un laboratorio de sangre se tratara: falsa biografía, novela histórica, de aprendizaje, de iniciación, opera prima, archivo material, catálogo de museo, semblanza, recordatorio. Podría ser un herbario, un armario o un abecedario, cualquiera de los tres constituido por el lenguaje concreto de imágenes, fragmentos de la historia de una época o pedazos de escenas (familiares, políticas) que necesitamos constantemente recordar.
Han pasado más de tres horas desde que se llevaron a mi papá. “Debe durar tres horas”, había dicho el doctor a su acompañante, antes de llevárselo, refiriéndose al tiempo del procedimiento. Su acompañante era yo. El doctor accedería al cuerpo por una incisión inguinal. “Ahí hay unas venas muy buenas”, había dicho, en inglés, y en español rimaba. En realidad, han pasado más de cuatro. Desde la anécdota hasta el lenguaje, la lingüística intacta familiar, Herbario propone un centro muy poco ambiguo, pero la presencia misteriosa de la infancia, a la manera de El tambor de hojalata o de Retrato de un artista adolescente, pero en versión camagüeyana, devuelve esa facultad extraña, donde todo es brote, humedad, delirio y sobrevivencia.




