La gente que conoció a Hugo Pratt durante sus años en Suiza o en sus últimas estancias en Venecia habla de su tensión permanente. No es que fuera nervioso, sino que siempre estaba apurado, quería irse. Era como Chatwin, que en su delirio antes de entrar en coma le decía a todo el mundo: “I got to be on the road again, I got to be on the road”. Pratt había vivido demasiado –68 años– y no iba a durar mucho más. Se había rapado la cabeza para dejarse una cresta, como los indios. Murió en 1995.
Para un hombre que había nacido accidentalmente en Rímini, pasado su infancia en Etiopía, su juventud en Buenos Aires y su vejez dando vueltas por Europa, no había sido de ninguna manera una vida breve. Tenía, que él supiera, seis hijos —entre ellos un indio amazónico y una mulata brasileña—, y durante la guerra había vestido el uniforme fascista, el americano y el británico. Tenía también 30 000 libros y una buena cantidad de gatos.
Su educación esotérica comenzó en 1931 o 1932, cuando su abuela lo llevó a la Corte Sconta detta Arcana. Ese patio existe. Hay una foto en la primera página de Fábula de Venecia, el álbum de Corto Maltés que debo haber leído diez o quince veces en las últimas semanas, y que comienza con la caída de Corto dentro de la logia masónica Hermes.
Las historietas de Corto están llenas de masones y conspiradores de todas las culturas. En La balada del mar salado aparece la confederación de monjes; en Bajo el signo de capricornio, los sacerdotes de la macumba brasileña; en Las etiópicas se conoce la existencia de los hombres leopardo en África; en Corto Maltés en Siberia, las Linternas Rojas, la Tríada, el Dragón Negro y otras sociedades se reparten Asia; por los demás relatos pululan cofrades, comunistas, anarquistas, templarios, magos, gnósticos y cabalistas.
“¿Buscar la influencia de las sectas secretas? Desde el día en que intenté demostrar que ciertos aspectos de la historia solo pueden explicarse por la intervención de las sociedades secretas, desde el día en que dije esta frase, han tratado muchas veces de evitarme e incluso de eliminarme. ¡El mundo solo es estable gracias al secreto!”. Esto lo dice Corto Maltés en 1924, lo dice dentro de un sueño, antes de entrar al castillo del Grial y beber de la fuente de la eterna juventud.
Pratt nunca despreció el esoterismo como forma de conocimiento poético. ¿Creía en algo? Es poco probable. ¿Pero cómo puede resistirse uno a dibujar el simbolismo de una logia masónica o de un altar rosacruz? “Se avanza en la cultura esotérica paso a paso, hasta el infinito, que nos lleva a un laberinto de preguntas y respuestas”, le dijo Pratt al crítico Dominique Petitfaux en El deseo de ser inútil. “Uno cavila entre búsquedas teosóficas, filosofales u otras, y ya no te preocupa salir del laberinto”.
Nunca estuvo claro si Hugo Pratt era masón o no. Conocía las ceremonias en un grado avanzadísimo, pero eso no quiere decir nada: yo también conozco esas ceremonias, aunque nunca fui iniciado y hace años que no me encuentro con ningún masón. Al parecer Pratt tenía algunos objetos masónicos en su casa, ya que su abuelo sí había sido masón. En Venecia, los masones convivían con los judíos del Gueto Viejo, donde Pratt jugaba de niño, llevado por su abuela.
Allí oyó por primera vez, como cuenta en la Fábula, “los nombres de Simón el Mago, de Mani, de Arrio, de Orígenes, de Hipatia, de Valetín y de todo ese mundo de filósofos, teólogos y doctores gnósticos de los primeros siglos de nuestra era. En Venecia, para el que sabe ver, todo eso es tangible”.
En otro libro de entrevistas con Petitfaux, A la sombra de Corto, Pratt dice que ser masón es triste porque un masón desconoce la ironía. Cuando Petitfaux le dice “es sabido que finalmente se hizo masón”, el dibujante contesta con una evasiva. “Les pedí que me echaran una mano para no decir demasiadas bobadas sobre el tema”.
Durante la Fábula, Corto busca la clavícula del rey Salomón por los recovecos de Venecia. La edición que tengo va precedida del prólogo de un antiguo gran maestro de la Gran Logia de Italia y de los 33 emblemas del rito escocés de la masonería. La clavícula puede ser un libro, una serie de hechizos, una piedra o, según Pratt, una esmeralda, la esmeralda alquímica. Según un grimorio de 1866 impreso en Barcelona, del que tengo una copia, la clavícula está llena de sellos mágicos como estos:
La Fábula, de 1977, marca un cambio de tono en la saga de Corto. Desde que el marino desaparece por una de las siete puertas mágicas de la Corte Sconta detta Arcana, las historietas entrarán cada vez más al mundo onírico. Las Helvéticas, de 1987, cuando Pratt asumía una vida cada vez más sedentaria en Suiza repiten el mismo juego de la Fábula, pero ya no entre la vida y el sueño, sino entre el sueño y la muerte. Las Helvéticas son la búsqueda del Santo Grial y de la fuente de la eterna juventud. Corto es Sir Corto, de mala gana, porque no le gusta que le recuerden que, a pesar de su incredulidad y su cinismo, es una fuerza del bien.
Soñando cerca de la casa de Herman Hesse, Corto se encuentra con el diablo, que le permite ser eternamente joven y envejecer tan solo en los sueños de la mujer amada. ¿Pero cuál mujer amada? Fueron tantas, de Corto y de Pratt. Pandora, Boca de Oro, Veneciana Stevenson, Erika, Hipazia, casi siempre con un doble y una historia triste, de tango, en la vida de Hugo.
“Qué extraña sensación”, dice Corto Maltés cuando ve la casa de Hesse, tan parecida a la que él mismo compró unos años antes a orillas del lago Lemán, “es como si todo estuviera preparado para morir”.
Corto debería tener 36 años en ese momento. Es Pratt, con 60 años, el que pronuncia en realidad esa frase. Es él quien se prepara para irse. ¿Según qué ley muere una persona que se ha pasado la vida explorando cientos de tradiciones religiosas? ¿Quién se le va a manifestar, Dios, el diablo o Corto Maltés? ¿Klingsor o King Kong? ¿Rasputín o el Barón Corvo? ¿Su amor ficticio, Pandora, o su amor frustrado, Gisela Dester? Al parecer, dado que se dejó una cresta de guerrero indio, Hugo Pratt se preparaba para la batalla contra quien se le apareciera.







