Aljustrel (FOTO Edgar Ariel)
Aljustrel (FOTO Edgar Ariel)

Aljustrel es, lo que se dice, un pueblo. Un pueblo con todas las de la ley. Un pueblo portugués que los romanos llamaron Vipasca. Un pueblo donde el tiempo sigue marcado por las campanas de la iglesia. La iglesia es blanca y se llega a ella por una escalera también blanca bordeada por coníferas perfectas. Nossa Senhora do Castelo. El santuario se construyó sobre las ruinas de un castillo de origen islámico. Es tan antiguo que no se sabe el año en el que se puso la primera piedra sobre las piedras de las ruinas.

Las aeromozas poseen, en su simplicidad, un misterio que no he logrado descifrar. Son tan marciales. Son tan limpias. Son tan uñas pintadas. Son tan ropa recién planchada. Son tan zapaticos de tacón bajo. Son tan, ¿vino blanco o tinto? Tinto. Son tan, ¿lasaña o carne de res? Carne. Son tan, ¿café o té? Té. ¿Agua? Son tan, póngase el cinturón. Son tan, coloque el respaldar de forma vertical. Son tan, ¿todo bien?

¿Audífonos?

En el aire hay una hora que no es de día ni de noche. Una hora en que las aeromozas no dejan subir los parasoles para que se descanse, para que se duerma sobre la almohada de la hora que se dejó atrás, cuando, detrás de los parasoles blancos ya es hora nueva, ya es casi de día, ya se ha abandonado el tiempo del check-in, un tiempo terrestre que agoniza en el abordaje.

A esa deshora, con el cuello hecho trizas y sin zapatos, voy al baño.

—Amor, voy al baño –le digo.

Adelante, ya en el pasillo, decenas de cabezas iluminadas por la pantalla. Parecen cabezas empicotadas. ¿Cuánto pagan las aerolíneas para tener esas películas de estreno en sus televisores? Cuerpos abigarrados por el frío. ¿Momias? Mantas rojas con el logo de Iberia. ¿Todo eso se lava después de cada vuelo? Frente al baño, espero a que un francés termine. ¿A dónde va el orine en los aviones? Escucho, al vuelo –nunca mejor dicho–, la conversación entre dos aeromozas. ¿Las aeromozas no duermen?

—Siempre es lo mismo.

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—¿Qué es lo mismo?

—Cuba y República Dominicana.

—Es verdad.

—Son los peores vuelos.

—Alguna razón habrá.

—Por eso es un castigo. Por eso cuando nos castigan nos ponen en estos vuelos. Nos mandan para Cuba o para República Dominicana.

—Islas tropicales.

Son las ocho de la mañana en Aljustrel. No hay sol. Miro por la ventana el cielo. Miro el cielo con miedo. En La Habana a las ocho ya estaba de regreso. Las ocho eran el límite entre la sombra y el achicharramiento. Lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Junichiro Tanizaki ad infinitum.

A la ocho de la mañana en Cuba ya no se puede salir a correr. Ni pensarlo. Es madrugar o madrugar. O salir en la tarde, a eso de las seis y media o siete. Pero a esa hora todo el mundo está en la calle y te mira. A esa hora todo el mundo ha salido del trabajo y te mira con tristeza. Con tristeza y con envidia. En Cuba correr, lo que se dice correr, es un lujo. Swarovski.

Aljustrel
Aljustrel (FOTO Edgar Ariel)

A esa hora de la tarde todo el mundo quiere descansar, tirarse en una cama, no llegar a la casa a inventar un plato de comida, no llegar a la casa a soportarle griterías al marido, griterías a los tres hijos, griterías a todo el mundo en un país donde todo el mundo grita. Mentira. Eso es mentira.

Levantarse a las seis es tremendo sacrificio. Nada como levantarse a las ocho. Esa es la diferencia. Entre el sol de las ocho y el sol de las seis hay un mundo. Un mundo tan grande que dan ganas de llorar.

Hubo un tiempo en el que tuve una extraña fascinación por los toros, por los toreros, por el rojo capote de brega, por el traje de luces, las lentejuelas, la seda, la montera, el corbatín, los bordados y los alamares. Hubo una temporada en la que leí, fascinado, Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel. Hubo días en los que les cantaba a los amantes una canción al oído: “Tengo miedo, torero / De que al borde de la tarde, el temido grito flote”.

Nunca imaginé que vería desde la ventana una plaza de toros. Blanca, encalada, de piedra. Nunca imaginé que, desde la ventana, la vería junto a la persona que amo, a las ocho de la mañana, en Aljustrel. La hora la veo en el reloj despertador, porque aún tengo en mi teléfono la de Cuba. Un mundo tan grande que dan ganas de llorar.

Plaza de toros en Aljustrel (FOTO Abel Rojo)
Plaza de toros en Aljustrel (FOTO Abel Rojo)
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Edgar Ariel Leyva González (Holguín, Cuba, 1994). Periodista, investigador y crítico de arte. Máster en Estudios Teóricos de la Danza (2020) en la Universidad de las Artes de Cuba (ISA) y Licenciado en Periodismo (2018) en la Universidad de Holguín. Es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Actualmente investiga sobre la configuración de la estética poscrítica en Cuba. Forma parte del Staff de Rialta.

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