Un manifestante celebra en Santiago de Chile la muerte de Lucía Hiriart de Pinochet (FOTO Reuters)
Un manifestante celebra en Santiago de Chile la muerte de Lucía Hiriart de Pinochet (FOTO Reuters)

En diciembre pasado, una semana antes de las elecciones presidenciales de segunda vuelta que hizo de Gabriel Boric el presidente electo más joven de la historia nacional, viajé a Chile para estar con los amigos y presentar un libro sobre el poeta Enrique Lihn. El libro es un ensayo sobre los proyectos locos de Lihn en los años ochenta, su última década de vida, cuando ejerció de compañero de viaje y maestro entusiasta de mi generación sin salida ni en la política ni en la cultura, entre una dictadura cierta y una fuga dudosa. Permanecí en Santiago treinta días, número redondo de la protesta que salió a las calles en octubre de 2019 con el clamor de que no era el alza de 30 pesos en la tarifa del metro, sino los treinta años de corrupción neoliberal los que suscitaban el incendio de las ciudades.

Por ahí se colaron tantas mentiras sobre el pasado, oportunismos políticos del presente, estafas heroicas como las del constituyente Rojas Vade, cobardías masivas en las funas virtuales y presenciales de los “combatientes de la primera línea”, que la ultraderecha chilena no cabía de felicidad. Luego de quedar fuera del juego y reducida en la Convención Constitucional elegida para redactar una nueva Constitución que reemplazara la instituida por la dictadura en 1980, la derecha se pellizcaba incrédula hasta convencerse de que no era un sueño: el ultranacionalista José Antonio Kast se había transformado de la noche a la mañana en el candidato del orden y triunfador de la primera vuelta, contra todos los pronósticos. El voto escondido parecía estar condenando en silencio la supremacía moral de quienes despreciaban las décadas de reformas y negociaciones del pasado. De un lado, los adherentes al “partido del orden”, es decir quienes creían en los mecanismos de resolución democrática para el conflicto político desatado por la protesta, eran apuntados con el dedo como portadores de la sarna de los treinta años. Del otro lado, el fantasma de la refundación conservadora se paseaba muy ufano por la chamuscada Plaza Italia, rebautizada Plaza Dignidad por las barricadas y las piedras. Mientras más fuego hubiese en el país, más votos irían hacia Kast en la segunda vuelta del día 19.

Este era más o menos el panorama al momento de aterrizar en diciembre. Como dije, el plan era quedarse treinta días con sus noches, ni una más ni una menos. Mi primer error fue hospedarme en un departamento ubicado en la calle Merced, en la primera cuadra que hace esquina con la Plaza Italia-Dignidad. Nada más llegar, el portero advirtió las condiciones: los días viernes, el edificio bajaba las rejas y cerraba el acceso desde las tres de la tarde hasta cerca de la medianoche. Si uno se encontraba en el departamento entre esas horas, debía permanecer allí hasta el día siguiente. Y lo mismo si estaba fuera: en ese caso debía esperar hasta la medianoche o la mañana del día siguiente para ingresar. La cláusula de encierro/prohibición corría solo para los días viernes, cuando las sobras del estallido social de octubre del 2019 volvían a ocupar la calle para quemar y romper lo que hubiese quedado de las jornadas anteriores, en una especie de rito nihilista plenamente tolerado por el Gobierno de Sebastián Piñera, a sabiendas de lo que significaba en vísperas de la segunda vuelta. El viernes previo a la jornada de votación, una noticia encendió la fogata con mayor vigor que todos los viernes precedentes: Lucía Hiriart de Pinochet, viuda del dictador y conocida popularmente como La Vieja, había fallecido a los 98 años de edad ese jueves 16 de diciembre.

La extraña celebración de la muerte de Lucía, con quemas y piedrazos en la plaza, inició el rito de los viernes más temprano que de costumbre, y trajo recuerdos de muchos años atrás, cuando la muerte de Pinochet empujó mi decisión de salir de Chile con camas y petacas. También entonces la calle se copó de celebraciones populares, mientras una multitud no menor a la que festejaba con bombos y platillos se reunía en las afueras de la Escuela Militar, formando una larga fila de deudos que esperaban su turno para despedir al dictador. Algunos de ellos tiraban huesos a la calle, en respuesta a la protesta que realizaba en ese instante un grupo de familiares de detenidos-desaparecidos, indignados ante los honores militares que se le rendían a Pinochet. La escena se me grabó como ilustración de esas enfermedades que los pueblos contraen con personajes que la historia pone en el camino y llegan a formar parte de uno mismo, quiéralo o no. Estamos enfermos de lo mismo que detestamos, escribió Lihn a mediados de los años ochenta, y la muerte de Pinochet con sus ondas circulares venía a confirmarlo en 2006. Imagino que algo parecido debió resentir un argentino ante la muerte de Perón o un cubano ante la partida de Fidel. El cesarismo como epidemia local que se abraza o se repugna, pero nunca deja indiferente porque lo contagia todo, y al final decepciona o cansa.

Un manifestante celebra en Santiago de Chile la muerte de Lucía Hiriart de Pinochet (FOTO Reuters)
Un manifestante celebra en Santiago de Chile la muerte de Lucía Hiriart de Pinochet (FOTO Reuters)

Asumí el error y el horror del hospedaje en Plaza Italia-Dignidad como parte de mi falta de calle, un delito de alto tonelaje pequeñoburgués en la actual psicología social chilena. De modo que me vestí y salí rápido del departamento antes de mediodía de ese viernes, en busca de un refugio alternativo y preocupado de no quedar encerrado entre los piquetes policiales y las barricadas. La situación se presentaba como una especie de sinopsis de lo que sucedería si acaso ganaba Kast el domingo: la plaza ardería junto con el edificio, las estatuas que quedaban en pie, el parque, el río, la Escuela de Derecho y quién sabe si el derecho mismo. Así estaban las cosas ese viernes luctuoso de la señora Lucía, como la llamaba la prensa.

Salí y no volví a pisar el departamento de Merced hasta mucho después del domingo, cuando ya se sabía que Boric era el nuevo presidente electo y las calles se incendiaban de alegría y festejos sin un solo vidrio roto. La jornada electoral resultaba gloriosa no solo por la amplitud del triunfo y el récord de participación en el voto voluntario, sino por la lectura que Boric y su gente habían hecho de la derrota en primera vuelta: era necesario salir de la trinchera, dejar de tildar de fascistas al millón de votantes de Kast, y hacer campaña con los problemas de orden y seguridad tanto como con los de desigualdad e inclusión, recibiendo con humildad y gratitud los gestos públicos de apoyo de los expresidentes Lagos y Bachelet. Durante la noche del triunfo, la calle fue un reflejo de ese giro que había permitido vencer el miedo y la incertidumbre. Familias enteras salieron a celebrar la buena nueva, la gente bailaba en rondas improvisadas, y la Biblioteca Nacional fue un mar de banderas frente al podio donde Boric saludaba una victoria hecha de tozudez y juventud, pero también de recauchada moderación y mucha más esperanza que arrogancia moral.

Un nuevo experimento político acaba de iniciarse en Chile. Uno más, el tercero a lo largo de medio siglo, luego de la fallida vía chilena al socialismo de Allende en 1970 y la exitosa revolución neoliberal de la dictadura durante los años ochenta. Y yo dando vueltas con mi libro sobre Lihn bajo el brazo, tomando apuntes con la elocuencia de su título: La casa que falta. Entonces sobrevino el segundo error no forzado en mis treinta días: no traía suficientes ejemplares en la maleta y, al momento de la presentación lo que en verdad faltaba eran copias de La casa que falta, con esos proyectos locos que Lihn inventó para sacudirse la enfermedad y combatirla con las armas de la palabra, el performance, y la generosidad intelectual.

Un nuevo error no forzado, en suma, pero este al menos tenía un contrapeso. En Chile, Enrique Lihn está más vivo que nunca y cada año se publican nuevos libros del poeta póstumo más leído por los lectores jóvenes y los adultos que van quedando. No más poesía de Neruda ni discurso prosopopéyico en las alturas de Machu Picchu; no más antipoesía de Parra para hacer reír a los salones de la burguesía; hoy en Chile es el tiempo de Lihn y lo que se lleva es la puntada sin hilo, el pelo en la sopa de los discursos maximalistas, los tatuajes de víboras, corazones rotos y dragones que echan fuego en rincones escondidos de la piel. El libro autoproducido, mal cosido y de venta descartada, es un producto de alta demanda. En suma, un Chile forrado de niño, que no cabe de alegría en su adolescencia eterna, como diría Gombrowicz. El caso fue que los pocos ejemplares que llevé a la presentación se acabaron de un vuelo y hubo que apelar a la imaginación colectiva, a falta de distribución editorial. Por fortuna, Lihn no requiere presentación: basta con mostrar fragmentos de su producción en poesía, narrativa, ensayo, dibujo, crítica o creación dramática para desplegar su vigencia. El mismísimo Gabriel Boric lo había invocado una vez siendo diputado y volvió a hacerlo ahora como presidente electo, tras la jornada del 19. Reunido con los empresarios en lo que fue su primera intervención oficial como nuevo mandatario, Boric habló de la desigualdad como leitmotiv de su llegada al poder, iniciando su discurso con “Cementerio de Punta Arenas”, un poema de La pieza oscura (1963) donde Lihn invoca con lucidez crítica la paz de los esqueletos: una paz que lucha por trizarse / romper en mil pedazos los pergaminos fúnebres / para asomar la cara de una antigua soberbia y reírse del polvo.

La asamblea de empresarios no supo distinguir dónde terminaba el poema y dónde comenzaba Boric, de modo que no hubo aplausos, pero tampoco pifias. Todos contentos y aliviados. Volvían los días felices y la revolución cultural de Boric se ponía en marcha. Mis treinta días llegaban a su término con la misión más o menos cumplida y era el momento de irse de Chile otra vez. Quedaba, sin embargo, un último error no forzado por cometer, y del cual adquirí plena conciencia solo una vez que aterricé en Nueva York mientras en Chile se daba a conocer la conformación del próximo Gobierno. En el gabinete dado a conocer a finales de enero figuraban catorce mujeres al mando de ministerios claves, un ministro de Hacienda más que confiable para los empresarios, la nieta de Allende a cargo de la cartera de Defensa, la doctora independiente Izkia Sichel al mando de Interior, y la joven diputada comunista Camila Vallejos, compañera de calle y luchas universitarias de Boric, encargada de la vocería del Gobierno que asumirá en marzo con un presidente de 36 años cumplidos a esa fecha. Sin decirlo, Boric había formado un gabinete de unidad nacional para salir de la crisis social y política que ha tenido empantanado al país desde la protesta de 2019.

Gabriel Boric celebra su victoria electoral en Santiago de Chile
Gabriel Boric celebra su victoria electoral en Santiago de Chile

Sorprendente por donde se lo mire, porque en tan solo diez años la generación que había salido a las calles en 2011 para exigir educación gratuita y de calidad se había hecho del poder y desplazado por completo a la clase dirigente. En la jugada, dos generaciones pasaron anticipadamente a retiro, aparte de los ya jubilados por el ciclo de los treinta años. La primera víctima es mi propia generación, que nunca estuvo al frente de nada y con el tiempo se acostumbró al tercer lugar, o al vicecampeonato cuando mucho. En su descargo, hay que decir que nunca aspiró con real entusiasmo al poder, porque creció en la sospecha de cuanto se asemejara al castigo que recibió. Y luego está la generación de los felices que creció con los 30 años y creyó estar al mando de algo que le pertenecía de veras, pero envejeció sin poseerlo nunca, como esos voyeristas disciplinados que nunca tocan lo que desean. Unos fuimos padres, pero padres improvisados, huérfanos y sin herencia. Y los otros fueron hijos, pero hijos eternos que se arañaban unos con otros, como hermanos felices de llegar a la edad adulta y seguir siendo niños con un pasado pisado. ¿Dónde está el último error no forzado, entonces? Treinta días con sus noches, me había prometido: ni una más ni una menos. Pero aquí estoy, lejos, y apostando al viento fresco que viene del sur para que a Boric le vaya bien, sabiendo que en sus manos tiene al menos un par de llaves de la casa que a todos nos falta desde los tiempos que íbamos por las calles con Enrique Lihn.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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