Rodrigo Rojas Vade
Rodrigo Rojas Vade (FOTO Instagram)

El impacto es político tanto como verbal, traspasa las fronteras y hunde en la indignidad o la furia a quienes más han reclamado por un trato justo y la dignidad en Chile, desde que estallaron las protestas hace dos años: “Cometí un error, un terriblemente error; no fui honesto ni con ustedes ni con mi familia ni con nadie. Mentí sobre mi diagnóstico, no tengo cáncer”, grabó como mensaje en su cuenta de Instagram Rodrigo Rojas Vade, alias Pelao Vade, un no tan joven activista de 37 años que hasta comienzos de septiembre oficiaba como uno de los siete vicepresidentes de la Convención que debe redactar un nueva Constitución para Chile antes de julio de 2022.

Que el escándalo sea verbal va de suyo para alguien encargado de escribir la Carta Magna de los chilenos. Un “terriblemente error” podría llegar a ser el tipo de sintaxis distintiva del documento final, si los constituyentes no se aplican un poco con las reglas de la gramática española, por desautorizada que esté. Y el escándalo es también político porque Rojas Vade se hizo famoso en las protestas que estallaron en octubre de 2019 y desembocaron en el acuerdo amplio que permitió la elección de los 155 constituyentes, entre ellos el propio Rojas Vade por el distrito 11, uno de los más populares del área metropolitana. Entonces, en 2019, el hombre ocupaba la primera línea de fuego en defensa de la Plaza de Dignidad, tal como se rebautizó a la Plaza Italia en aquellos días. Lo hacía de manera ostentosa, casi teatral: completamente calvo, el cuerpo tatuado con una consigna temible en el pecho, llevando jeringas en los brazos para denunciar los costos y dificultades que debía afrontar, el Pelao Vade cubría su rostro con una pañoleta de combate, mitad pintada con los colores de Palestina y mitad con la bandera mapuche, muy a tono con las exigencias morales del momento.

Su figura delgada y descamisada era un emblema de la desigualdad en aquellas jornadas de fuego, al punto de transformarse de la nada en uno de los líderes de la Lista del Pueblo, un referente nuevo surgido a la izquierda de la izquierda de todas las izquierdas posibles en que se divide la izquierda cuando enfrenta estos trances. Enseguida, cuando llegó el momento de votar por los constituyentes, salió elegido con amplísima votación gracias a su campaña en redes sociales, y de allí saltó a la vicepresidencia de la Convención. Eso hasta que sobrevino el “terriblemente error” destapado por una investigación del diario La Tercera a comienzos de septiembre y la confesión de que no existía tal cáncer, de que nunca había existido la deuda bancaria de 35 mil dólares contraída para luchar contra la enfermedad, ni tampoco los motivos reales para abrir una cuenta solidaria a su nombre que le permitiera afrontar los costos. Una estafa todo: la dignidad, el combate, las consignas, el cáncer, la misma Lista del Pueblo, que un mes antes, en agosto, empezaba a desintegrarse tras la revelación de que su candidato a la presidencia, Diego Ancalao, había inscrito su candidatura con 23 mil firmas fraudulentas ante un notario fallecido a comienzos del año. Una implosión a todo evento, peor incluso que la de la Concertación de centroizquierda que gobernó con alternancias durante los años previos. Quienes apuntaban con el dedo a los corruptos por tres décadas de gobiernos neoliberales, se revelaban más corruptos que sus predecesores en solo treinta días de euforia, y a una velocidad de destrucción asombrosa, desde el júbilo de ser la nueva fuerza de la política chilena a la vergüenza de encabezar su prematuro derrumbe. Pero a veces, cuando la realidad toda se transforma en un engaño, como escribió alguien que estudió la historia de la mentira bajo los impulsos totalitarios, ni siquiera queda la vergüenza para mostrar. De hecho, un sector importante de los constituyentes quiso blindar el episodio de Rojas Vade como algo menor, empatizando con su tristeza y el “terriblemente error” que cometió.

Afortunadamente, hubo quienes levantaron la voz y exigieron la renuncia forzada del enfermo imaginario, so pena de mantenerlo y deslegitimar el trabajo de toda la Convención.

En cuanto al Pelao mismo (creo que ya podemos llamarlo así, por las muestras de confianza con que embaucó a todos), su disposición inicial a alejarse del proceso político se trocó en una inopinada voluntad de lucha por permanecer en la primera línea, constitucional esta vez. Un abogado asumió su defensa, un fiscal fue designado para estudiar el caso e iniciar eventualmente un proceso por perjurio al fisco, y la defensa corporativa dejó de ser un modelo de trabajo presentable ante la opinión pública.

De todo el asunto, la impresión que queda es la de una mancha indeleble en la camisa de la Convención. Los constituyentes se preguntan cómo sacársela de encima y no encuentran respuesta en los procedimientos y reglamentos internos. Luego de los ritos a la Pachamama, de quemar inciensos y tomarse de las manos para las buenas vibras, de traducir cada intervención al mapuzugun y de vuelta desde el castellano al mapuzugun, los constituyentes tienen ahora un problema real e inmediato que resolver. ¿Qué hacemos con el Pealo?, se preguntan unos a otros en los intermedios de cada sesión. Se trata, es claro, de salvar lo principal: la Convención Constitucional dedicada a redactar un nuevo pacto social y cívico para Chile. O para los pueblos de Chile, como se pide desde las distintas identidades que lo conforman. Si hay una plaga bajo el árbol de la Convención, es imprescindible acabar con ella sin matar el árbol en cuestión.

Una proposición modesta es dejarlo todo tal cual, como parte de la literatura nacional; aceptar que no podemos inventar Chile ni cambiarle el nombre a las cosas para que cambie su realidad. El Pelao Vade es un personaje marginal entrometido en la política como parte de la idiosincrasia nacional, y seguirá haciendo de las suyas por más que lo expulsen del país. Ya no importa la estafa a los votantes del distrito 11, ni la cuestión de los fines sobre los medios, ni el insulto a los pacientes y familiares de los enfermos reales de leucemia linfocítica aguda. Todo eso queda para los fiscales y abogados defensores. Lo único que importa es la literatura que deja el episodio. Porque si hay algo cierto en las mentiras de Rojas Vade, es es el hecho de que introdujo en la moral refundacional de la Convención la figura antigua y muy entrañable del pícaro que engaña a todo el mundo para sobrevivir. Su misión, más que liderar la Lista del Pueblo para hacer la revolución, fue hacerse un lugar al interior de una sociedad marcada desde sus orígenes por la discriminación estructural, el clasismo, la segmentación social, la ambición y el oportunismo ideológico escondidos tras el simple tráfico de la mentira como un medio para lograr ascenso social. En esto, el Pelao Vade no ha sido nada original, copiando al pie de la letra al pillo que guía al ciego en esa magnífica novela anónima que es El lazarillo de Tormes, publicada cuando los españoles entraban a caballo en las tierras mapuches y la novela dejaba por fin de ser épica y elegíaca para volverse paródica, realista, inclemente con los que están abajo tanto como los que toman el sol arriba. Unas líneas de El lazarillo describen el delito del Pelao Vade mejor que ningún grito en el cielo: “Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio”.

Individuo de origen humilde, sin título alguno ni medios para desplazarse en la escala social, el pícaro trabaja engañando a todo el mundo para no morirse de hambre y pasarse la vida sin tener que trabajar. Al margen de la ley casi siempre, buen humorista y mejor contador de historias sobre sus penurias reales o inventadas, el pícaro es siempre un héroe en la primera línea de la precariedad. La novela picaresca lo inmortalizó hace más de 500 años y lo legó con generosidad a los territorios americanos, donde su cháchara creció y fue legión. Mantenerlo en la redacción de la futura Constitución sería con toda probabilidad un nuevo “terriblemente error”. Pero arrojarlo a los tiburones sería una arrogancia, cuando no una muestra de ignorancia de la realidad. Mejor dejarlo aparte, en la literatura, del lado de la imaginación verbal que abunda en el Pelao Vade, para que escriba su versión anónima del El lazarillo en el país que queremos refundar. Seguro que allí será tan exitoso como lo fue antes en las calles haciendo de guía para los perplejos de hoy.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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