Sinflictivo

Esta bestia la concebí, como todas las anteriores, con la idea de cuestionar lo que creo una deformación de la conducta moral y política. Pero a medida que iba tomando forma, sentí que la crítica fácilmente podría derivar en apología (o viceversa). Todo depende del optimismo o del pesimismo sobre la humanidad con que uno se tope con ella.
El Sinflictivo es un ser al que poco o nada le importan los conflictos de la civilización. Ni las grandes preguntas existenciales, ni las problemáticas políticas de su tiempo, por peligrosas o angustiantes que parezcan, lograrán perturbar su voluntad de, simple y llanamente, vivir. Como una nube, limpio de las trampas de la conciencia, evadirá la responsabilidad social hacia sus semejantes con pretextos como “la vida es una”, “la humanidad no tiene solución”, “el futuro ya está decidido” o “entre blancos se entienden”.
Como el avestruz del mito, esconderá la cabeza para no contraer compromisos con la realidad, por mucho que la realidad lo ponga ante una disyuntiva moral. No habrá injusticia, por grave o cercana que sea, que logre despertarle pasión. Y aun cuando le toque en lo personal, la asumirá como casualidad y no causalidad, a fuerza de malabarismos de relativización. Su verbo será, siempre, evadir. Evadir todo lo que no sea su bienestar personal.
Ese vacío de responsabilidad que deja el Sinflictivo, en el ejercicio de su incuestionable libertad, a menudo se vuelve terreno abonado para la crueldad. Aunque, como sugiere Rancière, también habría un punto importante que explorar en la desidia de este bicho: el potencial de objetividad política que encierra su desvinculación de las partes constituyentes del problema. Sobre todo para aquellos que, desbordados por la pasión de querer arreglar el mundo, han terminado jodiéndolo más.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudoética que puede ser el ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weil, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

