El espectáculo de la diplomacia cubana en la Asamblea General no es la degeneración de una dignidad perdida: es la doctrina fundacional del régimen, puesta otra vez en escena. Desde Raúl Roa, los funcionarios castristas confunden la dignidad con el derecho a no ser contrariados e intentan silenciar toda verdad incómoda al poder.
El castigo ejemplar tiene dos destinatarios, el que lo sufre y el que mira, y va dirigido sobre todo al segundo: su lección viaja de boca en boca, entra en las casas por la puerta del amor y termina pareciendo costumbre. Lo único que no sabe procesar es la compañía.
El Partido Comunista confirmó por escrito lo que antes trataba como calumnia: el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro negocia con Washington el futuro de Cuba. Fue la semana en que el castrismo dejó de fingir, y en que se constató una vez más que Cuba no tiene instituciones débiles: tiene una finca familiar con utilería de estado.
Se debaten en seminarios las bombas que aún no han caído, mientras se silencia la guerra que el régimen cubano libra, desde hace décadas, contra su propia población. Aquí se trata de nombrar la guerra que sí existe y a quienes la conducen, y reconocerles a los cubanos que saben lo que hacen cuando salen a la calle.