A comienzos de este junio, en una noche de apagón –la noche cubana por antonomasia–, Yunaykis de la Caridad Linares, expresa política del 11 de julio en libertad condicional, fue detenida y golpeada junto a su padrastro en el barrio habanero de Santa Amalia. Su delito: interponerse para que los agentes no se llevaran a un menor de edad señalado como protagonista de una protesta. “Fui golpeada y asfixiada; uno de los policías me tapaba la boca y la nariz”, contó ella misma en un video que circuló en redes. Todo ocurrió a oscuras, entre vecinos que filmaban con el teléfono y policías vestidos de civil. Esa misma semana, en universidades y centros de estudio del extranjero –centros que administran, dicho sea de paso, una parte nada despreciable de los capitales cubanos desperdigados por el mundo–, volvían a multiplicarse las mesas de debate para dirimir, con toda la parafernalia de la ciencia social, si los cubanos quieren, necesitan o merecen una intervención extranjera; mesas que proliferan desde que, en enero, las bombas cayeron de verdad sobre Caracas y la pregunta dejó de ser un ejercicio de seminario. No hay artificio retórico en el contraste; hay apenas un calendario.
Unas semanas antes, una revista europea de corte progresista rechazó el texto de una de las firmantes de esta columna. No objetaba un dato, una fecha, un argumento: objetaba que el panorama del momento cubano no viniera precedido de una condena a las violaciones de Donald Trump al orden internacional. Es decir: para mirar críticamente al régimen cubano hay que pagar antes un peaje, una suerte de reconocimiento confesional de la maldad del imperio; sin ese acto de contrición, la descripción (¡de nuestra propia casa!) resulta impublicable. A los cubanos se nos exige ese trámite con tanta regularidad que casi hemos dejado de notarlo.
Pensemos en lo que ambas escenas, tan desiguales de escala, comparten: una asimetría de la atención. Ríos de tinta y horas de debate para una guerra hipotética; un formulario de silencio para la guerra en curso. ¿Por qué se nos pide temer las bombas que no han caído y, a la vez, callar los golpes, las detenciones, el hambre y los apagones que sí están ocurriendo? ¿Por qué la violencia futura e imaginaria merece seminarios, y la violencia presente y documentada merece, a lo sumo, una nota al pie? Estamos penando por cohetes que nadie ha disparado y haciendo silencio ante una muerte lenta que lleva décadas administrándose.
El fenómeno tiene nombre, y tiene historia reciente. En 2018, en plena guerra siria, Leila Al-Shami lo llamó “el antiimperialismo de los idiotas”: la disposición de cierta izquierda occidental a movilizarse únicamente cuando Washington amaga, mientras medio millón de muertos –el 94 por ciento de las víctimas civiles corrió por cuenta de la alianza del régimen con Rusia e Irán– no le arranca un solo cartel. “Esta izquierda exhibe tendencias profundamente autoritarias: coloca a los Estados mismos en el centro del análisis político; la solidaridad se extiende a los Estados –vistos como el actor principal de una lucha por la liberación– y no a los grupos oprimidos de una sociedad, no importa cuán tiránico sea ese Estado.” Los sirios, donde existen, quedan reducidos a peones de un ajedrez geopolítico. Santiago Alba Rico, escribiendo desde dentro de esa misma izquierda, lo dijo con una lápida: Alepo fue “la tumba de la izquierda”. Para matar a gran escala –anotó– hay que mentir a gran escala, y además insultar y despreciar a las víctimas; y eso que tanto nos indignaba cuando los verdugos eran Estados Unidos o Israel se volvió “rutina mental” cuando el verdugo fue Asad.
No hacía falta importar el diagnóstico: “Cree el aldeano vanidoso”, escribió Martí, “que el mundo entero es su aldea”. El aldeano vanidoso de nuestros días se ha globalizado: alcanza Ucrania, Alepo o La Habana con un ordenamiento moral de bolsillo, dos consignas y ninguna obligación de cargar con las consecuencias. No tiene que vivir los dilemas que adjudica; se da el lujo, eso sí, de decidir quién es legítimo y quién no. Con Cuba le basta un apaciguador “abajo el bloqueo” que lo instala en el lado bueno del mundo sin rozar siquiera el conflicto que esas dos palabras esconden. Y el régimen agradece: ningún gobierno ha extraído más rendimiento político de un embargo que aquel que puede culparlo, desde hace más de sesenta años, de cada uno de sus fracasos.
La versión más actual del fenómeno ni siquiera requiere mala fe. Sectores significativos de la izquierda internacional y de la opinión progresista –medios influyentes de Estados Unidos, eurodiputados, organizaciones de solidaridad–, en su legítima oposición a las políticas de la administración Trump, terminan reivindicando las narrativas del régimen cubano y acomodándolo en el papel de víctima; en el proceso se vuelven invisibles las demandas de la sociedad civil independiente y la represión que sufre. El rechazo de aquella revista europea no fue una rareza: fue el procedimiento, aplicado con pulcritud. La cuestión cubana queda así atrapada en una polarización entre dos bloques –la administración Trump y el régimen– que se necesitan mutuamente como coartada, y que borra del cuadro al actor más vulnerable: la ciudadanía que reclama derechos frente al Estado y que no se reconoce en ninguno de los dos polos del conflicto. El pleito tiene dos bandos; la víctima no milita en ninguno.
Si convenimos en que el patrón existe, falta entender su mecanismo. ¿Qué hay que presuponer de un pueblo para sostener que su tragedia se explica entera desde afuera? Hay que presuponer, exactamente, que no actúa: que lo mueven. El catálogo oficial es conocido: si los cubanos salen a la calle es porque están manipulados, porque hay una campaña mediática, porque alguien pagó una recarga, porque el enemigo empuja. La gente, se entiende, no tiene agencia: no razona, no está cansada, no decide. El catálogo tiene, además, pedigrí: son los mismos argumentos con que los funcionarios coloniales archivaban las insurrecciones campesinas –“fue el calor”, “no sabían lo que querían”–, esa prosa contrainsurgente que niega conciencia al insurgente para ahorrarse el trabajo de escucharlo.
Cosa curiosa: ese catálogo no es patrimonio del aparato. Una tendencia académica que se reclama de izquierda lo suscribe con otra sintaxis cuando convierte cada protesta en epifenómeno de las sanciones y cada descontento en obra de Washington. En el espejo se miran dos actores que se detestan y sugieren lo mismo: el cubano no es sujeto de su historia. La premisa antropológica del régimen y la de sus críticos más improbables coinciden punto por punto (y a los segundos, que presumen de pensamiento crítico, la coincidencia ni siquiera les quita el sueño). Solzhenitsyn, que algo sabía de regímenes y de quienes los disculpan a distancia, dejó escrito en Archipiélago Gulag que la línea que divide el bien y el mal no pasa entre Estados, ni entre clases, ni entre partidos: atraviesa el corazón de cada ser humano. Todo lo demás –las casillas, los bandos, las cartografías– es utilería.
“Yo soy académico, no activista”: la coartada suena a escrúpulo metodológico y funciona como salvavidas moral. Pero llamar violento a un régimen que encarcela manifestantes, fabrica juicios ejemplarizantes y golpea ancianas no es activismo: es descripción. Lo militante –lo furiosamente militante– es negarse a hablar, a anotar lo real, a describir. Y es una militancia cómoda, conviene decirlo: se ejerce con beca, con cátedra y a diez mil kilómetros del calabozo.
Conviene, además, ponerle teoría a la palabra, porque agencia ha terminado sonando a jerga. Hannah Arendt definió la acción como la facultad de comenzar algo nuevo: del hombre, escribió, cabe esperar lo inesperado; es “capaz de realizar lo que es infinitamente improbable”. No es una concesión que se otorga a los pueblos bien portados: es la condición humana misma. Y James C. Scott documentó que los dominados la ejercen incluso cuando no pueden alzarse: la resistencia cotidiana –la evasión, la lentitud deliberada, el trapicheo, el chiste– es política sin permiso, y los Estados que se dicen socialistas la conocen tan bien como los otros. El cubano lleva décadas siendo un virtuoso de ese repertorio. Quien lo mira y no ve agencia no está mirando: está dictaminando.
El 11 de julio de 2021 ocurrió lo infinitamente improbable –ningún constructor de escenarios lo tenía entre los probables; dejó de serlo el día que ocurrió–: decenas de miles de personas, en cerca de trescientas localidades, sin líderes, sin partido y sin armas, salieron a la calle. Una mujer de 81 años lo resumió frente a un celular mejor que cualquier politólogo: “Vivimos más de 60 años en la mentira y engañados, y esto tiene que acabarse. Nos quitamos el ropaje del silencio”. La respuesta del Estado no fue deliberativa: “La orden de combate está dada: a la calle los revolucionarios”, dijo el presidente Miguel Díaz-Canel en televisión nacional. Ya sabemos lo que siguió: los juicios con penas desproporcionadas y opacidad ejemplar, menores de edad incluidos; la única víctima fatal de aquellas jornadas fue un manifestante muerto a manos de la policía, en un caso que nadie ha juzgado.
El 11J dejó, como regalo, la promesa de su regreso. Y la promesa no esperó aniversarios. Desde entonces la protesta se incorporó al repertorio cotidiano de la vida cubana: cacerolazos, cierres de calle, pintadas, reclamos frente a instituciones, protestas estudiantiles contra el tarifazo de las comunicaciones; con picos y mesetas, pero sin extinguirse nunca, porque se volvió, sencillamente, el idioma del descontento. Este junio la escala subió otra vez: el país convertido en un apagón con pausas, las comunicaciones cayéndose a pedazos, y la gente de vuelta en decenas de barrios a la vez –casi siempre en las noches sin luz; después, también a plena luz del día–, en lo que quienes llevan la cuenta describen ya como la mayor ola desde el 11J. El telón de fondo es un derrumbe que ya nadie maquilla: la nueva oleada de sanciones estadounidenses dejó de apuntar a individuos para cercar completa a la red empresarial-militar que sostiene al régimen, y las cadenas hoteleras extranjeras protagonizan una estampida (el gran amigo Meliá acaba de soltar quince hoteles, cerca de la mitad de los que administraba en la isla) que va enterrando el último proyecto económico que al castrismo le quedaba. En medio de ese paisaje, la gente, por sí sola, sigue demostrando que decide, y que sabe ponerle rostro y voz a sus reclamos.
Pero restituir agencia tiene una segunda mitad, menos cómoda: también el régimen actúa. La violencia cubana no es clima, ni fatalidad estructural, ni “contexto”: es sistémica y tiene autores, órdenes, firmas. Tiene incluso fechas redondas: este año se cumplen treinta del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate –que se saldó con cuatro muertos–, y su responsable, Raúl Castro, acaba de cumplir 95 con una acusación formal de la justicia estadounidense encima. Y mientras en el extranjero se debate la guerra imaginaria, la guerra administrada avanza: y son los golpes, y las detenciones nocturnas, y el hambre, y los apagones, y los muertos en el mar, y la segregación del dólar, y la cárcel ejemplarizante (más de mil doscientos presos políticos hoy, la cifra más alta de que se tenga registro). Esa guerra no la traen los americanos. La conduce, desde hace sesenta y siete años, el propio Estado cubano contra su población.
Digamos también lo que esta columna no dice, para ahorrarles el trabajo a los lectores apresurados: reconocer la agencia de los cubanos desautoriza igualmente el atajo inverso, el de quienes fían el cambio entero a Washington. Algo deberíamos aprender viendo al propio movimiento que devolvió a Trump a la Casa Blanca discutir en voz alta, a propósito de Irán, los límites de su vocación intervencionista: Estados Unidos tiene intereses, debates y dinámicas propias que solo en parte coinciden con la democracia que los cubanos quieren. Apostarle hasta el último peso a ese caballo es otra forma –más simpática, igual de pasiva– de declararse incapaz. La agencia no se terceriza: ni para negarla ni para ejercerla.
¿Y qué pierde esa izquierda –no la izquierda: esa– que, pudiendo elegir, elige el libreto del aldeano? Pierde lo único que la define. Porque, ¿qué define a una izquierda, además de la vocación de justicia y la utopía de una vida digna para todos, si no la decisión de no ponerse jamás del lado del opresor? Cuando las calles cubanas se llenaron, buena parte de la izquierda continental –con honrosas excepciones– no se levantó por Cuba como se había levantado por Chile; no aceptó que la insurrección popular expresa la sabiduría popular; se puso del lado del opresor. El resto es mecánica conocida: las falsas equivalencias que colocan en la misma balanza la represión de un Estado totalitario y el “extremismo” de quienes la denuncian; la equidistancia como refugio; el observatorio que cataloga los excesos “de ambos lados” cuando solo uno de los lados tiene cárceles abarrotadas de presos políticos. A esa tendencia nadie le pide aquí que deje de ser de izquierda; se le pide que decida qué va a hacer con sus palabras. ¿Qué significan hoy, hablando de Cuba, las palabras revolución, pueblo, soberanía, libertad?
Hay, por último, un costo práctico. En Venezuela la intervención dejó de ser hipotética, y puede discutirse todo de esa operación –su legalidad, sus motivos confesadamente extractivistas, lo que venga después–, menos la secuencia que la precedió. Décadas de apatía, silencio o complicidad ante los crímenes de Maduro no evitaron la imposición externa: la habilitaron. La inacción de unos acaba convirtiéndose en el permiso de otros. Quienes callaron no ahorraron la intervención; se ahorraron, apenas, la autoridad moral para opinar sobre ella. Y el contraste de enero –venezolanos celebrando en las calles del mundo mientras la indignación militante descubría de pronto la palabra “soberanía”– debería servirnos de espejo: la alegría de un pueblo nunca está en el libreto del aldeano global. Por eso lo desconcierta.
Václav Havel imaginó a un tendero de Praga que un día, sin heroísmo, deja de colgar en su vidriera el cartel de “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No derroca nada, no funda ningún partido: “ha demostrado a cada uno que es posible vivir en la verdad”. Y como el sistema entero está hecho de mentira, esa demostración mínima es el peligro mayor: “apenas un solo hombre exclama: el rey está desnudo, apenas un jugador infringe las reglas del juego y lo desvela como juego, todo aparece de repente a otra luz y da la impresión de que toda la envoltura es de papel y que comienza a rasgarse de manera imparable hasta la desintegración”. La anciana del 11 de julio no ha leído, es casi seguro, a Havel, pero lo dijo mejor. Quitarse el ropaje del silencio y mirar la mentira de frente: a eso le temen más que a ninguna otra cosa los sistemas construidos sobre ella.
De manera que esta columna no le pide a nadie abrazar intervención alguna. Pide algo anterior, más barato, más básico y más difícil: dejar de mentir sobre Cuba. Nombrar la guerra que sí existe y a quienes la conducen. Reconocerles a los cubanos lo que el régimen y sus abogados ilustrados les niegan a coro: que son grandecitos, que están cansados, que saben exactamente lo que hacen cuando salen, a oscuras, con un caldero en la mano. Y reconocerles de antemano el derecho a la alegría del día después, esa que ninguna mesa de debate ha sabido nunca programar. Los pueblos no piden permiso para ser libres. Tampoco pedirán perdón por alegrarse.
Para llegar a Cacocum
Cuba no se acaba en Cacocum. Esta columna apuntala una sospecha: que el país real empieza justo donde la mirada habitual se detiene. El imaginario sobre Cuba tiende a una postal habanera; lo demás –lo profundo, lo periférico, lo que no se suele ver, ni decir, ni mostrar– queda fuera de cuadro, administrado como si no existiera. Nosotros perseguimos una terquedad contraria: la de llegar hasta ahí. Cacocum es, en cierta forma, un modo de nombrar lo que el mapa esconde. Queremos indagar en la Cuba que no cabe en el folleto turístico ni en el titular que cierta prensa internacional compra al discurso oficial; queremos lo que corre por debajo, lo que la repetición de una sola historia vuelve invisible. No ofrecemos un mapa cerrado –Cuba es más vasta e inestable que cualquier mapa–; ofrecemos una dirección y una disposición de la mirada: hacia el fondo, hacia el margen, hacia ese afuera que también somos. Llegar a Cacocum es, sobre todo, negarse a mirar para otro lado.

