‘Taxi Driver’, de Martin Scorsese. El redentor Travis Bickle cumple 50 años

'Taxi Driver' cumple 50 años y creo que la persistencia de su metraje, en cualquier espectador competente de antier, de ayer o de hoy, se cifra en algo aparentemente banal o minúsculo en relación con la trama: el peso de los ojos del taxista en ese big close-up cuyo repertorio de emociones hace que no podamos prescindir de ese Robert de Niro.

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Voy a matarla. ¿Qué le parece eso? No conteste. Voy a matarla con un Magnum calibre 44.
¿Sabe cómo le deja la cara a una mujer un Magnum calibre 44?
No conteste, no tiene por qué contestar a todo.
Le destroza la cara, se la parte en mil pedazos.
¿Pero sabe cómo le deja el coño? Debería ver eso.

Travis Bickle, taxista que no pone objeciones a ir de noche por cualquier sitio de la ciudad (es un exmarine sin tiquismiquis, y va y viene impávido y lleno de curiosidad), hace una pausa, en un bar, para conversar con algunos colegas. Uno de ellos le pregunta si tiene cambio para 5 centavos. Otro comenta, con admiración medio burlona, que Travis conduce su taxi sin miedo entre delincuentes peligrosos. Otro se acerca a él y le enseña un trozo de loza y le dice, en broma o en serio, que perteneció a la bañera de Erroll Flynn, y que tiene las marcas de inmersión de una persona, de dos y hasta de tres. El sujeto le propone a Travis vender el trozo de bañera y que irían a la mitad de lo que obtenga del negocio. Después Travis saca lo que parece un Alka-Seltzer, lo pone en un vaso de agua y queda hipnotizado por el burbujeo.

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La mirada ofuscándose, fija, en las burbujas. He ahí una observación estacionaria, sin tiempo. Un hombre separado, un hombre sumergido que no repara en las burlas. Se da cuenta de ellas, pero no lo inquietan ni le importan.

Esta es la quinta ocasión en que me acerco a Taxi Driver (1976). Recordaba bien casi todas sus secuencias y supuse que iría cortando aquí y allá, saltándome partes, mirando otra vez la cara de susto raro de Robert de Niro cuando Martin Scorsese, que interpreta a un marido engañado, lo obliga a ver la silueta semidesnuda de su mujer proyectada contra los cristales del ventanal de un apartamento ajeno, donde vive el amante: un negro. El cornudo le cuenta a Travis que va a matarla, y le dice cómo lo haría: con un Magnum 44.

Vi toda la película otra vez. Es un tejido bien trabado, preciso, adictivo. Una obra maestra a la que uno regresa de vez en vez.

Taxi Driver cumple 50 años y creo que la persistencia de su metraje, en cualquier espectador competente de antier, de ayer o de hoy, se cifra en algo aparentemente banal o minúsculo en relación con la trama –de desenlace en los bordes de lo surreal, por cierto–: el peso de los ojos del taxista en ese big close-up cuyo repertorio de emociones hace que no podamos prescindir de ese Robert de Niro. Hay otros acaso prescindibles en su ya larga carrera. Este no lo es.

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Hay, como dije, un susto raro en el semblante de Travis: he ahí el cifrado de una personalidad que no se articula bien con la conciencia que el personaje tiene acerca de sí. Sorpresa, admiración, prevención, avidez. Cuatro sentimientos que, me parece, están allí, en ese rostro. Reunidos de forma anómala para dotar, de una expresión verosímil, a un sujeto no menos anómalo, que vive asediado por la necesidad imperiosa de hacer algo. Fue un marine. Lo es todavía. Un hombre que participó en la guerra de Vietnam y la guerra lo abrazó como a uno de los suyos, o más bien como a uno de sus epítomes. Alguien que, al regresar, no encaja. Porque tampoco regresa del todo. No es que él, por fuerza, haya abandonado la guerra al ser licenciado del ejército, sino que más bien la guerra lo abandona a él. Está a medio camino entre aquel mundo simple y mítico de matar o ser matado, y este del presente donde hay que trabajar en condiciones de normalidad. Y en Travis esas condiciones ya no existen.

Entre los lugares comunes de la crítica sobre Taxi Driver se alude, una y otra vez, al hecho de que en la guerra hay miedo, heroísmo, vida, sobrevida, muerte. Tan simple. Y se subraya otro hecho: la Nueva York del personaje es una ciudad demasiado compleja. Y de noche se metamorfosea en un organismo terrible, engañoso, despreciable, adulador, adherente, pútrido. De lo legendario de la guerra a la nocturnidad de Nueva York, y de allí otra vez a la guerra. Pero cuál guerra.

El taxista conoce a Betsy (Cybill Shepherd), una joven que trabaja en la oficina de activistas de un aspirante a la presidencia de los EEUU, el senador Palantine. Su aproximación es sincera y de una sencillez en los límites de lo pueril, o de la inocencia, o de la ignorancia. Meriendan juntos. Le compra un disco. La invita al cine. Pero en la única sala que Travis conoce solo pasan películas pornográficas. A él le da lo mismo porque las ve de modo insensible, hasta con aburrimiento, sin la menor excitación, como un autómata insomne. Más bien ignora, por pura incapacidad, lo que la pantalla ofrece. Betsy, sin embargo, escapa escandalizada. No quiere saber ya de él.

En las inmediaciones de lo esquizoide, la ética de Travis ve con normalidad el cine porno, no así la violencia sexual y la drogadicción que inundan las calles. Está a punto de asfixiarse en la nada, y anhela ser un proveedor de justicia. Un salvador.

Es un alienado tan alienado que no distingue entre el cine normal y el cine porno. Y entonces se produce la conexión de su mente con la mente del hombre cuya mujer está engañándolo con un negro, y que dice que va a desbaratarle el rostro de un balazo: el poderío de un Magnum 44. El rostro o el coño. Dispararle en el coño. Esa idea, tan brutal y escabrosa, no está exenta de morbo. Y uno recuerda la novela Ánima, del libanés-canadiense Wajdi Mouawad: un puñal clavado en la vulva de la víctima. El desatino de una imagen apenas concebible, apenas descriptible.

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Uno mira hoy la película y comprende la vigencia del gesto de Scorsese-De Niro cuando dibujan un Travis sofocado, que observa con obsesiva minuciosidad lo que le rodea y que carece de una estimulación que lo invite a adentrarse por algún camino habitual, algo que lo ponga dentro de alguna vía rutinaria de la existencia. Nada lo complace. Nada lo hace sentir vivo o real. Y tiene ganas de salir a la calle y hacer algo de verdad. Algo útil. Es decir: algo significativo para la testificación de su yo. “Dios me hizo un hombre solitario”, se justifica. Eso lo escribe en un alucinante diario que actualiza constantemente. Todo se lo confía a esas páginas llena de hechos y pensamientos.

Comprar un Magnum 44. En realidad, compra varias armas. Y ahora tiene un poder de fuego insólito. Y hace ejercicios. Prepara una guerra personal. Por esos días escribe a sus padres. Les manda una tarjeta de felicitación de cumpleaños. Se excusa por no poder enviarles su dirección. El “delicado trabajo” que realiza para el gobierno le impide ser explícito sobre los detalles prácticos de su vida. Ha acudido a un mitin con Palantine y, tras dialogar con uno de los guardaespaldas que esperan al senador, y darle sus señas (todas completamente falsas) con el propósito de aspirar a un puesto en el servicio secreto, entabla en su mente una camaradería paranoica.

A partir de ahí la película se precipita hacia su desenlace. Travis conoce a una jovencísima prostituta (a punto de cumplir 13 años) apodada Facilona y cuyo nombre es Iris (Jodie Foster). Se propone, indignado, redimirla. Va a quitársela al chulo, apodado Amoroso (Harvey Keitel). Lo más dúctil y preciso de la actuación de Robert de Niro, y, al mismo tiempo, lo más complejo de la personalidad de Travis, es que su ensueño de justicia social, tan radicalizado, pasa por esa mirada esquizoide que fulmina, entre el odio, el asco y la estupefacción, lo que él llama la basura de la ciudad, la letrina, el detritus, el pus. Y allí, frente a él, está Facilona, comiendo tostadas con mermelada. Una Jodie Foster muy profesional y de encomiable lozanía. Travis ha invitado a la niña puta a desayunar.

(Creo que los cimientos de la condición de clásico del cine que Taxi Driver detenta, más allá de la circunstancia de pertenecer virtuosamente a ese Nuevo Hollywood del que tanto se ha escrito, se hallan en la gramática de la propia película. Escenas regentes a las que se subordinan otras escenas que, en términos dramatúrgicos, insisten en el dilema fundamental: un hombre situado entre un no-hacer-de-la-nada (de acuerdo con su psiquis) y un hacer donde el yo le sería “devuelto” en un todo más o menos satisfactorio, más o menos disfrutable).

En otro mitin va Travis al encuentro de Palantine. Allí intenta sacar un arma. Es perseguido. Huye. Es un héroe atravesando una selva cuajada de monstruos y de maldiciones. Algo parecido a un ranger que usa ahora un extraño corte de pelo. Sólo piensa en su misión. Por la noche va en busca de Iris y ve a Amoroso y discuten y le da un tiro en el estómago. Más tarde se adentra en el sitio de los encuentros de Iris con los hombres. La antesala del final es ni más ni menos que una matanza: hay disparos y puñaladas y mucha sangre, incluida la de Travis, que ha sido impactado en el cuello. Todos muertos excepto él. Iris se aterroriza. Travis intenta dispararse él mismo, en un gesto crucial, de cierre de un ciclo o una vida. Intuye que ahí acaba o debería acabar todo. Pero ya no tiene balas. Cuando los policías se asoman a la escena, observan atónitos al taxista. Este los mira, sonríe, y con el puño y el dedo índice hace un gesto: se dispara en la sien.

Vuelve a manifestarse aquí esa estética del delito que invade los predios de lo gore, y que a su vez alude, aunque no exista conciencia de ello, a los vibrantes dramas llenos de muerte del teatro isabelino, y, más atrás en el tiempo, a las grandes tragedias clásicas de venganza y justicia. El olor de la sangre puede llegar al cielo, escribió Esquilo para todas las épocas. La cámara es cenital y retrocede, sale y va hacia lo alto, captando a la multitud que se ha reunido en la calle.

Pero el tiempo pasa y Travis, que ha estado en coma, se recupera. Hay una carta de agradecimiento de los padres de Iris. La prensa alaba al taxista que ha salvado a una niña (emputecida sin lágrimas, justo es decirlo) “de unos gángsters”. Cuando regresa a los taxis, ya Travis es un héroe, pero en verdad no le importa. ¿Acaso todo acto de heroísmo suicida tiene algo de locura? Es obvio que no se trataba ni de reconocimiento y de gratitud. Más bien del alma extraviada e infeliz, y probablemente crédula, honrada y cándida, de un hombre torcido para siempre por el furor invencible de la guerra.

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ALBERTO GARRANDÉS
ALBERTO GARRANDÉS
Alberto Garrandés. Narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado Sexo de cine (Premio de la Crítica en Cuba, 2013), Body Art (cuentos, 2014), El ojo absorto (ensayo, 2014), Una vuelta de tuerca (ensayo sobre cine de autor y películas de culto, 2015), y Demonios (novela, 2016, Premio Alejo Carpentier). En 2018 reunió lo esencial de sus cuentos en Mar de invierno y otros delirios.

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