Presentación
Carl Rakosi (1903-2004) nació en Berlín y falleció en San Francisco. Fue, durante décadas, una voz marginal y luego redescubierta de la poesía estadounidense del siglo XX. Su obra transita desde el modernismo hasta la poesía objetivista, pasando por un prolongado silencio de casi treinta años. De familia judía alemana, pasó su infancia en Hungría antes de emigrar a Estados Unidos en 1910, estableciéndose en Kenosha, Wisconsin. Tras graduarse en la Universidad de Wisconsin y obtener un máster en trabajo social en la Universidad de Pensilvania, Rakosi se sumergió en el activismo político, lo que lo llevó a una crisis de conciencia sobre el papel social de la poesía. Abandonó la escritura en 1941 para dedicarse por completo a su carrera como trabajador social y psicoterapeuta infantil, ejerciendo en ciudades como San Luis, Cleveland y Minneapolis, y cambiando legalmente su nombre a Callman Rawley. En la década de 1930, bajo el auspicio de Ezra Pound, fue incluido en el célebre número “Objetivista” de la revista Poetry, editada por Louis Zukofsky, junto a figuras como George Oppen y Charles Reznikoff. Su obra inicial, admirada por Pound y Stevens, quedó prácticamente en el olvido durante sus décadas de inactividad. El redescubrimiento de Rakosi llegó en 1965, cuando el poeta inglés Andrew Crozier contactó con él, inspirándolo a retomar la escritura. Este “segundo acto” creativo, que se prolongaría hasta el final de sus días, resultó extraordinariamente fructífero. Libros como Amulet (1967), Ere-Voice (1971) y Collected Poems (1986) consolidaron su reputación como un poeta de enorme originalidad y vitalidad tardía. Su poesía, descrita como “precisa, perceptiva y concisa”, influyó en generaciones posteriores, incluidos los poetas de la generación beat. Reconocido con premios como el PEN Award en 1996, Carl Rakosi es hoy considerado no una figura marginal, sino un poeta fundamental para entender la tradición estadounidense del siglo XX. Los textos que aquí traducimos pertenecen a su libro Ex Cranium, Night, publicado en 1975.
Poemas de Ex Cranium, Night
Enigma
En plena noche el caribú dormía.
La posibilidad de no saber qué eres
no había sido concebida.
Es el bosque original.
hay paz.
El lobo ha comido.
Emite un largo aullido para indicar su ubicación.
Si el cazador no lo encuentra,
vivirá siete años.
Una caja es una caja.
Se ha definido la integridad.
“De conformidad con las rocas,
Espinas”
(palabras de un sueño)
Supe al instante que esas palabras pretendían decirme algo que debía saber. Su fuerte énfasis indicaba que debían pronunciarse. El sueño se había desvanecido como un antiguo héroe griego de origen incierto, salvo por el recuerdo imborrable de una noche de turbulencias y alarmas. Y pude recordar, también, aunque ahora es vago si fue en el sueño o después, que, por una fugaz imagen de calles desiertas y polvo y papeles volando a mí alrededor, supe que la turbulenta acción, el bullicio y la agitación, habían llegado a su fin de la manera en que una enorme ola se vuelve agua ordinaria que baña la orilla.
Me sentí como si hubiera tenido fiebre. Tuve la clara impresión de que toda la humanidad había emergido del océano ante mis ojos y que un gran drama de pasión acababa de desarrollarse. Pero la imagen se desvaneció rápidamente. Sin embargo, seguí convencido de que así había sucedido y que, por un instante, había vislumbrado el acontecimiento.
“Conforme a las rocas, espinas”, esas palabras resonaron en mi cabeza, claras, pero apagadas, como una inscripción en piedra. De ahí deduje que tenían algo que ver con el orden implacable y fundamental de las cosas, que eran exactas y absolutas, y que no debían modificarse de ninguna manera. Solo les encontraba un sentido poético, pero, sin embargo, de alguna forma, estaban destinadas a guiarme.
Así fue como llegué a saber cómo Dios le habló a Moisés.
¿Cómo va el tiempo?
Para H. S. Ephron
Los auditores me han enviado una notificación.
No me queda suficiente en mi cuenta
ni para orinar
pero lo que hay
curará la vanidad
y acabará la metátesis
y me convertirá en una col;
todo mi valor estará bajo tierra.
Si pudiera mirarlo
no lo haría.
En resumen, eso es todo lo que importa.
La mordida de hierro.
El resto se puede aprender.
* * *
¿Dios y el hombre van en direcciones opuestas?… el hombre hacia lo grandioso, lo universal –mística porque no es alcanzable– y Dios, puesto que ya Él está en posesión de todo eso, hacia las partículas elementales de la materia y la inagotabilidad explosiva de un instante.
Las fuerzas son demasiado poderosas para el amor.
El poeta tiene sensibilidad para ambos vectores.
* * *
La pregunta “¿para qué?” posee una presencia eléctrica que no se ve afectada por el análisis racional, una especie de vida eterna, en parte inherente a nuestra propia naturaleza. Es más apacible que una respuesta y, de tal magnitud, parece no necesitarla. Quizás sea una herramienta divina que reside en nosotros, o la señal de la consumación.
Cuando se formula la pregunta, sabemos de inmediato que es nuestra pregunta y que lo que realmente importa está en ella en alguna parte, junto con el alcance que nos falta.
Es tan inexplicablemente profunda y conduce a lugares tan extraños que allí se puede estudiar la naturaleza de Dios. ¿Pero con qué?
Un rostro que no envejece
Eso da la órbita.
Los párpados cuelgan bajos
(baja holgura):
oscuro y triste.
Eso es para la expresión.
Un sepulturero dejó
sus maletas aquí.
Todo aquí.
* * *
La experiencia parece infinita, como si no hubiera razón para que terminara. Sin embargo, termina.
La misma dualidad se encuentra en el tiempo y en la poesía.
Ahí reside su enigma y su extraño poder.
* * *
Escribimos y la poesía es triste porque nuestras aspiraciones son de un orden distinto al de la realidad y, por lo tanto, inalcanzables. La gente sigue con sus asuntos como si este orden no existiera y asume erróneamente que su decepción y angustia primordiales se manifiestan en el mundo cotidiano.
* * *
Ahora la anciana madre no puede ser amada. Todo su cuerpo se ha encogido. La carne cuelga de sus brazos. Los dientes están manchados de marrón, flojos y desgastados. Se cae y se golpea constantemente, y hay que llevarla a todas partes. Y no se termina con los médicos, los gastos, su dolor.
Ahora nadie sabe cómo comprender su situación. ¿Y quién querría hacerlo? De hecho, a la hija le cuesta mirarla directamente. Teme lo que su madre pueda ver en sus ojos, que se haya vuelto aburrida y que nada de lo que diga pueda resultar interesante.
Y así, la hija, que al principio no soportaba ver envejecer a su madre, con el tiempo llega a esperar el final con tenacidad, como en una estatua de hierro, pero sin el dolor ni la tristeza que sentiría si la madre siguiera siendo la misma persona que conoció de joven.
Hay una providencia benevolente en esto para ella, pero no para la madre.
Apéndice
En 1934, cientos de personas sin hogar llegaban diariamente a la ciudad de Nueva Orleans, al igual que a todas las grandes ciudades del país, supuestamente en busca de trabajo. Salían de vagones de carga y góndolas de ferrocarril y se dirigían directamente a la Oficina de Asistencia Social, donde sabían que encontrarían refugio, comida y una ducha.
Los trabajadores hacía tiempo que habían renunciado a buscar empleo, pues no había trabajo en ninguna parte y todo el mundo lo sabía. Estas personas eran vagabundos y parásitos en busca de aventuras. Por primera vez en la historia del país, contaban con su propia agencia de asistencia social y podían expresarse libremente. De vez en cuando, aparecía entre ellos algún trabajador de verdad, maltrecho, sombrío, avergonzado, aferrándose a una fortaleza tan inquebrantable como su propia estructura ósea. También estaban aquellos que huían de la ansiedad y la frustración, hombres básicamente responsables. Pero los demás sabían, gracias a sus rumores, mucho antes de llegar a Nueva Orleans, qué preguntas les harían, qué podían esperar y hasta dónde podían llegar; el juego consistía en demostrar ingenio y poner en aprietos a los que estaban al mando.
El gobierno improvisó este programa de la noche a la mañana en un intento desesperado por frenar la inestabilidad y ayudar a quienes pudieran recuperarse. Esto habría estado fuera del alcance de cualquier personal… en particular de este personal.
En aquel entonces, había muy pocos trabajadores sociales capacitados en el país. En Nueva Orleans, solo había uno en toda la agencia. Los demás debían ser reclutados entre los propios vagabundos y capacitados en el trabajo. Cualquiera con dos años de estudios universitarios y una apariencia responsable era contratado en el acto, sin siquiera verificar referencias laborales, naturalmente, ya que se trataba de personas que tampoco habían podido encontrar trabajo. Nunca se había visto un grupo más heterogéneo de plebeyos en el personal de una agencia. Pero tenían una ventaja: estaban demasiado desinformados para darse cuenta de lo imposible que era su tarea. Todo con lo que contaban era el proceso de entrevistas, que nunca antes habían realizado, algo de dinero en efectivo, un albergue donde se desparasitaba a los vagabundos que llegaban y Algiers, un gran campo de trabajo donde los hombres podían permanecer hasta uno o dos meses si se consideraba que necesitaban desarrollar hábitos laborales.
¡Selah!
* * *
La poesía, al igual que la metafísica, anhela encontrar algo permanente detrás de las apariencias cambiantes, alguna forma aún desconocida de naturaleza trascendente.
Cuando Kant sostenía que existían postulados fijos que debían existir, les estaba asignando un hábitat y un carácter a su forma en la mente misma, ya que la afirmación solo podía haberse hecho como respuesta a alguna forma interna, alguna modalidad, en su propia mente.
Apenas percibimos, como en una visión periférica, la presencia de estas formas, colosos sombríos por los que transitamos. En el mundo de los absolutos, parecen tan claras como la materia. Si, por ejemplo, digo: “el mal debe existir porque el bien existe y siempre debe haber un opuesto al bien”, lo que estoy diciendo es que esta idea existe como un par de antípodas eternas, si existe una, debe existir la otra, porque una solo tiene sentido en relación con la otra. La mente es incapaz de pensar de otra manera.
Sin embargo, las ideas también existen por sí mismas. Dos más dos son cuatro, sin importar qué, no solo porque es la modalidad de la mente, sino porque la naturaleza misma se adapta a ella y se deja manipular por ella.
El anhelo incansable de absolutos es inherente a la naturaleza humana, y su forma en la poesía corresponde a lo que ya subyace, de manera tenue, en la mente y la naturaleza del poeta. El impulso poético reside en el anhelo de alcanzar esta modalidad interior.
No es de extrañar que un poema en una página parezca independiente y absoluto. Y lo es.
* * *
Resulta extraño que el inglés, que está tan ligado a la poesía, carezca de palabras adecuadas para expresar su naturaleza. Así, se dice que los poemas son “líricos”, como si desprendieran el sonido de una lira o una canción; o que poseen una “música interior”, en reconocimiento de su carácter introspectivo. Y se les denomina cantos, fugas, canciones, sinfonías. Es como si nos hubiéramos detenido en los límites de lo físico, de donde emana la música, y tuviéramos que describir lo que ocurre al otro lado basándonos en lo conocido en el plano físico.
Es un asunto complicado, pues la “música interior” de la poesía no se parece en nada al sonido de un instrumento, y si intentas cantarla, sabes al instante que estás en el medio equivocado. La verdad es que un poema nace en la memoria del lector. Allí, las palabras adquieren sonido, ritmo, énfasis, cadencia, fraseo, entonación, etc., a partir del lenguaje hablado. Esta parte es física y puede compararse con la música. Sin embargo, mientras esto sucede, también se establecen asociaciones literarias y personales con las palabras, se reflexiona sobre su significado, se responde a su emoción… todo lo cual se sitúa fuera de la música… de modo que cuando lees un poema como “Evening Star” de Blake, el oído se inunda inmediatamente de un éxtasis de “música interior”. Pero el estallido es la combinación instantáneaen la mente, y el éxtasis es la reacción a la calidad de su equilibrio, medida, integridad y a la robustez de sus elementos. En su presencia, el lector se ha convertido en un instrumento. Esto le hace sentir tan bien que podría cantar. Pero hablar de esto como música es poetizar un poco.
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Si un poeta tiene talento, ser ligeramente paranoico tiene ciertas ventajas. De hecho, uno puede hacerse de un gran nombre de esa manera. Esto se debe a que somos estadounidenses y dotamos a las artes, en particular, de energía y carisma, impulsados por una paranoia contenida, aún dentro de límites manejables, cuyas manifestaciones se han puesto de moda considerar como características de la condición moderna. Y no sin razón, pues nuestros nervios han estado tan atormentados por las noticias que la sensación de algo ominoso, quizás catastrófico, ha traspasado el umbral y nos inclina en esa dirección. En esta moda, la única cuestión es si las figuraciones están bien logradas.
Además, en este estado existen aspectos que sí benefician al arte. El principal es la propia atadura paranoica, que introduce a la persona en este sistema y la obliga a trabajar como fiel servidor de sus exigencias. Al no poder escapar, nada externo puede distraerla. Por consiguiente, lo único que debe hacer es seguir los mensajes que recibe para alcanzar una perfecta coherencia psicológica, una certeza absoluta, una inevitabilidad –en el sentido de que debe hacerlo– y una precisión letal; una combinación de tal poder que produce escalofríos artísticos que otros solo logran mediante la mayor perspicacia y disciplina.
Además, desde el interior de la caldera emana una intensidad que se confunde con pasión, y un brillo como si el propio poeta estuviera en las llamas de su agonía y lucha.
Este mundo interior, como todos saben, es apocalíptico, y eso basta para hacer fortuna a cualquiera, pues ¿quién ignora que este mundo es visionario y profundo y que su única figura es un mago?
Huelga decir que todo esto es demasiado para resistirse. El lector sucumbe en la folie à deux. Uno solo está a salvo si ha comprendido que se trata de un sistema cerrado y que el mago es un prisionero incapaz de dejar entrar nada del exterior que no satisfaga a su amo –ni dialéctica, ni autocomprensión, ni compasión, ni humor– y que el sistema no guarda relación con lo que sucede fuera: da por sentado que es lo que sucede allí. Por lo tanto, lo único que revela sobre la condición humana es su propia condición distorsionada.
De lo que nadie parece querer hablar es de que existe una distinción, cuya importancia resulta obvia una vez que se establece, entre la forma en que la imaginación y la mente funcionan cuando están bajo las órdenes de una obsesión y la forma en que funcionan en un campo abierto, como en Finnegans Wake, donde todo es posible para quien tiene los medios.
Sin duda, hay algo fascinante en estar encerrado con todo ese poder, con un mago, pero si uno no tiene la fortaleza para entrar en un sistema paranoico, aún podría disfrutarlo, como una forma de tragedia –otro caso del hombre víctima de su obsesión– o como entretenimiento si le gustan las películas de terror.
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Las artes son un monumento a la inventiva del hombre para contrarrestar la temporalidad, sobre todo la suya, mediante fines en sí mismas.
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No hay órgano más importante que el ojo, pero un poema solo puede abarcar una parte de él, después de lo cual, cuanto más visual es un poema, más desolador e irreal resulta, hasta que uno siente ganas de vomitar y cada hueso del cuerpo grita: “¿Acaso un hombre no tiene también oídos y corazón?”
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El poema terminado: “¡Ah, libre al fin de la psicología!”
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Las ideas antiguas son tan difíciles de eliminar de una vez por todas como la basura.
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La teoría actúa como si su único propósito fuera descubrir la verdad, servir fielmente al hombre y ser su foca amaestrada. En cambio, lo convierte en una de ellas.
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Donde hay intuición, hay teoría que intenta sobornarla con credenciales para mantenerse dentro de los límites conocidos y convertirse en una mujer honesta.
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Persona, palabra derivada del latín persona, máscara facial utilizada por los actores; de ahí personaje, como si fuera propio del carácter humano ocultar su verdadero yo y que la frase de Shakespeare “Todo el mundo es un escenario” fuera literalmente cierta, en el sentido quizás de que la mente, al adquirir información, formar hábitos prescritos y seguir protocolos en el mundo cotidiano, crea una cubierta para el yo más profundo, el alma tímida que se siente segura y se aventurará a mostrar su intuición solo detrás de la protección de una máscara.
Pero el humanista jamás aceptará eso.
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El poeta parte de una representación, se escucha y se observa a sí mismo haciéndolo, luego observa su reacción y responde a ella, y así, poco a poco, desarrolla su tema.
La psicología es la misma que en las relaciones. Allí también se parte de una idea —a saber, que la esposa es hostil–, se reacciona con ira como si fuera cierta, lo que provoca que la esposa se vuelva hostil si antes no lo era. La idea queda ahora confirmada y reforzada. A partir de entonces, quedan atrapados en un sistema cerrado en el que ambos se comportan como si esa idea fuera el verdadero problema entre ellos, como ocurre en la poesía.

