Take me out tonight
Where there’s music and there’s people
And they’re young and alive
The Smiths
Apenas inicia el prólogo de Crush, de Richard Siken (Zindo & Gafuri, 2026), Louise Glück dice: “Este es un libro sobre el pánico”, el resto de lo que dice se desprende, muy lúcidamente, de esa sentencia. Hay prólogos que funcionan como una antesala y otros que ofrecen una llave de lectura, como en este caso. Basta esa primera afirmación para comprender que el miedo no será un tema más, sino el clima desde el cual todo lo demás adquiere forma: el amor, el deseo, la memoria, la pérdida. Se trata del primer poemario de Richard Siken, escrito en 1995 pero recién publicado en 2005 en los Estados Unidos. Hoy la editorial Zindo & Gafuri nos presenta, desde Argentina, una edición en español, traducida por Patricio Grinberg, con el cuidado que destaca a dicho sello. La aparición de esta traducción no solo vuelve accesible un libro largamente esperado por muchos lectores hispanohablantes, sino que permite comprobar por qué Crush continúa siendo una obra de referencia más de veinte años después de su publicación.
Si les gusta la música de The Smiths, si les gustan las letras de Morrissey, seguramente vaya a gustarles este libro: “Quiero contar esta historia sin tener que estar ahí: / Max con la ropa equivocada. Max en la fiesta, borracho otra vez. / Max en la cocina, a la luz de la heladera, una cerveza en la mano. / Decime que estamos muertos y te voy a amar todavía más. / Me sorprende decirlo sintiéndolo. / Siento algo en el estómago. Algo simple. El último escalón”. Pasajes como este pueden evocar canciones como “There Is a Light That Never Goes Out”, “Ask” o “Panic”, aunque no porque exista una filiación directa entre las obras, sino porque parecen compartir una misma temperatura emocional. Me interesa pensar esa cercanía como una zona de resonancias antes que como una relación de influencias: una cosmovisión pop donde el amor y la muerte giran como una bola de espejos sobre la pista de la vida, donde la ternura y la catástrofe, el humor y la desesperación, la declaración amorosa y el accidente inminente dejan de oponerse para convivir en un mismo impulso. En ambos casos, el exceso no aparece como un recurso expresivo sino como la respiración misma de la escritura.
Las imágenes poéticas de Siken son fotografías dignas de la mítica escuela de Nueva York, como aquellas de Diane Arbus, Saul Leiter o Garry Winogrand (cito a mis favoritos). Se trata de una manera de enfocar aquello que otros hubieran desechado, y al mismo tiempo hacer de lo desechable una oportunidad de revelación. Hay una confianza absoluta en que la realidad, observada apenas unos segundos más de lo habitual, termina entregando un secreto. Todo ese juego de encajes y desencajes con lo que “lo real” o el realismo ofrecen, es magia pura; el género (todo género, todo intento de generizar) resulta una base muy precaria para mostrar por sí misma un paño capaz de contribuir a nuevos sentidos. Porque la potencia de estas imágenes no reside únicamente en su rareza, sino en la forma en que reorganizan nuestra percepción de lo cotidiano. Cuando Siken escribe: “Mirá la luz a través de la ventana. Significa que es mediodía, significa que estamos desamparados” o “Esta noche, en la autopista, un hombre come torta de fruta con una navaja / talla el rostro de su amante en la pared del motel. Me gusta / y quiero ser como él, mis manos ya no en segundo plano”, pienso en algunas de las fotos más intrigantes de Leiter o Winogrand. Hay varias de este último que proponen escenas de rutas, de paradas menores, de desvíos, con personajes capaces de expresar películas completas; algunas de ellas llevan por título Bowlero. 1968, Los Angeles, 1964, postales que abren historias infinitas en el mismo radio que las de Siken. Tanto en esas fotografías como en estos poemas pareciera que lo importante sucede apenas un instante antes o un instante después del encuadre, y es precisamente esa ausencia la que mantiene viva la imagen.
El enfoque cinematográfico también es sustancial en la construcción de estos poemas. No solo por la sucesión de escenas, sino por la manera en que la voz administra la información, dosifica el suspenso y obliga al lector a imaginar los espacios entre una imagen y otra, como si el verdadero sentido ocurriera durante el montaje. Por ejemplo, en la serie de veinticuatro estancias titulada “Vos sos Jeff”, que así comienza: “Hay dos gemelos en moto, pero uno está mucho más adelante en la ruta, después de la curva cerrada, o justo antes, depende de cuál de los dos estés enamorado en ese momento. No elijas bando todavía. Por ahora te conviene mantenerte neutral. Las dos motos son rojas y brillantes y los dos chicos tienen dientes perfectos, pelo oscuro, manos suaves. El que va adelante te va a querer desarmar, despacio. Sus dedos gruesos y precisos buscando debilidades en cada engranaje, en cada cerradura. Podrías amarlo con todo tu corazón. El otro solo quiere volverte a armar. El sol brilla. Es un día hermoso. Pensá en la curva cerrada. No elijas bando todavía”. La escena avanza como una secuencia de planos breves, de acercamientos y alejamientos, donde el lector ocupa el lugar de una cámara móvil que nunca alcanza a fijar del todo aquello que ve. El poema no describe una historia: la proyecta. La tensión está menos en lo que sucede que en aquello que está a punto de suceder, en esa curva cerrada que funciona al mismo tiempo como accidente geográfico, como decisión amorosa y como destino. Siken parece confiar en un procedimiento muy cinematográfico: antes que explicar las emociones, las pone en movimiento.
En el postfacio, el traductor y editor Patricio Grinberg realiza una serie de aclaraciones muy oportunas acerca del recorrido de este libro: “Como observa Siken, algo que había sido escrito a principios de los noventa, cuando el deseo estaba todavía atravesado por el miedo a la sangre, el secreto y la urgencia, llegó a una cultura saturada de vampiros. Y eso que antes nombraba el riesgo y la muerte ahora pasó a leerse como fantasía romántica, como promesa de inmortalidad. La luz se había desplazado. Crush quedó suspendido entre esos dos momentos culturales y, por eso mismo, encontró públicos distintos. En ese desplazamiento, entre los años en que se escribió Crush y el momento en que, casi veinte años después, empezó a leerse masivamente, también la experiencia de ser gay había cambiado de manera decisiva. El riesgo y el miedo todavía estaban ahí, pero ahora eran visibles, podían ser escuchados”. El señalamiento es particularmente valioso porque permite comprender que los libros no permanecen idénticos a sí mismos: cambian junto con quienes los leen. También los contextos modifican la temperatura de una metáfora o el peso específico de una imagen.
Leí el libro de Siken ahora en 2026. Pensé en esa “promesa de inmortalidad”, como un canto de juventud, como un cofre donde alguien (cualquiera) podría guardar las palabras del amor. Pensé también que todo gran libro encuentra formas inesperadas de sobrevivir a la época que lo produjo. Nada de confesional ni de intimismo superfluo (registros que tampoco considero vacíos, en absoluto), sino más bien de relicario, de álbum que se guarda debajo de las medias y los pijamas. Esos objetos que pertenecen a una intimidad distinta: no la del exhibicionismo sentimental, sino la de aquello que necesita permanecer resguardado para conservar su potencia. En ese sentido, Crush habla tanto de una experiencia amorosa como de la necesidad de preservar ciertos recuerdos de la erosión del tiempo. Por ello se explica la devoción de tantos lectores en estas décadas.
Que el libro haya recorrido diversas épocas, que haya encontrado circulaciones de mano en mano, en fotocopias, en blogs y ahora en traducciones, enriquece a la obra. Lo hace porque le suma el aura de sus lecturas: poesía y libertad, afortunadamente, cada tanto se fusionan en una misma producción. Hay libros que pertenecen tanto a quienes los escribieron como a quienes los hicieron circular casi de manera clandestina. Crush parece haber seguido ese camino, construyendo una comunidad de lectores antes que un fenómeno editorial.
No pueden perderse la oportunidad de leerlo en español y hacer de él una pieza personal, una canción en la radio de sus vidas, una foto que los lleve lejos del cuadro.


