Guardia Nacional ucraniana apostada en Kiev a la espera del ataque ruso este 26 de febrero
Guardia Nacional ucraniana apostada en Kiev a la espera del ataque ruso este 26 de febrero

Con la invasión de Rusia a Ucrania, ha regresado con fuerza la teoría de los dos imperialismos; corriente que conoció su esplendor en los años sesenta del siglo XX y fue protagonizada por personajes del calibre de Mao, el Che Guevara o Tito. Esta idea alimentó al Movimiento de Países No Alineados, lanzado como alternativa al mundo bipolar y a sus dos máximas expresiones militares: la OTAN y el Pacto de Varsovia. Entre los dos imperios de la Guerra Fría, los No Alineados aparecieron como una tercera vía –un “Tercer Mundo”–, que no pocas veces fue utilizado como carne de cañón por uno u otro bando. (O por ambos). Los movimientos por la descolonización de África, la OSPAAL (nacida de la Conferencia Tricontinental en La Habana), o el panarabismo de Gamal Abdel Nasser compartieron, con intensidad diversa, esta tendencia.

En la teoría de los dos imperialismos se reconocieron, de una u otra manera, la teoría de la dependencia, la teología de la liberación, el discurso anticolonial de “los condenados de la tierra”, el desarrollismo y una recua de instituciones académicas que buscaron su lugar bajo el sol mientras esquivaban, dentro de lo posible, la larga sombra de Estados Unidos y la Unión Soviética en el mangoneo del mundo. El destape de los horrores de Stalin por parte de Nikita Kruschev, propició que una fracción de la izquierda occidental simpatizara con esta disensión que le permitía seguir agitando la revolución sin tener que justificar el Gulag.

Para la Cuba del año 1959, el rédito del doble antimperialismo fue inmediato, pues le reportó un capital simbólico que duró décadas y definió lo que entonces se llamó “vía cubana al socialismo”. Incluso su “amistad indestructible” con la Unión Soviética –incorporados el Congreso de Educación y Cultura, los planes de estudios, la lealtad inquebrantable a la URSS encabezando la Constitución Socialista, el modelo político o la dependencia económica–, no impidió que liderara el Movimiento no alineado en 1979 y siguiera alimentando la fantasía roja de un socialismo tropical asumible por una izquierda que no comulgaba con Moscú.

En 1968, con el Che liquidado gracias al acoso compartido de los dos imperios, Cuba tuvo oportunidad de definirse ante una expansión soviética que remedaba la de Hungría en 1956. Fue durante la invasión a Checoslovaquia, tres años antes de ese lustro que ha proporcionado la coartada de todos nuestros males: el Quinquenio Gris. Pese a un amago inicial –llegó a pedir que sería mejor enviar esos tanques para ayudar a Vietnam–, Fidel Castro optó por alinearse con los ocupantes y, en contra de su prédica habitual, prefirió el plomo de Goliat a la onda de David.

Desde entonces, Cuba siguió operando como un país no alineado, aunque cada vez más en la condición de punta de lanza de la Guerra Fría en el Tercer Mundo, donde sus posicionamientos coincidían indefectiblemente con los soviéticos. (Con la excepción de la Perestroika, cuando la des-rusificación alcanzó una velocidad superior a la sovietización).

Hoy, ante a la invasión a Ucrania, el Gobierno cubano se ha adherido al frente pro-ruso. Un conglomerado que amalgama a Venezuela o Nicaragua con ultraderechistas como Le Pen, Bolsonaro o la Liga Norte italiana, además de recibir –arróllame camión– la bendición de Donald Trump.

¿Qué puede compartir el socialismo que pregona su continuidad con la Revolución de 1959 con neofascistas y partidarios probados del recrudecimiento del embargo norteamericano y las medidas más duras de la comunidad europea contra la isla? Pues un modelo de capitalismo de Estado autoritario en el que la democracia sale de la ecuación, una lectura en clave de Guerra Fría en la que Rusia seguiría estando más cerca del socialismo que del imperialismo y, claro está, la necesidad de la ayuda de Moscú para paliar su crisis económica.

No es posible negar que lo que hoy ocurre en los territorios exsoviéticos traduce un reajuste tectónico de la implosión del sistema comunista. Pero, en una perspectiva más amplia, no estamos tratando con un regreso a la Guerra Fría –¿comunismo contra capitalismo?–, sino con la inmersión en un presente posdemocrático en el que se hermanan los delirios de metrópolis coloniales venidas a menos, revoluciones que hace mucho tiempo dejaron de serlo o razas puras que ya están más mezcladas que la fórmula cubana del café con chícharos.

Uno puede entender –al menos, es mi caso– el disparate geopolítico de avanzar la OTAN hasta las fronteras rusas, azuzar a su Gobierno y después dejar sola a la población ucraniana ante la metralla. Uno puede recordar que si Estados Unidos es impopular en buena parte del mundo es más por su cúmulo de invasiones que por los efectos de una propaganda sofisticada. Uno puede aborrecer –sigue hablando mi berrinche– la inanidad de una Unión Europea que es apenas un club atornillado por una misma moneda. Uno puede no comulgar con el Gobierno ucraniano… Pero de ahí a conceder un crédito izquierdista a esta invasión rusa hay una distancia tan sideral como el cinismo de quienes lanzan semejante enunciado.

Por si hubiera dudas, el mismo Vladimir Putin –posiblemente el político más astuto en lo que va de siglo XXI– se ha encargado de desmentirlo. Lo hizo el año pasado, en un discurso de siete mil palabras ante el ejército ruso. Allí anticipó lo que está ocurriendo ahora en Ucrania y señaló a un culpable remoto. ¿Quién? Pues nada más y nada menos que Lenin, quien, en momentos de debilidad bolchevique, habría aceptado el derecho a la autodeterminación de los pueblos soviéticos hasta el punto de crear una entidad nacional falsa: Ucrania. Un error que ahora requiere ser corregido.

De cara al pasado, la invasión a Ucrania está más próxima a un regreso del imperio zarista que del imperio soviético. De cara al presente, más cerca de la utopía euroasiática de Alexander Duguin que a la teoría del imperialismo como fase superior del capitalismo esbozada por Lenin.

Al final, cuando empiezan a llegar las cajas de muerto, los imperios suelen retirarse. A veces, si hay suerte, se hunden para siempre. Vietnam fue también la protesta de miles de ciudadanos norteamericanos contra esa guerra. Ucrania es también la de miles de ciudadanos rusos contra esa guerra.

Quizá la reactivación de nuestras democracias menguantes no se la vamos a deber ni a Biden, ni a la OTAN, ni a la Unión Europea, ni a la expulsión de la representación rusa de Eurovisión, ni a las cancelaciones bancarias, ni a la retirada de sus juguetes –yates, clubs de fútbol– a los multimillonarios rusos en Londongrado. Puede que se la debamos a lo que se está jugando hoy en Ucrania. Cuando el horror demuestre el error que implica abandonar esa práctica en la que siempre será mejor debatir con los que piensan diferente antes que masacrarlos. (O que nos masacren). Sobre todo, si habitamos en un país pequeño.

Cuando nos reafirmemos en una convivencia hecha a la escala de nuestras sociedades antes que en una guerra a la medida de nuestras oligarquías.

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Iván de la Nuez (La Habana, 1964). Ensayista y curator. Entre sus libros, traducidos a varios idiomas, se encuentran La balsa perpetua (1998), El mapa de sal (2001), Fantasía roja (2006), Inundaciones: invasiones artísticas en las fronteras políticas (2010), El comunista manifiesto (2013), Teoría de la retaguardia (2018) y Cubantropía (2020). Ha sido curator de exposiciones como La isla posible, Parque humano, Postcapital, Atopía. (El arte y la ciudad en el siglo XXI), Iconocracia, Nunca real / Siempre verdadero o La utopía paralela; así como de las retrospectivas de Joan Fontcuberta y Javier Codesal. La larga marca (Rialta Ediciones, 2021) es su libro más reciente.

2 comentarios

  1. Cinco siglos antes de Cristo, tras pelear varias veces contra los persas, Esquilo afirmó: «La verdad es la primera víctima de la guerra». Putin y la invasión a Ucrania actualiza la frase.

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