El presidente Donald Trump sostiene una máscara con su rostro (NME).

En su admirable crítica contra la tradición de los “grandes narcisistas” en la ficción de la posguerra, David Foster Wallace advirtió que no era fortuito que el envejecimiento y la muerte de sus principales representantes (Norman Mailer, John Updike y Philip Roth) coincidieran con el surgimiento de incontables predicciones sobre el fin de la novela. El ensimismamiento de esa generación fue tan exitoso que se apropió hasta de la posibilidad de imaginar el futuro de la literatura en Estados Unidos.

Wallace tuvo siempre una relación ambigua con la ironía –esa canción sobre la libertad que cantan los prisioneros enamorados de su propia jaula, dijo en una conversación memorable–, pero vaya que supo usarla para escribir el epitafio más despiadado y divertido sobre esa época de megalomanía en la narrativa estadounidense: “Cuando un solipsista muere, todo se muere con él”.

Algo así puede decirse a propósito de Donald Trump, aunque su epitafio político no lo han escrito sus críticos ni sus rivales, sino él mismo, pues su derrota en la elección presidencial ha sido obra suya. Este gran narcisista ha logrado la hazaña de derrotarse a sí mismo; hay que darle, sin regateos, todo el crédito que se merece.

Seamos honestos: Joe Biden es un contrincante mediocre. No es un personaje carismático, como Bill Clinton, que sepa escuchar a la gente y hablarle en su idioma. No es un orador brillante, como Barack Obama, que conmueva con su retórica y cautive la imaginación de multitudes. Tampoco es una figura visionaria con grandes ideas, propuestas originales o atrevidas, como Bernie Sanders; y, cuando las tiene, no son suyas. Biden es un hombre afable pero gris, sin pasión. Es un demócrata moderado, centrista, nada emocionante. Todo lo contrario a la sangre nueva o a una cara distinta. Es un insider que se mueve como pez en el agua pantanosa del establishment washingtoniano, un veterano con 36 años de servicio en el Senado y ocho en la vicepresidencia (experiencia curricular que, en palabras de John Nance Garner, quien fuera vicepresidente de Franklin D. Roosevelt, “no vale ni una cubeta de orina caliente”).

Biden no es un rebelde ni una celebridad ni un redentor: es un político profesional. De esos que, lejos de permitirse desplantes de autenticidad, entienden el valor civilizatorio de la hipocresía. No obstante, luego de cuatro años de trumpismo en la Casa Blanca, tan agitados como catastróficos, quizá el anticlimático Biden sea lo que necesita la democracia estadounidense para sobrevivir. Debido a que no entusiasma a los progresistas ni enardece a los conservadores (véase Hillary Clinton), su modesto perfil ha sido un punto de encuentro para varios sectores del electorado que, a pesar de sus diferencias profundas, coinciden en la sobria aspiración de que el peor presidente en la historia de Estados Unidos no fuera reelegido. Sí, Joe Biden es un candidato mediocre, pero al menos no es Donald Trump. Y por eso ganó.

La campaña hizo evidente el contraste. Tuvo, además, la peculiaridad de ser previsible y, a la vez, inesperada. Como esas tragedias griegas en las que un oráculo advierte desde el principio cuál será el desenlace de la historia, pero cuando éste ocurre, aun así, asombra. Trump se comportó como el bully que nunca ha dejado de ser. Fiel a la fórmula perversa de Steve Bannon, se dedicó a “inundar de mierda la zona”. A provocar, mentir, atacar; a reventar toda posibilidad de una contienda razonable, lógica, factual. La posverdad, ya se ha dicho muchas veces, no consiste en imponer una mentira como si fuera verdad, sino en hacer que la verdad misma se vuelva irrelevante. Eso fue lo que hizo Trump.

Que haya contraído Covid-19 mermó sus posibilidades. No sólo porque se convirtió en un potentísimo signo de vulnerabilidad encarnado en una persona obsesionada con mostrarse fuerte, sino por ser un testimonio contundente del fracaso de su gobierno para gestionar la emergencia, empezando por la propia ala oeste de la Casa Blanca. Aunque no tuvo mayores complicaciones y se repuso rápidamente, su candidatura quedó debilitada. Por si fuera poco, su estrategia de comunicación fue errática y contraproducente: brindó información imprecisa, alentó la incertidumbre en lugar de mitigarla y dio pie a toda clase de rumores y teorías de la conspiración. Lo expuso, en suma, como un líder impulsivo y oportunista en un momento de gravedad insólita. Luego de tanto minimizar la pandemia, de ser la principal fuente de noticias falsas y desinformación sobre ella, Trump terminó enfermo y hospitalizado. Es difícil exagerar el golpe que esta ironía le dio a su ya de por sí menoscabada credibilidad.

Trump, además, tropezó al adoptar (prematuramente) la retórica del perdedor, poniendo en entredicho la integridad del proceso electoral, alegando la posibilidad de un fraude y rechazando comprometerse a reconocer los resultados. Dicha retórica, además de carecer de evidencia que la sustente, resulta poco verosímil proviniendo del presidente en funciones —tal vez sería un poco más creíble si la hubiera hecho suya el candidato opositor—. Anticipar su propia derrota hizo un tremendo corto circuito con la imagen de “ganador” que a lo largo de su carrera Trump ha procurado cultivar. Trump es hoy un presidente en funciones tratando de aferrarse al poder contra la voluntad de una mayoría democrática.

No es ninguna exageración decir que nada le hizo tanto daño a su posibilidad de reelegirse como él mismo. En su representación del mito de Narciso, elaborada a fines del siglo XVI, Caravaggio retrató a un joven enamorado de su reflejo en el agua. El rostro que le devuelve ese espejo, sin embargo, no es del todo fiel al suyo: se ve turbio, oscuro, distorsionado. Caravaggio no retrató a Narciso mirando la imagen que le devolvería su propio embelesamiento, sino la monstruosidad de su gesto embelesado. Es decir, la decrepitud de su narcisismo. Los estadounidenses han hecho lo mismo con Donald Trump. Mientras insiste hasta el último instante en querer convencerlos de cuán maravilloso y único es, le han respondido con ese lacónico y definitivo “You’re fired!” que aprendieron de él.


* Una versión de este texto se publicó en la revista Gatopardo.

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