A lo abusivo, violento y degradante que la candidatura de Trump implica para el sentido dialogante y persuasivo que se le supone a la democracia, se agregan la tozudez y ceguera de los representantes demócratas.
Los trumpistas que asaltaron el Capitolio no eran subalternos reclamando inclusión en la comunidad política: eran supremacistas blancos atentando contra la voluntad de una mayoría democrática.
La gerontocracia política de la democracia norteamericana que domina hoy las elecciones no parece estar dispuesta a mirarse al espejo y reconocer su pecado de origen.