Varios de los trumpistas que atacaron en la sede del Congreso de EE.UU. el pasado 6 de enero (TIME)

Creo que todos conocemos ya esa maniobra, muy habitual sobre todo entre usuarios de redes sociales. Me refiero a la maniobra de quien se queja del mal estado de la conversación pública y, al hacerlo, empeora el estado de la conversación pública: diciendo sandeces, no haciéndose cargo de las críticas o incluso atribuyéndolas a supuestos trastornos emocionales de quienes las formulan. La maniobra es como un acto de ilusionismo: miren por aquel lado a los otros, qué mal están, cómo descalifican, mientras yo por este otro lado y sin que nadie esté mirando me dedico a descalificarlos.

Detecto una enésima iteración de esa maniobra en la columna de Gibrán Ramírez, a propósito del conflicto postelectoral en Estados Unidos, publicada esta semana en Milenio. Dice que Trump y los trumpistas que asaltaron el Capitolio son “síntomas” de una “sociedad excluyente”. Que hubo “desaseo” en el conteo de votos, que los demócratas generaron un “desorden intencionado” que terminó siendo un “caldo de cultivo propicio para la narrativa trumpiana”. Y que “el poder” renunció a tratar de convencer al bando perdedor y, en su lugar, optó por silenciarlo. No existe ninguna evidencia que avale semejantes afirmaciones, pero el autor escurre el bulto acusando que su texto se topó con “la renuncia a dialogar y la sordera de la condena”. No, pues sí.

El sistema electoral estadounidense tiene muchísimos defectos, pero el triunfo de Joe Biden y Kamala Harris fue claro y contundente. Lo ocurrido en el Capitolio no fue una manifestación que exigiera justicia para ciertas comunidades marginadas; fue un ataque contra la institucionalidad parlamentaria por parte de grupos militantes del supremacismo blanco. La respuesta del Congreso y las plataformas de redes sociales no fue una reacción autoritaria, fue un acto en defensa de la democracia contra un movimiento que insiste en no reconocer su derrota e intentó imponerse violentamente contra la voluntad de una mayoría ciudadana.

Identificar a los golpistas del miércoles pasado en Washington D.C. como “sectores subalternos” que vieron en el liderazgo de Trump una posibilidad de “inclusión política” es desconocer el papel crucial que la defensa del privilegio blanco y el racismo han desempeñado como combustibles de la coalición trumpista. Cas Mudde ha postulado una distinción muy relevante para aclarar ese punto: hay populismos que proponen la inclusión de grupos desfavorecidos (por ejemplo, indígenas, trabajadores, pobres o campesinos) y populismos que buscan excluir a las personas que les significan una suerte de otredad amenazante (por ejemplo, inmigrantes, musulmanes, negros u homosexuales). Los populismos en América Latina suelen ser del primer tipo; en Europa, del segundo.

Por las características del liderazgo que lo encabeza, el perfil sociodemográfico de sus bases y el evidente contenido xenofóbico de su discurso y sus políticas, el de Trump sería un populismo mucho más parecido a los europeos que a los latinoamericanos. Y la importancia del muro fronterizo con México en la constitución de su identidad simbólica sería, en ese sentido, un rasgo inequívoco de su vocación excluyente. Con todo, recientemente varios historiadores de izquierda han problematizado el uso de la categoría “populista” para referirse a fenómenos tan disímiles como el de Le Pen en Francia o Chávez en Venezuela, y han planteado la posibilidad de mejor reservarla para los que tienden a la inclusión, y utilizar en cambio las de “fascista”, “neofascista” o “posfascista” para los que ponen énfasis en la exclusión. El trumpismo, bajo esa perspectiva, más que un caso populista, representaría entonces una variante del fascismo.

Hacer como si los supremacistas blancos que intentaron subvertir el proceso democrático fueran integrantes de clases subalternas reclamando su exclusión de la comunidad política es una forma de lavarle la cara a la extrema derecha estadounidense. Es tergiversar la historia hasta el punto de convertir a los defensores del privilegio blanco en víctimas y a las víctimas que luchan en su contra volverlas, a su vez, victimarias que se niegan a incluirlos. No es que no haya disposición al diálogo ni que la conversación esté rota: es que esa manera de interpretar la política estadounidense es absurda y ofensiva.


* Este texto fue publicado originalmente en la revista Expansión.

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