Miembros de la Guardia Nacional frente al Capitolio norteamericano el 13 de enero (FOTO Reuters)

Todo es tan absurdo como peligroso. Absurdo porque este miércoles 20 Joe Biden asumirá como Presidente de los Estados Unidos protegido por 25 mil efectivos de la Guardia Nacional, que estarán cuidando que nada interrumpa la ceremonia en las afueras del Capitolio, el mismo edificio del Capitolio que ya el presidente saliente Donald Trump y la insurrección supremacista blanca tomaron por asalto diez días atrás. Si esto fuera un juego de ajedrez, habría que decir que las blancas llevan la iniciativa y han tomado el centro del tablero por más que las negras rodeen la situación con todas sus piezas al alcance. Ni los tanques ni los helicópteros de la milicia nacional sobrevolando el cielo lograrán despejar hoy el tufo insurreccional que dejó en el aire la violencia supremacista exhibida unas semanas atrás.

Pero como no se trata de un juego, el absurdo es peligroso. De hecho la capital del país ha quedado sitiada y bajo control de los militares, que de forma paradójica no han necesitado de ningún golpe de Estado al estilo latinoamericano para hacerse del control de la vida pública y dictar las normas a seguir. Es una jugada maestra: en defensa de la democracia y del legítimo ganador de las elecciones del 3 de noviembre, la milicia ha tomado bajo su mando el control de la situación. Los soldados patrullan las calles de las principales ciudades del país después de ver por televisión el asalto al Congreso que dejó cuatro muertos, entre ellos un oficial de la policía. Ahora, dicen, todo está bajo control: el FBI continúa la búsqueda de los principales responsables de la acción (ya ha detenido a una treintena), los soldados ocupan los edificios legislativos de cada Estado y hay un control estricto sobre el movimiento de los civiles por tierra y aire. En Washington, los puentes Roosevelt y Arlington que comunican a la ciudad con el estado de Virginia han quedado cortados por el control militar, los vuelos domésticos hacia el aeropuerto Reagan son celosamente monitoreados para evitar el ingreso de armas por eventuales seguidores de QAnon, y el comando central de la Guardia Nacional ordenó crear un dispositivo de seguridad similar a la Green Zone de Bagdad en los peores tiempos de la guerra de Irak, pero ahora instalada en casa, ocupando todo el inmenso perímetro del Mall Nacional donde están los monumentos a Lincoln, Martin Luther King, el monolito a George Washington y el memorial de la guerra de Vietnam. Un comunicado de las autoridades locales instó a la población civil a quedarse en casa el día de la inauguración, y las actividades laborales quedaron prácticamente suspendidas a partir del lunes 18.

Ley y orden fue la consigna de Trump para las elecciones, y ley y orden es lo que está obteniendo en su contra. De hecho, parece una broma cruel que Joe Biden inaugure la reconciliación del país rodeado por un contingente bélico tres veces superior al que mantiene Estados Unidos en los territorios de Irak, Afganistán, Siria y Somalia juntos. Esos 25 mil efectivos de la Guardia Nacional están allí para remediar el descalabro, y sólo queda esperar que el remedio no vaya a ser peor que la enfermedad. Despejada la amenaza de un nuevo asalto al Capitolio y controlada la eventual irrupción de un lobo solitario dispuesto a disparar contra Biden, queda el problema de que son ellos, los militares de la Guardia Nacional, compuesta por reservistas del Ejército y sujetos al control tanto federal como estadual, quienes copan las calles y dictan lo que se hace y lo que no. Son ellos y sus fusiles los que ocupan hoy las instalaciones del Congreso, duermen con sus morrales en los pasillos mientras los senadores y diputados sesionan en las salas, despejan los accesos al edificio y alejan con sus armas en ristre a todos los ciudadanos que se asoman a la plaza pública (o a lo que queda de ella) para inquirir novedades sobre la vida política del país.

Es también, de alguna manera, un crimen perfecto; el golpe de Estado soñado en manos de una democracia ejemplar y modélica. La sociedad queda inerme y agradecida. No hay tiros ni necesidad de tiznarse la cara para confundirse con la selva de cemento. Tampoco hay francotiradores de los cuales defenderse, aparentemente. El Golpe de Estado Perfecto apenas se nota que es un golpe de Estado, porque pone la fuerza de un cuerpo armado al mando de la política (y qué más político puede haber que la inauguración de un nuevo gobierno en el país) a la vez que espanta a la población de participar en la defensa de lo que ha conquistado con su voto.

Como todo crimen perfecto, este también es anónimo: no solamente es difícil culpar a Trump (o sólo a Trump) que prometió terminar las guerras de Estados Unidos en el exterior y cumplió instalándola en casa, sino que además no es posible establecer con claridad de quién es el cadáver. ¿La democracia que hace de la participación y del voto su esencia? ¿La ciudadanía alienada de sus instituciones? ¿El sueño americano? No, claro que no: esto no es América; así no somos nosotros; los americanos somos distintos, dijeron a coro Biden y los principales líderes de opinión al tenor de las imágenes de asalto al edificio del Capitolio hace diez días. Pero esto otro, entonces, ¿tampoco es América? ¿Acaso no es América la insurrección de los supremacistas pero sí lo es la ocupación de las ciudades por la Guardia Nacional el día de la inauguración presidencial? This is America, dice el rap de Childish Gambino y su genial interpretación en el video que se inicia con un disparo en la cabeza. Bueno, eso es América, pero también América es mucho más que los Estados Unidos, para empezar. Esto es Norteamérica sin Canadá: loca, brillante, violenta, pistolera, racista, mitológica, plural, fanática, absurda como la insurrección supremacista disfrazada de mil formas y peligrosa como 25 mil soldados armados con sus ametralladoras patrullando la ciudad.

Confieso mi total incapacidad para simpatizar con los militares. No me gustan, y menos cuando intervienen en política. Ni los de izquierda ni los de derecha, peor todavía los institucionales y neutros que esperan el momento para dejar de serlo. Esos suelen ser los más feroces una vez que se hacen del poder. Una vez que entran y ocupan una institución como el Congreso, por ejemplo, ya se sabe lo difícil que es sacarlos de allí. Aun así, los demócratas parecen estar felices de esta intervención uniformada que tanto se echó en falta durante el asalto al Capitolio. Los republicanos también se ven aliviados porque siempre han confiado en los militares para imponer el orden fuera y dentro de las fronteras. Incluso los supremacistas pueden estar tranquilos, porque se esconden sabiendo que ya el viento de la insurrección quedó sembrado y ahora importa resistir hasta un nuevo momento, que por supuesto no será este. Por algo han ocupado el centro del tablero y dejarán pasar la resaca del asalto, ahora que todo el mundo está pendiente de ellos. Ya no necesitan disfrazarse con cuernos en la cabeza para ser recordados y recreados como un mito viviente de lo que es posible hacer en contra de las instituciones cuando estás han sido erosionadas por dentro por las realidades paralelas.

Además, una insurrección fracasada es un éxito seguro cuando el tiempo corre a favor de quienes la alientan, y el miedo o la vacilación sujetan la acción de quienes la sufren. Está en manos del nuevo gobierno demócrata impedir que el Golpe de Estado Perfecto gatillado por la insurrección supremacista se vuelva definitivamente en contra del pueblo que votó por la democracia. Una nueva política en América sería posible con sólo cumplir el programa prometido de reconstrucción económica, de un nuevo trato con los inmigrantes ilegales, de un acceso seguro y universal a la salud, de una reforma profunda a las policías y al sistema judicial que penaliza a las comunidades afroamericanas, de un salario mínimo decente y condiciones que repongan la movilidad social estancada desde hace décadas. Entonces los cientos de miles de parias que hacen la base del trumpismo y se sienten desplazados o no reconocidos dejarían de disfrazarse de rinocerontes y mujeres maravilla para asaltar el Capitolio y dejar oír sus voces en esta fracturada América. Pero no es nada seguro que esto suceda, y ya se sabe con Obama que los demócratas no saben ganar y prefieren publicar sus memorias antes que aplastar al rival una vez que se hacen del juego. Lo dicho antes: en América las blancas han conquistado el centro del tablero y el reloj amenaza con destruir el plan de las negras.

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ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.
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