Saliva y martirio: el marido de La Machi habla con la prensa brasileña

Una hora con Miguel Díaz-Canel ante la cámara de 'Folha de S.Paulo', de la saliva de la apertura al martirio del cierre. En medio, el mecanismo entero de la propaganda castrista: estadísticas para la víctima y anécdotas para el héroe; un colapso que se niega para no firmar la responsabilidad; y un socialismo que lleva cuarenta años “construyéndose” para no tener que fracasar nunca.

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Antes de la primera pregunta, la cámara muestra cómo la esposa del presidente se moja los dedos con saliva y le aplasta un mechón sobre la frente. Él se deja hacer y se ríe. “Este producto lo voy a patentar”, dice ella. “¿Puedo empezar?”, pregunta la periodista. “Vamos”. Lo que sigue dura poco más de una hora y fue grabado para Folha de S.Paulo, el diario paulista, por Mônica Bergamo, que antes de sentarse frente a Miguel Díaz-Canel había caminado por La Habana y hablado con la gente. Las dos escenas, la del salón y la de la calle, enmarcan la entrevista entera.

Hay quien vio en los treinta segundos iniciales un chiste privado; y lo es. Pero un chiste privado con la cámara encendida es también una declaración. Una declaración donde la saliva es el mensaje. Se entiende como respuesta a las burlas de otros tiempos por el pelo revuelto del presidente: a nosotros las críticas nos resbalan… Lo pueril y lo cínico suelen ser, en el ejercicio del poder, una misma cosa.

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Luego vinieron las cifras. Apagones de veinte, de treinta, hasta de cuarenta horas. Más de 98.000 pacientes en lista de espera para una cirugía, 12.000 de ellos niños. 64.000 niños con el esquema de vacunación atrasado. Miles de contenedores varados en puertos del mundo. Y la cifra más cuidada de todas, repetida para que se oyera bien: en siete meses solo ha entrado al país un barco de petróleo. Toda la importación privada junta equivale a otro barco, y hacen falta siete al mes.

La gramática de la culpa es una de las joyas que más luce el castrismo: para el bloqueo, estadísticas; para la resistencia, adjetivos. La estadística prueba a la víctima; la anécdota prueba el milagro. Y las dos series no se tocan nunca, porque si se tocaran habría que explicar cómo la creatividad, por gloriosa que sea, opera 98.000 cirugías. En esa lógica, el sufrimiento se contabiliza y la salida se declama: la resistencia heroica es el producto primario de una maquinaria que alimenta a su propio pueblo con toneladas de saliva, pero encuentra siempre a quién venderle un poco de humo.

Peor: la única cifra nueva del repertorio es falsa. El barco existe –el Anatoly Kolodkin, cien mil toneladas de crudo ruso, unos 740.000 barriles, descargados en Matanzas a fines de marzo como “ayuda humanitaria”–, pero el otro barco, el que resumiría “toda la importación privada”, es un invento aritmético. Reuters lo ha contado con documentos y datos de embarque: a fines de marzo los privados cubanos habían traído desde Estados Unidos unos 30.000 barriles en isotanques; entre febrero y mayo, 900.000. Son apenas nueve días de consumo del país, es cierto, pero son más barriles que los que trajo el tanquero de Putin, y en cuatro meses, por manos del sector que el discurso oficial llama “concesión” (una parte importante de ese combustible –no hace falta ser adivino– acaba en manos del poder que jura no tenerlo). Cuando la periodista quiso saber cómo se prepara la defensa del país sin gasolina, el presidente contestó: “Tenemos nuestros secretos”. Es lo más cierto que dijo el ensalivado en los sesenta minutos de conversación.

Más tarde le preguntaron si Cuba estaba al borde del colapso. No. La situación es compleja, dijo, pero hay “una creatividad enorme que se suma a la capacidad heroica de resistencia del pueblo cubano”. Negar el colapso tiene su lógica. Si la crisis puede trasladarse a Washington, el colapso no puede trasladarse a ninguna parte; ergo, no existe. Aceptar el colapso equivaldría a firmar una responsabilidad, y el régimen cubano lleva sesenta y siete años instrumentalizando las sanciones precisamente para no asumir nada, para que el diseño de un país fundado en el control absoluto, cuya deriva lógica es el enriquecimiento de una élite que monopoliza mientras la mayoría se hunde, aparezca como el efecto de la crueldad ajena. Digámoslo con justicia, porque la justicia aquí desarma más que la rabia: las sanciones, y en especial el así llamado cerco petrolero, sin duda han agravado la situación al punto de que, en ausencia de alguna otra política que no sea la continuación de lo mismo, convierten a Estados Unidos en corresponsable. Pero el régimen cubano no debe ser relevado de su responsabilidad estructural en ningún caso. Agravar una ruina no es haberla causado, y el gobierno que decide desde 1959 qué se siembra, qué se importa, quién puede vender y quién va preso no puede pedir que se le juzgue como a un damnificado. La fórmula de la propaganda es cabal: el bloqueo es de ellos, pero el control es nuestro. Nada de colapso. Continuamos resistiendo heroicamente. ¿Recuerdan aquello de la utopía que se aleja porque está en el horizonte, y el dichoso horizonte que también se aleja, pero más rápido? Pues eso.

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Un expresidente mexicano llamó en su día a Cuba “la nueva Numancia” por su ejemplo de resistencia; los sitiados de Numancia, es sabido, terminaron suicidándose. Esa es la clase de heroísmo que se exige desde el salón: la “resistencia creativa” como virtud obligatoria de un pueblo que sirve de materia prima a la propaganda y que hace rato pasó, en el repertorio oficial, de caricatura a mueca trágica.

Hay un segundo desplazamiento en la entrevista –el primero fue geográfico: la culpa, a Washington–, y es temporal. Cuba, explicó el presidente, no es un país socialista: está “en la construcción del socialismo”, que es “un camino a lo ignoto, como ha planteado el General de Ejército muchas veces”. ¡Qué fino el General! A fines de los años ochenta, en plena rectificación, Fidel Castro anunció que ahora sí iban a construir el socialismo, y muchos se preguntaron qué habían estado construyendo hasta entonces; casi cuarenta años después la obra sigue en cimientos y el capataz sigue diciendo que va bien. La Constitución lo consagra: la revolución es un proceso continuo, nunca un acontecimiento pasado, y el partido único “organiza y orienta los esfuerzos comunes en la construcción del socialismo”. No se es socialista: se deviene. Sería un problema ontológico de primer orden si alguien en Cuba supiera cómo se prepara el bistec de ontología; pero la retórica sirve, porque lo que todavía no es no puede haber fracasado, y lo que no ha fracasado no tiene por qué rendir cuentas.

De ahí que las preguntas obvias reboten. ¿Se está construyendo entonces un capitalismo en Cuba? Tampoco. “No hay reformas capitalistas. Déjame explicarte…” Hay propiedad privada, patrones y empleados, tiendas en dólares y una desigualdad que se nota caminando –eso lo dijo ella, que había andado La Habana–, pero “tiendas en divisas hay en el capitalismo”, descubrió él con su agudeza característica, y ampliar el sector privado “no es un ideal del socialismo: es una concesión” propia del “período de tránsito”, en el que caben las relaciones de mercado mientras un partido que representa al pueblo “lleva el control”. Ni socialismo ni capitalismo, ni del que es ni del que deviene: estamos peor, pero estamos mejor, porque antes estábamos bien, pero era mentira; no como ahora, que estamos mal, pero es verdad. Cantinflas, definitivamente, estaba unos pasos más cerca de la utopía.

Octavio Paz escribió que cuando una sociedad se corrompe lo primero que se gangrena es el lenguaje. Concesión, tránsito, resistencia creativa: cada una de esas palabras existe para no decir otra. La hija del Che llamó al trabajo por cuenta propia “un pequeño cáncer dentro de nuestra sociedad”, y el órgano del partido en Las Tunas fijó en junio la doctrina con una franqueza que se agradece: la línea roja “no está en impedir que existan empresas privadas prósperas, sino en evitar que el éxito económico se traduzca en privilegios políticos”. Ahí está todo el programa, y no es torpeza de burócratas; es la revolución produciendo lo único que es capaz de producir: ideología empaquetada al vacío. Los chinos le escribieron una teoría a sus reformas; en Cuba se sigue amaneciendo en el socialismo “clásico” y jurando que nada de lo que se hace es capitalismo, aunque te vendan un boniato en divisas (si en Estados Unidos la vianda no se vende en peso cubano, cómo se le va a exigir al socialismo cubano que lo haga). En la retórica del régimen, probablemente el boniato sea el culpable.

El punto de partida nunca fue cómo producir prosperidad, sino cómo impedir que la prosperidad produzca una clase capaz de plantarles cara: la riqueza no es un objetivo del sistema: es un efecto colateral que se tolera bajo sospecha, y todo el vocabulario con que se la nombra (control, armonía, riesgo, peligro) es el de quien administra una amenaza, no el de quien impulsa un proyecto. Por eso la concesión tiene un techo muy bajo y se retira cada vez que el Estado recobra el aliento, desde los mercados campesinos hasta el cuentapropismo. Lo único que no se negocia jamás es el monopolio de decidir qué es desviación. Y es lógico que no se negocie. Guy Debord lo escribió a propósito de otra burocracia, y no ha envejecido una coma: su existencia como clase depende de su monopolio ideológico, que es “su único título de propiedad”; no puede liberalizarse, ni en lo económico ni en lo político, sin disolverse, y en el momento mismo en que presume de competir con el capitalismo confiesa ser su “pariente pobre”.

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Cada vez que la conversación se acercó a algo verificable, el presidente dio el portazo con el mismo ímpetu, a riesgo de arruinar el hair styling de La Machi: “Si no vives en Cuba no puedes entender lo que es el bloqueo. ¿Tú podrías vivir con veinte horas de apagón?”. El argumento de autoridad es curioso, porque el único cubano de la sala que no vive esas veinte horas es el que las invoca. Hacia el final, la periodista le preguntó cómo le afecta la crisis en lo personal. “Yo no soy hijo de una élite”, respondió, “yo soy el hijo de un obrero y de una maestra”; no tiene propiedades, dijo, ni riquezas acumuladas, ni cuentas en el banco. Entre sus hijos e hijastros hay quien estudia en el extranjero y quien va en La Habana a un gimnasio cuya mensualidad cuesta cien dólares, diez veces el salario estatal promedio. Hay una realidad paralela en la que la élite habita, y no es la de los cubanos con los que habló Mônica Bergamo; no está hecha solo de ideología, sino también de confort y de privilegios, y desde ella la miseria de los demás se administra como se administra una estadística: con pena y a distancia. El pueblo, garantizó, “no permitiría” una restauración capitalista; y cuando la periodista le contó lo que había oído en la calle, concedió que “habría que ver qué parte de la población opina de una manera u otra”. Habría que ver: en sesenta y siete años no ha habido un solo voto libre que lo vea.

Pero la vaca del socialismo utópico da más leche: ante la pregunta de por qué en Cuba se encarcela a quien protesta, respondió que aquí la gente hace sus reclamos “ante las instituciones del Estado y el partido”, que “se les atiende y no se les reprime”, y que lo demás es dinero de los contribuyentes norteamericanos pagado a gente para convertir reclamos en vandalismo.

El 10 de marzo de este año un agente del Ministerio del Interior subió las escaleras de un edificio de Alamar para entregarle a Anna Sofía Benítez Silvente, de 21 años, una citación de la Seguridad del Estado. Anna (Anna Bensi en sus videos) y su madre, Caridad, grabaron la escena y la publicaron en las redes. Por eso las acusaron de un delito contra la intimidad personal y familiar: la intimidad de un funcionario público en el ejercicio de sus funciones –figura que no existe en ningún lugar del mundo donde rija la razón–, que en el Código Penal cubano cuesta de dos a cinco años, y las encerraron en su propia casa. En abril hasta la Fiscalía tuvo que archivar la causa, y de forma definitiva: según la propia ley cubana ese delito solo se persigue por querella de la persona ofendida, y un policía cumpliendo órdenes no es una persona ofendida. Pero Anna siguió hablando desde su cuarto, y a la Seguridad del Estado no le bastó con el archivo: alguien llevó de la mano al agente vestido de civil hasta un bufete colectivo, el agente firmó en julio su querella y en agosto un tribunal confirmó que madre e hija irán a juicio. No hay en todo el expediente un dólar de Washington. Hay una muchacha que filma a quien viene a citarla; hay un Estado que no tiene corriente para su edificio pero sí tiene papel para imprimir un expediente y horas y horas para sentar a una madre y a una hija delante de agentes que no se identifican; y hay un funcionario que, para sostener la acusación, declara sentirse señalado por su comunidad. ¿En qué lugar del mundo señala la gente a quien la protege? Se señala al que reprime, porque la gente desprecia la represión; y el hombre que firmó esa querella dejó de ser inocente el día que dijo que sí. El único reclamo que hicieron Anna y su madre fue apuntar un teléfono hacia el hombre que subía la escalera. Eso sí, nunca una institución cubana atendió un reclamo con tanta diligencia: citación, expediente, encierro, querella, juicio –mientras 98.000 cirugías esperan turno–. No se las reprimió, en efecto. Se las atendió.

Es la vieja operación, dicha esta vez ante una cámara extranjera: a los cubanos no se les ocurre nada que no venga financiado de afuera; si salen a la calle con un caldero es porque alguien les pagó. En algún momento la periodista le contó a su entrevistado lo que había oído caminando, en casas donde se cocina con carbón: que además del bloqueo de Trump hay un bloqueo interno, y que la gente está cansada de que le hablen del otro. Él respondió que no era así, que el bloqueo interno son “insatisfacciones con determinados elementos de burocracia”, y que “aunque lo hubiéramos hecho todo bien” la causa principal seguiría siendo el bloqueo. Pero ese pueblo “heroico y creativo” de su discurso sabe algo que el discurso no puede saber: que el socialismo no existe ni como plan, que lo que existe es un abandono absoluto, y que una soberanía incapaz de garantizar un plato de comida sobre la mesa –y que, cuando se le demanda, encarcela– tiene dueños, y no son ellos.

Si no logran proveer comida, medicinas, agua y electricidad, ¿por qué no renuncian? La pregunta no tiene respuesta porque la renuncia no figura en el repertorio; figura el martirio. Cuando Bergamo le preguntó si alguna vez había tenido miedo –si lo tuvo, por ejemplo, el día en que se llevaron a Maduro–, el presidente explicó que esa decisión estaba tomada hace mucho: “Si uno tiene la decisión de dar la vida por la causa, ¿de qué va a tener miedo? […] Si me llega, me llegó. Pero no va a ser con una debilidad, no va a ser con una cobardía: va a ser peleando”. Un rato antes, para probar que el pueblo cubano está dispuesto a morir por la revolución –“¿un pueblo que está necesitando agua?”, había objetado ella–, ofreció a los treinta y dos cubanos muertos en Venezuela: “si treinta y dos dieron la vida, ¿qué no harían millones?”. Ahí está, sin pudor, la contabilidad macabra del sistema: los muertos ajenos como estadística, la propia muerte como anécdota. Aunque lo más probable no es el martirio sino el sacrificio: el día que el régimen lo necesite, al primero que pondrá sobre la mesa es al marido de La Machi, que ha asumido con socarronería el papel de cargar con toda la responsabilidad de la crisis, y que cada vez que se sienta delante de una cámara se clava un clavo más en su ataúd. Es la voz de un hombre que se cree indispensable para una ideología en la que ya nadie cree, y que se sostiene, como todas las que llegan a ese punto, solo mientras conserve en el trasfondo el terror del que acaso quisiera deshacerse.

No pueden con el intercambio de ideas (el ensalivado, a la manera de AMLO, siempre tiene “otros datos”): eso es lo que una hora de conversación dejó a la vista, y no hizo falta una periodista feroz. Bastó una respetuosa, que dejó hablar y preguntó lo obvio, para que el sistema de propaganda exhibiera su mecanismo completo: cifras para la víctima, adjetivos para el héroe, un socialismo que nunca llega para no tener que fracasar nunca, y un agente ofendido en un edificio de Alamar para que nadie filme lo que el discurso niega. La burocracia que se ríe frente a la cámara y la que manda a ese agente son la misma: lo irrisorio y lo terrible son en Cuba una sola administración. La prensa existe para interpelar al poder; la propaganda, para apuntalarlo; en Cuba solo se permite la segunda, y por eso hizo falta una brasileña. Algún día esa entrevista la hará un cubano, en Cuba, a un funcionario obligado a responder, y ese día se habrá terminado de construir, por fin, alguna cosa de esas que no pega ni con toda la saliva del Comité Central. Mientras tanto, Canel se levantaba de la butaca con sonrisa desencajada y recibía las felicitaciones de La Machi por plantar cara y pelo a la prensa capitalista, y juntos se escabullían a un destino que queda en cualquier sitio menos en Cuba.

Para llegar a Cacocum

Cuba no se acaba en Cacocum. Esta columna apuntala una sospecha: que el país real empieza justo donde la mirada habitual se detiene. El imaginario sobre Cuba tiende a una postal habanera; lo demás –lo profundo, lo periférico, lo que no se suele ver, ni decir, ni mostrar– queda fuera de cuadro, administrado como si no existiera. Nosotros perseguimos una terquedad contraria: la de llegar hasta ahí. Cacocum es, en cierta forma, un modo de nombrar lo que el mapa esconde. Queremos indagar en la Cuba que no cabe en el folleto turístico ni en el titular que cierta prensa internacional compra al discurso oficial; queremos lo que corre por debajo, lo que la repetición de una sola historia vuelve invisible. No ofrecemos un mapa cerrado –Cuba es más vasta e inestable que cualquier mapa–; ofrecemos una dirección y una disposición de la mirada: hacia el fondo, hacia el margen, hacia ese afuera que también somos. Llegar a Cacocum es, sobre todo, negarse a mirar para otro lado.

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E. VIERA, H. LANDROVE y C. A. ALONSO
E. VIERA, H. LANDROVE y C. A. ALONSO
Aquí confluyen tres voces: Eloy Viera Cañive (abogado y analista político, coordinador de El Toque Jurídico), Hilda Landrove (ensayista promotora cultural, doctora en antropología por la UNAM) y Carlos Aníbal Alonso (editor, investigador y crítico literario, director de Rialta). Este espacio lo hemos pensado como una especie de laboratorio: un lugar donde las ideas cambian de dueño, donde lo que empieza como dato termina como pregunta y lo que empieza como teoría aterriza en una calle a oscuras. Aquí se ensaya menos una opinión que un método: pensar Cuba en voz alta y a varias manos, dejar que las discrepancias trabajen, y publicar solo cuando del roce sale una voz que ya no pertenece en exclusiva a ninguno de los tres. La isla no cabe en una sola mirada.

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