'Éxodo', Cirenaica Moreira, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020
'Éxodo', Cirenaica Moreira, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020

Qué quieres matar en ti que ya no se haya muerto.
Acaso pueda sostenerte una idea, una mañana, un vicio
en este despeñadero de ideas, de mañanas, de vicios.
Ángel Escobar, “Proseguir”

Como quien se adentra en una tierra ignota, busca señales, también una suerte de ruta, decidí aplicarle más de un severo zoom a la foto Inteligencia artificial de Cirenaica Moreira (La Habana, 1969). La obra forma parte de la serie en progreso El nuevo orden (2020-2023). Hay en la fotografía una extraña simbiosis: mujer-árbol / mujer-ciervo; tiende a fugar del plano de lo real, con lo cual nos pide o exige establecer un pacto.

Si el erotismo es uno de los vectores característicos en la obra de Cirenaica, Inteligencia Artificial va un poco más allá a la hora de enunciarlo. La que proyecta su eros ya no es la mujer cotidiana y perceptible, o cualquier otra que por su singularidad se nos antoja diferente. Es un ser no natural, un cruce radical de rasgos femeninos sin tapujos mostrándose, siendo, desafiando, interrogando.

Casi de añil la piel manchada, cejas profusas; el rostro y el busto cubiertos contrastan con la provocadora desnudez del resto del cuerpo. Ese ser nos remite a un homenaje. ¿O una subyugación, según palabras de la propia artista, en un diálogo que parece destinado al archivo personal, a las notas acumuladas para textos futuros?[1] Yves Klein, el Azul Klein. Sí, es la deuda y el diálogo de Cirenaica respecto de un artista, de un color (el International Klein Blue o azul style), un gesto (la performance), la belleza, e incluso la paradoja: la acción que progresa hasta quedar detenida sobre un soporte, pero cuyo resultado sigue siendo percibido cual movimiento.

En tanto primera aproximación o aparición, el azul en Cirenaica, o la rendición ante el magnífico azul, está cifrado en las cajas de la serie en progreso Páginas sin nombre (2019), expuesta dentro de la muestra colectiva 10 de 500. La cuadratura del círculo, y curada por Concha Fontenla en Factoría Habana. “Es una especie de homenaje que viene desde las cajas, que por eso eran azules […], y de las piernas que yo iba a hacer […], las piernas de Mariana [Alom Moreira]. Iban a estar colgadas, […] se iba a llamar «El salto». El salto es también una pieza de Yves Klein. Por eso empecé a insertarlo discretamente en mi trabajo.”[2]

Las cajas son, también, su salto al vacío. Salto mortal o vital. Sí, partir de lo cotidiano, lo privado, el ambiente doméstico, de la relación madre-hija, y lanzarse a un espacio donde “deberá confluir esa suerte de angustia por la identidad nacional, histórica, y personal, que se desconoce o se intenta recomponer una y otra vez”.[3]

'Inteligencia artificial', Cirenaica Moreira, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020
‘Inteligencia artificial’, Cirenaica Moreira, de la serie ‘El nuevo orden’, trabajo en progreso, 2020

¿Se trata de una variante de la antropometría de Klein? ¿Son las modelos de Cirenaica una versión del “pincel viviente” de Klein, esas mujeres embadurnadas por Yves cuyos cuerpos dejan una huella azul sobre la tela? ¿Es otra escritura gestual, la caligrafía con la que Moreira le da orden y sentido a un relato?

Para la serie de las cajas la modelo no ha sido pintada de azul. Pero en el fondo azul de las fotografías intervenidas quedará “la huella” de una mujer muy joven, libre de resabios y en franco proceso de aprendizaje, a la que, para bien o para mal, irán arropando con las tradiciones transferidas de generación en generación, las angustias de la propia madre, paradigmas, deseos. Hay en resultado final una suerte de color muy personal, un “pain style”, un luminoso dolor Cirenaica que persiste, potenciado, en El nuevo orden.

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Si en las cajas nada se interpone entre la mirada de la modelo y su entorno, en El nuevo orden suele suceder lo contrario. Entre el rostro y cuanto rodea a la mujer-árbol / mujer-ciervo aparece un artilugio devenido máscara. Tiene cubierto el rostro y el busto, pero la mano libre está detenida, cubierta con un guante, sobre la piel desnuda y manchada.

Es ese resto del cuerpo la zona salvaje, indómita, animal; a pesar del peinado, la cabeza nos muestra otro lado desafiante de la naturaleza. Son las partes que no ceden a la doma. Si algo se tolera, es negociado a través de un ardid, como lo es la breve pieza tejida que cubre el busto.

¿Lo anterior se constituye en una suerte de enroque o práctica para que las ideas, como ramas o astas, protejan, desafíen, alerten, hieran? ¿Para campear por su respeto allí donde una mujer deba plantar batalla cualquiera sea el contexto, incluso donde a cuenta y riesgo se intercambian fluidos del cuerpo y flujos del placer?

Aunque no nos interrogue ni siquiera con la mirada, nos ha lanzado más de una pregunta. Parece no haber otra lectura que el riesgo de contagio con algo no común en su entorno. Pero no debemos darlo por sentado.

Extraña realidad acontecida en la segunda década del nuevo milenio. Atroz, irreal casi. Como si todos viviéramos en un estado de conciencia alterada.

Con cada zoom a la foto deseaba entender el significado de aquella mirada. En un punto distante parece que ve, desplazado, el sentido de su vida. ¿La foto en cuestión y la serie en progreso conforman una suerte de testimonio?

Sé de esa mirada. La he visto repetida en no pocos rostros. Dígase entonces: una mirada que puede ser una y a la vez muchas. Un único rostro, pero es a un mismo tiempo un rostro plural.

El nuevo orden es el desahogo de la artista tras el continuo padecer y el arduo sobrevivir entre el inicio del 2020 y el final de 2021, el tiempo más cruento de la pandemia, unido a la ilusión de normalidad en un año no menos atroz para Cuba y el mundo: el 2022. Brutal sacudida: la muerte asolando, protocolos para el control de la Covid-19 aplicados sin miramientos en la vigilancia y el castigo, alteración del flujo de las cadenas de suministros, inflación, economías en retroceso, guerras, oleadas migratorias, populismos que solo consiguen avivar todavía más el caos, violencia doméstica, feminicidios, demasiada soledad, estrés, depresión…

'Están cambiando el orden de los acontecimientos y el sentido de la liturgia', Cirenaica Moreira, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020
‘Están cambiando el orden de los acontecimientos y el sentido de la liturgia’, Cirenaica Moreira, de la serie ‘El nuevo orden’, trabajo en progreso, 2020

El frenesí de esta época, así como su consecuencia, cuando es traducido a la serie El nuevo orden su diabólica energía cinética disminuye. La velocidad de los acontecimientos alcanza el mínimo valor posible, entonces todo acontece dentro del sujeto. ¿Acción detenida?, es pura aceleración en la pausa, la cabeza bullendo.

Como en las antropometrías de Klein, la performance de Cirenaica manipula movimiento y energía. Lo estático en El nuevo orden contiene un soterrado caos, ese es “su salto”. Son, sin lugar a duda, batallas internas, una pugna entre el sujeto y el contexto donde la fuga, cualquiera esta sea, parece la única manera de quebrar el estatismo.

“¿Cuándo y con qué se rompe esa acción detenida en el plano de la realidad? Con el escape, que está en las otras piezas: El éxodo, El adiós…”[4] Apelando a la metáfora nos revela “ese tiempo detenido que por décadas padece Cuba”:[5] eterno presente con rostro de pasado no solo por la constante evocación de las gestas independentistas, la necrofilia asociada a los próceres, y una prosperidad a la que nunca se arriba porque siempre está ubicada en el futuro. Sí, movimiento y energía manipulados.

El individuo retratado, animal extrañamente político, transcurre en la contemplación de los eventos siendo a la vez parte de estos. Esta es una constante en la obra de Cirenaica, así lo ha notado la crítica de arte Mabel Llevat: “Es un acto que parece congelarse y condenarse a la imposibilidad de su continuación y término, como los gestos y acciones emotivas capturadas en un trazo de pintura gestual.”[6] Pero a diferencia de las series anteriores, en El nuevo orden el color alterado se constituye en punto de giro.

'La situación de la clase obrera en Inglaterra', Cirenaica Moreira, de la serie 'El Nuevo Orden', trabajo en progreso, 2020
‘La situación de la clase obrera en Inglaterra’, Cirenaica Moreira, de la serie ‘El Nuevo Orden’, trabajo en progreso, 2020

Vale destacar que la artista vuelve a utilizar su propio cuerpo. Oculto bajo una máscara o sucesivas máscaras a las que apela (el barbijo, la rama con un ave, el nido donde descansa un pájaro, el atado de ramas secas, la enorme botella plástica reciclada), el rostro de la modelo de súbito pierde parte de sus rasgos y su utilidad, o su fin, ante la mirada del otro: hay algo que no se dice o no se puede expresar, que no se ve o no se puede mostrar, que no se escucha o no se nos permite escuchar. En resumen: lo que dramática e inevitablemente vamos dejando de ser, la anulación del sujeto, o la fuga hacia el inxilio o exilio.

Siendo ella misma, Cirenaica deja de serlo: “en mí, nos estoy retratando a todos, como ese gran caos que estamos habitando todos”.[7] Para ello echa mano de sus nociones del teatro: escena y escenario, monólogo, vestuario e iluminación, una dramaturgia en cuyo interior hay un dispositivo colectivo de enunciación, más una corriente subterránea de sentido. Con todo lo anterior es imposible no interpelar al contexto donde interactúa.

Por lo tanto, no son filtros de colores cuanto se antepone a las imágenes de El nuevo orden, sino la realidad alterada. La realidad, o lo real, cambia a partir de los protocolos de lectura o interpretación del sujeto retratado, ese que es uno, pero a la vez muchos. Entonces, el color intenso o más tenue apoderado de la escena no es más que la traducción de cuanto acontece: lo real unívoco a la vez plural.

I feel blue… parece decirnos en El adiós la mujer que ha sido retratada mientras camina. Otra vez el azul, otra vez Klein. El azul reinando en el fondo, y el añil como una leve pátina allí donde se muestra la piel.

A esta mujer que parte se le mira casi de contrapicado. Se ha alejado de algo y de alguien y se acerca progresivamente, sabiéndolo, a alguien, a algo. Manos enguantadas, el barbijo cual máscara-mordaza otra vez, las piernas a medio cubrir por unas medias que no han sido subidas del todo o han sido bajadas. “Ese fragmento de piel expuesta es muy importante en el sentido como de la violación. […] Esa piel está expuesta porque tengo unas medias […] fuera de lugar, que pueden haber sido violentadas.”[8]

El rosado contrasta con el azul. Más que una oposición de colores nos hace notar el movimiento respecto de la pausa. Nos habla de un tránsito donde transgresiones, perversiones, violencia, cohabitan bajo una aparente apacibilidad.

El Azul Klein, que ha encontrado su dominio también en la moda, está en la prenda llevada por la modelo. Cubre, constriñe, embellece, dispara el eros, ejerce un dominio, una tiranía. ¿Es una variante de la antropometría de un cuerpo externo sobre la modelo, y de la modelo sobre el fondo?

'El adiós', Cirenaica Moreira, de la serie 'El Nuevo Orden', trabajo en progreso, 2020
‘El adiós’, Cirenaica Moreira, de la serie ‘El Nuevo Orden’, trabajo en progreso, 2020

Dentro del índigo reinante está la mirada de la modelo hurgando en un punto distante que bien podría ser ese otro sujeto o lugar al que no debería volver jamás. Es el azul la temperatura fugando del cuerpo, de la escena, ¿y de la memoria? Lo que podríamos vaticinar tras leer su mirada casi se completaría con el leve trazo de los labios revelado por el barbijo, la mascarilla será otra constante en la serie.

La migración, la pulsión por la fuga dentro o fuera de las fronteras nacionales regresa a la obra de Cirenaica. Ya sea desde la supuesta epístola, desde la evocación del cuerpo ausente, o desde la enunciación de un discurso crítico, la artista nos sitúa frente al migrante y su necesidad, al tránsito, al dolor que acontece, la angustia, a la soledad durante y después de la travesía. Nos coloca de cara al deseo cifrado en el porvenir, póngase de ejemplo las series Cartas desde el inxilio y Ojos que te vieron ir.

Hay en Éxodo una aguja atravesando el cabello, ramas secas y puntiagudas, flores en el atado de madera seca que a la vez oculta el rostro del sujeto retratado. ¿Qué nos dice el dorado cubriendo el ramaje que constriñe la cabeza contra ese backing cuyo color parece estar entre el ocre de la tierra y la luz menguante de la tarde del país dejado atrás? Para colmo, las cintas de la mascarilla rodean con no poca tensión el cuello.

Lazo corredizo, nudos, la aridez enfrentada a la vida que terca renace, más la distancia geográfica y metafórica cada vez mayor respecto de la tierra natal. La mirada del espectador quedará a la altura de la sien casi expuesta, para taladrarla y hurgar en los pensamientos, ese despeñadero cuyo peso la obliga a inclinar la cabeza, a buscar apoyo en los brazos. De lo encontrado allí, ese paisaje mental donde alternan ansias y zozobras, si lo conseguimos, ¿qué podríamos susurrarle al oído una vez vencida la barrera de ramas incluso a riesgo de herirnos o no ser escuchados?

Sin lugar a duda, la cinta del barbijo es atadura, constricción, incluso claustro; además, el cabello nunca se muestra libre, va trenzado o recogido en un moño. La modelo lleva una cinta o una banda, o encaja una peineta o un largo alfiler en el pelo. En Machete que son poquitos, nos dijeron, se ha extremado la precaución: la imposición del turbante.

Con Machete que son poquitos… abre la serie. El título remite a las protestas del 11 de julio de 2021 acontecidas en Cuba, por lo tanto, narra en elipsis, además condensa tanto el operativo mediático como policial tras la orden de combate dada por el presidente de Estado y Gobierno. Si en la imagen el vestuario puede ser entendido cual estrategia para salir a la calle y no ser identificado al ocultar la fisonomía, parece dar cuenta también de la imposibilidad de enunciar un discurso desde el disenso.

El turbante es una barrera de contención, cepo, profilaxis. En colores tan intensos como el drama de aquel verano, la modelo parece haber sido dispuesta para la foto que ilustrará un expediente de hechos delictivos. Pero es poca la piel expuesta, sin embargo es en extremo elocuente, aunque la continuidad haya sido quebrada por un trozo de tela cual variante de mascarilla; sí, el zíper que ha sido bajado: se expone el pecho, brota una rosa de sangre.

Y de la mirada, la mirada otra vez, en medio de variaciones del azul: “Es lo único que está a la vista. Una mirada de una mujer muy cansada. […] Es una mirada de mucho cansancio, de mucha incomprensión. Tiene que ver con un estado de soledad, desolación. Es el antónimo de todo lo demás, que es tan colorido, tan grande, tan expresivo.”[9] Hay gradaciones de esa mirada en el resto de la serie, acaso es parte de los tonos del “pain style” de Cirenaica.

Si en el arte gótico las cintas suspendidas sobre personas y animales son asociadas a hilos de pensamientos que conectan la disposición física y mental de los sujetos recreados, ¿sería descabellado pensar que en la serie El nuevo orden las cintas rodeando el cuello, moños y el cabello trenzado sobre la nuca, como en el díptico Todo mal, son más que arduos pensamientos, y devienen gesto de disensión condensado en una idea concerniente incluso al ecosistema doméstico, una toma de partido, marginación, posibilidad y concreción de un sometimiento, también variantes de la máscara? ¿Se trata de agenciamientos, la noción del bien que se desea imponer? Lo cierto es la alta barrera de tablas que cercena la visión y la andadura a ese cuerpo que en el díptico se entiende y proyecta desde lo femenino, cuya nuca al descubierto multiplica la vulnerabilidad.

'Todo mal 1', Cirenaica Moreira, díptico, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020
‘Todo mal 1’, Cirenaica Moreira, díptico, de la serie ‘El nuevo orden’, trabajo en progreso, 2020
'Todo mal 2', Cirenaica Moreira, díptico, de la serie 'El nuevo orden', trabajo en progreso, 2020
‘Todo mal 2’, Cirenaica Moreira, díptico, de la serie ‘El nuevo orden’, trabajo en progreso, 2020

Máscaras, guantes, abrigos, barbijos, un chal…, tales objetos y prendas resultan modos de conseguir calor, belleza, amparo, distinción y también salvaguarda ante el virus cualquiera sea su naturaleza: Sars-Cov-2, vulgaridad, totalitarismos, violencia doméstica, la amazonización de nuestros datos ya sea para potenciar la cibervigilancia y el ciber control total, o en la manipulación de nuestras costumbres y necesidades.

A esa mujer parapetada tras el nido en la obra Están cambiando el orden de los acontecimientos y el sentido de la liturgia, o detrás de una máscara plástica (Inteligencia artificial), o de una rama donde descansa un pajarillo rojísimo (La situación de la clase obrera en Inglaterra) –los cuales no son más que variantes de una misma máscara–, Cirenaica Moreira parece preguntarle: ¿Qué quieres matar en ti que ya no se haya muerto?

Emplazada en un despeñadero de ideas, de mañanas, de vicios la artista se confiesa. A la par nos obliga a confesar, a dar testimonio por voluntad propia o bajo la imposición de una pregunta. Sí, estamos en presencia de una muda locuacidad, contenido frenesí.

Entenderse en un espacio tiene un precio. Enunciarlo y que sea comprendido, también. Suele ser muy alto el precio a pagar, todavía más si ya han instaurado el nuevo orden.


Notas:

[1] Ahmel Echevarría: Diálogo con Cirenaica Moreira, audiograbación inédita, enero de 2023.

[2] Ídem.

[3] Factoría Habana: “Rememorando a Cirenaica Moreira, en 10 de 500.

[4] Ahmel Echevarría: ob. cit.

[5] Ídem.

[6] Mabel Llevat: “Palabras del catálogo de la serie Cartas desde el inxilio (1999-2002)”, de Cirenaica Moreira, Ediciones Pontón Caribe, La Habana, 2002.

[7] Ahmel Echevarría: ob. cit.

[8] Ídem.

[9] Ahmel Echevarría: Diálogo con Cirenaica Moreira, audiograbación inédita, enero de 2023.

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Ahmel Echevarría (La Habana, 1974). Narrador cubano. Ha publicado los libros Inventario (Premio David 2004, cuento, Ediciones Unión, 2007), Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005, novela, Editorial Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2010), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig 2012, novela, Editorial Oriente, 2013), La noria (Premio de Novela Ítalo Calvino, 2012, Ediciones Unión, 2013; Premio de la Crítica Literaria de Cuba 2013), Insomnio –the fight club– (relatos, Letras Cubanas, 2015), y Caballo con arzones (Premio Alejo Carpentier de Novela 2017, Editorial Letras Cubanas, 2017; Premio de la Crítica Literaria de 2017).

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