El atlas de los cines habaneros y otras fotografías de Carmen Rivero

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Fachada del antiguo cine Luyanó, hoy Centro de Artes Marciales. De la serie ‘EXIT. Atlas de los cines habaneros’, 2014-2019 (FOTO Carmen Rivero)

La primera película que recuerdo haber visto en pantalla grande fue Tigres en altamar, una comedia rusa en blanco y negro a la que me llevó mi abuela en el cine Martí –reconocido entre los que hay o hubo en la ciudad de Holguín, al lado de la Periquera, frente al Parque Calixto García–. Yo, como Carmen Rivero en La Habana (ella, incluso, tras poner mar de por medio), he procurado (así sea en la distancia) mantener vivo un puñado de recuerdos. Por eso, con el mismo regodeo que repaso, en el casco histórico holguinero, los que devinieron hoteluchos del turismo “nacional” (Libertad, Majestic, Los Ángeles, Praga, Turquino…) y yacen hoy en vías de extinción, recuento a ratos los cines y sus entrecalles, los amores o las amigas que me acompañaron, en verano o a la salida de un pase, a ver aquellas películas de la adolescencia. De Jamón, jamón (1992) a Del crepúsculo al amanecer (1996), de Cilantro y perejil (1998) a La vida es silbar (1999), y tantas otras. Disfrutadas con el salto en el estómago del ir entrando en la vida adulta, como en la oscuridad de las salas del cine Baría o el Frexes, el Encanto o el Victoria…, según los nombres por los que los conocí. Todo antes de que se les sumara la salita del Festival de Cine Pobre de Gibara; y antes incluso de que empezaran a pulular, en las noches y en los barrios más insólitos, las salas de video particulares que se popularizaron en los noventa, cuando todavía ni soñábamos con la llegada, el escándalo ni el cierre de las 3D.

El palimpsesto de placas, monumentos, ruinas y reconstrucciones va transformando –para decirlo con Carlos Garaicoa– “el cuerpo humano”, que se va igualando –como sin proponérselo, en un sentido o viceversa– al cuerpo urbano, al “cuerpo social”. Una borradura de la que por suerte nos salvan, a su modo, las fotografías o las publicaciones de una época, tanto como los que hacen por recordarla y pueden testimoniar, desde la macro o la microhistoria y los anecdotarios, qué se alzaba y qué pasó allí donde apenas queda a veces un escenario, el arco de una entrada, la clausurada ventanita de un taquillero. Tras esos vestigios ha recorrido Carmen su Habana en viajes y buceos sucesivos, por barriadas y archivos, por casas de convecinos y álbumes, por libreros y anticuarios. Y tal vez también husmeando en cajas de zapatos y latas de biscochos o galletas, de las que suelen guardar entre nosotros recortes familiares o entrañables –como aquellas que debieron irse en la maleta de los “abuelos nostálgicos” que, todavía desde Miami, ponen su granito de arena en el álbum holográfico de Internet, para dibujar una Cuba que no sólo ha sido ron, maraca y playa.

Fachada del edificio Radio Centro, hoy cine Yara, en La Habana

A la pasión de esta creadora se ha ido agregando por el camino la de no pocos exploradores que (desde el lente de antaño u hogaño, desde las bibliotecas y las calles o en un distante blog del universo) han ido poniendo su alcance, la mar de veces sin saberlo, fragmentos y coordenadas para que vaya armando, con paciencia de hormiga y siempre en vilo por el hormigueo de los nuevos descubrimientos, este “puzle” –como le llama, juguetona, al reflejo de sus desvelos en el Instagram–. Un “atlas” en construcción que es tan pero tan difícil desplegar en una pared expositiva, y que aún sueña cómo imprimir en formato de libro, por sus disímiles facetas, de las que ella no quisiera dejar de mirar ni una. En cuanto a las fuentes de este proyecto que le nació en Granada –como tantos de las últimas dos décadas de su vida–, al indagar sobre estas, recibo lo más elocuente y lo más apropiado: la foto de un estante donde se apilan t/lomos (de Ediciones ICAIC, Editorial Oriente y otras) sobre los que puedo distinguir a María Victoria Zardoya y Marisol Marrero, Luciano Castillo y Arturo Agramonte, María Eulalia Douglas, José Antonio García Borrero, Olga García Yero, Reynaldo González, Jesús Lens y Francisco J. Ortiz.

Esfuerzo ingente este de Carmen de emprender el levantamiento de su propia “Habana material”, una Habana cinéfila, para conjurar la desaparición de los lugares y las jornadas que otrora se consagraron al séptimo arte. Piénsese si no que –frente a los de mis quince, que caben literalmente en una mano–, hubo, en cambio, más de trescientos cines en esta capital donde la primera proyección recordada data de 1897 y hoy apenas sobreviven unas treinta salas en (sus) función (es primigenias). Súmese a ello no sólo la aventura antropológica de un trabajo de campo que ella gusta de hacer casi absolutamente a pie, sino que su curiosidad y voluntad detectivescas –como las de los autores que la escoltan– se habrán encontrado a su paso con lagunas y desiertos manifiestos, en lo arquitectónico como en lo bi(bli)ográfico. Lo que no es raro en una Isla donde, en las últimas sesenta décadas, con los embates de la descapitalización estatal y la resurrección del capital privado, la memoria ha sido atomizada por las oleadas migratorias (de La Habana al mundo y de otras provincias a La Habana), por la desidia constructiva y por la proliferación de recintos clausurados (cines, tiendas, edificios familiares…), que cunden como agujeros negros allá y acullá por toda la urbe, emulando con “la arquitectura de la necesidad” y con los nuevos negocios que remozan o sellan, con capas de ladrillos/zines/madera/pintura/polvo, el camino hacia ese y cualquier otro pasado que ocluyen al volverlo presente, porque así se abre paso también la vida.

Ruinas del teatro, luego cine, Campoamor en La Habana

Claro que se pudiera aducir que en Cuba, más que en los lugares donde gravita el capitalismo rampante que no deja kilómetro bien cotizado sin construir, es más fácil hallar la ruina de lo que fue un cine que en otros lares. O que esos que ya no fungen como tal siguen vivos –como nos recuerda la propia Carmen– en almacenes, viviendas, parqueos, carpinterías, salas de teatro o galerías de arte. E inclusive, que el fenómeno de su cierre y abandono o reutilización se replica en muchos países del orbe, junto a los efectos del cambio del paradigma tecnológico. Pero lo cierto es —y cito nuevamente a la fotógrafa– que durante “los años 50 existían en la ciudad alrededor de 140 salas de cine” y que, teniendo en cuenta la densidad poblacional de La Habana (que andaba por el millón), la media de un cine por cada 7500 habitantes la hacía sobrepasar o emular a “casi todas las ciudades más grandes del mundo contemporáneo” de entonces. De cualquier modo, ni la distancia ni lo variopinto de la empresa han mellado la avidez de Carmen, quien cuenta con un mapa donde los sitúa y con una tabla en la que va marcando en amarillo los que ha visitado, mientras refiere, no sólo la ubicación y el estado actual del inmueble, sino la fecha en que fue construido, los arquitectos que lo planearon o el número de lunetas con las que competía frente a otros cines.

No en vano este trabajo continúa teniéndola en ascuas, y la fotógrafa me confiesa que espera que cambie el viento y llegue algún respaldo que le permita venir a por más; o que guarda pan y esperanzas para regalarse ella misma una “residencia artística” en la casa materna, que volvería a ser centro de operaciones de su incansable incursión. No obstante, mientras se abren los cielos y siendo que ha logrado muchísimo en sus pesquisas, su afán (tanto como el interés de los asiduos del cine y de los fanes de lo retro) ha sido ya recompensado con EXIT. Atlas de los cines habaneros, muestra que ha tenido incluso reposición –para decirlo con el lenguaje del ámbito que recrea–. Durante 2019, el proyecto pudo ser contemplado en dos exposiciones, ninguna de ellas, lamentablemente, en Cuba. En julio, se la vio en la sala Vist Alegre de Torrevieja (Alicante) y en octubre, en La Empírica (Granada), donde la expo se combinó, además, con un ciclo de cine en el que, justamente, películas de Fernando Pérez como Madrigal (2007), Suite Habana (2003) y La vida es silbar (1998) volvieron a llegar a los espectadores. Para abril de 2020, el 18 pasado, se hallaba planeada la inauguración de la tercera vista de EXIT en Galicia, en la Fundación Vicente Risco, lo que quedará –como tantas actividades preteridas– para después de la pandemia, y en ocasión de lo cual podrá conocerse un corto de ocho minutos donde se aprecian algunas de las entrevistas hechas por la autora entre los vecinos de los cines rastreados.

Vista de la exposición ‘EXIT. Atlas de los cines habaneros’ (octubre, 2019), en una sala del centro La Empírica, Granada, España

Si la visitamos en Instagram, hallaremos huella notable de su trasiego a través de sus “historias”, donde constan tales exhibiciones, así como lecturas, charlas, presentaciones de libros y filmes en la península ibérica. Porque quien estudió Economía y Teología, e hizo algunos dosieres de artistas plásticas en la Isla antes de decidir entregarse en cuerpo y alma a la fotografía, reside en España desde hace veinte años, y es en tal país donde ha hecho carrera con su arte. Allí cofundó el proyecto El Trapiche (2011), “que idea, gestiona y produce proyectos para el desarrollo y la difusión de la fotografía contemporánea”. En Granada, en la actualidad, se halla inmersa sobre todo como coordinadora de comunicación y docente en los afanes de Deriva, una escuela de fotografía que cofundó con Javier Morales Prados y Pablo Trenor Allen.

Conviene decir que Carmen es conocida en su ciudad adoptiva por orquestar, en cualquier época del año, visionajes regulares, muchas veces con la presencia de directores invitados extranjeros que visitan la ciudad –como sucedió con el iraní Meelad Moapi o con el colombiano Antonio Dorado Zúñiga–. El cineforo La azotea de Tulipán, cuyo nombre remite a la placa de la calle de Carmen en La Habana, denomina un debate que en los veranos se instala en su terraza granadina, mientras que en el invierno se recluye en los salones de los amigos, con todo y proyector, para pasarse hasta la madrugada conversando con motivo del visionaje de realizaciones del cine europeo y latinoamericano (entre el que abunda el cubano) o de cine independiente de los Estados Unidos, entre otros. En Cuba la formación de Carmen en el cine y en lo fotográfico fue incipiente, pero la preparó para emprender estas lides. No tanto por su primer curso de fotografía en blanco y negro, en la Casa del Tango –que luego completaría entre cursos y talleres de Ricky Dávila, David Jiménez, Joan Fontcuberta, Oscar Molina o Eduardo Momeñe–, sino más bien pienso en su pertenencia a la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC), gracias a lo cual fue jurado de festivales como el Cine Plaza; una labor que ha continuado en España, donde ha otorgado premios como el FLECOS del Sur (a la Mejor Película en Castellano), el José Val del Omar (al mejor Cortometraje de Escuelas en el Festival Internacional de Jóvenes Realizadores de Granada) y el lauro de la primera edición de Cinespejo, entre cuyos organizadores del próximo año se cuenta.

El realizador colombiano Antonio Dorado Zúñiga presenta su documental ‘Apaporis, secretos de la selva’ (2012) en el cineforo La azotea de Tulipán

En la Isla, la autora vivió desde adolescente en el Cerro, adonde aún acude a menudo a pasar tiempo con su madre. La primera película que recuerda haber visto en la gran pantalla, y que trastocó sus días, fue La pasión de Juana de Arco (Theodor Dreyer) y aconteció, sin embargo, en el cine Luyanó. (Curiosos lugares estos por los que ha gravitado Carmen, pues sus obsesiones guardan parecido, en lo arquitectónico y en la geografía, con la cámara de Héctor Trujillo, quien ha vivido entre Santos Suárez y el Cerro, y en cuyo perfil pueden hallarse igualmente fotografías de cines de los alrededores, como Los Ángeles, Moderno, Apolo, México y algún otro sin nombre, perdido en la calzada de Luyanó).

Entre las que he recorrido (y el espectador lo notará enseguida), la cuenta de Carmen Rivero explota con vivacidad e inteligencia artística el espacio, para mostrar imágenes que se amolden al atlas. Se expande así, jugando con los espacios en blanco y con las posibilidades del muro instagramero, para proyectar en él sus hallazgos, y dejarnos asomar a interiores y fachadas de cines, pero sin conformarse jamás con lo epidérmico ni con el dato aislado. Para ella se trata de captar desde el estilo (muchas veces art déco) que los hace reconocibles, a pesar de no ser lo que ayer fueron, hasta regalarnos (con) ejemplos de anuarios o directorios telefónicos, carteleras y carteles, pasando por el rótulo de un cuarto de baño para damas, por el lumínico que anuncia la salida o por montones de papeletas y fotos de artistas que nos dejan imaginar el suave esplendor de las luces cayendo del fondo de la sala hacia la pantalla. Otra veta que Carmen recompone –en consonancia con su interés manifiesto por el retrato– es la de los semblantes de asidua/os y proyeccionistas, acomodadora/es y cuidadora/es, puesto que su obra persigue, en este punto, “documentar las contradicciones históricas de los cines habaneros en estrecha vinculación con sus habitantes” y “dar voz a aquellas personas que ocupan estos espacios reconvirtiéndolos”.

Conectada con el pasado y con el espíritu de los anuncios cinematográficos, la cuenta de Instagram de la autora trabaja con las reminiscencias y el imaginario de quienes vivieron aquellas proyecciones, para desenrollar ante los que no, como en una cinta de negativos repasados y vueltos a repasar, esa retahíla de imágenes que ha ido y prosigue atesorando. Fotos que nos devuelven con intimismo las visitas a esos lugares, y que nos traen consigo, a la vez, la dulzura de las reposiciones y el salto en el estómago de los últimos estrenos en la modorra de las butacas o en la tentadora penumbra de los autocines. De lo extraño a lo entrañable viaja Carmen, iluminando en su vaivén esos paisajes urbanos de la realidad habanera que, aunque se han vuelto invisibles para muchos, ayer dieron tanto que soñar a quienes se sumergieron en la sala oscura.

No puedo permitirme hablar de esta creadora sin mencionar fotolibros –que a su vez pueden denominar series o exposiciones suyas– como el colectivo Hexápoda (2013) o los personales Pérdida de lo absoluto (2016) y ¿Hacia dónde se retira la montaña? (2017) –visibles los tres, junto a publicaciones y proyectos fotográficos como Duro Soayu o The inhabited space (2011), en su página web oficial.

Del libro ‘¿Hacia dónde se retira la montaña?’ (Sonámbulo Ediciones, 2017)

Quisiera esbozar brevemente su poética y algunas de las dominantes que atraviesan su corpus. Me retrotraigo, pues, a 2015. En algún momento de ese año Carmen Rivero llegó/envió/dejó en La Habana, y en manos de Soleida Ríos, un manojo de fotos blanquinegras. Paisajes geográficos y vitales, entreabiertos/entrevistos, donde campeaban objetos, cuerpos, aguas, luces, sombras y hasta un basurero… Imágenes que soñaban despertar textos entre un grupo de poetas aún no deslindado, a quienes Soleida comenzó a llamar –dedo al teléfono– expandiendo sus acostumbradas redecillas. Por entonces, junto a Legna Rodríguez Iglesias (ya en Miami), Liudmila Quincoses (allá por Santa Clara), Omar Pérez, Antonio Armenteros, Katherine Bisquet y la propia mensajera, tuve yo la osadía de aceptar el reto. El haz de imá(ge)nes comenzó a su vez a ser fotografiado y a pasar de mano en mano, para ver/escoger las que más complacieran, inspiradoras, e ir trazando el espíritu de las páginas, todavía en blanco, del libro por escribir, por nombrar…

¿Hacia dónde se retira la montaña? –tomando un verso de Omar que nos resonó con su gong– se llamó, justamente, el primer proyecto que conocí de Carmen, y cuya edición acompañé para Sonámbulo Ediciones. Entre sus presentaciones tuvo una en marzo de 2016 en La Habana, en el Centro de Desarrollo de la Artes Visuales. De esas fotos guardo, no sólo el libro, sino sendas postales impresas en pequeño formato que, de cuando en cuando, cambio en la superficie de mi refrigerador, según lo que añore: espectros de bosques que pasan en ráfaga, una grieta en la nieve, la playa en la noche, el banco de la espera y la conversación, los altares o el vuelo detenido de un pájaro, la casa entre el humo o la neblina, la isla y la montaña. A ellas pueden acceder asimismo los curiosos, si se remiten a publicaciones más remotas (2018, 2017) de ese Instagram que insto a circunnavegar y al que algunos se harán asiduos cuando se enfrenten al blanco y negro de fotografías en las que los valores de la luz y la velocidad han sido manejados meticulosa y misteriosamente, para sugerir emociones, deseos, momentos, azares o lapsus de la visión y la memoria.

Por aquellos años la autora tuvo a bien invitarme a escribir sobre Contra viento y marea, otro bojeo suyo por la Isla, aún hoy por imprimir, cuyas cuartillas le pedí releer para esta ocasión. Entresaco unas líneas que, si remotas, no me traicionan al pensar su obra:

“Hay bienes que duran cien años y cuerpos que lo resisten. De esa huella apresada entre almas y armarios habla Carmen Rivero. […] Con un periscopio […] se adentra en su país (en busca […] de paladear su bilis sin melindres melifluos). […] Pero más que memoria de lo vivido, la huella lo es de una pérdida. […] Duele la jornada común. Esa cotidianidad endurecida en los rostros que hacen frente a viento y marea […] El país(aje) con Carmen Rivero es casi silente […] se alza […] descarnado […] enfrentado de nuevo con su imagen y su posibilidad”.

A pesar de que estas palabras no se referían al proyecto de los cines, resultan más que pertinentes porque ponen el acento en las personas y en los paisajes que gusta retratar, en su af(l)ic(c)ión por el pasado, en la intensa pero parca emoción que traslucen sus grises y en la postergación esperanzada de un florecer. Hasta el silencio es marca de estilo, puesto que el forrajeo de ella entre los vestigios de los cines tiene más mirada que voz, y se alimenta en la penumbra, donde se atisban las lunetas, más de asientos vacíos que de la vuelta del gran público.

El hueco del símbolo desterrado agrieta el pecho de quien explora, mas no deja de incitar a la andadura, para tratar de entender, para procurar apre(he)nder, entre flashazos, la parte del misterio que nos esté destinada. Esta fotógrafa que, apenas hoy –absorta en la poesía que San Juan de la Cruz escribió en Granada– está por permitirse comenzar a gestar algo más allá de Cuba: tiene entre sus últimas historias de Instagram la serie Wanderjahre. El título abarca –según me cuenta– sus peregrinajes y, etimológicamente anclado a la tradición germana, se remite a la costumbre europea de perfilar el aprendizaje del oficio en un arte de manera itinerante, a lomos de camino y de montaña, a la intemperie –lo que no sólo tuvo, en literatura, las Bildungsromans de Goethe y La montaña mágica, El juego de abalorios o El guardián en el trigal, sino, en la música, composiciones de Mahler y de Schubert.

Creo que Carmen es de esas que rehúye echar raíces definitivas y que, aunque se nos figure anclada a la Isla por el ritual con que planta su inspiración en lo de acá, más o tanto como eso la define su espíritu caminero, la danza contrariada, y a menudo armónica, en que va del entorno a la figura, y se debate entre los paisajes adentro/afuera, entre apuntes y atlas, entre la nitidez de un recuerdo y su retrato borroso, adivinado, en proceso de reconocimiento y representación. La suya es una búsqueda de la “viva fuente” que desea (hallar) sin tanta prisa. Mejor si en long détour, y aunque sea de noche. Porque el viaje es la obra, porque el trabajo es vida.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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