Detalle de ‘Accidente’, de Alfonso Ponce de León, 1936.
Detalle de ‘Accidente’, de Alfonso Ponce de León, 1936.

Tenía diecinueve años cuando conocí a Bastian Picker. Era un muchacho soberbio y fanfarrón, siempre de punta en blanco, con el bello rostro coronado por una cabellera abundante de la que no se ocupaba. No tenía más años que yo, pero a mí me parecía que no éramos totalmente de la misma generación, de la misma manera que, en la escuela, uno ve muy diferentes a los del curso superior cuando en realidad sólo tienen un año más.

Joven brillante, Bastian había puesto fin prematuro a los estudios en favor de su pasión por la literatura: cuando conocía a alguien se presentaba como “escritor en proceso” y fue así como se presentó conmigo. No había publicado nada pero decía que estaba trabajando desde la adolescencia en una larga novela, mezcla de fantasía y autobiografía, que cuando se publicara, si había que creerle, tenía todas las posibilidades de causar sensación. Entretanto procuraba hacerse una reputación escribiendo sobre libros de otros y se esforzaba por frecuentar la alta sociedad; pasaba las noches en los cafés de artistas y rondaba los círculos de los hombres de letras más estimados del momento.

Debo decir que se desenvolvía bastante bien; no había velada literaria a la cual no lo invitaran, exposición ni inauguración donde uno no lo encontrase, periodista que no lo llamara por el nombre o se deleitara en descalificar con él a otros escritores de su edad, deporte este en que sobresalía aunque él mismo no hubiera demostrado nada aún. Yo a menudo le preguntaba cómo entre tantas mundanidades encontraba tiempo para consagrarse a su obra. Él, petulante, contestaba que no dormía casi nunca y que un talento inmenso le permitía obtener mucho trabajando poco.

—En una hora sobre la mesa de trabajo otro habrá escrito quince líneas que al día siguiente tendrá que corregir. Yo habré hecho diez páginas casi perfectas, y a lo mejor un cuarteto para mi nuevo poema.

Sin embargo, la verdad era otra: como me confesó una noche de borrachera, Bastian no había escrito sino un miserable puñado de páginas, que casi en seguida había arrugado y tirado; en cuanto a las decenas de historias que decía tener en la alforja prestas a ser volcadas en papel, sencillamente no existían. El atronador Bastian Picker no tenía la menor imaginación; a tal punto le faltaban ideas que se sentía incapaz de escribir un simple cuento. Su miseria me conmovió tanto que me habría gustado proveerle de algunas allí mismo, pero la imaginación tampoco era mi fuerte…, aparte de que lo habría humillado.

Bastian creyó haber encontrado una solución a su problema cuando entró en el círculo del gran Leopold Axeles, uno de los novelistas austríacos más célebres de entonces. Todos los jóvenes talentos admiraban a ese anciano diplomático de noble alcurnia, aunque por orgullo fingían algunos encontrarle debilidades de estilo. Yo mismo había leído todos los libros de Axeles y lo consideraba heredero digno de los maestros del siglo pasado. Axeles era además un católico ferviente que aseguraba haber dudado largamente entre la literatura y los hábitos; había dedicado varios ensayos a la fe y la teología (se esperaba uno nuevo dentro de poco) y conocía personalmente a todos los obispos de Alemania y de Austria.

Axeles vivía en Viena y participaba de la vida literaria de su época. Era articulista en varios periódicos, jurado de premios y gustaba rodearse de novelistas jóvenes a quienes dispensaba consejos y felicitaciones. Bastian hizo lo imposible para que lo admitiera en su círculo; Axeles le cogió simpatía y empezó a invitarlo regularmente a las cenas que organizaba en su piso de la Parisergasse, a dos pasos del palacio de justicia; cenas que, huelga decirlo, eran muy concurridas.

Al contrario que Bastian, Axeles poseía una imaginación sin límites. Su bibliografía constaba de unas veinte novelas y más de cien cuentos y relatos, ninguno de ellos banal. A mí esto bastaba para azorarme, y me preguntaba cómo hacía el hombre para atrapar tantas ideas en sus redes. Tenía un cuaderno con tapas de cuero del que no se desprendía nunca; lo guardaba en el bolsillo de la chaqueta, al alcance de la mano, y cada vez que se le ocurría una idea lo sacaba para anotarla. He leído que Chéjov tenía uno, y que a veces lo sacaba del cajón para blandirlo diciendo: “¡Cien temas! ¡Sí señor! ¡Vosotros los jóvenes no me llegáis ni a los tobillos! ¡Puedo venderos uno o dos, si queréis!”. Cuando uno cenaba con él o lo acompañaba a un café, a menudo paraba de charlar para calarse las gafas y, sacando el cuaderno, garabatear unas palabras que se cuidaba bien de que nadie viera.

—Seguid, seguid –decía, anotando; y uno se preguntaba qué habría dicho de interesante y, sobre todo, cómo aparecería en el próximo libro de Axeles.

Otras veces no desenvainaba el cuaderno hasta el final de la cena y, con la pluma que encontraba en el platillo donde el camarero había dejado la cuenta, se ponía a tomar apuntes mientras explicaba que estaba reuniendo todos los temas novelizables que había oído esa noche. El cuaderno se había vuelto parte del personaje y verlo salir sin él habría sido tan sorprendente como encontrarlo desnudo en un concierto.

Ya se habrá imaginado la codicia que ese cuadernillo repleto de ideas y anécdotas despertaba en Bastian; la materia que contenía habría alcanzado para toda una vida de escritura. Al principio, poseer el cuaderno fue para él un sueño un poco loco, como los planes de viaje que hacemos sabiendo que no los cumpliremos nunca; lo pensó tanto que, de todos modos, acabó convenciéndose de que era la única solución posible a su problema, y entonces el cuaderno se volvió para él una idea fija. Tenía que robarlo costara lo que costase. Me informó del proyecto una noche que cenamos en una cervecería de la Seilergasse. La idea me pareció indecente y traté de disuadirlo.

—Pero bueno –le dije–, ¡de todos modos no pensarás robarle las ideas!

—¡Él dice que tiene cientos de miles! –replicó–. Si se las robo, ¡al día siguiente empezará un cuaderno nuevo que a los quince días estará lleno! Y además aprenderá a no burlarse de nosotros cogiéndonos las ideas al vuelo cuando conversamos.

Me quedé perplejo.

—Pongamos que consigues birlarle el cuaderno, cosa que me parece imposible; él montará tal escándalo que se enterará toda Viena. Cuando publiques los cuentos inspirados en ideas que le hayas robado, te desenmascarará y te denunciará.

—Tomaré precauciones –contestó Bastian con tranquilidad–. En principio, para confundir las pistas haré algunos cambios en los argumentos; y además, esto va de suyo, los personajes tendrán otros nombres. Lo que a mí me falta son puntos de partida, te das cuenta, nada más; después estoy seguro de que mi imaginación, despertada por el estímulo, se pondrá en marcha y dará a los comienzos que imaginó Axeles desarrollos que él sería incapaz de concebir. Mezclaré sus ideas, cambiaré de escenarios y él ni se enterará.

Tras haber callado un momento, añadió:

—Y luego, incluso si tiene dudas, ¿cómo va a probar que yo le robé las ideas? ¡A ver! ¿Es culpa mía que se nos ocurra lo mismo? Será la demostración de que soy tan buen escritor como él, eso es todo.

Dicho lo cual acabó el postre, vació su copa, se puso el sombrero y me dejó. Yo me quedé convencido de que robar el cuaderno de Axeles era mala idea pero, ya que no podía hacer que Bastian entrara en razón, esperé con impaciencia a ver cómo se las ingeniaba.

Cubierta de ‘Cuentos carnivoros de Bernard Quiriny Acantilado Barcelona 2010. | Rialta
Cubierta de ‘Cuentos carnívoros’, de Bernard Quiriny (Acantilado, Barcelona, 2010).

Como era previsible, el plan se reveló de difícil realización. Ya he dicho que Axeles siempre llevaba el cuaderno en el bolsillo de la chaqueta; allí lo guardaba de nuevo no bien terminaba de usarlo y nunca lo dejaba sobre una mesa o un mostrador donde alguien pudiera cogerlo mientras él miraba hacia otro lado. Para no perder ninguna oportunidad, Bastian se esforzó por encontrarse lo más a menudo posible dentro de su círculo íntimo.

—Ya habrá un momento en que olvide guardárselo en el bolsillo –decía–. Y en ese momento actuaré yo.

Seguía a Axeles a todas partes: a los restaurantes, a las iglesias donde asistía a misa cinco veces por semana y a las bibliotecas adonde iba a trabajar. En la penumbra silenciosa de las salas de lectura, se sentaba no lejos de él y, oculto detrás de algún tratado indescifrable que cogía de los estantes al azar, lo observaba por el rabillo del ojo presto a saltar sobre el objeto de su codicia. Ignoro cuántas horas se pasó así, estoicamente, aguardando el instante crucial en que Axeles dejara el cuaderno sin vigilancia.

—Es un hombre meticuloso y muy ordenado –me contó un día–. Siempre se sienta en el mismo lugar, pide que le lleven los libros que necesita y se abstrae en el estudio. Suele tomar apuntes en hojas sueltas que luego reúne en portafolios de cartón de colores. No sé qué cosa investiga; sobre los portafolios no hay nada escrito; sólo sé que consulta libros de historia de la religión y la filosofía, lo que indica que debe estar acabando ese ensayo del que habla desde hace meses.

—¿Y el cuaderno?

—Lo usa muy poco. A veces lo veo hurgarse los bolsillos, sacar trocitos de papel y alinearlos cuidadosamente sobre la mesa. Luego hunde la mano en la chaqueta: a mí el corazón se me acelera a más no poder porque sé que ahora sigue el cuaderno. Lo saca, lo abre, coge la pluma y se pone a escribir. Parece que copie los papelitos que tiene delante.

—¿Será que apunta ideas al vuelo en billetes y facturas para después pasarlas con calma al cuaderno?

—Tal vez. El caso es que después de cerrar el puñetero cuaderno, en seguida vuelve a metérselo en la chaqueta. Y cuando no, lo mantiene tan cerca de él que es imposible soplárselo sin que se dé cuenta.

—Qué fastidio.

—Sí. Con todo, ayer creí que me había llegado la oportunidad. A eso de las cinco, después de una tarde entera de lectura, Axeles sacó el cuaderno para escribir unas palabras. Volvió a tapar la pluma, cogió la pipa y la bolsa de tabaco, se levantó haciendo rechinar la silla y salió de la sala. Yo me precipité hacia la mesa. Allí estaba el cuaderno.

—¿O sea que pudiste llevártelo? –De pronto yo estaba sumamente excitado.

—Por desgracia no –contestó Bastian–. Cuando iba a poner la mano encima, reapareció Axeles: había olvidado las gafas en el abrigo. Tuve que fingir sorpresa. “¡Axeles, qué alegría encontrarle aquí!”. Le conté que estaba haciendo unas investigaciones para mi libro; me dijo que eso estaba muy bien, que una documentación sólida era un buen punto de partida para un novelista joven e hizo toda clase de consideraciones por el estilo.

—¿Y luego? ¿No se fue a fumar la maldita pipa?

—Sí, pero no había manera de no acompañarlo. Y además, de haberme quedado en la sala, cuando hubiera descubierto que faltaba el cuaderno habría empezado por sospechar de mí.

Bastian vació su vaso de whisky (desde hacía un tiempo bebía muchísimo).

—Y de todas maneras antes de que saliéramos se guardó el cuaderno en la chaqueta.

La comedia duró casi seis meses. Obsesionado con el cuaderno y los temas para libros que contenía, Bastian ordenó su vida en función de la de Axeles, aterrorizado por la eventualidad de no estar presente cuando se presentara la ocasión de apoderarse de él. Yo solía decirme que, de haber puesto en inventar historias propias la energía que dedicaba a robar las que había imaginado otro, habría tenido para llenar toda una colección. Cuando se lo decía a él, no obstante, simulaba no escucharme: Bastian se había resignado a la sequía de su imaginación y no tenía otra idea que vampirizar la de Axeles. Yo tenía cada vez más dudas sobre la manera en que quería entrar en la literatura; todo el asunto no me parecía muy honorable.

Lo cierto es que al fin logró hacerse con el cuaderno. Un día estaba yo en un bar cuando irrumpió de lo más excitado. Al verme conversando con una muchacha tuvo la delicadeza de no interrumpir: acodado en la barra, se conformó con mirarme, sonriendo como un tonto, mientras se acariciaba sensualmente el bolsillo de la gabardina para darme a entender que allí estaba el cuaderno. Como mi entrevista con la muchacha se eternizaba, pagó sus copas y se largó, no sin invitarme, mediante un gesto con la mano, a ir a su casa por la noche.

A las ocho me presenté en su edificio. Impaciente por descubrir qué contenía el cuaderno, subí los escalones de dos en dos. El apartamento de Bastian estaba en el quinto piso y llegué sin aliento; llamé, esperando encontrarme con la cara radiante de un joven reconciliado con la literatura y dispuesto a comenzar en seguida el primer capítulo de su primera novela. Él abrió: curiosamente, ostentaba un aire de decepción. La casa estaba toda en desorden, como después de una pelea. No me atreví a preguntarle a qué se debía el mal humor ni el desbarajuste.

—Bien, ¿y el cuaderno? –logré articular al fin.

—¿El cuaderno? ¡Uf! ¡El cuaderno! ¡El cofre de ideas del gran Axeles! –estalló él–. Ten: ¡mira tú mismo!

Cogió el cuaderno y me lo arrojó como si fuera un vulgar mapa de autobuses. Lo abrí al azar y leí en voz baja, incrédulo. Bastian, fuera de sí, se paseaba mascullando.

—¡Mil ideas de novela!, ¡y un huevo! Un simple libro de cuentas, ¡eso es todo! Ese viejo inmundo y rácano apunta escrupulosamente sus menores gastos, ¡hasta el más ínfimo pfennig! ¡Menudo crápula! ¡Harpagón repugnante! Periódicos, libros, cenas, sastre, electricidad, ¡todo con la fecha! ¡Y a veces hasta con la hora!

Yo estaba asombrado; pasé las páginas con el pulgar, queriendo creer que pese a todo en alguna parte se escondían una o dos ideas para cuentos, pero no vi más que cifras impecablemente encolumnadas.

—Pero no puede ser –dije–. ¿Ha engañado a la gente desde el comienzo?

—Desde el comienzo, ¡y a mí el primero! –estalló Bastian.

Desbordado, se abalanzó sobre la biblioteca y se puso a destrozar metódicamente las páginas de los libros de Axeles que tenía. No se calmó hasta que no los hubo hecho trizas. El lamentable fiasco marcó el fin de sus ambiciones literarias: al día siguiente decidía lanzarse a la política y al poco fundaba un nuevo partido cuyo primer militante fui yo. De todos modos se reservó tiempo para vengarse de Axeles revelando, gracias al cuaderno, que dos veces a la semana el gran escritor católico iba de putas a un burdel de la Vereinsgasse, lo que le costaba exactamente doscientos marcos por mes. El escándalo eclipsó por completo la aparición del ensayo sobre la moral y la fe que el pobre hombre había concluido unos meses antes, en la biblioteca, bajo la mirada envidiosa de su admirador de entonces.


* Este relato pertenece a Bernard Quiriny: Cuentos carnívoros, Acantilado, Barcelona, 2010 (traducción del francés de Marcelo Cohen y prólogo de Enrique Vila-Matas). Se reproduce con autorización de Editorial Acantilado.

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