No he dejado de tocarme los ojos, cada página conquistada por la lectura me llevaba compulsivamente a verificar si mis párpados seguían resguardando en sus cuencas una de mis ventanas al mundo. Sentí pena por los ciegos. No es cierto eso de que el tuerto es rey en un mundo de ciegos; tanto unos como otros terminan siendo sujetos espectrales, vencidos por la fuerza ósea, que va ocupando el lugar donde una vez estuvieron los ojos.
Devoré, en el camino a New York, El ejército ciego, del mexicano David Toscana, Premio Alfaguara de Novela 2026. Bizarro en su fundamento, Toscana se sumerge en una especulación histórica, ontológica y teológica, de alcance moral, en torno a un hecho brutal y atroz: los 15 000 soldados búlgaros cegados, de golpe, por órdenes del emperador Basilio II, Bulgaroktonos, que traducido quiere decir Matabúlgaros. Por cada cien soldados, noventa y nueve fueron cegados; uno quedaba tuerto, con la sola intención de que pudiera conducir a los demás por el camino a la remota Bulgaria. Transformando este hecho histórico en una categoría filosófica, Toscana explora la encarnación del dolor y lo que este supone desde el ejercicio del poder y su fuerza para ejercerlo. El dolor termina convirtiéndose en un mensaje político. El dolor administrado por el poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, como había argumentado Foucault, sino, sobre todo –en este caso particular—, despojando a 15 000 soldados búlgaros de uno de sus sentidos fundamentales. Se ciega no solo a los cuerpos, se ciega también –porque se anula– toda posibilidad histórica de narrar el acontecimiento. El dolor no es una entidad metafísica, el dolor se corporiza en la figura del “maestro sacaojos” que, a diferencia del verdugo o el torturador, era una casta que no buscaba “matar ni hacer sufrir, aunque siempre hagan sufrir y a veces terminen matando”.
Hay novelas sobre las que se avanza, hay otras en las que –como lector– uno siente que termina hundiéndose. El ejército ciego, de David Toscana, es una de estas. El lector –al menos yo como lector, y este es sin duda uno de los méritos del libro– siente la fatiga de avanzar sin poder divisar el horizonte. Leer El ejército ciego es un peregrinaje; se marcha, sí, pero se lo hace sin mirarnos, sin tener noción de tiempo y espacio: “nuestra noche era eterna”.
Lejos de construir una novela histórica, Toscana propone una parábola filosófica sobre la ceguera cuando esta es consecuencia de una promesa establecida como ideal absoluto. El ejército ciego conquista un territorio narrativo que convierte la ficción en una suerte de verosimilitud, como lo hacía Jorge Luis Borges en sus cuentos. Más que una gesta heroica o no, El ejército ciego cuenta la imposibilidad misma de la épica en un mundo agotado de sentido. Lo narrativo excava –con paciencia cruel– el suelo moral del lector. Fragmentaria en su composición, pero coral en sus personajes, la novela elude la causalidad lineal para reforzar la sensación de la lógica del absurdo.
Desde el título, la paradoja se instala en el plano formal. Toscana parece sugerir que, desde los albores de la premodernidad hasta la modernidad tardía, lejos de abolirse los ejércitos, se ha abolido la visión. Aunque el tratamiento de la “ceguera” en la novela es ante todo filosófico y no simplemente perspectivo, Toscana reactiva una tradición crítica que se remonta a Edipo y atraviesa a Platón –la ignorancia entendida como una forma de oscuridad compartida–, para luego enlazar con La Boétie y Hannah Arendt –la banalidad del mal y la obediencia irreflexiva–, hasta desembocar de manera ineludible en Camus y la experiencia del absurdo. ¿No se ve nada o se ve todo negro? ¿Los ciegos lloran? ¿En la resurrección de los muertos, en la vida del mundo futuro los ciegos tendrán ojos, podrán ver?: “qué fácil es ser dios, pero mira lo que significa ser hombre”.
El ejército ciego nos sitúa en una tradición narrativa alegórica y antiépica que remite tanto a Saramago como a Kafka, pero también a Juan Rulfo con sus personajes sombríos y despojados. Toscana no escribe para consolar a una colectividad, su prosa es precisa y sobria reforzando la crudeza del mundo narrado. Muestra el vacío –las cuencas vacías son un anticipo del abismo– para que el lector ocupe una posición incómoda a través de la lectura. No busca complacer, mucho menos conmover, busca desestabilizar para reconocer –en todo caso– que las masas movilizadas por discursos vacíos están dispuestas –como el ejército ciego que busca venganza– a avanzar incluso cuando el camino conduce a la ruina; es el reverso patético y trágico que prevalece en la historia; las víctimas terminan siendo –más que ciegos o videntes– una condición ontológica: “Muchos ciegos hedían a muerto sin estar muertos. […] Eran centenares a los que les habían crecido en las cuencas unos bubones del tamaño de puños. Les caían larvas como lágrimas”.
Toscana coloca en el centro de su narración al sujeto como observador. Un observador como constructor de una realidad que desplaza los sistemas de primer orden a los de segundo orden. Sobre este aspecto, Heinz von Foerster ha sostenido que no existe una realidad objetiva independiente del observador; por eso es tan relevante la pregunta que gravita en todo el cuerpo del libro: ¿Cuándo fue la última vez que miramos por cuenta propia? ¿Qué haríamos si decidiéramos, por fin, detenernos y mirar? Hay una sospecha íntima en David Toscana; los soldados ciegos ven de otro modo. Y ver de otro modo significa también alejarse de las narrativas oficiales de la historia, así como de un heroísmo empecinado. Lo que quedan son los matices, las texturas, los sabores, una “visión” fragmentada del conocimiento y la existencia que termina generando un nuevo orden epistemológico. Ese nuevo orden epistemológico parte inexorablemente del lenguaje.
Hay toda una fundamentación que, por ser literaria, no deja de tener un valor conceptual sobre la naturaleza del lenguaje. El origen del alfabeto –“He aquí treinta y ocho letras con las que nunca nada se ha escrito ni leído”–, su factibilidad lingüística y su permanencia en el tiempo y la memoria histórica anticipan un dilema que ha sido abordado extensamente por la filosofía del lenguaje y su giro lingüístico.
Emplazada en el pasado, la novela de David Toscana interpela un presente cuya mayor amenaza es una sociedad cegada que, nunca se pregunta por el rumbo que tomo y termina consciente de avanzar sin preguntarse hacia dónde vamos y por qué. ¿Por qué los hombres aceptan su propia subordinación?
El ejército ciego es un texto corrosivo, es un libro que sigue trabajando –porque no solo se lee con los ojos– incluso después de haberlo terminado. Toscana no pide adhesión ni clemencia por los ciegos, mucho menos por los hombres: “Son los ojos de la locura”, dijo Moskono. “así debió de mirar tu dios desde la cruz, y así han de mirar todos los ciegos y cada hombre con ojos que alcance a entender lo que significa ser hombre”. Pide, en cambio, una relectura de la historia, sobre todo de eso que me gusta llamar ontología de la historia, es decir, una historia que se aleje de los grandes acontecimientos y trate de explicar cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos y terminaron locos.


