Tres fotografías de Kafka en una exposición en Berlín en 1966 (FOTO Harry Croner/ Getty Images)
Tres fotografías de Kafka en una exposición en Berlín en 1966 (FOTO Harry Croner/ Getty Images)

Nunca es mal momento para citar a Kafka, pero en 2024, año del centenario de su muerte, traerlo de vuelta es un asunto casi ministerial.

He querido, y no he podido, leerme ese ladrillo de más de dos mil páginas que es su biografía (“Yo soy la literatura”, escribió el biografiado en su diario), publicada en español en 2016 por la editorial Acantilado. Pero la misma editorial publicó un lustro más tarde un volumen mucho más potable firmado también por el biógrafo, Reiner Stach. Se titula: ¿Este es Kafka? 99 hallazgos, y es como un apéndice del ladrillo en formato más parecido al blog, al news feed, organizado alrededor de la pregunta del título.

¿Qué es lo kafkiano? Stach reacciona a los lugares comunes de las respuestas comunes, quiere atentar contra el cliché de lo kafkiano, enriquecer el tópico agregando tópicos más frescos, con nuevos filtros. Y funciona, lo logra. El librito es un agregador de contenidos-kafka, un scroll de imágenes que uno amplía con los dedos y se pregunta quién es Kafka ahí, qué hace o no hace Kafka ahí, qué maquillaje o producto está usando. Actualiza tu versión de Kafkagram.

De los 99 “hallazgos” de Stach (algunos no son tan hallazgos; y, ya que estamos preguntando: ¿por qué no 100, o mejor, 101?), me interesa destacar aquí dos o tres.

Por ejemplo: un Josef K., protagonista de El proceso, documentado en la vida real, en la microhistoria centroeuropea.

Recordemos que Kafka ejerció como funcionario en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia, en Praga. Su trabajo consistía en redactar informes, que según Max Brod eran muy bien recibidos por sus superiores (lo cual no extraña a nadie, por supuesto), y en establecer las primas del seguro que debía pagar cada empresa. En alguna parte ya yo había leído, no sé si es cierto, que Kafka tenía la responsabilidad de dictaminar cuánto dinero había que pagarle a un carpintero según el número de dedos, y el tipo de dedo, que le hubiera cortado la sierra. Una ocupación muy propia de él.

En una carta le escribía esto a Max Brod: “No sabes lo ocupado que estoy. La gente se cae de los andamios como si estuviera borracha y acaba metida dentro de máquinas. Los tablones se vuelcan, las paredes se derrumban, los escalones resbalan. Todas esas muchachas de las fábricas de porcelana que se caen continuamente por las escaleras me causan dolor de cabeza”. Luego agrega un aforismo pre-Zürau (todo en su correspondencia es más o menos así), nunca sabremos si está hablando solo de las fábricas: “Lo que se coloca en las alturas acaba en el suelo, y lo que se coloca en el suelo hace que alguien se tropiece”.

Sin embargo, según Max Brod, como bien recuerda Stach, Kafka hablaba con admiración de todos esos mutilados y víctimas de accidentes que acudían a las oficinas del seguro: “Qué modestas son esas personas. Vienen rogando. En lugar de asaltar el instituto y romperlo todo en pedazos, vienen rogando”.

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Las cursivas son mías. El funcionario del Estado Kafka pensaba que lo normal, lo lógico, hubiera sido asaltar el instituto y destrozarlo todo, ¿no? Es lo que él hubiera hecho. Reiner Stach apunta:

“Por lo visto, Kafka ignoraba que sí se había producido algún que otro estallido. Por ejemplo, en el Prager Tagblatt del 31 de diciembre de 1899 –Kafka todavía iba al instituto de secundaria– se publicó la siguiente noticia”.

Aquí el libro incluye el facsímil de la noticia, cuya traducción del alemán sería la siguiente:

El jornalero desempleado Josef Kafka, de Rotoř, cerca de Čáslav, se personó hace dos días al mediodía en el Instituto de Accidentes Laborales para reclamar una prestación de asistencia. Como rechazaron su demanda, insultó a los empleados, les arrojó sillas, y cuando los funcionarios trataron de reducirlo, los amenazó con una navaja. Se llamó a un guardia de seguridad y solo entonces lograron quitarle el arma. El hombre fue trasladado al Departamento de Seguridad de la Dirección de Policía.

“No ha sido posible determinar si Franz y Josef Kafka fueron parientes lejanos”, escribe Stach, dando por zanjada la coincidencia. A mí la duda que me queda es si Kafka en verdad ignoraba este incidente de Josef K. O, incluso, si ese Josef K., de cuya existencia dan fe los archivos checos, era una persona de carne y hueso. Quizás no fue una buena idea negarle ayuda. Me gustaría saber qué pasó luego con él, una vez que lo trasladaron al Departamento de Seguridad.

Aquí debo hacer un paréntesis, que seguramente será muy pesado. Porque resulta que, en realidad, yo me acordé de esa noticia de ¿Este es Kafka? 99 hallazgos, y por carambola del centenario de la muerte del autor de El proceso, en medio de la lectura de Léeme.txt (Penguin Random House, 2023), de Chelsea Manning, antes Bradley Manning. La analista de seguridad y exoficial del Ejército de Estados Unidos cita de pronto a Josef K. en una línea de sus memorias; la referencia me pareció un tanto chillona, como de desorden hormonal, en medio de un contenido con muy poca vena literaria.

Estaba leyendo Léeme.txt porque era eso lo que pedía el título. Y porque me dieron ganas de saber, con mayor precisión técnica, y con retraso (yo siempre voy retrasado), a qué se dedicaba exactamente el analista Bradley, hoy Chelsea, en el desierto de Iraq. Cuáles eran, digamos, sus accidentes laborales.

Bradley, Chelsea: nombres de purxs rubixs de Oklahoma, donde Kafka ubicó su Gran Teatro.

README.txt (qué buen título para una whistleblower) se publicó en 2022, y la versión en español hace rato que circula en archivo digital pirateado, wikileakeado, como debe ser. Si hay un libro que no debería tener copyright, es este. “Ownership of something you can copy still seems absurd to me”, dijo la autora a The Guardian. “My publisher’s not happy with me for saying that”.

Pero a quién le importa un carajo Farrar, Straus and Giroux, o Penguin Random House, cuando la literatura es el Pentágono.

Unas líneas atrás escribí que el archivo de Manning tiene poca vena literaria. Corrijo. Léeme.txt viene precedido por esta nota: “Las opiniones expresadas en este libro son de exclusiva responsabilidad de la autora y no reflejan necesariamente la política ni la postura oficial del Departamento de Defensa del Gobierno de Estados Unidos. La autorización del Departamento de Defensa para la divulgación pública de este material no implica que dicho departamento respalde ni corrobore los hechos aquí descritos”.

Después de esto, solo puede venir una novela.

Algo que siempre me llamó la atención de El proceso: los fragmentos del manuscrito que Kafka tachó, eliminó, descartó, y que por supuesto se incluyen en las notas o apéndices críticos de casi todas las ediciones. Ya se sabe que lo kafkiano, tal como hoy lo conocemos, no tiene ninguna autorización de Kafka. Uno de esos pasajes borrados tiene que ver con Titorelli, el pintor del tribunal, el que decía (la IA y sus precursores): “guardo en la memoria tal cúmulo de reglas que nadie podría aspirar a ocupar mi puesto”.

Yo guardo en la memoria la escena (esta sí es canónica dentro de la novela) en que Josef K. se entrevista con Titorelli. Arremolinadas al otro lado de la puerta de la buhardilla, los acechan un grupo de putillas adolescentes; una de ellas, la jorobada, trece años, se ha alzado la falda en el pasillo, antes de dejar pasar al acusado. Son niñas informantes, que se integran a ese característico continuum femenino y feminizante de la obra de Kafka, en el que también hay que incluir a aquellas muchachas de porcelana, de las fábricas de porcelana de Bohemia, que se caían continuamente de las escaleras y provocaban dolores de cabeza: seres subalternos, siempre sediciosos y altamente sexualizados. (En un pasaje de su formidable ensayo titulado K., el editor Roberto Calasso apunta que las mujeres de Kafka le producían “una agitación psíquica incontrolable” a Benjamin y Adorno.)

Pues bien, Kafka había bocetado esta ensoñación de su protagonista:

Titorelli estaba sentado en una silla y K. permanecía arrodillado ante él, acariciando sus brazos y adulándolo de todas las maneras posibles. Titorelli sabía lo que K. pretendía, pero hacía como si no lo supiera y así le atormentaba un poco. […] K. se dio cuenta: era posible influir en él. No se dejó confundir por su sonrisa desvergonzada, dirigida al vacío, se mantuvo en su petición y alzó las manos hasta acariciar con ellas las mejillas de Titorelli. […] Como si obedeciera a una ley natural, Titorelli se inclinó hacia él y un guiño de ojos amigable y lento le mostró que estaba dispuesto a concederle su favor. Estrechó la mano de K. con fuerza, este se levantó, sintió que era un momento solemne, pero Titorelli no toleró ninguna solemnidad, abrazó a K. y se lo llevó. […] Y precisamente cuando K. observaba sus pies y llegaba a la conclusión de que esa bella forma de desplazarse no era propia de su vida vulgar, precisamente en ese momento se produjo la transformación sobre su cabeza inclinada. […] K. llevaba un traje nuevo, largo y negro, era pesado y cálido. Sabía lo que acababa de ocurrirle, pero estaba contento de no querer reconocerlo. En un rincón del pasillo, en el que había una gran ventana abierta, encontró sus ropas, la chaqueta negra, los pantalones y la camisa arrugada.

Me parece un fragmento muy queer, hasta con su toque trans, de coming out y metamorfosis… ¿Por qué Kafka lo desechó?

En la entrevista a The Guardian que cité más arriba, Manning elude darle demasiada importancia a su identidad de género. La cosa no es la identidad clasificada, sino la información. Tras el juicio, cuando la condenan a 35 años de cárcel, surge esta narrativa en los medios: tenía un secreto que no podía contar, por tanto, reveló los secretos del gobierno. Dicho así, como sinopsis, le encuentro su gancho. Manning no: “People tried to say: Oh, this all happened because you were trans”, recordó con una mueca. “No; it’s because I was a data scientist who had way too much information and was actually trying to do my job”.

Luego agrega que la disforia de género no es un problema, que su único diagnóstico es el trastorno de estrés postraumático.

“Los detalles quedaban grabados en su cerebro con una exactitud dolorosa”, dice Kafka, en El proceso, de Josef K., el mismo que años antes ya se había puesto como un loco en el Instituto de Accidentes Laborales.

Manning inició su proceso de transición genérica en la cárcel, donde intentó suicidarse dos veces (y una tercera vez ya después de que Obama la pusiera en libertad, cuando la medicaron con otra temporada tras las rejas por negarse a testificar contra Julian Assange). Proceso que fue toda una batalla oficinesca, desde luego. Leemos en Léeme.txt: “En diciembre de 2014 logré el acceso a productos cosméticos. El Pentágono tuvo la última palabra respecto a si podía usar pintalabios o no, un momento surrealista”.

Estas cursivas también son mías.

No sé si surrealista es la palabra adecuada. ¿Quién creías que iba a ocuparse de tu pintalabios? En cualquier caso, parece que la feminidad está en los detalles. Y los detalles suponen una intervención: en medio de un flujo de datos, de pronto hay un corte y ahí se inserta (o se borra) una secuencia que lo altera todo.

Reiner Stach, en otro apunte de su guía de viajes por Kafka, apoyado de nuevo en Max Brod, recuerda que el escritor y su amigo y futuro albacea tuvieron la ocurrencia de reformar el turismo de su época patentando una guía de viajes enfocada en viajar barato. “Franz era persistente y le producía una alegría infantil ocuparse hasta en los mínimos detalles”, escribió Brod, “de los principios de este nuevo tipo de guía que iba a convertirnos en millonarios y a librarnos de nuestros espantosos trabajos”.

Hacer fortuna con la idea de viajar con poco dinero. No lo lograron. Si Kafka se hubiera hecho millonario con la nueva Baedeker, no existiría este 2024 centenario de su muerte, no existiría ningún biógrafo, ni tampoco la “agitación psíquica incontrolable” de Benjamin y Adorno.

“Presumiblemente en los primeros días de septiembre de 1911, cuando Kafka y Brod estaban en Lugano”, cuenta Stach, “esbozaron el siguiente memorándum, escrito en papel de carta del hotel Belvédère au Lac, de mano de Brod”. Y a continuación leemos el contenido de ese papel, que fue conservado: una serie de observaciones breves sobre rutas, hoteles recomendados, propinas, cómo conseguir entradas gratis con los lugareños, conciertos gratis, la segunda clase en los barcos de vapor, qué hacer en los días de lluvia, evitar estafas (con advertencias –“Nuestras guías tienen la peculiaridad de ser sinceras”– sobre los burdeles: acápite de suma importancia para los creadores de este memorándum; habría que escribir un libro sobre Kafka y las prostitutas, otro libro interesante que hoy no sería posible imaginar si Kafka se hubiera hecho millonario), etcétera.

Pero hay una parte en que la escritura de Brod se interrumpe, señala Stach, y entran en el manuscrito estas dos frases, este detallito extraño, microquirúrgico casi, de la mano de Kafka: “Viajeros ni muy rápidos ni muy lentos, sino cierto grupo intermedio. Las desviaciones son más fáciles, puesto que siempre es posible hacer cambios en un plan preciso”.

A continuación, sigue escribiendo Brod.

No es difícil imaginar la escena en la que Franz, con alegría infantil, no puede evitarlo, le arrebata por un momento la pluma a Max, garabatea lo anterior, y luego se la devuelve.

Iba a escribir sobre un tercer hallazgo que me llamó la atención de ¿Este es Kafka? 99 hallazgos, pero creo que es mejor dejarlo aquí: la extensión kafka, lo kafkiano, como esa mano que interviene lo que estás escribiendo, que inserta o que diagrama por ahí un par de líneas, al modo cut up, y de este modo tacha otras (sobre todo eso: lo que tacha), furtivamente, antes de desaparecer.

Todo se vuelve archivo, txt.

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Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

3 comentarios

  1. Lage reafirma lo que experimenté: La lectura de la monumental biografía «Kafka» de Reiner Stach. Prolija, sobre todo en informaciones periféricas, de la familia y de amigos, en detalles que tal vez le restan amenidad… Aprovecho para recomendar una vez más el ensayo-reseña de Elías Canetti: «El otro proceso», en la nueva edición de Galaxia Gutenberg, con los apuntes que estaban inéditos en español.

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