Fotograma de ‘Memoria’, dir. Apichatpong Weerasethakul, 2021
Fotograma de ‘Memoria’, dir. Apichatpong Weerasethakul, 2021

A la manera de aquel libro de John Reed sobre la Revolución de Octubre, hemos nombrado esta lista con algunas de las mejores películas del año que cierra. No están todas, por supuesto. Se escapan muchas que aún no hemos visto. Los cuatro críticos aquí reunidos, casi jinetes del apocalipsis, nos quedamos con ganas de Drive My Car (dir. Ryusuke Hamaguchi), Licorice Pizza (dir. Paul Thomas Anderson), The Souvenir Part II (dir. Joanna Hogg) o Petite Maman (dir. Céline Sciamma), por solo mencionar un puñado de títulos. También hay varios en los que no logramos ponernos de acuerdo. Es muy probable que algunas de estas ausencias se compensen en la lista del año que viene, así como incluimos ahora películas rezagadas del 2020. Nos gustaría que esta encuesta se convirtiera en una cita anual, un encuentro recurrente. Quizás la palabra es tradición, pero nos suena grande; tradición es la ceremonia del equinoccio. Esto va de jugar, de compartir descubrimientos cinéfilos. En tiempos donde casi nada estremece o, por el contrario, todo angustia, hiere y paraliza, el cine es todavía esa tierra común donde podemos encontrarnos.

  1. Bad Luck Banging or Loony Porn (Rumanía, dir. Radu Jude)

Dušan Makavejev no ha muerto. Ni el ímpetu de la ola negra (o black wave) del cine yugoslavo tampoco. Al menos, mientras el realizador de la vecina Rumanía, Radu Jude, lo mantenga vivo en esta sátira social. Ganadora del Oso de Oro en la Berlinale, el filme invoca el presunto amateurismo formal de aquella corriente corrosiva ante el realismo socialista de las cinematografías de los países comunistas de Europa Oriental. Recuperar la incorrección política y el uso de las imágenes del cine para golpear la conciencia adormecida del espectador de hoy es el mejor homenaje que podía hacer Jude a sus influencias. Por ello, quizás sea este aquelarre uno de los ejemplos más felices de por qué la modernidad fílmica sigue siendo una corriente imprescindible para reinventar la relación entre forma y contenido, y para que las películas sean algo más que masaje emocional. (Dean Luis Reyes)

  1. Abisal (Cuba / Francia, dir. Alejandro Alonso)

Ganadora del premio Paloma de Oro al Mejor cortometraje documental en la edición 64 del festival DOK Leipzig, Abisal es una crónica sobre el fin eterno, sobre la melancólica belleza de la descomposición y la impresionante precipitación de los leviatanes heridos a la boca del Infierno, pedazo a pedazo. Alejandro Alonso filma en un cementerio de barcos donde grandes tanqueros, con orgullo oxidado y silencioso, sobresalen de las aguas como sus propias lápidas. Resultan masivas alegorías de lo inútil y sobre todo de la futilidad del entusiasmo maquinista que llevó a autores como Dziga Vértov a componer los ballets cinéticos que aparecen en el clásico El hombre de la cámara (1929), apología al bello y sincrónico poder de la industria como eje de la Humanidad. En Abisal, las máquinas de Vértov callan, pierden sentido en su inmovilidad definitiva. Los pistones ya no galopan con ritmo indetenible hacia el futuro. Los engranajes ya no cantan su himno triunfal. (Antonio Enrique González Rojas)

  1. The Card Counter (Estados Unidos, dir. Paul Schrader)

El contador de cartas, que bien podría llamarse, a lo Bresson, Diario de un jugador suburbano, confirma el retorno a forma de Paul Schrader, una de las voces más auténticas del cine norteamericano contemporáneo. Crítico devenido cineasta, Schrader se formó bajo una estricta educación calvinista que lo privó de ver películas hasta cumplidos los dieciocho años. Esta pauta religiosa, si bien “renegada” en su fuga hacia Hollywood, no ha dejado de atravesar su obra. Desde el Travis Bickle de Taxi Driver (1976) hasta el William Tell de esta última entrega, Schrader muestra su predilección por los hombres solitarios de Dios: seres torturados en busca de una redención que saben acaso imposible, antihéroes que dan cuenta de la esencia depravada de su país. En este sombrío estudio de personaje, los fantasmas de Vietnam se transmutan en espectros de Abu Ghraib, y la culpa colectiva reprimida se vuelca en una atmósfera angustiante y grisácea, donde los glamurosos casinos se tornan celdas carcelarias o retiros monásticos. Schrader, poeta austero y misantrópico, aplica el estilo trascendental que ayudara a teorizar hace décadas para extraer el horror asentado detrás de tanta superficie vacua. (José Luis Aparicio)

  1. Corazón Azul (Cuba, dir. Miguel Coyula)

Otra fábula secuestrada de Miguel Coyula. Aquí el director más radical del cine cubano actual echa mano a los imaginarios que ha sembrado desde el inicio de sus pesadillas audiovisuales (Cucarachas rojas, Válvula de luz, Pirámide, Buena onda) para proponer una distopía a partir de la Cuba que ya tenemos. El largo clandestino de Coyula, que solo se puede ver en Cuba en las sesiones que el propio realizador organiza para los interesados, domingo tras domingo en la sala de su casa, es el nuevo capítulo del necrorealismo cubano, esa crónica de la metástasis y el fin del castrismo, que da paso al desnudamiento del Mister Hyde que habita en un puñado de promesas rotas. Ruinas, humanos envilecidos, mentiras de abolengo político y una invitación a entregarnos al fuego del anarquismo: eso es este largo insoportable para los mandantes del PCC. (Dean Luis Reyes)

  1. Zeros and Ones (Estados Unidos / Italia, dir. Abel Ferrara)

Desde la desoladora El último hombre sobre la Tierra (1964, dir. Ubaldo Ragona & Sidney Salkow), la ciudad de Roma no había sido filmada de una manera tan angustiantemente vacía y yerma como se logra en Ceros y unos, que le valió a su realizador el premio al Mejor director en el 74º Festival de Locarno. Ambas películas son distopías lúgubres, desesperanzadas y paranoicas, que establecen un diálogo de soledades y enfermedades apocalípticas, a través de los decenios que las separan. En las dos historias, los protagonistas se mueven como fantasmas anacrónicos en una ciudad imponentemente descarnada, poshumana, habitada por el vacío, degenerada en un monumento eterno a la inutilidad y la futileza. En ambas obras una plaga vírica global ha transmutado a las personas en entes ctónicos, abisales, y sus protagonistas resultan reservorios de cordura ya inútil. En la cinta de Ragona y Salkow, la infección ha convertido a la mayoría de los seres humanos en vampiros aturdidos. En el nuevo filme de Ferrara, la epidemia muy real y presente de la Covid-19 ha transformado a los seres humanos en ausencias recluidas, en fugitivos del espacio abierto, en refugiados y exiliados que se asilan en sus propios hogares. (Antonio Enrique González Rojas)

  1. Benedetta (Francia / Bélgica / Países Bajos, dir. Paul Verhoeven)

El holandés errante regresa al cine con la resurrección de uno de los subgéneros más polémicos de la historia: la nunsploitation, desatada en los setenta por The Devils (1971, dir. Ken Russell) y ahora revivido por Benedetta, una extrovertida e hiperbólica cinta de monjas esculturales, sensuales y lesbianas. Esta aproximación a la historia de Benedetta Carlini (1591-1661) trae de nuevo a debate la correlación entre el éxtasis religioso y el sexual, la anómala condición del celibato que condiciona las prácticas monacales católicas, y el machismo esencial de la Iglesia. A la vez, parece insinuar que las maneras de Dios son más misteriosas de lo que parecen y hasta cínicamente entreveradas. Benedetta es una cinta hereje, impregnada por el espíritu sacrílego y rocambolesco de Russell, de sus orgías de monjas posesas, aunque sus excesos tienden a derivar hacia la representación paródica, casi trash, de las visiones de la religiosa de Cristo –convertido en un galán asexuado, y por ende superior a cualquier corrección sexual basada en atributos biológicos–, y de los propios relatos hagiográficos; así como hacia la propia nunsploitation y sus sobresaturaciones erógenas, aquí plenamente homenajeadas y remedadas a la vez. (Antonio Enrique González Rojas)

  1. Espíritu sagrado (España / Francia / Turquí, dir. Chema García Ibarra)

En la ópera prima de Chema García Ibarra, cortometrajista de culto, el tema central es aquello que Marx definiera como “el opio del pueblo”. La religión: concepto que expresa la miseria real, fenómeno social con efecto narcótico. En el mundo que vivimos, a manera de lección infantil, la conspiración es ley y la posverdad, consigna. OVNI Levante, asociación de aficionados a la ufología, es uno de los reductos gregarios de la España más pobre, saturada de televisión basura y seducida por charlatanes pseudomísticos. Hombres verdes, profecías egipcias y avistamientos de platillos enajenan las mentes de la prole numerosa, incapaz de enfrentarse a la desidia capitalista, el abuso sexual y la violencia corriente. Con una mirada cínica pero no exenta de alguna compasión, García Ibarra tuerce el costumbrismo almodovariano y radiografía la columna oscurantista, conveniente e instrumentalizada, de la sociedad occidental contemporánea. (José Luis Aparicio)

  1. The Green Knight (Estados Unidos / Canadá, dir. David Lowery)

El poema del siglo XIV inglés Sir Gawain and the Green Knight sirve a David Lowery para embarcarse en una reescritura de las leyendas artúricas; es decir, para cuestionar los mitos fundacionales del Imperio Británico y, de paso, buena parte de la civilización occidental en su versión anglosajona. Este relato de iniciación de un antihéroe permite a su realizador introducirse en el escenario moral de la historia caballeresca para, después de deshacerse de cualquier obediencia parásita a los referentes históricos y los verosímiles epocales, sumergirse en una revisión de las teleologías que sostienen los convenios de dominación eurocéntricos, tanto en sus versiones raciales, de género y moral, como para replantear la idea de civilización que estos suponen. (Dean Luis Reyes)

  1. Mafifa (Cuba, dir. Daniela Muñoz)

Daniela está aquejada por una “hipoacusia bilateral progresiva” –según confiesa al inicio del documental, narrado en off por ella– que le impide percibir los tonos agudos del mundo, justo como los que emanan de las “campanas” de las congas tradicionales de la ciudad de Santiago de Cuba, y que con sus fragores punzantes doman y encauzan las reatas de tambores y sus estampidas graves hacia rumbos no precisados pero constantes, pues en la conga solo importa el movimiento, el avance. Es un perpetuum mobile de sonido y furor que viaja hacia sí misma en la más absoluta y urobórica autosuficiencia. Gladys Esther Linares, más conocida como Mafifa, está considerada por los devotos de la conga santiaguera como la “campanera mayor”, insuperada, elevada a dimensiones de culto, veneración y mito desde su repentina muerte en 1980, justo al borde de los carnavales de entonces, y mucho antes que la propia realizadora naciera. Pertenece a un tiempo antes del tiempo de Daniela. Es una presencia en fuga hacia el pasado, que deja estelas aun perceptibles en el presente. (Antonio Enrique González Rojas)

  1. Memoria (Colombia / Tailandia / Francia / México / Reino Unido / Alemania, dir. Apichatpong Weerasethakul)

Con Memoria, Apichatpong Weerasethakul se confirma como uno de los imaginarios más proteicos y singulares de la cultura cinematográfica contemporánea. Nuevamente el realizador se adentra en una aventura sensorial que, plagada de virtuosismo en el manejo del repertorio lingüístico del cine, conjuga realismo y misticismo como nociones esenciales en la experiencia humana. La protagonista, una escocesa residente en Colombia, se sumerge en un viaje que la lleva de las calles de Bogotá a ciertas regiones de la selva amazónica. Ese tránsito es una inmersión en la memoria del mundo a través del sonido. Weerasethakul trasciende la concepción de lo religioso como un ámbito estrictamente antropológico para indagar en su dimensión trascendental. La destreza estilística del director tailandés resuelve que el sonido y la fotografía adquieran un potencial discursivo y narratológico impresionante, capaz de caracterizar los espacios, definir las atmósferas, imprimir sentido político a las escenas… Memoria es un cosmos sonoro, y todos los sonidos que lo conforman son la materialización de los recuerdos encapsulados en la naturaleza que nos rodea. (Ángel Pérez)

  1. Una película de policías (México, dir. Alonso Ruizpalacios)

En su tercer largometraje, Alonso Ruizpalacios revitaliza algunos de los tropos y manierismos más gastados del docudrama contemporáneo, ese terreno liminal y polémico que desborda la ficción y el documental en tanto categorías clásicas. En una operación virtuosa que toma lo mejor de ambos mundos (el dinamismo y la maleabilidad de la puesta en escena como vehículo inmejorable para una autenticidad vibrante), el filme se sumerge en las rutinas y entuertos de un par de policías de Ciudad de México, quienes intentan salvar su dignidad en una de las ciudades más corruptas y violentas del continente. Los personajes (más que un par, una pareja) son representados por actores luego de un profundo proceso de entrevistas e investigación. Ruizpalacios traza un camino al interior de sus pares dobles, encuentra una verdad extática que trasciende el artificio. Premio a la contribución artística sobresaliente en la pasada Berlinale, Una película de policías es una obra de diversos pliegues: crítica social, experimento estético, road movie policial y, por encima de todo, una historia de amor. (José Luis Aparicio)

  1. The Power of the Dog (Australia / Nueva Zelandia / Reino Unido / Canadá, dir. Jane Campion)

Emplazada en la América rural de mediados de los años veinte del pasado siglo, la historia narrada en The Power of the Dog despliega una inteligente meditación sobre la masculinidad. Con absoluta destreza estilística, Jane Campion manipula los códigos del western –un género históricamente asociado a la glorificación de la figura masculina– para dibujar el peregrinar existencial de dos hermanos recortados de modelos de hombría completamente dispares, en un hábitat marcado por estrictos valores patriarcales. George es una persona diplomática, tierna y apacible, mientras Phil es la encarnación misma del hombre violento que impone la estirpe tradicional del macho. Cuando el hijo “afeminado” de Rose, la esposa de George, visita la granja, es precisamente Phil quien siente amenazado su mundo. Con una discursiva puesta en escena, una narración que describe los rituales y el pensamiento cotidiano de los personajes, y un consistente mundo dramático que dibuja con precisión los perfiles psicológicos de los protagonistas, The Power of the Dog es una de las obras imprescindibles del año. (Ángel Pérez)

  1. El rodeo (Cuba, dir. Carlos Melián)

Inmersión en el universo mítico, el imaginario rural y los conflictos existenciales de sus personajes, El rodeo es una de las películas más originales del cine independiente cubano actual. La orgánica superposición en la trama de voces y cuerpos (genéricos, religiosos, etarios, étnicos…) y de costumbres (la celebración de una ceremonia religiosa y el despliegue de una fiesta), consuman una narración cuasi surreal, en la que se entretejen códigos del documental y la ficción para aprehender el enrarecido habitus retratado. La fiesta celebrada en el lugar de los hechos resulta en una atmósfera de angustia en la que la muerte se experimenta como experiencia colectiva y como sanación espiritual. El rodeo funda un mundo fantasmagórico habitado por seres perdidos en sí mismos, donde la contemplación de un entorno rural desasido de la Historia esboza algunos de los traumas que golpean la subjetividad de un país. (Ángel Pérez)

  1. Terranova (Cuba, dir. Alejandro Alonso & Alejandro Pérez)

La Habana vista como nunca, disociada del color local, la cultura de las estampillas y las hagiografías. La Habana como fantasmagoría, desplazada a través de las habanas posibles, imaginarias y lejos de la luz que supone la Habana física, concreta. La no ficción cubana encuentra un nuevo punto de giro en esta película, que invoca la necesidad de eludir las evidencias parásitas tan caras al cine documental al uso para penetrar los pliegues de realidades paralelas, potenciales, y construir poesía a partir de alterar los artefactos de la visión. Esos que, en este caso, se resisten a mirar de frente lo que hay, porque así puede invocarse otra cosa, no necesariamente mejor. Premio Ammodo Tiger del Festival Internacional de Cine de Rotterdam, Holanda, el más prestigioso que ha alcanzado película cubana alguna en la última década, y Premio a la Mejor película en la Competencia Iberoamericana de Lima Alterna. (Dean Luis Reyes)

  1. The Velvet Underground (Estados Unidos, dir. Todd Haynes)

Todd Haynes consigue dos proezas con este documental. 1) Recuperar la memoria histórica y el legado artístico del célebre (y todavía hoy marginal) grupo The Velvet Underground, un acontecimiento musical que marcaría decisivamente la escena artística de los Estados Unidos en las décadas del sesenta y setenta; 2) experimentar con el formato tradicional del género documental hasta hacer del mismo un performance sensorial extraordinario. Construido a partir de un valioso material de archivo, que revela un paisaje artístico y un tiempo histórico esenciales para la contemporaneidad del arte y los valores de la sociedad americana, el filme es un hervidero de información visual y sonora que escenifica la excepcionalidad de la banda de rock. La narración es articulada por un conjunto de voces (algunas de ellas son de archivo también, otras son grabaciones del presente), que tejen un poliedro argumental que rinde honor, como la película toda, a la psicodelia sonora de The Velvet Underground. (Ángel Pérez)

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