Miñuca Villaverde, circa 1964

Miñuca es una artista, y es una gran artista porque sus decisiones no son utilitarias, se anticipa a los miedos con pícara originalidad. Ella cree en el beneficio de la actuación como umbral: en el cine, el papel, las palabras.

Me siento a gusto cuando visito a Miñuca y Fernando Villaverde. Además de divertirme con la conversación, o enfurecerme por el ostracismo al que estuvo condenada su obra, respiro un poco de aire de siglo XX en La Habana, España, París, New York o Miami. Aire de un ser cubano que imitamos o repelemos. Aire con el que gozo con frases y fantasmas que hacen su aparición. Lo que más disfruto es aprender de una pasión total por el arte y la vida que conserva intacta la memoria de lo amado en cualquier lugar que este milagro se haya producido.

Eso no excluye a Cuba.

Tengo una relación especial con la impaciencia de Miñuca por compartir lo que está creando. Ella guarda sus dibujos en un rincón de la sala de estar y en una habitación para invitados del piso con balcón interior cerca de La Sagrada Familia, la famosa catedral de Gaudí en Barcelona. Separadas las obras una de la otra por papeles en blanco que riega sobre la mesa mientras expone y comenta las imágenes. Miñuca se asegura de que se conservarán eternamente las escenas shungas de vírgenes excitadas y fluorescentes como la tinta o los ángeles. Se impacienta porque todo en esos recientes “dibujitos” –como les llama–, es rejuvenecedor.

Si trato de recordar la foto de familia que ella me mostró con sus hijas y nietas –aunque todos los rostros se me parecen al de Miñuca muy jovencita, más delgada o más rolliza– es por un tono de celebración que parece ajeno a la mirada corriente, que es la mirada de quienes tienen una máquina clasificatoria. Secretamente, les envidio ese dominio del arte de ser felices manteniéndose siempre asombrados por la programación del Teatro Liceu, por las películas que han visto, o los éxitos de sus nietas.

Es una suerte que Néstor Díaz de Villegas salvara, del enmohecido archivo del ICAIC, parte de la película que nunca se estrenó, Un poco más de azul (1964), en la que se incluía el cuento Elena. Esos minutos brillantes fueron el primer deslumbramiento ante la poética de dos cubanos que nunca antes había siquiera escuchado nombrar. Una suerte de asombro que se repetía años después de que me sucediera con Calvert Casey cuando estudiaba teatro. ¿Quién era ese crítico de teatro que nunca nadie mencionaba? ¿Quiénes eran Miñuca y Fernando, los cineastas a los que nunca dedicaron una retrospectiva?

No es casual que Calvert Casey hablara de El parque (1963),[1] documental dirigido por Fernando Villaverde en el que la vida de una plaza pública incorpora el espesor del impasse político y social. Miñuca escribió la narración con una libertad alejada de cualquier ilustración sobre el espacio o sus personajes: no hay estatuas, solo pura representación.

Fernando comentó recientemente en una entrevista con José Luis Aparicio, a raíz del Festival de Cine INSTAR y la serie esTratos, en el que se programó buena parte de la filmografía de ambos en el exilio, que Casey se fascinó con el documental, y esto me hizo feliz. Fernando, Miñuca y Casey nunca se conocieron personalmente, pero cuando conocí el dato, pensé que quizás había visto actuar a Miñuca en Nuestro pueblito, la obra que dirigió Julio Matas, aunque eso solo fueran conjeturas.

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Sé que los tres huyeron de Cuba, prácticamente en las mismas fechas, a Europa.

Para mí, un espectador ideal de Blanca Putica. A Girl in Love (1978) sería Calvert Casey. Ya que se atrevería, sin interés por dominar del todo el arte de la pasión, a destrozarse en ella.

Hace poco Miñuca me obsequió un manuscrito en un sobre amarillo. El personaje, perdiéndose en un paisaje nevado, capturaba toda la emoción que necesitaba entonces. Quise probar el desayuno en una Alemania desconocida, hospedarme en ese hotel recóndito y simular que, con los años, las decisiones más tremendas se vuelven solo relatos.

Me obsesionan las anécdotas que saben intrigarnos con simplezas como un paisaje, un sabor, un gesto o un deseo. Solo escribo sobre estas cosas, y creo en las tramas que nacen cuando el personaje se baja en una estación desconocida, cuando se sabe siempre una extranjera, una forastera, una actriz.

Lo que voy a contar sobre dos películas homemade es una de esas emociones que deberían cuidarse secretamente, pero a veces la vanidad y el entusiasmo crítico pueden (y deben) vencerte.

De la felicidad íntima de este cine, o de los cristales azulosos que rompí sin querer en su mesa y que me aseguraron traerían buena suerte, finjo a veces que sé escribir…

Fotograma de ‘Elena’ (ICAIC; 1964), cortometraje de ficción protagonizado por Miñuca Villaverde y dirigido por Fernando Villaverde
Fotograma de ‘Elena’ (ICAIC; 1964), cortometraje de ficción protagonizado por Miñuca Villaverde y dirigido por Fernando Villaverde (IMAGEN Rialta / Cine Cubano en Cuarentena)

Homemade: Blanca Putica. A girl in love (1978) y Poor Cinderella, Still Ironing Her Husband Shirt (1978)

La inspiración para Blanca Putica. A Girl in Love (1978) fue un recorte de prensa que un amigo envió a Miñuca desde París. La noticia hacía referencia a una prostituta hallada muerta en el Sena. El hecho le impresionó por la tragedia, por el nombre o apodo, identidad misteriosa en el escueto e impersonal francés. Pienso en Muerte de la virgen, la impresionante pintura de Caravaggio, sobre el que sostienen biógrafos y críticos que el artista tomó como modelo para la Virgen María el rostro de una prostituta ahogada en el Tíber, Anna Bianchini. Mito y herejía, deseo y ofrenda.

Miñuca se sienta a mi lado, ya el DVD está listo para reproducir el corto experimental con el que ganara el premio Individual Independent Fellowship, del Creative Artists’ Program Service (CAPS), de Nueva York, en 1973. Su compañía me inquieta un poco porque no estamos en el cine o el teatro, no la escucho ni respirar, y como no aparto mi vista de la pantalla tampoco sé si sus manos están reposadas cómodamente sobre los muslos, si se acaricia suavemente el cabello o compone la blusa, si vigila mis reacciones.

Filmada con la Bolex de 16 mm de uso, cámara con la que Fernando y Miñuca realizaron gran parte de su filmografía, Blanca Putica… inmortaliza a la mujer epitafio en un apartamento de New York. La casa es edén, luego cama, luego noche. Crea una cartografía de la posesión del cuerpo del otro, en sexo, en obstinación, que nos mantiene en vilo desde lo ceremonioso.

La película continúa…

Habitualmente no soy pudorosa, pero siento algo de pudor. Debe ser por eso que me obliga a mirar el falo irguiéndose en un plano tan natural como bailar o besar. Cuando este tipo de asaltos me ocurren viendo una película, admiro la osadía, esa demostración de que tenemos que ver, a pesar de la incomodidad o la moral o cualquier otra razón, lo que quieren que veamos.

Las plantas domésticas son el jardín con el que se embelesa una mujer desnuda, deja ver la luz tenue a través de las cortinas que parecen bailar con ella, en un espacio reducido, muestra el erotismo de infatuarse por un hombre durmiente, el placer solo es envilecido por lo cotidiano de encender un cigarro en la cama. Es el efecto de lo no fantástico, de lo real, lo que avizora la muerte, la muerte de Blanca Putica.

La película te obnubila. Al rato olvido que estoy al lado de la actriz y directora, que en la sala de estar está sentado el coprotagonista, hay una exposición íntima que es difícil encontrar en el arte.

Quizás algún espectador se escandalizaría y pensaría que lo pornográfico aquí no es parte de una búsqueda poética, totalmente sentimental. Ante la pacatería y la falta de imaginación, ya sé que todo es posible. Más que una discusión sobre estos temas, me impresiona el riesgo. La cámara que filma entre quince y treinta segundos, los objetos cotidianos que decoran lo simbólico y lo espectral de la seducción, la tristeza. Se necesitó mucho valor para producir esa puesta tan alegórica con tan pocos recursos.

Con el material que no quedó en la película final, Miñuca crea después Poor Cinderella. Además del gesto autorreferencial evidente, el collage y las rayaduras y los dibujos en los fragmentos pegados sobre un rollo nuevo transcurren en una rítmica intempestiva. La consciencia de aprovechar esos materiales hace reaparecer los restos en una pulsión desenfrenada de montaje, y esto funciona prácticamente como un rescate frenético.

Si la poesía es purificación de lenguaje, esta película busca tallar esa pureza con sandunga.

El erotismo y la fragilidad no se sostienen por un argumento tradicional, pero aquí no es algo críptico, sino que convoca elementos asombrosos en una doble dirección: para su creador y para el espectador. El procedimiento es más intuitivo que formal, más abocado a la autocopia, más extremo. Así que cuando Miñuca me regala un fragmento del rollo intervenido siento que me devela las páginas de su diario, un pequeño tesoro bien preservado. Imaginé una exposición de esta obra minúscula, de gozarla convertida en una nueva obra. Si se quiere, su gesto es como esos encuentros amorosos insaciables en los que es imposible coreografiar lo sentido, y en los que, pese al agotamiento, siempre es deseable una segunda o una tercera vez.

En una entrevista a Carlos A. Aguilera, quien también ha sido uno de los más ávidos promotores y pensadores en torno a la obra de ambos artistas, Miñuca habla de sus influencias, y termina confesándole: “me siento como una grafitera, voy y pinto y que el que venga detrás que pinte sobre lo mío. El placer está, más que en consumir, en ser consumido, por uno mismo, por decir lo que uno lleva adentro”.

La autofagia y la serenidad con la que Miñuca no reclama una autoría a la usanza, de esas añejas y ridículas, toma al grafiti como un acto que sobrevive por el hecho de ser público y porque casi siempre se origina bajo la prohibición: una forma de hacer un principio creador que desterritorializa a la vez que invita a la intervención –sobre todo, la propia–. El placer radica en esa disposición a firmar siendo una que no cree en la clausura de la obra ni en su autoridad. De hecho, explica ella misma por qué es innecesario perder el tiempo en explicarse Poor Cinderella más allá de su acción deliberada de juntar los cuerpos, repetirlos. Si en Blanca Putica domina la formalización libre del feminicidio tratado con desdén en una página de la prensa y convertido en experiencia cinematográfica brillante, en Poor Cinderella domina el nervio, un trastabilleo del ensayo.

Cuando salimos del estudio, fueron estas ideas las que compartí a Miñuca. Ambas películas demostraban la viveza de sus ideas, el buen aire de su factura dentro de la escena underground neoyorkina, lo performativo de su cine. Ahora recuerdo que ella quería evitar que volviera a ver Poor Cinderella sin saber que sería una obra totalmente nueva en contraste con su “original”.

Miñuca Fernando | Rialta
Miñuca & Fernando Villaverde, circa 1964

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Cuando llegué a La Habana, le confesé a Miñuca que imaginaba una novela sobre tres películas caseras que incluirían el corto de Fernando Villaverde, A Lady’s Home Journal. No me atrae tanto lo biográfico, solo sería una voyeur, o una muchacha demasiado ruda y aprehensiva que saca conclusiones imprecisas. No sé si algún día lo escriba, pero he pensado que Homemade es un buen título para imaginar la casa en Lower East Side, el set perfecto de ese quehacer disidente que ha definido su cine. Debería ser una narración que imite lo que me sucedió al hojear su fotonovela Fue una gran fiesta (Linkgua Ediciones, 2009), mirar posesa por la imagen.

Invito a buscar sus películas, libros y entrevistas, algunas disponibles en Incubadora. En ellas hay, al mismo tiempo, ternura y desacato; nunca compasión. Cuando nos encontramos, a mí se me quedan siempre preguntas flotando en el aire. Sobre Vicente Revuelta, por ejemplo, sobre El mar, la última película que Villaverde filmó en Cuba y fue censurada, la que protagonizaron Miñuca y Vicente, y de la que no ha quedado nada –o eso se cree–, sobre las obras de arte que vieron en el Metropolitan Museum, los montajes de teatro en el Lincoln Center, sobre cómo fue para Fernando representar a Kokoschka en la Universidad de Teatro en París.

Cuando llegué a La Habana, con el sobre rojo que me obsequió Miñuca y que abrí el 24 de diciembre, creí que estaba volviendo a home, pero eso fue un sueño extraño. No una decisión.


Notas:

[1] Muy recomendada la conversación, testimonio detallado de Miñuca y Fernando Villaverde, publicada por Néstor Díaz de Villegas, a propósito del reestreno del documental El parque.

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Martha Luisa Hernández Cadenas, Martica Minipunto (Guantánamo, Cuba, 1991). Teatróloga, poeta y performer. Coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES). Entre su obra reciente se encuentran los performances Nueve (2017) y Extintos, aquí no vuelan mariposas (2018); las intervenciones La última ópera china (2018) y Las fundadoras (2019). Fundadora de la editorial independiente ediciones sinsentido. Ha publicado el poemario Días de hormigas (Premio David de Poesía 2017, Ediciones Unión, 2018). Ganadora del Premio de ensayo La Selva Oscura por su investigación Notas de un simulador. La crítica teatral de Calvert Casey (1960-1965) y del Premio de Teatrología Rine Leal por su libro ESTA OBRA HABLA DE TI Y DE MI. Ensayos para (des)a(r)mar la experimentación escénica en Cuba (2012-2018).

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