Agradecemos la amable y desinteresada colaboración de Miñuca & Fernando Villaverde, Fausto Canel, Carlos A. Aguilera (inCUBAdora) y Néstor Díaz de Villegas en la elaboración de este breve dosier.

Elena (1964, dir. Fernando Villaverde)

E-mail de Fernando: “Aquí van, según lo prometido, dos páginas del guion de Elena, que como verás más bien parecen reliquias desenterradas. Es de entender también que, aunque no hubiésemos visto la película Vivir su vida antes de hacer Elena, en aquella época nosotros (muchos) en el ICAIC vivíamos como becados de un curso de posgrado, nos pasábamos el día reunidos y hablando siempre de cine, y antes de ver mi primer Godard ya yo había escuchado a quienes habían visto alguna película suya en un viaje a Europa descripciones infinitas de sus cortes directos, su cámara independiente, etc. Me imagino que eso nos despertaba la imaginación.”


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Aunque digitalizada por la Cinemateca de Cuba, la copia de Elena que hoy se puede apreciar no llegó a sus autores por intermedio de los directivos de la institución, como sí sucedió en el caso de El final y su director Fausto Canel. Por gestiones del escritor y crítico de cine Néstor Díaz de Villegas, quien se hizo de los filmes en uno de sus viajes a Cuba, Fernando y Miñuca Villaverde volvieron a disfrutar de este corto y de un documental anterior, El parque (1963). El estreno mundial de ambas películas se realizó en el blog de NDDV, con excelente entrevista a ambos como exclusiva. Es gracias a este enorme gesto que ahora varias generaciones se entrecruzan y (re)descubren juntas estas películas fundamentales de nuestra cinematografía.

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La joven Adria Valdés Peyrellade, una cubana residente en España, descubrió Elena por estos días y realizó un viaje mental, intensificado por la cuarentena, a los espacios y atmósferas de su infancia, pues resulta que las primeras secuencias del corto se filmaron en su barrio natal. Adria nos hizo llegar este mapa donde marcó los lugares exactos en que se desarrollan estas escenas, ubicados en una céntrica zona de la capital que casualmente coincide con El Carmelo, el área habanera donde primero se decretó cuarentena durante la actual pandemia. (Animamos a todos los lectores/espectadores a enviarnos este tipo de iniciativas relacionadas con su experiencia cinematográfica en CCC. Sea lo que sea, seguro alimentará nuestra Marginalia.)

Mapa cortesía Adria Valdés Peyrellade

 

El final (1964, dir. Fausto Canel)

E-mail de Fausto: “Te envío lo que pude encontrar en mi casa de correcorre. Te incluyo las tres primeras y dos últimas páginas del guion. Era un guion literario al que le fui agregando cada noche una raya horizontal que separase la escena en planos. Los insertos fueron filmados pero no siempre utilizados, ya que poco a poco me fui dando cuenta de que no era necesario cortar para insistir en algo que ya es evidente en la escena. Era mi primera película de ficción y me di cuenta de que mientras menos se corta, mejor. Llanto de luna (canción interpretada por Elena Burke) y la voz de Fidel Castro ya estaban previstas en el guion que Alfredo Guevara leyó y aprobó. A principios de 1964 todavía creía poder convertirse en el zar de un cine azucarero más incisivo y crítico. Pero los ataques de los comunistas del PSP y su polémica con Blas Roca lo obligaron a recoger vela. Sólo quedaron Elena, El final y Desarraigo para contarlo, pero censuradas durante décadas. De El mar, de Fernando y Miñuca, no se cortó el negativo siquiera.”

Aunque en la versión de El final que se puede ver online aparece, en su última secuencia, el discurso en off de Fidel sobre las nacionalizaciones, tal y como está marcado en el guion original, esta decisión no fue aprobada en su momento por la directiva del ICAIC. En entrevista concedida a Lynn Cruz y publicada en Rialta Magazine, Fausto aclara: “Volviendo al final de El final, ese momento en que la voz de Fidel aparece es la clave digamos de todo lo que está queriendo decir la película. Alfredo Guevara se dio cuenta y me pidió que sacase la voz de Fidel Castro porque si alguna vez él tomaba la decisión de estrenar la película, cosa que nunca hizo, claro, él iba a tener una película sin ese discurso. Y yo tuve que hacerlo, qué remedio, y la versión que Luciano Castillo tiene en Cuba es la versión de Alfredo, que fue la que se quedó en el ICAIC. Cuando yo recibo esa versión que me la trae Luciano de Cuba en un disco, lo que hago es meter ese cuento en una computadora y le agrego, le pongo de nuevo el discurso que lo encontré muy fácil en YouTube.”

Bonus Track

El uso de la música, junto a la fotografía y la puesta en cámara, es de los recursos formales más logrados tanto en Elena como en El final. Ambos cortos presentan una banda sonora donde se mezcla la música instrumental con temas populares de diversos géneros, sobre todo marcados por el jazz y el filin. Hemos armado una playlist con los cortes más representativos, en las versiones más fieles que pudimos encontrar. Sobre el recurrente y barroco leitmotiv de Elena nos cuenta Fernando Villaverde: “La música es la pieza Tú, mi delirio, de César Portillo de la Luz, interpretada al clavicordio por Frank Emilio Flynn. Yo decidí que se tocase en ese instrumento y le pedí a F. E. que la interpretase de tres maneras para los distintos momentos en que aparece en la película. Tradicional, para los títulos; más romántico y apasionado para la escena del aeropuerto; y un poco a la manera de Bach, con su arpegio final, para la escena de cierre en el automóvil.”

No hemos podido acceder a las grabaciones originales de estas piezas, tal vez ocultas y, con suerte, conservadas en los archivos sonoros del ICAIC, pero incluimos otra versión instrumental y jazzeada del mismo tema, interpretada por Frank Emilio y Los Amigos. Del soundtrack de este corto también seleccionamos el merengue-plena El bombón de Elena, del puertorriqueño Rafael Cortijo y su Combo, incluido en su álbum Invites you to dance (1957).

Armando de Sequeira Romeu, reconocido por su trabajo con la Orquesta Cubana de Música Moderna, fue el encargado de componer la partitura para El final. Según Fausto Canel, esta “no se conserva en ninguna parte, más allá de la película. Armando está en Miami. Nunca supe si escribió la música antes de grabarla. Fue como si la improvisara durante la grabación. Hay también mucha música incidental. La versión de Llanto de luna, de Elena, fue grabada especialmente para la película.” De este último tema, les traemos otra excelente versión de la Burke, quizás menos íntima que la que se escucha en el filme. También de El final les dejamos A pleno sol, por Los Modernistas, y Qué bueno baila usted, ese clásico del Benny.

Un poco más de azul (1964, dir. Fernando Villaverde, Manuel Octavio Gómez & Fausto Canel)

El cineasta y escritor Fausto Canel nos hizo llegar este valiosísimo documento desde la cuarentena en Miami: una entrevista de Mario Rodríguez Alemán a los tres directores de Un poco más de azul, publicada en 1964 por la revista Cine Cubano. Rodríguez Alemán, connotado crítico de cine y veterano luchador comunista, conocido de varias generaciones por su programa televisivo Tanda del Domingo, no había visto la película cuando intercambió con los realizadores. No sabemos si alguna vez la vio en su totalidad, pues sólo fue exhibido El encuentro, cortometraje dirigido por Manuel Octavio Gómez. El artículo se concibió como material promocional de la cinta previo al estreno. Nótese la última pregunta del cuestionario: “¿Adoptan ustedes una posición marxista frente al arte?” En las respuestas de los cineastas, sobre todo las de Fausto y Fernando Villaverde, se puede entrever la diferencia que luego los condenara. De propina, incluimos otra entrevista a Fausto en el mismo número, pero centrada en el proceso de su primer largo, que en ese momento no se llamaba Desarraigo (1965), sino Valer la pena.

Tent City (La ciudad de las carpas, 1980, dir. Miñuca Villaverde)

En 1986 la editorial Playor de Madrid publicó el volumen Dos filmes de Mariel como parte de su colección Biblioteca Cubana Contemporánea: Serie Cine. En el libro se recogen los guiones documentales de En sus propias palabras (dir. Jorge Ulla & Lawrence Ott, Jr.) y Tent City (La ciudad de las carpas, dir. Miñuca Villaverde), ambos filmes producidos en 1980. Más que libretos preconcebidos, estos guiones representan la descripción literaria de cada película, incluyendo entrevistas y narraciones. Aquí presentamos la sección correspondiente a Tent City, cuyo voice over fue escrito por Miñuca y su esposo, el también cineasta y escritor cubano Fernando Villaverde.

Fernando Villaverde, quien además colaboró en Tent City en el área de sonido, también le dedicó atención al éxodo cubano en su literatura. Su libro Crónicas del Mariel (Ediciones Universal, Miami, 1992) recoge varios relatos de ficción inspirados en el fenómeno migratorio, al que también debió acercarse por su trabajo como periodista. Reproducimos unas notas suyas al respecto, extraídas de la antología personal Todo empezó en Detritus (inCUBAdora Ediciones / Libri Prohibiti, 2016), un e-book editado por el escritor Carlos A. Aguilera.

Todo empezó en Detritus (fragmentos)
Por Fernando Villaverde

Más marielitos, ahora reales

Viviendo como vivo en La Pequeña Habana durante los meses del éxodo del Mariel, o como apocopado se dice y todos entienden, del Mariel, nada más natural que encontrarme, pararme o sentarme a conversar en el sitio menos esperado o hasta convivir puerta con puerta con una variada sucesión de marielitos; más todavía, trabajando como trabajo en un periódico, enterarme de infinidad de sucesos y anécdotas con marielitos como eje; también, teniendo como tiene el Mariel un buen componente de gente dedicada o aficionada al arte o la literatura, recuperar compañeros y amigos del Instituto del Cine, grupos de teatro, escritores. Para remachar, colaborando como colaboro con Miñuca, mi mujer, en su documental Tent City, donde retrata la vida de algunos de los marielitos más desamparados reunidos en una ciudad de carpas abruptamente montada cerca del centro de Miami, lo que me lleva a pasar con ella días y noches escuchándoles penurias, nada más lógico que termine yo escribiendo las Crónicas del Mariel, así lleve años dedicado casi exclusivamente al periodismo.

Paréntesis sobre tatuaje

Entre los cientos de refugiados del Mariel reunidos en esa Ciudad de las Carpas erigida en el centro de Miami que retrata mi mujer me encuentro con uno que como no pocos exhibe un tatuaje escrito en el pecho. La frase con que este hombre quiere definirse ostenta la precisión, la concisión y el nivel de expresión de la gran literatura, y no digo yo si serviría a quien lo escogiera como inmortal epitafio. Nací para crear dificultades.

Canique

Amigos y conocidos de distintas épocas y lugares de mi infancia o juventud me topo tras el desembarco de ciento veintitantos mil cubanos, muchos habaneros. A buen número de crónicas, aunque veraces tan disparatadas que sin pestañear hubiesen podido pretenderse imaginarias, da pie la imparable sucesión de encuentros. No recuerdo dónde estaba ni qué hacía el día que me tropiezo con Canique. Habrá sido en uno de los centros dedicados a atender necesidades de los refugiados, repartos de comida o ropa, registro para conseguir albergue. Lógico que sea ahí donde se me aparece Canique, ¿cómo iba a tener casa en Miami alguien que pasaba la noche al raso en Cuba? Sin idea de qué hago aquel día allí, si informando o curioseando, recuerdo el momento en que pasando por encima de muchas cabezas, nuestras miradas se cruzan, y cuánto me sorprende encontrármelo. En cuanto a Canique, cuando me reconoce, tan rápido como yo a él, de lejos me saluda con una exclamación y un alegre alzar de manos, y quitando gente de en medio nos damos un abrazo, el primero que nos hayamos dado nunca, nacido del regocijo de encontrarnos tan lejos de donde nos conocíamos y nos veíamos y después de tanto tiempo. Algo cambiado lo veo en comparación con el Canique que dejé veintitantos años antes. La rasa lanilla de su pelo exhibe esparcidas manchas grises; sus facciones, distinguidas siempre por una alegría con bastante de infantil, lucen resquebrajadas, y observándolo de cerca me da que no es tanto que se le hayan contraído por la edad unos rasgos que conocí rasgados sólo por la picardía sino que no relucen ya con la perenne felicidad que desprendían. Ensombrecidos, sajados por hendiduras escondidas bajo la recia negrura de su piel.

Su mundo era el Vedado, centrado en una reducida cuadrícula que situaba uno de sus lados en el Teatro por entonces Auditorium, donde acostumbraba ganarse unos quilos diciendo a la gente que iba al teatro o a comer al Carmelo que se encargaría de cuidarle sus autos parqueados. El otro costado andaba por los alrededores de la calle Paseo, en una bodega donde también se conseguía unos centavos repartiendo encargos o ayudando al bodeguero en lo que se le pidiera. Tardo en enterarme de dónde tiene su casa. Buscando no desperdiciar el cierre universitario me da por ir muy temprano a diario al hospital Reina Mercedes, a trabajar como aprendiz en el laboratorio médico, cosa de ir acostumbrándome a esa profesión médica que no me creo. Un día, atravesando el parque al costado del Auditorium, oigo desde irme acercando una voz chillona que pretendiendo entonar un canto se hace estridente y desgarrada. No acabo de fijar de dónde viene pero cruzando el centro del parque lo descubro. Es Canique, acostado boca arriba en el fondo de la fuente, ornamento en mi recuerdo bastante feo, con algo de bañadera, fuente seca hace años sin que a nadie le importe. Me asomo al borde y cuando Canique me ve, interrumpe su canto, me saluda contento y sonriente sin moverse, y enseguida recupera su melodía y su reposo. Día sí, día no, o mejor decir los días que no llueve o no ha llovido de noche y mojado el fondo de la fuente, me lo encuentro allí saludando la mañana con su agudísimo canto, entonado al máximo volumen. Un día me lo encuentro fuera de la fuente, viene a conversarme y sin que yo se lo pregunte me explica que siempre que puede pasa las noches allí. ¿Y cuando llueve? Entonces va al lado opuesto de su rectángulo, al amplio soportal de la bodega de Paseo, a dormir protegido. Está claro que si puede irse a cobijar allí bajo techo, es que cuando el tiempo se lo permite, prefiere ver el cielo cuando abre los ojos.

No vuelvo a ver a Canique en Miami y cuando pregunto en lugares donde presumo puedan saber quién es, algunos creen identificarlo pero nunca con seguridad, no lo reconocen por su nombre. Si no me lo vuelvo a encontrar será porque las autoridades lo habrán trasladado a alguno de esos campamentos abiertos en estados remotos como Arkansas, campamentos militares rehabilitados para recibirlos. Quién sabe si la rareza geográfica lo desconcertó y lo alteró, o si su feliz gentileza le permitió navegar sin incomodarse por lo desconocido. En todo caso, a partir de ese único encuentro pierdo el rastro de Canique, aunque recojo aquí su crónica veraz y sin cursiva.

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