Armando Lucas Correa (FOTO NDDV)
Armando Lucas Correa (FOTO NDDV)

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Armando Lucas Correa entró al mercado de no-ficción hace una década con En busca de Emma (Rayo, 2009), relanzado en octubre de 2021 en el original español y en traducción inglesa con el título In Search of Emma, ambos publicados por Harper Collins.

A los 56 años, quien fuera el crítico teatral de la revista habanera Tablas en los años ochenta, reportero de El Nuevo Herald en los noventa y, en los dos mil, editor en jefe de la revista People en Español, emprendió su carrera novelística con La niña alemana (Simon & Schuster, 2016) y La hija olvidada (Simon & Schuster, 2020), las dos primeras partes de una trilogía que cierra en 2023, con La viajera nocturna.

Los libros son de tema histórico, del género conocido en inglés como ww2 fiction, o ficción de la Segunda Guerra Mundial, han sido traducidos a 17 idiomas y sus ventas alcanzan alrededor de un millón de ejemplares internacionalmente. El acuerdo financiero de los tres próximos libros de Armando Lucas Correa alcanzó la cifra de 1.2 millones de dólares, un récord para un autor cubano. Sus títulos pueden adquirirse en librerías y concesionarios de aeropuertos de todo el mundo, desde Tel Aviv a Estocolmo, y desde Adelaida a Varsovia. Algunos de los países donde han alcanzado categoría de más vendidos son Australia, Suecia y Canadá.

En términos de ventas e influencia, Correa se sitúa, cómodamente, por encima de Wendy Guerra, Carlos Manuel Álvarez, Zoé Valdés y Leonardo Padura, y tal vez de todos ellos tomados en conjunto, por lo que podría afirmarse, sin temor a exagerar, que el autor de La niña alemana es la superestrella de la literatura cubana actual.

Entonces, ¿por qué sabemos tan poco de él?

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Es posible que Armando Lucas Correa haya pasado bajo el radar debido a la manera en que “lo cubano” se presenta en sus libros. Es necesario, entonces, redefinir esa noción geopoética y averiguar si ha sufrido metamorfosis desde los tiempos de Lezama Lima y Cintio Vitier, y más acá, desde el apogeo de Padura; o si pudiera expresarse de maneras aún no ensayadas por la literatura nativista.

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¿Qué lugar puede reclamar lo cubano en unas novelas escritas en el idioma del romance histórico? ¿Cómo introducir la cubanería en unas ficciones concebidas para el consumidor global y ambientadas en Berlín, Morningside y Haute-Vienne? Para llegar a lo cubano, según lo concibe Correa, habrá que echar mano de la arqueología genética, reformular la teleología. A veces se hará necesario poner a algún personaje bajo el microscopio, sorprenderlo en embrión. Microbiología, ecología y herencia entran en juego en estos libros.

Cubiertas de algunas ediciones internacionales de ʻLa niña alemanaʼ
Cubiertas de algunas ediciones internacionales de ʻLa niña alemanaʼ

En busca de Emma (In Search of Emma) sienta las bases de lo que pudiera llamarse El ciclo de la Niña. Es el momento de creación en que el autor, desdoblado en la paternidad de una pareja del mismo sexo, emprende la búsqueda de su criatura. No debemos perder de vista que la niña buscada es una entelequia que tomará cuerpo en las futuras entregas de unos episodios nacionales aún por escribir. La materialización de la promesa será, simultáneamente, reality y ready-made: la nueva obra de arte en la edad de la reproducción mecánica.

Consecuentemente, la hija que busca Correa llega en un paquete de trece, una docena de fraile. Un día, en La Jolla, el afluente suburbio de San Diego, el escritor espera noticias del centro de fecundación donde se realizan las operaciones de ensamblaje. En el capítulo titulado Mis trece bebés, Armando pasea, por matar el tiempo, entre las plantas exóticas de un invernadero, mientras sus pensamientos corren desbocados: “En estos momentos, un espermatozoide por cada uno de los trece óvulos debe haber ya perforado la membrana celular. Los dos núcleos se deben haber fusionado y aportado cada uno su dotación genética. El cigoto ya está en camino”.

Es el instante en que el autor recibe el siguiente mensaje: “Se lograron fecundar los trece óvulos”. La Emma del título irrumpe en escena como la heroína de la nueva novelística cubana, una Bovary que deviene cʼest moi en sentido estricto. La narrativa que la trasportará de Europa al Nuevo Mundo, de costa a costa y, eventualmente, de la historia clínica a la ficción ww2, es una de las grandes aventuras del espíritu cubano.

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Sabemos que para llegar a la escena del invernadero el autor ha considerado la venta de su apartamento en Manhattan, jugado con la idea de un fuerte préstamo bancario, devenido experto en adopción, fecundación y subrogación, y que se ha sobrepuesto al escepticismo de parientes y amigos. Dinero, amor y tecnología se entrelazan en la narrativa del advenimiento de la Niña. Estamos en el año en que aparece Wikipedia y se publica el primer mapa del genoma humano. En la distancia se vislumbran unas torres gemelas en llamas.

“Para tener un hijo he perdido a cinco”, con esa afirmación arranca In Search of Emma. Un poco más tarde, en La niña alemana, que es la secuela de la misma saga genética, Armando Correa pondrá en marcha, con un batacazo, la verídica historia de los judíos errantes que escapan del nazismo en el transatlántico Saint Louis: “Voy a cumplir doce años y ya lo he decidido: mataré a mis padres”, una declaración dramática que remite, oblicuamente, a La noche de los asesinos de José Triana.

De uno a otro libro, de la no-ficción a la ficción ww2, Correa tiende una línea narrativa que funciona como consanguineidad bibliográfica. El transatlántico de La niña alemana, colmado de carga genómica, surca un océano preñado de posibilidades y es cuestión de suerte que cualquiera de sus tripulantes sea admitido en algún puerto de escala. Se trata de la lucha por la sobrevivencia del gen más apto, el más egoísta, del menos pensado.

De una de las familias que viaja en el barco sabemos que se apellida Rosenthal; que Alma Rosenthal, née Strauss, la matrona de la elegante residencia donde comienza la acción, es dueña de un edificio de apartamentos en el Berlín de las esvásticas y los sturmabteilung.

Un paseante casual en las calles de ese Berlín de 1934 habría observado las marchas del teniente coronel Ernst Röhm y sus milicias SA, sin percatarse de que se trataba de los primeros desfiles de orgullo gay de la edad moderna. No menos chocante le hubiera resultado saber que la rubita que aparece en la portada de la revista Das Deutsche Mädel de la primavera de 1939, no es otra que Hannah, la protagonista de La niña alemana, la hija de los judíos Rosenthal, pillada por un reportero nazi de farándula que la toma por un ejemplar de perfección aria.

Que el encanto de las revoluciones, independientemente de su signo, es la consecuencia del equívoco, la tergiversación y el trampantojo, viene a ser la imprevista moraleja de la trilogía novelística.

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La elección de la donante del óvulo que aportará “belleza e inteligencia” a la búsqueda de Emma sigue adelante, y requiere investigación exhaustiva. Los cazadores de genes pasan las páginas de un grueso catálogo en la sala de espera de A Perfect Match, la compañía que cosecha embriones. En este punto, Armando y su compañero, el fotógrafo cubano Gonzalo Hernández, son los “genitores por la imagen” de la Niña en ciernes. Para la época en que salga a la venta la traducción al inglés del primer libro, la primogénita habrá celebrado los quince y estará a punto de entrar a la universidad.

Por lo pronto, se inicia el escrutinio de posibles donantes y los padres sopesan múltiples opciones. Consultan el catálogo como el que hojea revistas en el salón de espera de un dentista, con la gran diferencia de que en esta decisión les va la vida: “Las que tienen piedras en el riñón o las que tienen madres que terminaron en emergencia por una cadera dislocada o un abuelo que murió de cáncer pulmonar por ser un fumador empedernido muchas veces quedan descalificadas, o al menos permanecen en la lista de donantes disponibles por meses e incluso años”.

En In Search of Emma, el escritor nos permite mirar por encima de su hombro a unos cromitos que le producen pavor –las hojas clínicas de mil debutantes– mientras el lector de best sellers comparte con él la responsabilidad de decidir quién será la elegida: A Perfect Match oferta la dinámica selectiva como una suerte de eugenesia apolítica.

Armando Correa y Gonzalo Hernández Arocha con los 13 embriones, La Jolla, California, marzo 5 de 2005
Armando Correa y Gonzalo Hernández Arocha con los 13 embriones, La Jolla, California, marzo 5 de 2005

Así llegamos a conocer a algunas candidatas (“Lisa, una judía rusa de veintidós años, ha donado cuatro veces. Solicita $20 000”), antes de voltear la página y aterrizar en el perfil Karen.

Karen es centroeuropea (“una muñeca”, asevera Becca, la encargada del proceso de selección), rubia, de ojos claros, delgada, segura de sí misma, deportista, estudiante y admiradora de la artista cubana Ana Mendieta. La escena de su encuentro con Armando ocurre en un restaurant de La Jolla y ofrece un atisbo del tipo de decisiones que suelen tomarse en el ambiente vulgar de los comedores populares americanos. La secuencia está construida a base del monólogo interior de Correa, que se acerca a la “muñeca” como si de un extraño ritual de apareamiento se tratara.

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En las páginas de La niña alemana, el encuentro de lo cubano y lo centroeuropeo ocurre de una manera mucho más cruel que en la clínica de fertilidad de La Jolla. Forzados por la violencia política, los judíos Rosenthal terminan por abandonar Berlín, dejando atrás “el edificio, el apartamento donde nací, los muebles, los adornos, mis libros, mis muñecas”. En Hamburgo, abordarán la última nave que puede sacarlos del frío infierno nazi: el trasatlántico Saint Louis.

Mientras tanto, Hitler ha descubierto la conjura del teniente coronel Röhm, su amigo y antagonista, que pretendía tomar por la fuerza el mando del ejército. En su condición de líder supremo de los SA, el Führer decreta lo que viene a ser su primer holocausto: la purga de sangre conocida como la Noche de los cuchillos largos, en la que perece la vanguardia gay del partido nazi.

Las fantasías históricas del tipo ww2 suelen seguir el libreto de unas producciones hollywoodenses concebidas para un público indiferente a las omisiones de la no-ficción, un rebaño de cinematógrafo adicto a la moralina y poco versado en la violencia pura, no mediada por la cultura.

Armando Correa revisa la historia ww2 con la intención expresa de llevarla más allá del koniec soviético: La niña alemana es historia revisionista, pues la narrativa del nacionalsocialismo no concluye, como suele ser la norma, en el bombardeo aliado de Dresde o la entrada a Berlín del Ejército Rojo en 1945, ni siquiera en los juicios de Nuremberg o la desastrosa liberación de Checoslovaquia, Polonia y Hungría, sino que se alarga en un capítulo extemporáneo y mucho más tremendo: el nacionalsocialismo tropical.

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Las escenas iniciales de La niña alemana nos presentan a la familia Rosenthal en su entorno berlinés e introducen el tono narrativo de Armando Lucas Correa, escritor de novelas históricas. Conocemos a Hannah, su familia, y a su amiguito Leo Martin, hijo de judíos pobres, además de un elenco de chivatos, arribistas y milicianos que enarbolan banderas rojinegras y que los chicos bautizan con el nombre de Ogros. Para los Ogros, los judíos son los impuros.

Tres pasajes escogidos nos darán una idea del idioma en que se expresa la nueva novela historicista cubana:

El 40 es un edificio de tres pisos con el color mostaza ennegrecido por la humedad. Las ventanas están desencajadas, como si hubieran perdido las bisagras. La puerta, a un costado, tiene la cerradura rota. Subo la escalera estrecha y oscura, y dentro el aire es más frío aún. Es como entrar a una nevera mugrienta, con olor a comida descompuesta. Solo una débil bombilla ilumina el pasillo. Unos niños bajan corriendo la escalera, me empujan. Me suelto de la baranda para no caerme y algo pegajoso se adhiere a la palma de mi mano.

[…]

La voz de papá sonaba como si recitara de memoria la Torá. Repetía la palabra fémur al tiempo que señalaba en el pizarrón las extremidades de un gigante. Siempre pensé que el día que me permitieran tener un perro lo nombraría Fémur.

[…]

Atravesamos el puente, con el Berliner Stadschloss y la catedral detrás, para contemplar las aguas del Spree y recostarnos a la baranda. El río es tan oscuro como los edificios que lo rodean. Ahora mi mente comienza a vagar y me muevo al mismo ritmo de la corriente. Siento que podría lanzarme y seguir su cauce, volverme aún más impura. Pero hoy estoy limpia, sé que lo estoy. Nadie se atreverá a escupirme. Hoy soy como cualquiera de ellos. Al menos por fuera.

Es el momento en que aparece en la plaza el fotógrafo de la revista Das Deutsche Mädel: “¡Niña! ¡Niña! ¡Tu nombre! ¡Necesito tu nombre!”, grita el paparazzo, mientras la muñequita hebrea desaparece en la multitud berlinesa.

Los registros navieros indican que el crucero Saint Louis zarpó de Hamburgo, pasó por Cherburgo y atracó en La Habana el 27 de mayo de 1939. Por entonces, el presidente de Cuba era Federico Laredo Brú –con Fulgencio Batista y Zaldívar planeando en el cielo como un águila imperial–. Copias fotostáticas de los partes oficiales expedidos por el Gobierno de la isla ilustran las etapas del acercamiento a Cuba. Las buenas nuevas irán marchitándose a medida que la ínsula tome la forma de un dragón tumbado en el horizonte tropical.

“En la cubierta, la veo recostada en la baranda. Le sirven té mientras contempla el puerto de Cherburgo. Mira subir a cada uno de los 37 pasajeros. Al parecer, no reconoce a ninguno, y se dirige hacia una de las sillas reclinables de estribor”.

Bajo la atenta mirada de la “divina” Alma Rosenthal, los niños separados en Berlín se reencuentran en la cubierta del Saint Louis, que es la versión politizada del Titanic. Leo Martin viaja con su padre en tercera, mientras que Hannah, como es de rigor en las fábulas de mendigos y princesas, va en primera. En lontananza, el sol caribeño ilumina unas viñetas náuticas que admitirían acompañamiento de Céline Dion.

Hannah observa: “Nos vamos a una isla minúscula que se vanagloria de ser la más grande del Caribe. Un escupitajo de tierra entre el norte y el sur. Pero este escupitajo es el único lugar que nos está abriendo las puertas”.

Uno de los embriones que se convirtió en Emma
Uno de esos embriones se convirtió en Emma

Sin embargo, las puertas de Cuba no se abren indiscriminadamente y, de los 900 pasajeros, solo 28 bajan a tierra. El Gobierno de Laredo Brú se queda con el importe de las visas e impone condiciones gravosas al desembarco de los judíos. ¿Cuál de entre ellos podrá imaginar que apenas veinte años más tarde un nuevo y remasterizado nacionalsocialismo vendría a expulsarlos también de aquella isla? Entre los que desembarcan, se encuentran Alma Rosenthal y su hija Hannah, la niña alemana, ahora separada para siempre de su padre y de su mejor amigo, que padecerán una muerte histórica en alguno de los metódicos crematorios de la literatura ww2.

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¿Qué es una isla? Para una discusión sobre insularidad me valgo de la ecología evolutiva y pongo a un lado los modelos interpretativos que remiten a Lezama Lima y su coloquio con Juan Ramón Jiménez. En el universo Correa, la noción de lo insular tiende a lo celular, y aparece fragmentada: es la isla que se repite, la ínsula en clave genómica donde Armando hace las veces de doctor Moreau.

“Los anfitriones son islas para sus parásitos”, explica Eric Pianka en su imprescindible Ecología evolucionaria (1994). “Una cucharadita de agua o el cuerpo de un insecto pueden ser una isla para una bacteria”. A nivel genómico, lo cubano se expresa en secuencias binarias de equis y yes. Cuba es el gen egoísta, cuyos apelativos comerciales pudieran ser Emma, Hannah, Anna, o tal vez Elián. Lo cubano, tanto si viene en balsa, en avión o en paquetes de trece, resulta igualmente inseminable, transportable y traducible.

Para nuestro propósito, es importante reconocer, con Pianka y Correa, que “la variación de genotipos y fenotipos entre los individuos probablemente sufra, en sí misma, poca selección directa”, y que “especialmente importantes son los cambios de medioambiente” (Mantenimiento de variabilidad).

Entender a la Niña como fenómeno bioquímico, semiótico y aun meteorológico. En su patria adoptiva, la pequeña “parásita” se adaptará al brusco cambio de medioambiente y las constantes variaciones de clima político. En contraste con los nativos de ascendencia española, china y africana, la judía alemana será un espécimen comparativamente superior. Es blanca y rubia, unos rasgos exóticos que en Cuba equivalen a “una carrera”, por lo que no le resultará demasiado arduo el ascenso social y profesional. Es verdad que arrastra consigo el estigma del Ungeziefer, el “gusano” de la teratología nazi, pero es un hecho que ese epíteto pasará, sin modificaciones, al glosario de la política revolucionaria por venir.

Fulgencio Batista, el Ogro de la historieta populista, es pieza clave de la versión insular de la Noche de los Cuchillos Largos. En sus orígenes, también la Revolución cubana se presenta como limpieza de sangre, una purga moral –incluso racial– contra la supuesta decadencia y corrupción batistianas. El espectro del Batista de 1939 irrumpe en las páginas de La niña alemana y servirá de trampolín a subsiguientes elaboraciones de la saga.

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No pretendo epatar al lector de Armando Lucas Correa –nacido en Guantánamo en octubre de 1959, el Año del Triunfo de la Revolución– cuando digo que la Cuba de sus novelas históricas es una versión remasterizada del antiguo nacionalsocialismo. Nuestra revolución triunfante resultó ser la perfecta tiranía –no pangermana sino panamericana– que abarca cuatro décadas del siglo XX y tres del XXI, el equivalente de un milenio en tiempo político.

La posibilidad milenarista nos introduce de lleno en el campo de la lógica modal, aquella que se ocupa de “lo que pudo haber sido”, pues sin ese elemento constructivo que sirve de armazón a la narrativa histórica de Correa, la obra de nuestro escritor redundaría en lo meramente simbólico y perdería apoyatura en lo real. Una Cuba nacionalsocialista –o nazi, para decirlo más rotundamente– parecerá una idea descabellada al lector incauto, ya sea estadounidense, europeo o sudamericano, aunque no al frecuentador de la obra de Norberto Fuentes, Svetlana Aleksiévich, Reinaldo Arenas, Danilo Kiš y Andréi Platónov.

Correa, el editor en jefe de un magazín de entretenimiento, observa la historia contemporánea desde su oficina del trigésimo séptimo piso de la torre Time & Life –pero, años antes de ascender a la cima del Rockefeller Center, el autor había residido en una serie de casas incautadas a la burguesía en su país de origen, residencias abandonadas a toda carrera por sus legítimos ocupantes, que dejaban atrás moblajes, vajillas, automóviles, cuadros y bibliotecas–. Ese encontronazo con la Historia brindó a la generación de Correa una perspectiva privilegiada de lo que hoy se conoce como la “Cuba material”, otra variante de la “ontología del objeto” que ha quedado plasmada, con sobreabundancia de perfumes, texturas y colores, en las escenas cubanas o berlinesas de La niña alemana y La hija olvidada: escenarios vacantes en los que el novelista irrumpe como un fantasma, y en los que no consigue encontrarse totalmente en casa por tratarse de espacios momificados, sometidos a tratamiento taxidérmico.

Las residencias confiscadas y reasignadas por la dictadura –tema central de otro libro suyo, con fecha de aparición en 2024– fueron las locaciones ideales del Armando adolescente. Las permutas periódicas le permitieron conocer los gustos y propensiones de la clase muerta, y es posible que la hiperestesia del escritor adulto fuera exacerbada por la fetidez cadavérica de la República, una reacción alérgica a los mismos materiales de los que estaba hecha la Cuba que recién había incendiado su Reichstag y saboteado su integridad cívica.

Hannah Rosenthal, c’est moi, dirá Correa, clonado en Flaubert. Los escritores cubanos llevan ventaja a la hora de concebir lo inconcebible; particularmente, las paradojas ónticas del totalitarismo, de manera que Armando Lucas Correa ubica su patria en el resquicio donde convergen la revolución y la reminiscencia, un Middle Earth construido con los escombros de la “fijeza” lezamiana.

La ínsula donde nacer es una fiesta solo llegará a actualizarse en el torrente sanguíneo de alguna madre subrogada, luego de una aséptica ceremonia de masturbación en el retrete de un laboratorio del Oeste (In Search of Emma) donde el genitor recoge –y el escritor congela– la muestra de su propia imago.

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Cuba es una isla de náufragos para madre e hija, por lo que Alma Rosenthal le guardará eterno rencor a ese “escupitajo de tierra” en el que fueron arrojadas por los vientos de la revolución: la ciudad veleidosa que condenó a muerte a los 900 judíos del Saint Louis, entre los que se encontraban su esposo y el mejor amigo de su hija.

Esta es la última imagen que pasa por la cabeza de la Niña: “Alguien que se despide de mí. Quizás sea mejor que nunca sepa quién fue. Solo a unos treinta nos han permitido desembarcar. Los elegidos, los afortunados. Una suerte que, para mí, no es más que una condena, un terrible castigo”.

La idea de la suerte como condena marca el final de la niñez y deviene el argumento subrepticio de esta novela. Es el motivo por el que la señora Rosenthal, atendiendo a las reglas del best seller, recibe la noticia de que está encinta justo en el momento de zarpar. Los hilos narrativos de En busca de Emma (no-ficción) y de La niña alemana (ficción) se entrelazan en un nudo marinero. Una vez instalada en su casona del Vedado, la Divina comprende que nacer en Cuba no es, realmente, una fiesta: “¡Mi hijo no nacerá en esta isla! –acentuando con infinito desprecio la palabra isla–”, sin imaginar que el niño aislado dará carne y huesos a la genealogía novelística posnacional.

Judith Steel, una de las niñas sobrevivientes del Saint Louis, con Emma Correa en la presentación de La hija olvidada
Judith Steel, una de las niñas sobrevivientes del Saint Louis, con Emma Correa en la presentación de ‘La hija olvidada’

El nacionalsocialismo cubano se encontraba entonces en su etapa embrionaria. Apenas un par de bombazos y el inevitable cuartelazo lograron que el país estallara, sus cimientos se resquebrajaran y comenzara el desfile triunfal de los nuevos Ogros. Así la revolución se revela como el gen recesivo de la evolución humana.

Entretanto, la adaptación de las mujeres –en el sentido cinematográfico del término– a su nuevo medioambiente es tratada con característico preciosismo: “Abrí una puerta creyendo que era un clóset y resultó ser mi baño. Me llevé otra sorpresa al ver las baldosas, que me transportaron enseguida a la estación Alexanderplatz: tenían el mismo color verde gris del lugar donde solía encontrarme con Leo al mediodía”. Tras el cambio de escenario, la Niña no demora en reorientarse: “Me quedé mirando unos pequeños bloques de piedra en las esquinas que identificaban las calles”. Los famosos mojones habaneros.

Los nombres también se transfiguran, y los apellidos: “Ahora que habían castellanizado nuestros nombres, sería conocida como «la señora Rosen». A mí me cambiaron el Hannah por Ana, aunque yo decidí que le iba a aclarar a todo el mundo que mi nombre se pronunciaba Jana, con jota”.

Jana con jota es el corolario de Hannah con hache: una se desprende de la otra, novelística y dialécticamente. Andando el tiempo, las Rosen adquirirán una farmacia, empleados devotos y un modus vivendi. A regañadientes aprenden a vivir como cubanas, resignadas a que los nativos las tomen por nazis, como aquel fotógrafo de la revista Das Deutsche Mädel.

El tercer acto de La niña alemana ocurre treinta años más tarde, cuando Gustav, alias Gustavito, el vástago isleño de la Divina, haya nacido, crecido, estudiado leyes, hecho la revolución, embarazado a Viera la guerrillera y concebido a un chicuelo judeocubano que hereda el nombre del barco y del abuelo paterno: Louis. Es la cuadratura del círculo, o el curriculum cubensis.

En 1959, Gustavito, el embrión escapado del crematorio, entra a La Habana con las tropas rebeldes, acompañado de su novia guerrillera. Antes de que concluya la década, reaparecerá en una escena terrible donde Esperanza, la empleada de la farmacia Rosen, y su hijo Rafaelito, provocan la crisis final de una familia que ha encarnado cada interpretación posible de la ideología alemana.

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Las novelas de Armando Lucas Correa son una galería de espejos cuyo efecto perverso es la reiteración de los mismos monstruos históricos. ¿Qué se siente al representar la misma tragedia por partida doble? La solución del enigma podrá encontrarse en Hegel, en Marx, en Nabokov, en Jorge Luis Borges o en el Eclesiastés; pero la literatura cubana no ofrece una respuesta más contundente ni cargada de consecuencias que La niña alemana.

Entramos a la Historia recursiva a lo Mandelbrot, hecha de bucles ideológicos, un universo maligno donde la teleología insular queda abolida. Quizás también este universo venga en paquetes de trece: es el mundo como lotería embrionaria, como cábala judía, la gematría donde Anna es el reverso de Hannah y Emma el palíndromo de sí misma.

Hasta las grandes ofensivas revolucionarias llevan los mismos nombres en ambas secciones de la novela. En 1960, apenas curadas de espanto, Hannah y Alma constatan que las confiscaciones y los “inventarios de bienes malversados” (Vermögenserklärung), tanto en la Alemania nazi como en la Cuba castrista, responden a idénticas nomenclaturas.

Los círculos de lectores de La niña alemana reunidos en los remates de Perth, en Australia, o de Uxbridge, en las estepas de Massachusetts, están forzados a compartir el dolor de las “polacas” al enterarse de que Gustav Rosen es un esbirro, el Ogro que envió a los campos de concentración de las UMAP a Rafaelito, el hijo de Esperanza, la empleada de la botica.

Armando Correa le impone al lector ese efecto suplementario, un efecto mimético:

Rafael tuvo tiempo de contarles que una delegación había ido a inspeccionar los campamentos, bautizados como campos de trabajo de rehabilitación terapéutica. En el grupo había varios representantes del gobierno, que se preocuparon por las condiciones en que vivían los presos y preguntaron cómo iba la reeducación. Reconoció a uno de ellos, que le devolvió la mirada. Rafael sonrió, y se llenó de esperanzas.

—En el séquito iba Gustavo –dijo Esperanza, mirando a los ojos de mi madre.

Con tal de hacernos sufrir, el exeditor en jefe de People en Español no escatima ningún instrumento melodramático, el público debe sentir la angustia que él sintió, que han sentido y continúan sintiendo sus compatriotas. Entonces la novela se vuelve una perversa telenovela que desborda los límites de la tragedia y recae en el tearjerker.

Los actos de repudio de La niña alemana son iguales a los de la Alemania nazi; los cristales rotos son los mismos; las pintadas de las puertas son idénticas a las del Berlín de los SA; los “Ogros” y los “impuros” son los mismos. La conclusión inescapable –acaso inconcebible– es que ambos sistemas son el mismo. Intentar explicárselo al mundo es la imposible tarea que Armando Lucas Correa se ha impuesto en esta modesta obra monumental, un tratado político que nos cae en las manos envuelto en carátula de best seller.

La condición de marrano, de indeseable o de alimaña (Ungeziefer) no era, después de todo, la prerrogativa de ningún pueblo en particular: dadas ciertas variables, todos pueden convertirse en apestados, en deplorables. Los partidos políticos son tan recombinables como un nombre de pila: basta permutar unas letras, modificar unos memes, cambiar el orden de los factores en el discurso del líder providencial. El infierno son los otros, pero Hitler c’est nous.

Al señor Dannón, como era de suponer, le habían intervenido su bufete. Hacía tres años que Cuba y Estados Unidos habían roto relaciones diplomáticas, pero él y su esposa tenían un permiso de salida, y partirían de un puerto cercano a La Habana al que llegaban los barcos desde Miami a recoger a familias enteras. No era conveniente que nos visitara más, porque ahora era considerado un “gusano”…

Al escuchar esa palabra, mi madre se estremeció. Así habían comenzado a llamar a quienes tenían intenciones de irse del país o estaban en desacuerdo con el Gobierno. Para ella, era como revivir una pesadilla. Otra vez eran “gusanos”. La historia se repetía. Qué poca imaginación, pensé.

Armando Correa ha visto su vida plagiarse a sí misma, pavoneándose delante del espejo de la Historia con palomas de mago en los hombros, cambiando de disfraces, de barbas y bigotes. En 1939, la mayor de las Antillas había escupido al padre y al mejor amigo de Hannah; pero a partir de 1959, el mar Caribe será el virtual crematorio de los gusanos sin transatlántico y sin Céline Dion. La maldición de Alma Rosenthal se ha cumplido.

Louis abandona la isla, se instala en Nueva York, donde será el continuador de la progenie Rosenthal. El nombre de su única hija es Anna Rosen, la Niña que viaja a Cuba en el 2014 para encontrarse con la tía Hannah y consigo misma. A su manera, Louis también hace historia: muere en el ataque terrorista de las Torres Gemelas por la época en que aparece Wikipedia, se publica el primer mapa del genoma humano y nace en La Jolla la protagonista de In Search for Emma. Si es verdad que la variación de genotipos y fenotipos entre los individuos “probablemente sufre poca selección directa”, ahora comprendemos, con Pianka y Correa, que el medioambiente trabaja en secreto y que jamás deja de hacer lo suyo.

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Meter a Berlín en Guanabacoa, es lo que ha hecho Armando Correa, el novelista.

Que abunden las similitudes entre uno y otro régimen no es de extrañar, pues todo totalitarismo funciona en paralelo a un futuro irrealizado que eventualmente adoptará los principios, promoverá los logros y enmendará los errores de su precursor: todo cuerpo político es un muerto-vivo, un Drácula que aguarda por el que le dará a beber sangre joven y removerá la estaca que lo mantiene clavado a algún ataúd histórico.

El paralelismo entre regímenes es el perfect match y es otra de las estructuras elementales del parentesco, temas difíciles que autores más sazonados no se atreverían a rozar, y que Armando Correa presenta al tipo de público perfectamente ajeno y perfectamente desprevenido que se detiene a comprar un libro y una Coca Cola en el concesionario de Hudson News.

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2 comentarios

  1. Excelente reseña. Armando Correa es un fenómeno único en la literatura cubana de ambas orillas del Estrecho de la Florida, que ya se va convirtiendo en dos literaturas con una infranqueable mar de por medio. Hay dos aspectos en esa obra que para mí constituyen una nueva retórica de la literatura cubana. Primero, el lenguaje: conciso, claro, directo. Una poética de la transparencia. Nada de metatranca, esa desafortunada cocción de Lezama y Granma. Segundo: su alejamiento (yo diría heroico) de un entorno intelectual nacional y generacional que, a falta de sustancia, sólo ofrece idiosincracia. Mucha mulata, mucho tabaco, inevitables percusiones, continuas templetas, un abismo de escatologías y color local. En fin, turismo. Aquí hay un escritor, con una voz reconocible y creíble, en posesión de su propio estilo. Alguien que tiene algo importante que decir y lo dice con el lenguaje de un perfeccionista y la mirada de una prematura madurez. Enhorabuena!

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