Fotograma del filme ‘Parasite’ (2019)

Los latinoamericanos somos felices viendo Parasite. Es una constatación. La película del surcoreano Bong Joon-ho, que se llevó cuatro estatuillas en la última ceremonia de los Oscar, incluyendo el premio a la mejor película después de casi un siglo de exclusiones en la categoría, es casi una película latinoamericana en su temática y realización, solo que un poco más atrevida en su autonomía.

Ya en la ceremonia del año anterior el mexicano Alfonso Cuarón se había llevado el premio a la mejor dirección con Roma, y antes le había correspondido a González Iñárritu por Birdman como mejor película de 2014 en una producción cien por ciento hollywoodense. Con Parasite ha sido distinto, sin embargo, empezando por el hecho no menor de que la película se ve y se entiende solo con subítulos, que es la condena perpetua a la que han sido sentenciados los cinéfilos latinoamericanos al sur de Los Ángeles y más acá del Río Bravo. Ahora le toca al mundo leer bajo la imagen. Esto debe entenderse como un regalo que nos hace Bong Joon-ho: ahora todos somos iguales ante la pantalla; hispanos, latinos, wasp people, caucásicos, eslavos, africanos, ricos y pobres, blancos, negros, rojos y amarillos, todos estamos casi sin excepción obligados a leer la película para poder verla, además de oírla sin entender lo que dicen. Por si esto no bastara, Parasite habla precisamente de esta situación en la que se inscribe su producción; es decir, de la desigualdad en el acceso a los bienes en las sociedades que hacen del consumo y el disfrute del confort su modo de vida.

Es un tema escandaloso en general, pero más aún para una ceremonia de premiación en Hollywood. No porque la Academia que comanda los premios Oscar no tolere el conflicto. De hecho, lo fomenta, si se considera que desde hace tres años se ha esforzado por ampliar la base y composición de su jurado, invitando a más de 800 nuevos miembros provenientes de 59 países distintos a sumarse a las votaciones. Esta cifra se repitió con porcentajes similares en los dos años previos a 2018, una medida cuyo efecto se vio reflejado de inmediato en las siguientes votaciones de los Oscar, cuando en 2016 y 2017 los premios de mejor película recayeron respectivamente en Moonlight, el drama de Barry Jenkins sobre un joven negro marginal, y The Shape of Water, producción norteamericana del mexicano Guillermo del Toro. Pero ninguna de estas películas, como tampoco Roma o Birdman, por crudas o paródicas que pudieran ser, podrían ser calificadas como escandalosas en Hollywood. Esto es así desde el momento en que los conflictos que allí se plantean, cuando se plantean, se conciben en términos raciales y no de lucha entre clases. Es la raza (negra, asiática, blanca, hispana) la herida permanente que supura su bilis en las pantallas norteamericanas y fuera de ellas, en las calles y barrios de Estados Unidos, mientras que en Seúl como en Lima, en Caracas y en Santiago de Chile, es el lugar inmóvil, estático, de eterna postergación o de lujosa indolencia que ocupan las distintas clases en la estructura productiva, lo que hace insoslayable el conflicto y alimenta su carácter escandaloso en la alfombra roja.

Impensadamente, es la vieja lucha de clases quien levantó la estatuilla en Hollywood. El filme, que venía de conquistar la Palma de Oro en Cannes, pasó de ser una gran película para transformarse en un fenómeno popular, discutido en los foros de televisión a escala mundial, debatido en las escuelas y universidades, y editorializado en los artículos de opinión. Esto viene a decir que no sólo se trata de la película extranjera más premiada en la historia de los certámenes norteamericanos (cuatro Oscar, mejor película internacional en los Golden Glob, mejor guion original en los Writers Guild Award, y mejor elenco en el Screen Actors Guild), sino también la más urgente. “Además de su excelencia cinematográfica, hay algo que claramente resuena en la desolada visión social que transmite Parasite, y que difiere por completo de los cánones de la industria hollywoodense”, escribe Michelle Goldberg en The New York Times. La escena del diluvio que azota a la ciudad es ejemplar al respecto: si en la lujosa casa de los Park el temporal se siente como una prueba de resistencia de la impermeablidad de la tienda india que el padre le ha regalado a su hijo pequeño para que duerma en el patio toda esa noche, en el barrio de la familia Kim el temporal revienta las cloacas e inunda con excrementos y porquerías el sótano donde viven hacinados. Nada parecido ha salido nunca antes de Hollywood, escribe Goldberg, porque lo que define a Parasite es el grotesco social, un fatalismo anclado en la certeza de la falta de movilidad que estratifica la sociedad y condena especialmente a los más jóvenes. Para Goldberg, la enorme recepción obtenida por el filme “pone en evidencia la misma crisis de confianza en el capitalismo que hoy tiene a Bernie Sanders corriendo en primer lugar por la nominación demócrata”.

La trama de Parasite es conocida: la familia de los Kim viven en la marginalidad, mientras que los Park lo hacen en la opulencia. A partir de una falsificación de datos personales, el hijo de los Kim se introduce en la casa de los Park como profesor particular y comienza una trama de ocupación sistemática de la residencia y modo de vida de unos sobre otros. La sátira se vuelve grotesca cuando la violencia irrumpe en las escenas finales, apuradas por un elemento esencialmente clasista, reconocible en sociedades estratificadas desde el origen: el olor de los pobres, de los que sudan lo que ganan. Ese olor, que primero lleva al menor de los Park a sospechar una familiaridad entre los miembros de los Kim que ocupan la casa sin nunca develar los lazos que los unen, desata la reacción final del patriarca de los Kim. Ha sido competente en su trabajo como chófer de los Park, ha procurado cumplir con los mandados cada vez que sus servicios han sido solicitados, es un buen conductor y educado conversador. Pero huele mal, o ni siquiera: sencillamente huele. Los Park no tienen olor, eso se da por descontado, y aunque los subtítulos nunca digan nada al respecto, los Kim están siempre oliendo: a pescado, a ropa sudada, a comida recién hecha, a humo, a pobreza. En una palabra: huelen a estafa. Pero la estafa que describe Parasite no es la que traman con éxito los Kim para disfrutar del confort y la seguridad de los Park, sino la estafa de la sociedad en la que viven, de la promesa de bienestar en la que han sido adoctrinados como pobres de la ciudad. Ese olor y esa estafa son conocidos en toda Latinoamérica, y al igual que en la película, tiende a estallar cada vez que ese mismo olor y esa estafa adquieren la forma de un abuso adquirido, de una frontera infranqueable en la desigualdad. La sangre entonces llega al río como ha estado sucediendo en Chile, Hong Kong, Beirut y Francia.

Después de ver varias veces Parasite, no es raro enterarse de que su director, Bong Joon-ho, no ha tenido una vida fácil en su país: estuvo en las listas negras del régimen de Seúl en el reciente período autoritario de la presidenta Park Geun-hye, hace solo tres años, y fue tachado de artista controvertido desde sus primeros filmes: Barking Dog Never Bite (2000), y Memories of Murder (2003). La primera, una comedia de tono romántica que escapa a la clasificación de género por la singularidad de sus giros, apenas logró financiarse con el trabajo de Bong haciendo videos para casamientos. La segunda fue un éxito de público, pero también de problemas: basado en el caso real de un asesino serial en una ciudad pequeña de Corea del Sur, Memories of Murder fue acusada de promover una “imagen incompetente del gobierno” y de difundir mensajes izquierdistas, aun cuando el filme se concentra sobre todo en el lado paródico de la investigación ordenada por el gobierno central para atrapar al asesino. Pero fue sin duda con su tercera película, The Host (2006) donde Bong despliega con toda libertad y autonomía tanto su crítica social como su particular sentido de la narración. Acusada de promover esta vez sentimientos anti-norteamericanos, The Host es la historia de una manipulación genética que da origen a un monstruo destructivo y sangriento hospedado en el río que cruza a Seúl. El filme introduce por primera vez la obsesión de Bong con la vida en las alcantarillas de la ciudad, sus miserias y dignidades, así como la lucha de una familia sin recursos que se une para ir al rescate de uno de sus miembros secuestrado por el monstruo, mientras las autoridades obstaculizan la operación en una muestra de total ineficiencia. Aparte de ser un espectáculo visual donde el espíritu de aventura se mezcla con el de la lucha de un clan por una causa justa y contra la burocracia oficial, la película batió un récord de trece millones de tickets vendidos, el más alto en la historia del cine de Corea del Sur, y convirtió a Bong en una celebridad nacional. The Host marcó también el comienzo de la internacionalización de su director, quien sin embargo hasta hace un año atrás no daba mucho crédito a la posibilidad de ganar una estatuilla en Hollywwod. De acuerdo a sus declaraciones de entonces, los Oscar eran más un festival local que de cine internacional.

Hasta ahora, claro, porque hasta el aterrizaje de Parasite a nadie se le había ocurrido otorgarle el premio mayor de los Oscar a una comedia negra entre ricos y pobres cuyo guion parece haber sido escrito por Lenin en su exilio de Zurich, interpretado luego por los acólitos y discípulos de los hermanos Marx, y visto y aplaudido con dedicación por los latinoamericanos de todos los países que huelen a estafa y desigualdad.

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