Cartel de ‘Get Back’, Peter Jackson dir., 2021
Cartel de ‘Get Back’, Peter Jackson dir., 2021

A cincuenta años de la separación de Los Beatles, la labor de expurgo de documentos ha suscitado la aparición de una rémora que limpia la panza de ese tiburón preñado de todos los sonidos e imágenes póstumas de los Fab Four. Esa rémora es la legión de fans que, abiertos en canal como un pez japonés, consumen y se dejan consumir acríticamente por todo. Pero existe una minoría ya más escéptica, que al oír el Anthology o ver la esperada Get Back, de Peter Jackson, estrenada el pasado 25 de noviembre en Disney+ (un detalle no menor), se vuelven a desencantar con dulzura.

El desencanto dulce no proviene de la banda, ni de la singularidad de sus integrantes (eso está fuera de discusión: son pocos los autores capaces de generar una mitología en un mundo donde, Hölderlin dixit, los dioses ya se nos despegaron; si acaso, solo dos: Tolkien y los Beatles). No: ese desencanto proviene de forzar los materiales a decir más de lo que realmente pueden.

A través de las biografías de Ken Mansfield, o Hunter Davis o Barry Miles, o la mejor: Beatles, una biografía confidencial, de Peter Brown y Steven Gaines, ya sabíamos lo que Peter Jackson iba a mostrar: la resistencia del grupo, excepto McCartney, a componer y grabar y actuar un disco en Twickenham Studios; la evidencia de que a Lennon ya venía valiéndole escarabajo todo; la verdadera rivalidad que ahí se presentó (no entre John y Paul, eso vendría después, sino entre Paul y George); la retirada de Harrison de la banda y la posibilidad de que Eric Clapton lo reemplazase. La elección de Peter Jackson para montar el material pasaba, supongo, por la forma en que ese morbo podía ser exacerbado. Siempre resultará atractivo ver cómo toma carne una anécdota fantasma que todo fan ya sabía. Pero el montaje acelerado, de planos cortos, de saturación de intertítulos e intentos de contextualización, no salva algo que el propio George Harrison revela, en segundo plano, a la media hora de documental: un bostezo.

Cuando Harrison bosteza, los otros Beatles son indiferentes, pero Peter Jackson no; a Peter Jackson le entra como ansiedad y despliega compulsivamente sus dotes de montajista hollywoodense. Uno se queda en un límite esquizofrénico, entre el hastío de una banda donde dos tipos componían y los otros dos sencillamente los acompañaban, y el frenesí de un director del 2021 más frenético, aún, que el director de 1969, Michael Lindsay-Hogg.

Sin embargo, algo surge en medio de la patética excitación registrada de Lennon y McCartney (que es, luego, en otro nivel, la excitación de Lindsay-Hogg y Jackson): la figura de Ringo. Ringo habla poco, pero cuando habla hace algo singular y recuerda a lo que Borges prologaba acerca de las vidas de sus infames: “Abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”.

Dos o tres escenas.

Hay un momento, en los prolegómenos, apenas, donde Ringo se niega a salir de Inglaterra porque en pocos días empezará a rodar Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando, su film junto a Peter Sellers. Alguien se preocupa de que ese proyecto se le empalme con este rodaje de los Beatles, y se lo dice. La respuesta de Ringo es sensacional: “Pero si esto durará dos semanas”. En el nombre de la futura película con Sellers y en la frase de Ringo, surge la posibilidad de que, cuando veamos la segunda y tercera parte de Get Back, sí pueda contextualizarse todo.

El otro momento esencial de Ringo ocurre casi al final. El 10 de enero de 1969, George Harrison manda todo al carajo. John y Paul, quienes han formado una sociedad de niños de secundaria (es decir, ya no hay efervescencia creativa, pero sí efervescencia para mostrar que son los populares de la escuela y hacen bullying a los nerds) fingen indiferencia. El regreso del almuerzo es tenso. Se actúa como si nada ha pasado. Y entonces, Yoko Ono toma el micrófono. Yoko grita, recordando posiblemente su terapia primal con el doctor Arthur Janov. Los otros pretenden seguirle el juego molesto, volviéndose casi The Who, pero dura poco. Les aburre y nos aburre.

Esta escena abre dos caminos: el nacimiento del scream rock (con performances como aquella en la que Yoko interviene una actuación de John con Chuck Berry, en 1972, o su ya conocida actuación de 2010, en el MoMa) y el verdadero fin de Los Beatles. Los Beatles no se acaban con el concierto en la azotea y con el glorioso Abbey Road, diez meses después; se acaban en la tarde-noche del 10 de enero de ese año, cuando Ringo se baja de la batería, mira a la cámara y dice: “Pueden creer que es una orquesta completa, pero si se fijan, verán que solo hay dos personas tocando y una cantado. Sé que suena a Benny Goodman pero no se preocupen, es el sonido arrollador de 1969”.

Lo que no dice Ringo, lo que se traga Ringo, es tan elocuente como estas dos frases. No por nada, al iniciar la segunda parte es el único de los cuatro que llega a los estudios.

El documental hubiese valido más pensado como un montaje de cine gore del fin de Los Beatles; es decir, si Peter Jackson siguiera siendo Peter Jackson (aún con el mono rata de Sumatra, y no Frodo, en su cabeza). Pero un producto audiovisual no se sostiene por una premisa abstracta (el registro de cómo una banda se hace añicos), sino por mostrar lo que ya conocíamos como si nunca lo hubiéramos visto.

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Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981). Escritor, comunicólogo social y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es autor del volumen de cuentos Satori (2018) y de las novelas Clowns (2016) e Infectados (próxima aparición: 2020). Ha publicado, además, El texto desbordado. Aproximaciones contemporáneas al fenómeno literario y artístico (2019); El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (2014) y los dos volúmenes de Roberto Bolaño: una narrativa en el margen (2013 y 2016), entre otros libros académicos. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética, además de escribir y coordinar libros críticos dedicados a autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.

2 comentarios

  1. Yo como fan de los Beatles te digo que si bien es cierto que ya conocíamos todo eso que enumeras, no es lo mismo leerlo que verlo. Por otra parte, si nos apartamos del “chisme” y vemos otras cosas, cuando yo creía que todo lo de The Beatles era la
    misma historia repetida una y otra vez, este documental me regala esa oportunidad de estar presente en esos momentos en que estos genios, desde 0, o desde una palabra o una nota, en medio de bromas y chistes iban dando forma a una pieza maestra. Yo me siento muy contenta de haber visto este documental antes de morirme. Muchas gracias a Peter Jackson y a todos los que trabajaron en esa producción

  2. Querido Felipe, mientras veía el documental pensaba en platicarlo contigo y en la anécdota de «Here comes the sun» y sí justo hablaba con Vale de como Ringo y George se ven desdibujados y los chicos populares ignoran la situación. Igual sí disfruté verlo. (Y reafirmé mi amor por George) 🤭 Ojalá podamos platicarlo a fondo con un café.

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