Eliot Weinberger
Eliot Weinberger

Eliot Weinberger (1949) es un escritor neoyorquino que renovó el ensayo literario fusionando peculiarmente la narrativa y la poesía. Su labor como traductor ha acercado a la lengua inglesa la poesía de Octavio Paz, Vicente Huidobro, Bei Dao y Jorge Luis Borges, este último a través de la traducción de sus Siete noches. La edición de los ensayos de Borges recogida en el libro Selected Non-Fiction le valió el premio National Book Critics Circle. Entre sus libros de ensayos literarios se encuentran Invenciones de papel, Outside stories, Rastros Kármicos y An Elemental Thing.  Ha editado importantes antologías como The New Directions Anthology of Classical Chinese Poetry, American Poetry Since 1950: Innovators and Outsiders y World Beat: International Poetry Now from New Directions. Es también el autor de un estudio sobre traducción de poesía china titulado Nineteen Ways of looking at Wang Wei. Los textos que aquí se presentan forman parte de su libro The Ghosts of Birds, publicado en 2016, con un estilo heredero de su libro An Elemental Thing. Son estos fragmentos el eco de edades muertas y las voces que, entre la factualidad de la historia y la alucinación, regresan a nosotros.

Hsiao Kuan

En el siglo XI, Hsiao Kuan soñó que lo llevaban a un palacio donde las mujeres eran diosas o seres trascendentes. Todas vestían de verde. Una de ellas le ofreció un papel y le dijo: “Esto es papel corrugado. ¿Podría por favor escribir un poema sobre una mañana de invierno?”

Él escribió:

Las doce torres del palacio esconden mujeres vestidas de verde.
El vino fluye de los picos de los leones, especiado y fragante,
goteando a través de tubos llamados “cuervos sedientos”.
Un sirviente hace girar la polea, brota líquido jade rojo.
Leve humo de incienso, velas de loto casi extintas,
los cinco dragones de la clepsidra rebosan de agua helada.
Damas no acompañadas, con collares de peces colgando de sus fajas carmesíes,
se colocan de puntillas para ver salir el sol, lejos en Fu-sang.
Un medio disco se eleva sobre las ondas y la enrojecida hierba de agua en el lago.
Las mujeres se vuelven, miran hacia atrás por encima de los tejados a los colores de las nubes.
Cortesanos con clamorosas espadas descienden del cielo.
Sombreros altos y armaduras llenan la sala del pabellón.

La trascendente lo leyó y dijo: “Su poema ciertamente contiene muchas frases inusuales”.

Ágata

El Tso Chuan, una historia china del siglo III a. C., registra que un oficial de Lu soñó estar cruzando el Río Huan. Alguien le dio fragmentos de ágata como alimento. Él lloró, y su llanto se convirtió en el ágata que cubrió sus brazos. Él cantó una canción:

Crucé el Río Huan,
Y me ofrecieron ágata
¡Regresa! ¡Regresa!
Mis brazos están llenos
de fragmentos de ágata.

Cuando despertó, tuvo miedo y no se atrevió a pedir la interpretación de su sueño, porque sabía que el ágata se colocaba en la boca de los muertos.

Los años pasaron, y su poder creció. Convencido de que el ágata simbolizaba su creciente número de seguidores, orgullosamente pidió que el sueño fuera interpretado. El verdadero significado del sueño fue dicho, y murió esa noche.

Los muertos

No es para honrar a los muertos: es para evitar que regresen. Las pesadas piedras sobre la tumba; los altos muros y vallas alrededor de los cementerios; el sólido e inquebrantable ataúd. Los muertos, atados de pies y manos; los muertos imploraron quedarse donde estaban. Los moribundos enviados a cualquier otro lugar a morir, para que así los muertos no se queden en la casa. Sus ojos están cerrados, están envueltos en un sudario para que no puedan ver el camino de regreso. Tortuosos caminos al cementerio; entierros en la noche; máscaras que no pueden quitar de sus rostros. Una pequeña casa para que vivan, y se queden allí. Comida y bebida en la tumba, los cadáveres vestidos con finos trajes, dinero en la tumba, para que no vuelvan por más. Una canoa o barca enviada al mar; el cuerpo quemado hasta las cenizas; el cuerpo comido por los buitres. Fuertes ruidos, petardos, gongs, gritos, repique de campanas para espantarlos.

Mientras el cadáver esté todavía en la casa, no se puede comer, porque también él querrá comer.

El nombre del muerto no se puede pronunciar, porque pensará que se le llama. Los Abipones del Gran Chaco les daban nombres de plantas y animales. Cuando uno de ellos moría, tenían que inventar algo nuevo en el idioma. La palabra “jaguar”, un nombre común, cambiaba tres o cuatro veces al año. A fines del siglo XIX, no quedaba nadie que hablara el idioma y pudiera inadvertidamente invocar a los muertos.

Los Mara

Los Mara, en el noreste de la India, dicen que los mortales comunes, cuando mueren, van a Athiki, el pueblo de los muertos. Allí es de noche cuando aquí es de día, y de día cuando aquí es de noche. Allí los peces son hojas de bambú, y los osos son orugas peludas. El espíritu vive durante mucho tiempo en Athiki, pero finalmente muere y regresa a la tierra. El espíritu de una persona poderosa se convierte en un poco de niebla de calor que se eleva hacia el cielo. El espíritu de un pobre se convierte en gusano y es devorado por una gallina.

Dicen que cuando la gente sueña, su alma vaga al final de una larga cuerda invisible. Cuando tienen un mal sueño, se lo cuentan a todo el mundo. Cuando tienen un buen sueño, se lo guardan para sí.

Dicen que hay una higuera gigante creciendo en la luna, y las marcas que vemos en la cara de la luna son sus ramas.  Y que en el árbol vive un mono sin cabeza.

Los mejores cazadores van siempre al paraíso, llamado Peira. Está cerca del único Dios y ocupado por pocos, porque uno debe haber matado un hombre en la batalla, un elefante, un tigre, un oso, un pequeño oso de árbol, un serau, un goral, un gayal, un rinoceronte, un sambhur, un muntíaco, un jabalí, un cocodrilo, una cobra real, un águila, cada especie de ave en la familia de los cálaos y un drongo real. Las tropas del gobierno ahora mantienen la paz, y muchos de los animales ya no están allí, por lo que es poco probable que algún Mara vuelva a ir al paraíso.

Ou-yang Hsiu’s Fu sobre el sonido del otoño

Enviado a un puesto en el lejano noreste, yo, Ou-yang Hsiu, estudiaba mis libros a la luz de una lámpara.

Los vientos fríos vienen del norte, los vientos que traen lluvia vienen del este, pero escuché rumores de un sonido al suroeste.

Escuché atemorizado. Y me dije a mí mismo “qué extraño”.

Primero, una suave brisa, una ligera lluvia, luego, de repente, el sonido de un torrente, de grandes piedras chocando, de olas rompiendo.

El sonido del agua derramándose, una alarma desplegándose a través de la noche, el viento y la lluvia empujando hacia algún final.

Redoble de tambores, repique de campanas, hierro tañendo contra oro, todo en peligro.

Y un ligero sonido de soldados apresurándose al asedio: los cascos de los caballos amortiguados, ninguna orden dada, solo una marcha constante hacia adelante.

Le dije al chico: “¿Qué es ese sonido? Sal y mira”.

 

El chico dijo:

“Las estrellas y la luna están claras y brillantes. La Vía Láctea se extiende a través del cielo. Por los cuatro costados no se oye ni un sonido humano. El único sonido está en los árboles”.

 

Dije: “Qué triste.

 

Es el sonido del otoño. ¿Por qué llega el otoño?

El otoño es pálido y cruel. El humo se eleva, las nubes se acumulan.

Incluso cuando los cielos están brillantes, el otoño es amargo, perforando la carne y perforando los huesos.

Todo está solo: el mundo de las montañas y los ríos se vuelve vacío y estático.

El sonido del otoño es frío. Es el sonido del dolor, el sonido de un llanto repentino.

 

“Hubo una vez delicados patrones de hierba espesa.

Hubo una vez la verde sombra debajo de los árboles.

 

“El otoño toca la hierba y su color se desvanece. El otoño toca los árboles y las hojas caen.

No puede evitar destruir. Su naturaleza es corrosiva.

Su oficio es de verdugo. Su signo es la oscuridad.

Su color puede ser dorado, pero su espada es de acero.

Es la justicia despiadada del cielo y de la tierra: matar de frío.

 

“El sonido del otoño es el sonido de una flauta, una canción triste, el sonido de las cosas que son heridas, el sonido de las cosas por sobre las que pasaron sus días de gloria y que pronto morirán.

 

“A los árboles y la hierba no les importa. Llega el momento, el viento cambia y mueren.

Pero un hombre piensa, su corazón duele, las cosas interminables lo desgastan.

Está a la deriva y, sin embargo, el esperma sigue ascendiendo.

Él anhela aquello que es inalcanzable.

Se imagina esparciendo su sabiduría entre los poco prácticos.

 

“Su rostro brillante se ha convertido en madera muerta, su cabello negro, blanco como las estrellas.

No estamos hechos de metal y piedra, ¿por qué deberíamos soñar con sobrevivir a los árboles y la hierba?

¿Por qué deberíamos odiar el sonido del otoño?”

 

El chico no respondió. Se había quedado dormido.

 

Dentro de las cuatro paredes pude escuchar el chrrr… chrrr… de los insectos royendo.

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