‘En el camino’: cuando el fauno de Debussy baila en la discoteca

La más reciente película de David Pablos es es una suerte de viaje a los infiernos, al laberinto de deseos y violencia que pervive en las carreteras.

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Acaba de aterrizar en la plataforma HBO Max En el camino, un largometraje mexicano que pude ver hace ya varias semanas en la Cineteca Nacional, y que se apunta como precandidato a la nominación de los Oscars de 2027. Un filme que añade otro título a la filmografía de David Pablos, y que ha tenido hasta ahora un afortunado recorrido por varios festivales, desde su premier en 2025, gracias a lo cual obtuvo el Leon Queer y el premio a la mejor película de la muestra Orizzonti del Festival de Venecia. Amén de ello, En el camino está nominada en 13 categorías de los Premios Ariel, cuya entrega ocurrirá el próximo 3 de octubre en la capital mexicana. En el Festival Internacional de Cine de Morelia del pasado año, el cuarto largometraje de David Pablos obtuvo el premio a la mejor fotografía y a mejor actor para el joven Víctor Miguel Prieto. La película, que narra una complicada historia de amor homosexual en el mundo de los traileros, también pasó en diciembre por el Festival de Cine de La Habana, donde ganó el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI). Lo cierto es que aprovecho su llegada a las propuestas de HBO Max y su probable retorno a las pantallas como parte de la temporada de los Premios Ariel para recomendarla como un filme eficaz, concentrado en su pequeña fábula, defendido con firmeza por su pareja protagónica y como un estimable salto de calidad respecto al título anterior de este director.

Confieso que tuve mis recelos al descubrir, ya acomodado en mi butaca de la Cineteca antes de que comenzara la proyección de En el camino, que David Pablos era el director de un filme previo que no me había convencido. Por suerte, todas las brumas e insatisfacciones que me provocó El baile de los 41 (producido por Netflix, en 2021) aquí se disiparon. Si aquella otra película me pareció un encartonado repaso a un acontecimiento crucial en la historia de la disidencia sexual de México, atrapada en el concepto de una dirección de arte que quiso estetizar al máximo un hecho que perdura en el imaginario popular y la historia de este país como una suerte de trauma de fuerzas recurrentes, En el camino logra respirar libremente su propia atmósfera, alimentándose del paisaje a cielo abierto que aparece en la pantalla durante gran parte de su metraje, y librándose del peso literario de los diálogos que aquella obra precedente sufría. No es que considere a El baile de los 41 un filme enteramente fallido, pero incluso ahora, al revisitarlo para escribir esta reseña, sigo pensando que es un empeño que se quedó a medias, y que tras los trajes y la etiqueta de la época del porfiriato en que se desarrolla su trama, quedaba aprisionado el calor y la empatía que varios de sus personajes deberían aportarnos. Al terminar de ver En el camino, me animó, entre muchas cosas, comprobar que el director sabe librarse de todo ello, al volver, por ejemplo, a su trabajo con actores no profesionales, tal y como había hecho en Las elegidas, su filme de 2015 por el cual obtuvo el Premio Ariel a la Mejor Dirección.

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Pero ese no es, por supuesto, el único elemento de valor de En el camino. Como si obrase por contraste, su trama se aleja del espacio urbano y la arquitectura del centro histórico de Ciudad de México, fundamentales en su película anterior, para ubicarnos en el desierto y las carreteras cercanas a Ciudad Juárez, mezclar intérpretes profesionales con debutantes o rostros que aparecen por vez primera en cámara, a los que retrata con respeto y honestidad. El poco explorado ámbito de los traileros, las dinámicas de esa comunidad, que ha sido tema de algunos filmes mexicanos, como el documental Los nómadas de la 57 (2023), se representa aquí desde uno de sus tabúes, que al mismo tiempo es una suerte de secreto a voces, como dice uno de sus personajes femeninos: “Los traileros se comen lo que sea”. Entre autopistas y cachimbas, el sexo es para estos hombres un ejercicio de desahogo, un quiebre posible de la homosocialidad que comparten en esas carreteras que atraviesan sin dormir por varios días, con la familia, la esposa, los hijos, a una distancia que los ata y al mismo tiempo los libera. Entre las virtudes de En el camino está que su director y su equipo (Diego Luna entre sus productores, junto a Enrique Nava, Inna Payán y Luis Salinas) no se asoma a este contexto para juzgar ni pretender grandes discursos. La historia de amor entre el veinteañero Veneno, que huye por su vida, y Muñeco, el trailero que lo acoge, se desarrolla dentro de la ley de la carretera, esa ley sin ley en la cual el amor mismo, como la droga, los fumes, el alcohol, y el deseo se reescriben desde la marcha incesante sobre el asfalto. Mientras, se escuchan canciones como “Ojitos mentirosos”, o irrumpen temas como “Culo Bañado” o “Adicta al sex”, de La Veinteuñas, a través de los cuales se puede también leer lo que ambos se callan o creen que pueden revelar durante un viaje que es mucho más que ese trayecto entre el desierto o cementerios de rastras abandonadas.

Si esencialmente puede hablarse de En el camino como una road movie, esta es también una película que rompe algunas de esas convenciones. No es extraño ya, en el cine que relata fábulas de temática homosexual, y una película británica también reciente (Pillion, que se aventura en la comunidad los gay bikers) demuestra cómo estas tramas se van alejando de espacios predecibles, y procurando entrar en las dinámicas y secretos de otros núcleos homoeróticos. A su modo, como ocurría ya en Brokeback Mountain, ese filme de Ang Lee que marcó un punto de giro al tomar como protagonistas a dos cowboys hace ya más de 20 años, esta película de David Pablos elige a conciencia la importancia de ese contexto, da visibilidad a esas fórmulas y rituales, para discutirlas como otro paisaje posible para este tipo de romance, por violentos o trágicos que puedan ser sus matices. En un año el que también se hizo sentir el efecto de una serie televisiva que hurgaba en lo homoerótico mediante el cruce de cuerpos de dos jugadores de hockey (Heated Rivalry, creada por la productora Crave y en streaming también por HBO Max), o la relación casi incestuosa entre dos hermanastros (Half Man, de Richard Gadd, producida por Thistledown Pictures y Mam Tor Productions para la BBC y HBO), En el camino opta por hundir los ojos en los puntos menos visitados de esos gestos de la homosocialidad, para recordarnos de cuántas maneras se quebranta lo que por mucho tiempo ha parecido un reflejo monolítico de la hombría, el machismo, el protagonismo de lo masculino y la jerarquía del pene, y lo hace distante de la espectacularidad o el tremendismo de algunas de esas producciones. También eso, en su escala humilde, es la clave de varios de sus logros.

Veneno escapa, cargado de droga, de las reglas impuestas por su protector y amante, ese señor en el que ha buscado otra figura del padre ausente, así como busca entre los traileros un cuerpo que lo reciba, lo penetre y lo proteja. Muñeco, un padre de familia que ya pasa de los cuarenta, acepta llevarlo en su troca hasta Saltillo, y va sabiendo poco a poco quién es en realidad este muchacho de 20 años. Lo que comienza como una transacción a cambio de la droga que ha robado y vende Veneno, termina en una relación que se pacta desde que Veneno aprende la oración de los traileros: “Dame, Señor, mano firme y mirada vigilante para llegar con bien a mi destino sin hacerle daño a nadie”. Dentro de esa ética, también cabe esta historia donde la sangre juega su rol, y al final, uno de los dos cuerpos quedará marcado de por vida. Y también, pese a ello, la promesa de una espera, en la cual, así sea en su imaginación, Veneno y Muñeco podrán reencontrarse en los caminos de la vida, como reza la letra de uno de los temas musicales de esta película, que combina la letanía de las cumbias con reguetón y corridos tumbados. La excelente fotografía de Ximena Amann permite al paisaje ser otro personaje: entre esos atardeceres, mediodías, noches y amaneceres la historia también se explaya visualmente, y el guion del propio director acude a los diálogos mínimos, dejando que el espectador sea quien complete o imagine las otras palabras y los demás gestos que puedan perfilar mejor lo que persiste en esos silencios o aparentes vacíos de la historia.  

Narrada y filmada sin llegar a lo documental, pese a sostenerse en una investigación cabal del mundo que nos muestra, En el camino tiene en el centro de su ficción a las actuaciones de Osvaldo Sánchez, como el trailero, y Víctor Miguel Prieto, como Veneno. La relación y simbiosis entre ambos, que va creciendo a lo largo del filme mediante un hermoso trabajo de interrelación, libre de cualquier afán de protagonismo, consiguen que el actor experto y el novato nos entreguen un relato creíble de lo que forjan como personajes. Detrás de eso hubo un intenso trabajo de casting, y una labor capaz de convencer a Prieto, quien nunca antes había actuado y se ganaba la vida haciendo labores de ingeniería, para que entrase en la piel del muchacho en fuga. Su rostro tiene esa calidad que buscaba Pasolini en algunos de sus actores no profesionales, pero también aporta convicción y suficiente energía como para no desmerecer ante el sobrio y loable desempeño de Sánchez. No solo porque sus cuerpos queden tan expuestos en varias escenas, sino por la calidez de la interacción que ambos logran.

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En ese toma y daca, en ese contrapunto generoso que va ganando ante nuestros ojos suficiente poder de convicción, radica la imagen más poderosa de En el camino, en ese grado de actuación sin excesos ni teatralidad que logra rehuir incluso los lugares comunes que el cine de temática homosexual ha ido también acumulando y ofreciendo como un guiño a espectadores, sean gays o heterosexuales. Si el paisaje es duro, crudo, y golpea en él la luz con la fuerza del desierto, también el modo de contar esta historia desde la piel ha de serlo así. Y la dirección de arte, la edición, el trabajo de sonido, colaboran con tal idea, lejos esta vez de demasiados manierismos. Aunque ello no impide que irrumpa, en algún momento, una señal que nos recuerda otras cosas, como esa versión techno a partir de las notas de La siesta del fauno de Debussy que acompaña a Veneno en sus recuerdos de la discoteca y el cautiverio al que estuvo sometido bajo el mando del protector a quien roba y abandona, con lo cual él mismo desencadena la persecución que lo convierte en víctima, como antes fuera objeto de deseo.

En el cine mexicano, mediante obras atrevidas en su momento como El lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1977) o Doña Herlinda y su hijo (Jaime Humberto Hermosillo, 1985), las relaciones homoeróticas han ido ganando un espacio que va mucho más allá de lo que podía mostrar, en La casa del ogro, uno de sus personajes que, en aquella película de 1938, se dejaba ver desde el estereotipo del hombre homosexual, o los posibles indicios de una homosocialidad que iba más allá en la relación que los personajes de Luis Aguilar y Pedro Infante asumían en El gavilán pollero, de 1950. Las relaciones lésbicas, presentes en filmes como la versión mexicana de Muchachas de uniforme (1951) o Las bestias jóvenes (1970), fueron abandonando las convenciones imperantes en la época del cine de oro, y cuando se estrena el filme de Ripstein cuyo guion parte de la novela de José Donoso, ya queda despejada una nueva zona de indagación sobre esos asuntos.

En ese linaje se incluyen obras como Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001), Todo el silencio (Diego del Rio, 2023), un documental tan estremecedor como Morir de pie (Jacaranda Correa, 2011), o Finlandia (Horacio Alcalá, 2021), con su acercamiento a la comunidad muxe. Y los filmes de Julián Hernández, de quien también pude ver en la Cineteca su nuevo título, Los demonios del amanecer. Sin ánimo de detenerme demasiado en esta película, ni mucho menos de compararla con En el camino, lo cierto es que Los demonios del amanecer me pareció lenta y redundante, carente del pulso que deberían aportar sus jóvenes protagonistas a la trama, y muchísimo menos lograda que Mil nubes de paz cercan el cielo…, con la cual Julián Hernández aportaba en el 2003 a esta historia un estilo propio, que ahora parece atrapado en su propia retórica. Que ambas coincidan en la cartelera de la Cineteca da al menos una idea de las sendas tan diversas por las que ahora transita el cine mexicano que procura revelarnos más sobre las identidades que integran la comunidad LGBTIQ+, en un país que, así como avanza en los derechos de sus integrantes, también sigue combatiendo los crímenes de odio y tantas expresiones de homofobia.

En el camino es una suerte de viaje a los infiernos, al laberinto de deseos y violencia que pervive en las carreteras, en esos puntos de descanso obligado que son las cachimbas, en el trabajo sexual que mujeres y hombres ofrecen en algunos de ellos, sin sublimar ni edulcorar lo que esos rostros y esas personas tienen como día a día y, a la misma vez, también es la variación sobre la idea de un romance im/posible. La historia de Veneno y Muñeco es una entre las muchas que pueden suceder en espacio sin historia que bordea el desierto, donde la sangre y el diésel imponen sus propias leyes. De fondo, suena “Los caminos de la vida” y ellos bailan, como hombres que intentan armonizar una idea del deseo, a pesar de todo. Las mujeres, aparentemente en un segundo plano, funcionan como un contrapunto que les deja saber más de lo que dicen, y ya sean madres, amigas, cómplices o amantes de paso, sostienen ese pequeño mundo que los hombres creen dominar. La imagen de la Virgen, aquí y allá, es también la de una presencia que sirve de testigo y alienta en medio de la supervivencia. En las carreteras pueden aparecer fantasmas, cadáveres o el diablo mismo. Y también amores, por encima del peligro que pueda significar incluso la castración. O se pacta con ese grado de violencia o no se sobrevive. En la escena final, se alza por encima de todo eso la promesa de una espera. Un reto al tiempo y a lo que, durante los próximos veinte años, pueda ocurrir entre Muñeco y Veneno. Quién sabe si cuando transcurran esas dos décadas, David Pablos no vuelva a preguntarse qué podría ocurrir en el reencuentro que se avizora dentro de ese compás de espera. En cualquier caso, si me preguntaran si me interesa saber que sería de ellos, respondería con esa única palabra, cortante como su navaja, que Veneno emplea como respuesta para casi todo: “Simón”.

Tal vez para entonces, en la discoteca, bajo las luces y entre el humo, los vaqueros seguirán bailando mientras aún suena, indetenible e infinita, esa versión techno de La siesta del fauno.

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NORGE ESPINOSA
NORGE ESPINOSA
Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.

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