Arriaje de bandera en la Plaza de la Constitución, en Ciudad de México (FOTO Wikipedia)
Arriaje de bandera en la Plaza de la Constitución, en Ciudad de México (FOTO Wikipedia)

El revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución.
Hannah Arendt, Reflexiones sobre la desobediencia civil

Escribo estas líneas al filo de la medianoche, tras una velada con amigos. Gente bien instruida –sociólogos, historiadores– empleada en la docencia y función pública. Simpatizantes de el proyecto dirigido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Personas que ejemplifican la mezcla de continuidad y cambio operada en la intelectualidad mexicana cercana al nuevo Gobierno. Un Gobierno que triunfó gracias a la alternancia, no producto de alguna épica revolucionaria. Que llegó por los pacíficos y aburridos mecanismos de la democracia liberal.

Ese triunfo sucedió en un momento políticamente complejo del continente. En el que los ciudadanos latinoamericanos se encuentran superficialmente comprometidos con la democracia; compromiso este drásticamente debilitado durante la última década. Cuando el porcentaje de quienes ven a la democracia cómo la mejor forma de gobierno se redujo en la región. Una desafección cuyo signo más alarmante es el crecimiento del apoyo popular a golpes antidemocráticos de ejecutivos electos, que se expandió en todos los países excepto en Argentina, Paraguay y Uruguay. Mientras, la confianza en las elecciones como vía de acceso al poder sobrevive mayoritaria solo en Uruguay, El Salvador, Chile y Costa Rica.[1]

En ese panorama, México representa hoy un caso de Gobierno de izquierda populista, donde la asediada resiliencia del régimen democrático se combina con variables niveles de polarización inducida –desde el poder–, limitada movilización social y fragilidad estatal.[2] El país ha vivido tres décadas de defectuosa transición democrática, asediada por el añejo legado del autoritarismo. Diversos poderes públicos, privados y criminales han restringido –por la coacción o la seducción– el ejercicio de los derechos ciudadanos. A la vez, es palpable –en especial para quienes venimos de entornos claramente tiránicos– la posibilidad de reivindicación, en plazas, medios e instituciones de esas libertades amenazadas. México no es Suiza, pero tampoco Norcorea.

Dada la relevancia global –política, cultural y económica– de la mayor nación hispanohablante, lo que suceda en México es clave para Latinoamérica. En ese panorama, la supervivencia de una cultura política iliberal muestra permanente desafección con el modelo democrático. La confluencia de la herencia populista del PRI y los genes leninistas de la izquierda radical no han sido contrapesados por una opción socialdemócrata viable. El liberalismo centrista, aglutinador y equilibrante, ha padecido las limitaciones de una derecha conservadora e intelectualmente precaria. La importancia práctica de las ideas políticas, reivindicada por Isaiah Berlin y Hannah Arendt, es menospreciada en aras del cortoplacismo amorfo y amoral.

Asumiendo que se puede medir el compromiso democrático del gremio a partir de como sus integrantes escriben, hablan o se articulan, el discurso y comportamiento públicos de buena parte de la nueva élite político intelectual mexicana refleja preferencias distantes de la república liberal de masas. Cuando se deslegitiman hoy las mismas causas –ecologismo, derechos humanos, feminismo–, y los usos y costumbres –marchas, plantones, oposición parlamentaria– que se celebraban ayer, esta nueva élite revela una pulsión autoritaria. Sus palabras lo revelan.

No hay abuso de autoridad ni linchamiento público en las opiniones del presidente. Es solo otro ciudadano ejerciendo su derecho a opinar. Derecho que, por primera vez, disfrutamos hoy plenamente. Porque antes teníamos títeres corruptos, impuestos por la mafia del poder. Por eso los denunciábamos. Ahora todo es diferente. No aplican las cosas del pasado. Tenemos un presidente electo, una verdadera democracia. Y ahora sí hay verdadera libertad de expresión.

Este ha sido, desde 2018, el tono crecientemente pontificador de mis viejos camaradas. Amigos con quienes mi esposa y yo marchamos en Xalapa, demandando justicia por el asesinato de Regina Martínez y contra el asedio a Proceso. En cuya compañía sostuvimos una radio alternativa, donde criticábamos las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Donde, sin autocensurarnos por guardar “respeto a la autoridad”, repudiábamos los errores y autoritarismos del poder. Errores y autoritarismos hoy repetidos y, en ciertos puntos, amplificados.

En México ha habido siempre propagandistas al servicio del Gobierno de turno, pero también profesionales dedicados a un periodismo de altos estándares. Varios de estos apoyaron el triunfo del actual Gobierno. Hoy discrepan de decisiones y actitudes oficiales. No se han transformado en opositores fanatizados o funcionarios justificativos: siguen siendo y haciendo lo mismo. Revisemos mejor cuánto el poder y los medios –y sus nexos– cambiaron en estos últimos años. También cuánto nosotros –en nuestra relación con aquellos– lo hemos hecho.

Hoy se pone a prueba si algunos que antes exigían respeto a la libertad de expresión lo hacían simplemente por estar en la oposición. Si se trataba de activistas con un objetivo legítimo y limitado: impulsar un proyecto político concreto. Si no eran, pasando a otro nivel, defensores del derecho humano a una comunicación plural. De una libertad de expresión lo más protegida posible de quienes mandan –sea cual sea su ideología– y de la polarización amplificada por simpatizantes fanáticos.

De lo que se trata, en esta coyuntura de oleada autoritaria global en contra de las libertades cívicas, es de sostener los mismos raseros deontológicos y técnicos que antes se asumieron. Si se defendía la necesidad de ejercer la opinión autónoma y el periodismo crítico, mantener hoy la misma actitud. Incluso si el gobierno nos simpatiza. Porque ningún funcionario es, en su escala, un ciudadano con simétrico poder y responsabilidad respecto a sus compatriotas. Toda la legislación y la reflexión internacionales sobre el derecho humano a la libertad de expresión reconoce esas diferencias.

Hay que defender, en México y en el mundo, una visión transideológica y plural de la democracia. El proyecto incompleto de la transición. Como diría Juan Gabriel en una de sus icónicas canciones: “Por eso, aún estoy en el lugar de siempre. En la misma ciudad y con la misma gente”. Ojalá el creciente sectarismo de parte de la élite intelectual sea frenado por la vocación de autonomía y la postura crítica ante el poder que sostuvieron antaño. De cuando, actuando cómo demócratas, se oponían a un legado de autoritarismo y corrupción. Sin embargo, dado el veloz reposicionamiento de los antiguos conocidos, tal vez las esperanzas no deban ser demasiado generosas. “Probablemente estoy pidiendo demasiado. Se me olvidaba que, ya habíamos terminado”.


Notas:

[1] Cfr. Luis Schiumerini y Noam Lupu (eds.): El apoyo ciudadano a la democracia en América Latina, Diálogo Político Enfoque, n.º 8, Montevideo, 2021.

[2] Cfr. Ricardo Becerra y José Woldenberg (coords.): Balance temprano: desde la izquierda, Grano de Sal, Ciudad de México, 2020; y Carlos Illades: Vuelta a la izquierda. La cuarta transformación en México: del despotismo oligárquico a la tiranía de la mayoría, Océano, Ciudad de México, 2020.

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