Juan Goytisolo en 1976 (FOTO Antonio Gabriel / El País)

El pasado 5 de enero se conmemoran 90 años del natalicio del escritor e intelectual español Juan Goytisolo. Autor de las novelas Juegos de manos, La isla, Señas de identidad y Juan sin tierra, perteneció a una de las familias literarias más importantes de España. Junto a sus hermanos Luis y José Agustín conformó una de las triadas más significativas de las letras españolas de la segunda mitad del siglo XX. En 1956 se marchó de España a Francia donde trabajó como asesor literario en la editorial Gallimard. Su crítica a la dictadura franquista hizo que por trece años sus obras no fueran publicadas en España hasta después de la muerte de Franco en 1975.

Goytisolo tuvo una vida como pocas, sus viajes de exiliado y sus relaciones personales le permitieron acceder a las más variadas experiencias intelectuales y personales. A la altura de 1963 era, después de Cervantes, el escritor de habla castellana más traducido. Fue íntimo amigo de Jean Genet a quién consideró su más grande influencia. Redactó las cartas de los intelectuales a Fidel Castro tras el caso Padilla. Fue gran amigo de Margarite Duras y Dionys Mascolo a quienes visitaba asiduamente. En 1993, tras el llamado de Susan Sontag a los intelectuales del mundo para que acudieran al asedio de la ciudad de Sarajevo, Goytisolo fue el único que asistió. Después publicaría Cuaderno de Sarajevo narrando los horrores del conflicto bélico.

Unos de los textos más fascinantes escritos por Juan Goytisolo es su libro de memorias En los reinos de taifa. Continuación de Coto vedado y publicado en 1986, es un ejercicio de narración autobiográfica que recoge sus vivencias entre fines de la década del cincuenta e inicio de los años setenta. En este relata con especial detalle algunos de los momentos más importantes de su vida: la llegada a Francia, las relaciones con la izquierda española y francesa, su inserción en el mundo editorial francés, la creación y el fracaso de la revista Libre, su relación con Jean Genet, el reconocimiento de su homosexualidad y su vínculo íntimo con la escritora francesa Monique Lange. El libro es también un mapa cardinal de la vida intelectual hispanoamericana y francesa en las complejas décadas de mediados de siglo XX. Los entusiasmos y desencantos por la Revolución cubana, los conflictos ideológicos entre las izquierdas y las redes editoriales y literarias que se tejieron en los sesenta, son algunas de las temáticas que en él se pueden encontrar. Sin ánimos de reseñar el volumen me interesa aquí explorar y señalar algunos pasajes y memorias de Goytisolo que resultan reveladoras para el estudio de las complejas relaciones entre escritor y política.

Como bien apunta Sylvia Molloy en Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, la autobiografía es un ejercicio de memoria, una narración que da orden a un pasado disperso y que se articula de forma concatenada otorgando sentidos desde el presente.[1] El relato autobiográfico de Goytisolo supone una autorevisión que reconstruye y agrupa su pasado a partir de tramas y contextos que desde su presente le permiten enunciar la vastedad de sus recuerdos. Algunos de los hilos que atraviesan el libro y se convierten en armazón de ese pasado son la dictadura franquista y sus prácticas represivas, el desencanto de los compromisos políticos, el exilio y el abandono de cualquier identidad o pertenencia trillada a una nación.

En el primer capítulo, Goytisolo examina los años de fines de los cincuenta y principios de los sesenta. Tras su llegada a París en 1956 se vio envuelto de inmediato en las iniciativas que desde el exilio se realizaban para denunciar el franquismo a la vez que comenzaba a relacionarse con la izquierda francesa. El mapa de las redes intelectuales que traza en su autobiografía es posible gracias a su relación con la escritora francesa Monique Lange. A través de ella fue asiduo visitante de Roland Barthes, Edgar Morin, Margarite Duras y Dionys Mascolo, este último activista político creador del Grupo de la calle Saint-Benoît y conocido por la redacción de emblemático Manifiesto de los 121 firmado por intelectuales franceses en apoyo a la liberación de Argelia.

La editorial Gallimard también fue un espacio productor de redes y encuentros intelectuales. Bajo la dirección de Claude Gallimard se aglutinaron en ella los nombres más importantes de la vanguardia literaria de Francia a la vez que se daba apertura a la traducción de literatura hispana y posteriormente latinoamericana. Mientas trabajó en ella, Goytisolo organizó la traducción de varias obras españolas, pero, según recuerda, la mirada de la editorial giró rápidamente al boom latinoamericano en los años sesenta. Monique también trabajaba en Gallimard bajo la jefatura de Mascolo y participó junto a estos en las principales actividades de la izquierda francesa de los sesenta. En París, Goytisolo entabló una fuerte amistad con Raymond Queneau, colaborador de Gallimard y fundador del grupo literario Oulipo a quien Monique conocía desde hacía años.[2]

Goytisolo conoció de primera mano el ambiente intelectual de la izquierda en España y Francia, sus confrontaciones, despechos, recelos y contiendas. Lo que más llamó la atención del autor fueron las diferencias entre la izquierda española y la francesa. Por un lado, los primeros mantenían su simpatía por el Partido y eran miembros de este mientras que los segundos tenían una postura crítica frente a la URSS y ejercían “una militancia matizada y compleja que si bien aparecía a mis ojos inoperantes o incluso ridícula era no obstante mucho más lúcida y honesta que el daltonismo y sordera moral en los que mis compatriotas y yo destacamos y destacaríamos”.[3]

Estas diferentes formar de militar supusieron tensiones a nivel transnacional que frenaron en muchas ocasiones los diálogos entre las distintas izquierdas del continente. Los españoles encontraban casi ridículo el anarquismo y los dobles juegos de los franceses: “¿A qué obedecía esa preocupación morbosa con los derechos humanos en Polonia y Hungría? ¿No advertían acaso que las pequeñas e inevitables imperfecciones de las nuevas sociedades en los países de democracias populares eran una paja minúscula en proporción a las lacras e injusticias sociales de las supuestas democracias burguesas y su carencia de libertades profundas? ¿No incurrían al criticar a la URSS, en una burda maniobra de diversión manipulada directa o indirectamente por los agentes del imperialismo?”[4]

La mirada de un observador directo nos coloca frente a la compleja identidad de la izquierda intelectual de Europa occidental. Generalmente se historizan las oposiciones entre la izquierda y la derecha, pero pocas veces se le presta la necesaria atención a las propias diferencias y tensiones dentro de las izquierdas que comienzan a imperar en los sesenta. En esta década convivieron proyectos que se pueden considerar representantes de una nueva izquierda como la revista inglesa New Left Review, el grupo de Socialismo y Barbarie o la Internacional Situacionista y otros que representaban formas más tradicionales como el Partido Comunista Francés, el Partido Comunista de España o el Partido Socialista Unificado de Cataluña; cada uno con diferentes agendas, formas de sociabilidad, caminos de radicalización y modos de intervención social marcados por condicionantes e intereses nacionales.[5]

El encuentro de Goytisolo con estas redes de izquierda estuvo directamente vinculado a su disidencia intelectual con respecto al franquismo. “Mi status ambiguo de disidente, viajes testimoniales a la Península, simpatías filocomunistas y conexiones con la prensa francesa habían acabado por sulfurar a los jerarcas del Régimen, enfrentados a la disyuntiva de detenerme o seguir tolerando una conducta cuyo ejemplo podía cundir y propagarse a otros escritores y artistas”.[6] A lo largo de toda su obra, Goytisolo va diseccionando el franquismo, sus prácticas represivas más evidentes y también aquellas formas cotidianas en las que se manifestó su control. En la novela Señas de identidad de 1966 ya había descrito la vigilancia, el acoso y las detenciones a las que fue sometido mientras vivía en España junto a otros intelectuales y estudiantes comunistas de Barcelona.

Después de su partida hacia Francia las acusaciones contra su figura continuaron. No obstante, las amenazas reconfortaban al escritor, “si la policía había despachado a uno de sus funcionarios a casa para que mi padre ejerciera presión sobre mí y me quedara quieto, ello indicaba que mi actividad perturbaba y, por consiguiente, había que proseguirla”.[7] Algunos de los acontecimientos en los que participó Goytisolo y que lo colocaron en el mapa del exilio crítico fueron la campaña de amnistía en favor de los presos políticos del franquismo, el homenaje a Antonio Machado en 1959, quien representaba un modelo de resistencia poética, y la Huelga Nacional Pacífica del 18 de junio de 1959 que, según sus organizadores, debía marcar el comienzo del fin de la dictadura de Franco.[8] La disidencia estuvo también presente en su familia. Luis Goytisolo fue encarcelado en Carabanchel en 1960 por sus actividades políticas y mientras esto sucedía Juan realizó una carta denunciando la detención de su hermano que fue publicada en Le Monde y firmada por Picasso, Sartre, Paz, Mauriac, Genet, Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Pasolini, Max Aub.

Entre sus tantos tropiezos con el franquismo la conclusión que reconfortaba a Goytisolo era que “aunque entonces carecía de mi actual experiencia de las dictaduras, atrapadas siempre en el dilema de acallar la disidencia con métodos coercitivos y mantener de puertas afuera una fachada de respetabilidad, mi intuición de que el silencio era el mejor cómplice de los sistemas opresores y únicamente la denuncia reiterada de sus abusos podía dar fin a estos salió reconfortada del lance”.[9]

Narrar la experiencia dictatorial puede ser una empresa casi aporética, ¿cómo narrar esas fuerzas represivas que no se revelan de forma material?, ¿cómo narrar al otro represor que casi nunca muestra su rostro?, ¿cómo narrar la subjetividad traumática que le sigue? Reinaldo Arenas y Rodolfo Walsh son dos ejemplos que personifican las varias formas de oponerse a un orden dictatorial, el primero desde la narrativa y la constante denuncia pública y el segundo desde el periodismo y la novela testimonio. Otro camino, común en Latinoamérica, ha sido la novela de los dictadores, la cual sitúa el centro de la narración en un sujeto que engloba todo el mal: el dictador, obviando muchas veces los entresijos de un sistema que es más complejo que las ordenes de un solo individuo.

La vía que recorre Goytisolo para tratar con el franquismo es diferente, desde sus memorias apela a una narrativa sosegada y directa que no por ello deja de ser letal. La escritura de Goytisolo sobre el franquismo es diáfana, sin metáforas o rebuscamientos, lo trata con desprecio, lo nombra y repite sin miedo. Al utilizar su propia historia de vida para mostrarnos el accionar del régimen le resta su virtud omnipotente. El uso de la memoria se convierte así en una forma de disidencia más. Mantener vivo el recuerdo del pasado violento implica convertir la memoria en un hecho político. Frente a la fragilidad temporal de los sucesos, inmortaliza el verdadero rostro del franquismo mientras hace catarsis sobre su propio pasado.

La relación con la dictadura influyó a la larga en el vínculo de Goytisolo con la propia España. Como bien lo confiesa en las páginas de sus memorias: “El franquismo había convertido a España en un erial; ningún fruto, aun raquítico, podía brotar de ella”.[10] Más adelante, continúa expresando “España simbolizó para mí, hasta bien entrada la cuarentena, no una tierra acogedora y benigna, receptiva o al menos indiferente a mi labor al servicio de su cultura y su lengua sino un ámbito de hostilidad y rechazo, de un solapado, acechante amago de sanción. Las cicatrices que dejan las dictaduras y regímenes totalitarios son difíciles de borrar. El proceso de curación es largo y aleatorio: en mi caso, aclara el hecho en verdad elocuente de que, diez años después de la muerte de Franco, me sienta todavía más a gusto en París, Marraquech, New York o Estambul que en las ciudades […] de mi niñez y de mi juventud”.[11]

Algunos conflictos que empezaron a marcar la vida de Goytisolo en los sesenta lo fueron alejando poco a poco de la palestra pública. Sus intervenciones también le trajeron críticas por parte de otros sectores disidentes o del mismo exilio. A raíz de varios artículos que publicó en L’Express e Insula recibió una fuerte crítica por otros intelectuales españoles. El escritor Francisco Fernández Santos, por ejemplo, desde Tribuna Socialista, definía su actitud como una típica “evasión revolucionaria” o de “pseudos rebelde de burgués con mala conciencia”. Además de estas críticas, Goytisolo tuvo choques con el PCE tras la expulsión de filas de sus amigos Fernando Claudín y Jorge Semprún a comienzo de los sesenta.

La disidencia intelectual se convirtió así en un lastre para el escritor que terminó desencantado de las militancias políticas. Estos tormentos son narrados con especial detalle en la segunda parte de En los reinos de taifa, donde expone las circunstancias asfixiantes de ser una “bandera del escritor comprometido” las cuales llegaron a ser opresivas y difíciles de aguantar: “La identificación oportunista y abusiva de mi nombre con la causa de la democracia española, mi pequeña posición privilegiada en el mundo editorial [vínculos con los redactores de L’Express, France-Observateur y Les Temps Modernes] y periodístico ¿no habían creado acaso una imagen fácilmente exportable de joven autor comprometido, que se adaptaba con fidelidad a los clisés y estereotipos relativos a nuestro país?”[12]

Para Goytisolo, el compromiso tenía límites borrosos con cierto oportunismo literario y ello le causaba gran repulsión: “¿no había edificado una precoz y vistosa carrera literaria a costa de las desgracias históricas de mi propio pueblo? Ensalzar la obra del autor patriota enfrentado a los abusos de un régimen detestable equivale en esos casos a defender la causa de la justicia y viceversa. La ecuación es desde luego simplista y falaz, pero altamente beneficiosa para el poeta o novelista que impúdicamente se arropen con ella”.[13] Quien en una polémica de 1964 con Robbe-Grillet había defendido el compromiso del escritor, lo llamaba ahora un “tenaz ladrón de energías”,[14] un rol que drenaba su relación con la literatura.

En los reinos de taifa se rememora ese momento de malestar que lo llevó a luchar contra su propia imagen y desprenderse de señas de identidad opresivas y estériles: “Pinchar el globo exigía una serie de renuncias y transformaciones que ponían mi vida patas arriba. Para hacerlo, debía sabotear mi modesta, pero envidiada posición en el mundo editorial a cambio de otra dudosa, arriesgada, en el de la literatura; encontrar una alternativa eco a mis ingresos de escritor; defender las causas perdidas o impopulares frente a las rentables y oportunas; vivir aislado y cultivar las enemistades; dejar de concebir la vocación como una carrera y al novelista o poeta como portavoces del interés nacional”.[15] La necesidad de libertad que llamó a Goytisolo a zafar su relación con los compromisos políticos y convertirse en un disidente de la disidencia significó entrar en guerra con una imagen de sí mismo que ya había solidificado, por lo que sus resultados fueron tardíos. Su generación continúa viéndolo como un epítome del compromiso intelectual.

Juan Goytisolo y Monique Lange en 1964

El desencanto de Goytisolo con los roles políticos estuvo marcado también por su relación con la Revolución cubana. El fervor que despertó el triunfo del primero de enero en la opinión intelectual quedó registrado por muchos de los intelectuales que lo profesaron: Max Aub, Paul Hollander y Hans Magnus Enzensberger, son algunos de los ejemplos. Pero como bien ha señalado Rafael Rojas, no todos acompañaron de la misma manera los cambios políticos en la Cuba de los sesenta y setenta.[16] Muchos transitaron del entusiasmo al desencanto, del entusiasmo a la apatía o del apoyo a la distancia crítica.

En el caso de Goytisolo, el entusiasmo por los inicios de la epopeya cubana no sólo respondió a los valores de cambio social y libertad que esta representaba, sino también a los vínculos parentales que tenía con la isla. Su bisabuelo fue un vasco que emigró a Cuba en el siglo XIX y se enriqueció con el negocio del azúcar antes de regresar a Barcelona. El primer viaje de Goytisolo a la Cuba revolucionaria fue en 1962 en medio de la Crisis de los Misiles. En sus memorias narró la exaltación de un viaje marcado por el asedio militar que vivía la isla. Después de aterrizar en Rancho Boyeros vestido de un uniforme que le había prestado Carlos Franqui, pasó por una base militar de artillería soviética para seguir con algunos oficiales y jefes del Ejército las operaciones de Limpieza del Escambray”.[17] Tras dos meses recorriendo la isla de punta a cabo, Goytisolo escribió Pueblo en Marcha (1963) donde dejó claro su fascinación con Cuba, en especial con la realidad revolucionaria tras 1959. Años después, la impresión de Goytisolo sobre la Revolución cubana iría cambiando mientras esta transitaba a formas autoritarias.

Durante su última visita en 1967, invitado junto a otros intelectuales para las fiestas del aniversario al asalto al cuartel Moncada, Goytisolo se encontró con una realidad diferente a la que observó en sus primeros viajes. Además de las dificultades económicas, el ambiente de reserva, censura y temor ya era palpable, en especial para alguien que había sido educado en una dictadura.[18] A diferencia de él, muchos de los intelectuales que lo acompañaron en esta ocasión visitaban Cuba por primera vez. Sin una experiencia similar y sin contacto directo con escritores y artistas cubanos críticos, se llevaron otra impresión: “Margarite Duras, Dionys Mascolo, Maurice Nadeau, estaban encantados”. Aunque parezca un dato menor, a la hora de analizar el entusiasmo de escritores y artistas por la Revolución cubana es importante tener en cuenta el trato especial que recibían en la isla y la realidad que les era mostrada. Para el historiador Abel Sierra Madero “a inicios de los años sesenta cuando Cuba se convirtió en una fuente de ilusión política, el gobierno cubano se mostró muy generoso y espléndido, sobre todo con los intelectuales occidentales que fueron a la isla en masa, y que veían a la Revolución cubana como propia […] Pero esa generosidad buscaba, sobre todo, que los amigos de Cuba, tuviera una experiencia placentera y única para que reprodujeran en el exterior una imagen favorable del régimen revolucionario”.[19] Vale recordar también el ejemplo de K. S. Karol quien en 1967 redactaba su libro sobre la revolución y “era objeto de atenciones particulares por parte de Castro, a quien acompañaba en jeep y helicópteros en sus viajes por la isla”.[20]

No obstante, como bien recuerda Goytisolo, ni la cordialidad de las recepciones, ni el esfuerzo de Franqui para facilitar las cosas y dar un tono de espontaneidad a las festividades “bastaban para ocultar la presencia de una burocracia ubicua y omnímoda que, entre bastidores, seguía discretamente nuestros pasos”.[21] Durante esa estancia en La Habana pudo conversar extensamente con Carlos Franqui, Heberto Padilla y otros escritores que en sus memorias decide no nombrar porque aún residían en Cuba. Por ellos se enteró de los problemas y obstáculos con los que tropezaban continuamente en cuanto a censura, autocensura y vigilancia. En el Hotel Nacional recibió a Virgilio Piñera, anécdota que contó en el documental Conducta impropia (1984), según recuerda Goytisolo “su deterioro físico, el estado de angustia y pánico en el que vivía se advertía a simple vista […] me contó con detalle la persecución que sufrían los homosexuales, las denuncias y redadas de que eran objeto, la existencia de los campos de la UMAP […] cuando nos despedimos, la impresión de soledad y miseria moral que emanaba de su persona me resultó insoportable”.[22]

Además de las conversaciones que tuvo con Virgilio Piñera, Lezama Lima y otros intelectuales, Goytisolo supo notar en su viaje cómo la sociedad había perdido la euforia revolucionaria que percibió años antes: “el entusiasmo popular que había conocido había sido sustituido con un entusiasmo de consigna, que disimulaba a duras penas su índole forzada, puramente oficial.[23] Las opiniones de Goytisolo sobre la Revolución cubana se modificaron drásticamente después de ese viaje: “El proyecto de sociedad más justa e igualitaria, pero democrática y libre preconizado en sus orígenes por el 26 de julio había sido reemplazado con un esquema que conocía muy bien desde mis viajes a los países del bloque soviético: ese «socialismo real» en el que, como dijo en una ocasión el líder estudiantil berlinés Rudi Dutschke, «todo es real excepto el socialismo»”.[24]

El entusiasmo de los intelectuales con la Revolución no fue una reacción monolítica. Escritores como Goytisolo supieron transitar hacia posturas críticas de acuerdo con las experiencias y confesiones que recibía desde Cuba. La vida de Goytisolo estuvo marcada por una dictadura, conoció en carne propia los atropellos de la censura, las acusaciones disparatas y las consecuencias de la disidencia intelectual por lo que su horizonte de lectura del proceso cubano fue sagaz.

Desde su llegada a Francia, Goytisolo persiguió varios intentos editoriales. La primera de las iniciativas que tuvo se la propuso a Maurice Nadeau, director de Les Lettres Nouvelles. El objetivo era hacer una revista en castellano destinada a combatir la censura franquista, finalmente el proyecto no fraguó. Los deseos de trabajar en la confección de una revista lo llevaron también a formar parte de la empresa de Cuadernos del Ruedo Ibérico. A fines de los sesenta llegaría la oportunidad de hacer una publicación como puente y expresión de la intelectualidad hispanoamericana.

En 1970 nació la revista Libre en el número 26 de la Rue de Bièvres en París. El proyecto surgió a partir de que Albina du Boisrouvray, una joven periodista que había cubierto la muerte del Che para Le Nouvel Observateur y nieta del famoso rey del estaño boliviano Simón Patiño, contactara a Goytisolo para comunicarle que estaba dispuesta a financiar una revista político cultural destinada al público de habla hispana. Después de conversar con Albina las intenciones del proyecto, Goytisolo contactó a Julio Cortázar, Jorge Semprún, Carlos Fuentes, García Márquez, Carlos Franqui, Vargas Llosa y Severo Sarduy para vincularlos a la creación de la revista. La primera reunión de tan variado grupo se dio en la casa de veraneo de Cortázar en Saignon. “Cuando nos reunimos en la casa de Cortázar […] mis compañeros coincidieron conmigo en el interés y oportunidad de la empresa: el objeto primordial de esta, subrayé, debería consistir en una desmilitarización de la cultura”.[25]

Entre Goytisolo, Severo Sarduy y Albina comenzaron a organizar las cuestiones editoriales. A sugerencia de García Márquez, el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza se convirtió en jefe de redacción. La orientación de la revista debía manifestar: “apoyo a la experiencia socialista de Allende y movimientos de liberación de América Latina; sostén crítico a la revolución cubana; lucha contra el régimen franquista y demás dictaduras militares; defensa de la libertad de expresión dondequiera que fuese amenazada; denuncia del imperialismo americano en Vietnam y soviético en Checoslovaquia”.[26]

Libre intentó legitimarse como otra voz de la izquierda intelectual iberoamericana, su discurso, en oposición a una Casa de las Américas cada vez más oficialista y comprometida con las directrices del Estado cubano, buscó ser un referente para una intelectualidad crítica con el proceso cubano. La idea de vincular a los escritores de la isla estuvo presente desde el comienzo y en enero de 1971 Cortázar y Vargas Llosa aprovecharon su viaje a la Habana, con motivo de la reunión anual del comité de la Casa de las Américas, para exponer el proyecto de Libre y tratar de interesar a los escritores cubanos. Según recuerda Goytisolo, “los cubanos se limitaron a escuchar sus argumentos sin comprometerse a intervenir”,[27] síntoma de las circunstancias de censura que ya se vivían ahí.

La radicalización de la Revolución cubana y el recrudecimiento de los conflictos sociales y políticos en Latinoamérica instauraron una atmosfera de guerra fría en el campo de las letras hispánicas que Libre pretendió romper ofreciendo una plataforma a los escritores cubanos: “Una revista como la que nos proponíamos, resuelta a prestar desde afuera un apoyo crítico al régimen de la Habana, no sólo contribuiría a evitar el aislamiento cultural de éste, sino que reforzaría la posición de los intelectuales que, en el interior del mismo, luchaban, como Padilla, por la liberta de expresión y una auténtica democracia”.[28]

Libre nació en un año marcado por las contiendas políticas del campo intelectual hispanoamericano. La Guerra Fría ya se había instalado fuertemente en la cultura y como parte de ella no sólo el capitalismo utilizó sus armas culturales para mediar, el socialismo también lo hizo. La competencia de fuerzas entre Este y Oeste impactó en las producciones y círculos intelectuales y culturales del continente los cuales se convirtieron en un terreno de fuerza donde ambos centros de poder intentaron validar su hegemonía.

La experiencia de Mundo Nuevo[29] no dejaba de ser un fantasma para cualquier publicación que surgiera fuera del padrinazgo del gobierno de Cuba. Aunque el financiamiento resultaba casi una cuestión que rozaba la necedad, continuaba siendo esgrimido desde La Habana como una especie de pecador original que condenaba a cualquier proyecto intelectual o cultural. Los ataques a Libre no se hicieron esperar. Las críticas a Albina, mecenas de la revista, y los orígenes familiares de su capital, de inmediato se usaron para descalificar a la revista. “Tales acusaciones, por grotescas e injustas que fueses, conseguían no obstante su objetivo: ponernos de entrada en una posición defensiva y obligarnos a justificar una modesta ayuda económica que no requería en verdad justificación alguna”.[30]

Guillermo Cabrera Infante y Juan Goytisolo (Cuba Encuentro)

A pesar de ello, la revista nunca tuvo una postura agresiva con el gobierno cubano, practicó una crítica marxista y de izquierda, de hecho, tomó decisiones en función de esto que como recuerda Goytisolo, terminaron haciéndole juego a las mezquindades ideológicas de Cuba. Una de ellas fue la participación de Guillermo Cabrera Infante en el proyecto lo cual provocó un primer y ya revelador enfrentamiento: mientras Vargas Llosa y Goytisolo se mostraban a favor de su inclusión, Cortázar “afirmó de modo rotundo que si Guillermo entraba por una puerta él se salía por la otra”.[31] Goytisolo no recuerda las opiniones de los demás al respecto, pero sí asegura lo irritado que José Donoso quedó tras el veto de Cortázar. Desde antes de su primer número, Libre ya representaba un espacio de tensiones para sus colaboradores. Sobre estos cabildeos, Goytisolo cuenta: “Con todo, unas razones políticas que entonces me parecieron de peso me indujeron equivocadamente a ceder; según pienso ahora, el proyecto de nuestra publicación debería haber muerto allí. […] Libre nació fruto del cabildeo y compromiso: la eventual participación de los escritores cubanos en la misma exigía el sacrificio de Guillermo”.[32]

La oposición de la dirigencia cultural cubana a Libre fue inmediata a su primer número. Desde antes, las tensiones entre intelectuales, tanto nacionales como internacionales, y el gobierno eran palpables. La defensa de la novela Tres Tristes Tigres por Heberto Padilla en El Caimán Barbudo, la entrevista a Cabrera Infante en Primera Plana en agosto de 1968, el apoyo de Fidel Castro a la invasión soviética en Checoslovaquia y el endurecimiento de la política cultural cubana fueron algunas de las puntas de un iceberg mucho más profundo que se iba quebrando. Además, la revista tuvo la desgracia de salir a la par que tenía lugar el caso Padilla, o como bien lo llamo Goytisolo el “El gato negro de la Rue de Bièvres”. Tras la detención de Padilla en marzo de 1971 y su posterior mea culpa al mes siguiente en la UNEAC, el primer número que estaba pensado para mayo se atrasó y se publicó en otoño de 1971 incluyendo un dosier que titularon “el caso Padilla” con documentos relacionados con el caso y opiniones de escritores europeos y latinoamericanos.

El caso Padilla polarizó aún más las posiciones en torno al proceso cubano y los colaboradores de Libre de inmediato se implicaron en las cartas de protesta frente a la injusta detención del poeta y la represión intelectual. La “Primera carta a Fidel Castro” en abril de 1971 y que firmaron Sartre, Carlos Barral, Hans Magnus Enzensberger, Maurice Nadeau, Simone de Beauvoir, Susan Sontag, Italo Calvino, Octavio Paz, y otros, fue redactada por Goytisolo y Cortázar. Posteriormente, ante la fatal puesta en escena de la intervención de Padilla en la UNEAC, el discurso de Fidel Castro contra “los señores intelectuales burgueses y libelistas y agentes de la CIA” y las declaraciones del Primer Congreso de Educación y Cultura, los firmantes de la carta vieron necesario una réplica y decidieron enviar una segunda carta a Cuba. Para Goytisolo, “el ritual chocante y ridículo de la célebre velada en la UNEAC [fue] sin duda uno de los mayores desatinos de la revolución cubana: cuantos participaron en él, ya fuera en calidad de jueces, reos o simplemente testigos, salieron inevitablemente manchados y las salpicaduras alcanzaron asimismo a quienes, tras leer la transcripción de la agencia oficial castrista, nos creíamos obligados a reaccionar”.[33]

La gran mayoría de los firmantes de la primera misiva aprobaron su contenido y la suscribieron, pero para la segunda hubo evasiones notables que muestran las rupturas que ya tenían lugar en un campo intelectual extremadamente politizado. Cortázar, que le había dicho a Goytisolo que incluyera su nombre, le pidió horas después que lo quitara, lo mismo sucedió con Carlos Barral. Mientras se adoptaban esquemas soviéticos y represivos en la isla, Goytisolo percibía con amargura e inquietud la suerte de sus colegas cubanos a la vez que se cuestionaba la indiferencia de muchos de los intelectuales occidentales quienes “se negaban a admitir la realidad de las nuevas persecuciones y el sufrimiento físico y moral de sus víctimas, como si unas y otros fueran el precio necesario a la edificación de su utopía. Las razones de su lastimoso ejercicio de mudez y sordera –no desanimar a los compañeros de lucha, no suministrar armas al enemigo, etc.– eran las mismas de antes. Cómodamente instalados en las democracias burguesas, los abanderados de la supuesta causa revolucionaria, agasajados por los lideres inamovibles de esta en sus episódicas visitas «en globo», celebraban o encubrían con su complicidad todas y cada una de sus medidas opresoras, aun las más aberrante”.[34]

Libre significó así el final de muchas amistades e ilusiones. El alejamiento de Goytisolo de París por sus viajes a Nueva York y Marruecos y las tensiones tras el caso Padilla provocaron un distanciamiento moral que fue empobreciendo el proyecto. Se llegaron a publicar tres números después del primero dirigidos por Jorge Semprún, Teodoro Petkoff, Adriano González León y Vargas Llosa. Cuando el último número salió a la calle, los nombres de Cortázar y sus afines no figuraban ya en la lista de colaboradores. A esto se le agregaron las dificultades causadas por los gastos de impresión y envío a Hispanoamérica, la prohibición de venta en España y demás regímenes dictatoriales, el boicoteo cubano y las disensiones internas que se agravaron a lo largo de 1972 hasta acabar con Libre.[35]

La breve historia de Libre va mucho más allá de la simple anécdota, aunque estas tienen un gran valor pues son un registro de lo político que muestran ambientes y sociabilidades que a veces son difíciles de captar desde el presente. Libre se insertó en una red de escritores de izquierda en un contexto de Guerra Fría, la mayoría de las veces agresivo y fue víctima de las tantas oposiciones que desde La Habana se le hacían a cualquier proyecto intelectual crítico, incluso los articulados desde la izquierda. Con el fin de la revista, la intención de sus creadores de propiciar un diálogo entre Cuba, la izquierda no comunista europea y Latinoamérica demostró ser inviable. Junto a todas las impresiones en sus últimos viajes a la isla, la experiencia de Libre terminó de marcar la distancia de Goytisolo con proyectos que implicaran un activismo político en las izquierdas.

En los reinos de taifa no sólo es una radiografía del complejo entramado intelectual y literario de los años sesenta. La mediación narrativa que hace Goytisolo de su experiencia lo convierten en un ejercicio autobiográfico de liberación política, sexual, y personal. Si bien sus agendas intelectuales fueron las que me interesaron destacar aquí no quisiera pasar por alto el hilo argumental del libro que de forma magistral se desplaza entre lo público y lo privado. Dentro de este último cobran especial importancia los problemas no resueltos de su identidad sexual y su relación con Jean Genet y Monique Lange, dos personas que de diferentes maneras influyeron decisivamente en él. Ambas llegaron a su vida casi a la misma vez. Genet simbolizó para Goytisolo la provocación homosexual, la honestidad, la rebeldía, una toma de conciencia literaria diferente al compromiso político que había perseguido en sus inicios: “Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, el oportunismo político, el deseo de figurar en la vida literario social para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia, mi autenticidad subjetiva”.[36]

Su relación sentimental con Monique, además de ser uno de los principales ejes articuladores de su vida, representó el autoconocimiento de sí mismo. En este sentido, 1965 fue un año definitorio. El instante decisivo llegó cuando, antes de viajar a la URSS, le escribió una carta a Monique declarándole su condición homosexual, ella sólo le respondería en un telegrama “semana inhumana pero te quiero”. Trece años más tarde, contraería matrimonio con Monique y estarían juntos hasta la muerte de ella en 1996. Poco tiempo después de su fallecimiento, Goytisolo se irías a vivir a Marruecos, el mundo magrebí que simbolizó sus pasiones y su exilio, donde fallecería en el 2017. A pesar del fin del franquismo, nunca más volvió a instalarse en la península ibérica.


Notas:

[1] Silvia Molloy: Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, México, D. F., p. 20.

[2] Cfr. Juan Goytisolo: En los reinos de taifa, Alianza Editorial, Madrid, 2015, p. 121.

[3] Ibídem, pp. 18-19.

[4] Ibídem, pp. 19-20.

[5] Me refiero aquí a grupos, partidos u organizaciones relacionadas con el decursar político de Goytisolo, no pretendo con esta pequeña lista acotar a la izquierda europea de los sesenta.

[6] Ibídem, pp.70.

[7] Ibídem, pp.50.

[8] Cfr. Ibídem, pp.37.

[9] Ibídem, pp. 50.

[10]Ibídem, p. 134.

[11]Ibídem, pp. 27-28.

[12]Ibídem, p. 109.

[13] Ibídem, p. 111.

[14] Ibídem, p. 105.

[15] Ibídem, pp. 112-113.

[16] Cfr. Rafael Rojas: Traductores de la utopía. La Revolución cubana y la nueva izquierda de Nueva York, FCE, México D. F., 2016, p. 16.

[17] Juan Goytisolo: ob. cit., p. 85.

[18] Cfr. Ibídem, p. 208

[19] Abel Sierra Madero: Fidel Castro El Comandante Playboy Sexo revolución y Guerra Fría, Hypermedia, Columbia, 2019, p. 27.

[20] Juan Goytisolo: ob. cit., p.210.

[21] Ibídem, p. 209.

[22] Ibídem, pp. 210-211.

[23] Cfr. Ibídem, p. 209.

[24] Ídem.

[25] Ibídem, p. 198.

[26] Ibídem, p. 222.

[27] Ibídem, p. 223.

[28] Ibídem, p. 198.

[29] La aparición en 1966 de la revista Mundo Nuevo dirigida por Emir Rodríguez Monegal en París, supuso una zona de tensión importante y gestó una de las polémicas más importantes de la Guerra Fría cultural latinoamericana. La nueva publicación recibía financiación del Congreso por la Libertad de la Cultura, institución financiada por la CIA lo que implicó, para los intelectuales reunidos en Casa, una ofensiva imperialista en el terreno cultural. Las discusiones se dieron principalmente en la correspondencia entre Fernández Retamar y Rodríguez Monegal, pero tuvo ecos importantes en las páginas de Casa como “New World en español”, de Ambrosio Fornet publicado en 1976. La polémica estuvo latente durante los años de existencia de Mundo Nuevo (1966-1968) y evidenció significativas rupturas ideológicas del campo intelectual latinoamericano

[30] Ibídem, pp. 224-225.

[31] Ibídem, p. 200.

[32] Ídem.

[33] Ibídem, p. 231.

[34] Ibídem, p. 245.

[35] Cfr. Ibídem, p. 243.

[36] Ibídem, p. 191.

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