Gastón Baquero

Para todos los origenistas “originales” o adheridos, de ayer, de hoy y de
siempre, en los 75 de Orígenes y en los 80 de Espuela de Plata.

Desde la seca y fría meseta castellana, oteando a la distancia las albas cumbres de la Sierra de Guadarrama (¡Ay, Pablo, que allí quedaste para siempre!), bien lejos

de la mar isleña (esa “maldita circunstancia del agua por todas partes” que a tantas cosas obliga, ¿verdad, Virgilio?),

del intenso azulmar (“Marazul marazulada/ para marazularear” de Ballagas),

de las cálidas arenas holladas por manos inocentes (y pies no tanto: “Yo andaba por la arena demasiado ligero…”. ¿Otra vez tú, Emilio?),

del “sitio donde tan bien se está” (aché para ti, Eliseo, que te atreviste en momento difícil para mí),

de donde un pez testamenta su amor por una indefinida urbe añorada (Yo, Gastón, también merezco más de una mención, ¿no les parece?),

de donde delfines marmóreos lloran “sobre la taza gris de piedra vieja” (Y dale con Emilio, ¡qué obsesión!) cabe un Prado que no es, para su nostalgia, el del cercano y afamado museo,

de donde la “extrañeza de estar” (“No me pidas falsas / colaboraciones”, ¿recordarás este verso, Cintio?) se torna “una fiesta innombrable” (¡Ay, Lezama, tu Paradiso!) si uno transita por “la calzada más bien estrecha de Jesús del Monte” (¿Cómo no traer a colación este verso, intercalo yo, el redactor, de firme raigambre viboreña) hacia “La Habana del Centro” (donde nunca “una dulce nevada” caerá, salvo en tu sueño poético, Fina, tan soñador que hasta nos viste como una familia);

de donde en una floridana playa albina Lorencito recordaba intensamente, y de sus recuerdos salían sus controvertidos años de Origenes;

desde allí, desde bien lejos, en su ya casi quinceañero exilio, Gastón Baquero, en el otoño de su vida (mediados de 1974, deja claramente consignado), volvió a preguntarse como en su breve primer cuaderno de poesía (1942) “Qué pasa, qué está pasando…” en mi entrañable La Habana (“Cómo volver allí, cómo volver”, le susurra Fina a la distancia), y entonces se dispuso a escribir otro y distinto “Memorial de un testigo”, para trazar sus propias “coordenadas [históricas] habaneras” sobre la “Ciudad Maravilla”, Patrimonio Histórico de la Humanidad, que por estos días, casi medio siglo después, acaba de festejar sus primeros quinientos años de existencia cabe las márgenes del protector puerto de Carenas.

Nacido en pequeño pueblo marinero del norte oriental de la Isla llamado Banes (tristemente célebre por otra razón de cuyo nombre no quisiera acordarme ahora) en 1914, alrededor de los quince primeros mayos de su azarosa existencia se instala Baquero en una ciudad capital, abierta ya al mar, que acrisolaba y enriquecía entonces sus añejos blasones bajo la égida de un megalómano “Mussolini tropical”. Difíciles fueron para el adolescente esos primeros años en la gran ciudad, mas poco a poco logró abrirse paso y, como comúnmente se dice, ascender en la escala social en una sociedad que nunca le perdonaría, al menos, su condición de mestizo; condición que asumió y defendió de disímiles modos. El conocimiento de Lezama Lima y demás futuros integrantes del albo Grupo Orígenes –con quienes daría vida a varias excelentes publicaciones cohesionadoras de empeños comunes– fue un acontecimiento importante en su vida y obra, aunque no estuviese entre los más asiduos colaboradores de la emblemática revista homónima capitaneada al unísono por el Gordo de la calle Trocadero y el Semilord mecenas en cuasi permanente viaje por los más disímiles sitios del orbe occidental en procura de colaboraciones de valía. Su inclusión en la antología Diez poetas cubanos 1937-1947 (1948) definiría para siempre su filiación origenista. Pero la poesía fue quedando momentáneamente un poco atrás, o más bien se fue insertando en su nutrida prosa ensayística y periodística. El siempre controvertido Diario de la Marina lo tuvo como uno de sus más firmes baluartes, aun antes de convertirlo en 1945 en su flamante redactor jefe. Sus estrechos vínculos con el coterráneo Fulgencio Batista en los terribles años posteriores a su fatídico golpe de Estado de marzo de 1952, signarían negativamente su derrotero tras el triunfo de la Revolución en el alborear de 1959. No tuvo otra opción que tomar el camino del exilio. Fue de los primeros grandes escritores de entonces que desbrozó esa senda por donde hasta hoy han seguido transitando no pocos, algunos de indudable valor, otros sin mayores calidades, y que les ha representado la omisión, durante años, de sus nombres, obras y significación en el corpus de la literatura cubana desde una perspectiva arraigada en concepciones ideopolíticas y estético-literarias imperantes al interior del país. En el caso de Baquero, como en el de algunos otros, desde hace un tiempo esta situación viene mostrando una saludable rectificación, muestra de lo cual son las varias ediciones de compilaciones de poemas, ensayos, periodismo, de su autoría antes y después del trascendental 1959, publicados por editoriales de la Isla: Testamento del pez. Antología poética (1996), La patria sonora de los frutos. Antología poética (2001), Una señal menuda sobre el pecho de astro y Paginario disperso (ambos en 2014), Como un cirio dulcemente encendido. Poesía completa (2015), entre otros, así como su inclusión en importantes antologías poéticas.

Y volviendo al Baquero maduro de 1959, ¿a dónde ir en semejante encrucijada, sino a la siempre soñada y ensalzada España, por años aún bajo la bota de un Franco que en mucho hacía recordar a aquel amigo Batista destronado? Las circunstancias hicieron reaparecer las semidormidas inclinaciones por la lírica: nacieron nuevos poemarios. Dictó conferencias, publicó ensayos, nuevamente hizo periodismo. Y entre tales actividades se unió a un grupo de compatriotas, como él exiliados, en el proyecto de La Enciclopedia de Cuba (en catorce tomos), publicada por la Editorial Playor y cuya primera edición, salida entre noviembre de 1973 y diciembre de 1974 (aunque, al parecer por error, los dos últimos volúmenes consignaran 1975), fue reimpresa en su totalidad en marzo de 1975, mientras que una segunda edición comenzaría a publicarse dos meses después (mayo de 1975) para culminar en enero de 1977. La obra tuvo un editor de lujo (Vicente Báez Mitchell, conocido en Cuba como editor, en sus etapas clandestina y legal, del periódico Revolución, órgano del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, más recordado, desde una óptica artístico-literaria, por su emblemático, renovador e iconoclasta suplemento semanal de los lunes entre 1959 y 1961) y numerosos colaboradores, algunos permanentes (como Baquero), otros ocasionales. Las contribuciones de Baquero fueron varias y apenas han sido mencionadas por sus estudiosos, mucho menos republicadas: artículos sobre la prosa histórica, la novela, el negro en Cuba, la charada china, aparecen con su firma, pero su colaboración no debió ceñirse a ellos, sino quedar en ocasiones bajo el anonimato. Entre las explícitamente reconocidas como de su autoría descuella, desde la personal perspectiva del autor de esta columna, la que se presenta a continuación, incluida en el tomo 9 (pp. 420-433), donde se describen los municipios de las antiguas provincias de Pinar del Río y La Habana (los de esta continúan en el siguiente) desde disímiles puntos de vista, como es característico en obras de su índole.

Habría mucho que escribir para contextualizar a cabalidad el proceso de elaboración de esta obra, mencionar y valorar aportes específicos de cada uno de sus colaboradores, describir y cualificar contenidos y enfoques, considerar validez de su estructura, entre otros aspectos que permitieran valorar en su justa medida no sólo la magnitud del empeño, sino también la valía de sus resultados como fuentes de información fidedignas sobre la materia en cada caso abordada. Pero no son este ni el momento ni la ocasión. Solamente quisiera indicarse que, de modo harto inteligente, el tomo 14 y último, segundo de los dedicados a la información prolija sobre los gobiernos republicanos, cierra con el inconcluso de Carlos Prío (1949-1952) y la alusión, más en fotos que en palabras, al fatídico golpe de Estado de Fulgencio Batista que le arrebató el poder y trajo las consecuencias que bien se conocen, para bien o para mal, según el cristal con que se miren o, mejor aún, de quien las mire, que no es lo mismo aunque lo parezca. Asimismo, desearía indicar ciertas incongruencias manifiestas en el hecho de que mientras los tomos sobre poesía (significativamente el primero y bajo la dirección personal de Baquero), prosa y teatro (2), novela y costumbrismo (3), historia (4 y 5), prosa histórica, sociedad y filosofía (6) no avanzan cronológicamente más que hasta finales del siglo XIX, el destinado a arquitectura y artes plásticas (7) desplaza su mirada hasta la década de 1950.

Parece pertinente, aunque sea un elemento puramente anecdótico en esta Cubañejerías, comentar que, cosas buenas de antaño (O tempora! O mores!), aún en 1980 algunas instituciones cubanas podían disponer en sus planes de un fondo en moneda libremente convertible para comprar por encargo, a través de la Empresa Nacional Distribuidora de Libros de Cuba, publicaciones (libros y folletos) que fuesen de interés e importancia para el mejor desenvolvimiento de sus actividades. Por esta vía llegó en 1980 La Enciclopedia de Cuba al Instituto de Literatura y Lingüística de la entonces Academia de Ciencias de Cuba (hoy adscripto al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente), donde este redactor trabajó por cuatro décadas. En aquel momento la obra se ubicaba en una reserva especial, de restringido acceso incluso para los investigadores; pero desde hace unos cuantos años se halla a disposición del público, sin limitación de ninguna índole, en la Sala de lectura de la Biblioteca pública de la institución, lo que dificulta precisar cuantía de consultas. Cabe decir, sin embargo, que en una rápida pesquisa en las redes descubrimos que en el sitio cubano Ecured es citada como fuente de referencia en algunos de sus artículos.

El tomo 12 de La Enciclopedia nos permite conocer que aguas marinas rodeaban el término municipal de Banes por cuatro de sus límites geográficos (casi una ínsula, aunque no península); que la United Fruit Company se enseñoreaba en la zona; que según el censo de 1919 el niño Baquero era uno más entre los casi veinte mil banenses, aumentados a más de cincuenta y tres mil en el de 1953; que eran innumerables los vestigios arqueológicos de la autóctona cultura taína casi desaparecida tras el proceso de conquista y colonización españolas iniciado en el siglo XVI; que el territorio contribuyó notablemente a la conformación del mambisado en el XIX; que al tratarse sobre personalidades locales de relieve, quien más espacio ocupa es precisamente Baquero, con información bastante actualizada.

Concluyendo esta presentación, debe manifestarse que tan importante como el estudio de Baquero son las ilustraciones que lo acompañan y que lamentablemente no pueden incorporarse en esta versión ofrecida como novedad aquí. Ellas nos muestran diversos aspectos del devenir histórico de la urbe desde los primeros momentos recogidos en hoy añejos mapas y grabados, hasta aquellos posteriores que se reflejaron en fotografías: arquitectura (religiosa y civil), urbanismo (calles, plazas, puentes, zonas de la ciudad o sus alrededores), monumentos (no podía faltar el de Maceo en el parque homónimo, por supuesto), instituciones, personajes (célebres o “gente sin historia”), escenas callejeras, vistas de la bahía, actividades recreativas (carnaval, bailes en La Tropical “donde los mejores bailadores habaneros se daban cita”, y se la han seguido dando hasta hoy, con algunos intervalos de receso), para concluir con una vista de La Habana nocturna que expone la grandiosidad de El Vedado.

No se va a hacer un resumen, mucho menos un análisis, del excelente texto de Baquero. Ustedes, seguidores de Cubañejerías leerán y valorarán si la selección hecha por el redactor de esta columna para la conmemoración (¿sonaría mejor celebración?) del medio milenio de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana en su asentamiento definitivo, ha sido no sólo acertada en lo que al acontecimiento respecta, sino también como justo homenaje a Gastón Baquero, a más de un siglo de su llegada al “reino de este mundo”, en este año de jubileos. No fue Baquero un habanero por nacimiento, sino por adopción, pero amó la ciudad, la conoció a profundidad, la pensó desde su obligatorio, frío y seco retiro en la Villa y Corte, y desde allí nos ha testado esta personal visión que, sin más, dejo ante los atentos ojos y mente de aquellos que, me han dicho, son ávidos y fieles seguidores de la columna. Que disfruten con este doble homenaje. Y hasta la próxima.

Ricardo Hernández Otero

La mítica ciudad llamada La Habana

Gastón Baquero

Habana: quiere decir la más hermosa cesta.[1]

 

Desde el país de la infancia

Ventaja de no haber nacido en la ciudad de La Habana: vivirla desde el principio de la existencia de cada cual como uno de los mitos de la infancia.

Que algo pertenezca al repertorio de los mitos infantiles (la riqueza más personal de cada uno) es muy importante; acompaña toda la vida. La Habana es una de las ciudades-mito del mundo. Hubo un mito de La Habana desde el mismo siglo XVI. Si por algo siento que no haya estado allí, en las aguas de la bahía, el nigromante medieval Cristóbal Colón, es porque nos hemos perdido la descripción de lo fantástico que habría visto allí ese que descubrió un mundo apoyándose en todo lo que negaba la posibilidad de un Mundo Nuevo. Estrellero o astrólogo, brujo más que científico, Cristóbal Colón era el hombre adecuado para presentar ante el mundo ese mito natural, forzoso e inexplicable que es el mito de La Habana, La Habana-ciudad-mítica. Y real.

Hay el mito París, el mito Atenas, el mito Venecia, el mito Estambul. Se empinan esas mitificaciones sobre un bosque de leyendas, sobre un martilleo constante de siglos, de sabidurías, de historia. El mito de La Habana nace en la espuma y es espuma. No se le puede definir sino por aproximación: aproximación moral, aproximación estética, aproximación de tradicionalismo folklórico, aproximación de amor.

Las gentes de los primeros siglos, XVI y XVII, no podían ver que la leyenda de alegría, de desenfado, de ruido y de jácara que ganó desde el comienzo La Habana –el puerto de La Habana, no nos engañemos–, no nació de que la variopinta humanidad que iba y venía por las orillas de un mar tan claro, tan risueño, hubiese llevado allí una alegría y una jocundia que ya poseía. Era a la inversa: La Habana, por no se sabe qué misterio, proveía alegría de vivir, encantamiento ante la luz, relajamiento feliz de los sentidos en las horas del atardecer, cuando la brisa marina se lleva hacia el mar todas las penas.

No era que la gente hiciese feliz el escenario habanero, sino que el escenario, la escena habanera, efundía felicidad, deseos de vivir, gozo y dulzura de estar allí, en aquel ámbito y no en otro, bajo aquellas estrellas y no bajo otras.

El recuerdo insistente de la dicha engendra el mito, y hace que se desarrolle y perviva. ¿De dónde viene en La Habana la dicha consciente y palpable de estar en la vida, viviendo vivos dentro de la vida? Creo en el origen misterioso de todo; creo que todo es misterio. La personalidad de las ciudades no puede localizarse en un sector de sus barrios, ni en estos o en aquellos edificios, ni en la historia que nos cuenten de ella. La personalidad de las ciudades, como la de los seres humanos, es un porquesí, un nosequé. No se sabe dónde está, pero se sabe que está presente, fuerte, real, con mucha mayor verdad y presencia que la de aquellas cosas bien definidas y exactas. En el fondo, lo exacto no es nada y siempre decepciona. Lo inefable, lo indescriptible, lo que no sabemos por qué nos obliga a amarlo, pero nos fuerza sin esfuerzo como ninguna otra cosa al amor, es lo que mejor conocemos.

El hecho mismo de que no se pueda definir una persona, una pasión o una ciudad, proclama la certidumbre de belleza que hay en la pasión, la ciudad o la persona.

Quienes no nacimos en La Habana no podemos saber cómo ven La Habana los habaneros. Ninguna experiencia realmente valiosa de la vida es transmisible. Ya decía Raimundo Lulio –el descubridor intelectual de América dos siglos antes de que Colón creyese ver sirenas, hamadríades y ninfas en las costas cubanas–, que “ningún hombre es visible para otro”. Quiere decir que nunca podemos conocer lo que los otros conocen o reconocen en lo que les rodea, ni por qué un rostro que a nosotros no nos dice nada es un mundo de significado para otro hombre. Y una ciudad dentro de la cual se nace, para cuya contemplación no se tiene la perspectiva de la distancia sino en muy raras ocasiones, ¿a quién entrega mejor sus secretos, al que viene de lejos, deslumbrado ya por la irradiación del mito, o al que ha hecho un hábito, una rutina, la contemplación de la belleza? Hay alguna explicación en el hecho de que quienes conocen mejor a un país o a una ciudad son los extranjeros, los viajeros, siempre que no vayan de paso, apresuradamente. No quiero decir que los habaneros no “vean”, o no hayan visto jamás La Habana, ni afirmo que esto sea cosa reservada a los extranjeros, a las gentes venidas de los pueblos del interior o de naciones lejanas. Digo que para quienes no nacimos en La Habana, la ciudad vive dentro de nosotros, en la patria perpetua de la infancia, primero como un mito tan lleno de luz y de poesía, tan necesario para vivir contentos y alimentados en el espíritu, que somos nosotros, los foramontanos, quienes inventamos mejor, queremos y creemos más el mito de La Habana.

Una de las fantasías menos atendidas por los historiadores es la del origen fenicio de la palabra Habana. Hay que echarle mucho valor y mucha imaginación a lo de este posible origen, pero por lo mismo que exige tanto, vale la pena de pensarlo como real y verdadero. Soy de los que creen en el origen egipcio o chino de la cultura azteca, porque nada me parece más lógico que rastrear en cada cosa y en toda cosa el origen común y único de la Humanidad. Eso de que nuestros pobres indios, tan patéticamente desnudos de cultura ante la historia, fuesen en realidad los últimos residuos, ya fatigados, ya exhaustos, de viejas culturas que se trasladaron allí desde miles de años antes, como se traslada hoy a la luna el hombre, me parece un sueño digno de ser comprobado.

¡El origen fenicio de la palabra Habana! La idea no está nada mal, y ensambla perfectamente con muchas cosas que sabemos de los calumniados fenicios. En cambio, la etimología más aceptada, la de Abana sin hache, para aproximarse fonéticamente a lo que se supone hablaban los aborígenes, queda como muy pobre y sin brillo. Los europeos vieron la Isla como mito, pero bajo la orientación de la fantasía medieval europea, encendidos por los libros de caballería. Esa fórmula de mitificación no era la más apropiada para los nuevos mitos del Nuevo Mundo, porque resultaba insuficiente. A fuerza de tiempo, La Habana engendró su propio mito, y lo rodeó del misterio suficiente para que no sepamos hoy de dónde vino ni cómo sobrevive. ¿Es la luz? ¿Es el contrapunto de luz y mar? Hay una síntesis de muchas cosas, una síntesis que se resuelve en sosiego. La palabra umbroso, umbría, que sugiere rama de árbol protegiendo del fuego solar, es una clave, una llavecita para ir entrando. ¿Entrando hacia dónde? Hacia la noche, no hacia el día, sino hacia la noche serena, llena de silencio, poblada de una música muy suya: La Habana.

Ciudades nocturnas y ciudades diurnas

Una visión superficial de La Habana insiste en hablar de ella como ciudad nocturna, pero en el sentido picaresco, malicioso y bobo del término. Muchos no advierten que si las diversiones nocturnas tienen en La Habana un sabor especial, más picante, más persistente en la memoria que la diversión en otra ciudad, se debe a que La Habana es una ciudad nocturna, y no a que en la noche habanera se peca mejor por ser esa una noche “perversa”, pecaminosa, libertina. No hay tal. La noche habanera es casta, apacible, serenadora. Ocurre que La Habana es ciudad nocturna, no diurna, porque es en la noche cuando toma todo su cuerpo, cuando se siente toda su sustancia pesando en el alma.

Las ciudades diurnas son aquellas, como Madrid o Nueva York, que sólo durante el día muestran toda su belleza, toda su fuerza; viven de día y duermen de noche, como tales ciudades. Es asombroso el cambio que se opera en la ciudad diurna cuando llega la noche. La ciudad se hace invisible. Piénsese en una ciudad como Madrid, de tan fuerte fisonomía, tan personal a lo largo del día, y en cómo se apaga en cuanto aparecen las primeras luces artificiales. Madrid desaparece, se esconde no se sabe dónde, y no se ve, no está. En La Habana ocurre todo lo contrario: durante el día La Habana es menos que media ciudad, es un esbozo de sí misma, entrevisto a trechos, a pedazos informes. De día La Habana es invisible a fuerza de sol, porque una de las cosas que estorban más la visión es el exceso de luz. Se cuenta de El Greco que cuando quería ver, ver a fondo un paisaje o un rostro, lo primero que hacía era bajar las persianas, quedarse a oscuras. Porque la memoria actúa con los ojos cerrados; siempre es nocturna, o umbrosa por lo menos.

Al llegar la noche nace de nuevo La Habana, vuelve. Se toca entonces su contorno, y se ven hasta las venas de su cuerpo interior. Una esquina puede ser de súbito un paraíso. No se sabe por qué, pero esa esquina se llena de una quietud, de una brisa inmóvil, de un susurro apagado, acariciador. Es la ciudad. Pega su epidermis a la epidermis del paseante nocturno. Hay una sensualidad serena, no excitante, como la del sexo, sino sensualidad apaciguadora, sedante, paradisíaca. En La Habana se está, se instala el paseante en ella, como en una barca quieta en el mar. Aquí se comprende como en parte alguna por qué dijo el filósofo “la noche quita cuerpo y el día quita alma”. Si la gente, aun la más vulgar, recuerda tanto las noches habaneras, es porque cuanto se realiza en esa noche tiene un tinte especial, un sonido de oro puro, una carga de alma. La noche habanera está poblada en lo alto de unas nubes benignas, que recuerdan mucho las figuraciones que del cielo hacía El Greco. No deja de ser curioso que el pintor a quien uno recuerda más en cuanto piensa en la noche habanera sea este tenido por sombrío y no a alguno de los maestros considerados como padres de la luminosidad. Es porque El Greco lleva su luz por dentro, como La Habana, ciudad nocturna, interiormente radiante; y luminosa en las entrañas.

La ciudad junto al río y la ciudad ante el mar

Las ciudades importantes nacieron junto a un río. Nacieron allí y vivieron allí su desarrollo, su enraizamiento. París, Nueva York, Buenos Aires, Londres, germinaron en la blanda cuna de un río.

Las dos principales ciudades cubanas, La Habana y Santiago de Cuba, corrieron un mismo periplo de fundaciones: ellas estaban allí desde tiempo inmemorial, encapsuladas en minúsculas aldehuelas de aborígenes, pero estaban junto a un río. Llegaron por el mar los españoles, y como su llegada tuvo mucho de provisional, de viaje de paso (ellos no sabían qué destino tan suyo se les abría y cuánto se descubría España misma con el descubrimiento de América), instalaron en el mar, en puertos y bahías, sus primeras presencias. Cuidaban los navíos, vigilaban la puerta de salida hacia su mundo, el Viejo Mundo, que era el mar.

El español venía de ciudades con río, pero en esa hora de su vida él era un hombre de mar, y sólo en el mar confiaba para sobrevivir. Se establece así la primera fricción, la primera violencia psicológica entre los llegados y los residentes: estos viven a la orilla de unos ríos serenos, tranquilos, blandos, y aquellos plantan sus casas flotantes en el mar, y están listos siempre para correr a las naves y volverse por el océano hacia su tierra propia. La preocupación bélica, el comercio, y el sentimiento de estar de paso, los lleva a plantar las ciudades en sitios desprovistos de agua potable. Santiago de Cuba nace en realidad allí donde estaba latente, vivida por el indio: en el río Paradas; poco después los españoles la llevaron hacia la bahía, hacia el puerto. Es la lucha entre el sedentario y el viajero, entre el transeúnte y el hombre fijo. Cuando Narváez y el padre Las Casas, los verdaderos fundadores de La Habana, advirtieron el error de la ubicación inicial en la costa sur, y decidieron el emplazamiento en la costa –que ya Ocampo había recorrido– [donde] hallaron una gente muy fina, alegre, bien plantada y feliz, viviendo junto a un río: el Casiguaguas. ¿Cómo pronunciarían los indios esta palabra? El río era muy bello, de plantas deliciosas, de frescura inagotable. Vivir junto a él en verano era anticiparse al aire acondicionado. Aquellos habaneros anteriores al descubrimiento eran como la flor y nata de la gente que obedecía al cacique Habaguanex, primer gobernante cubano de que se tiene noticia. Aquellos habaneros eran siboneyes, es decir, pertenecían a la más infantil, reposada y noble de las razas indígenas. Los españoles los encuentran tendidos junto al río, atentos al murmullo suave del agua, y es muy posible que quedasen de pronto como fascinados por aquella magia, encantados por aquel hechizo.

Pero eran los tiempos de hierro, los tiempos de la conquista, de la fundación. Había que sacudirse el encanto y llevar adelante el programa. Aquel centro de vida, la aldehuela junto al río, sería desplazado imperativamente, desplazado hacia el mar, hacia el puerto. El español quería tener siempre las espaldas cubiertas, protegidas por la muralla del mar. Fundan su propia ciudad futura lejos del río, lejos de la Chorrera, de Casiguaguas. En cuanto comiencen a enraizar, a quedarse allí, verán que el problema del agua es capital, que ellos han cometido el error de querer que el agua venga donde están los hombres y no que los hombres se enclaven donde están las aguas.

Al viejo solar indígena le apodarían Pueblo Viejo, porque Pueblo Nuevo sería la villa que iba surgiendo frente a frente del mar, en la linde misma de la segura bahía. Tiene esta, desde el punto de vista militar, tan magníficas condiciones, que hasta con una cadena no demasiado larga se puede cerrar la entrada. Si se construye una torre de vigía en las dos orillas de la estrecha garganta o boca del puerto, se puede dormir en paz, tan a pierna suelta como el indio dormía junto al río.

Ahora bien: tanto para los recién llegados como para los recién trasladados, aquel ámbito era una adaptación, una nueva forma de vida. Es muy distinta la psicología del hombre de río a la del hombre de mar. La ciudad que va a nacer allí tendrá, para siempre, una lucha interna, secreta, entre querer vivir hacia adentro, hacia las blandas campiñas, hacia lo verde y sólido de la tierra, y tener que vivir junto al mar, pendiente del puerto, acechando día y noche ese monstruo misterioso y amigo de dar trágicas sorpresas que es el mar.

Las otras grandes ciudades del mundo crecieron junto al río, y siguen estando junto al río. El habanero es un hombre de campo, frustrado por la apariencia de vivir junto al mar, un mar que no siente, que prácticamente no ve. Y esto, sin contar con que, por otra parte, esa presencia inmediata del mar (que quiere decir entre otras cosas la posible presencia súbita del enemigo, sea este un pirata o un ras de mar) va a determinar el trazado de la ciudad, su planta y su figura.

Los españoles, primero, movieron a los indígenas hacia el mar, alejándolos de su río totémico, de su escenario mágico, y luego se vieron obligados a construir una ciudad a contrapelo de la lógica, encerrándola, “embotellándola”, en una dirección que venía recomendada por los arquitectos navales, no por los urbanistas.

En cuanto aparecieron los primeros barcos enemigos (que llamarían piratas, corsarios, forbantes, filibusteros, bandidos, etc.) las autoridades apelaron al procedimiento mejor de la época: la muralla, los torreones de vigilia y el emplazamiento de artillería en lugares estratégicos. Las lomas circundantes, y sobre todo la posibilidad magnífica de encerrarse dentro de la botella del puerto, determinan que la ciudad comience a crecer detrás de unas murallas. Esto quiere decir que la ciudad nace en una vida de barricadas. Todo el primer siglo de vida se va a ir en la búsqueda de solución para dos problemas: el del agua y el de la defensa ante los ataques del enemigo que viene del mar.

Pero estas son explicaciones materialistas para un hecho mágico. No son las adecuadas para entender el nacimiento de una ciudad mítica como La Habana. La porción legendaria de la historia, esa zona donde zozobran los historiadores y aciertan los poetas provee algunos episodios más razonables –poéticamente razonables– sobre el nacimiento de la población nueva. Dicen esos episodios que poco antes de entrar en lo que podía llamarse provincia de La Habana, por jurisdicción del mando de Habaguanex, Las Casas y Narváez encontraron dos bellas mujeres, de raza blanca, españolas por más señas, que de manera inexplicable decían ser supervivientes de un naufragio y de un ataque hecho por indios del inmenso cacicazgo que iba desde El Mariel hasta Guanimar. Contaron esas mujeres, además, que el jefe supremo del cacicazgo, un tal Habaguanex, tenía consigo como amigo muy cercano a un español llamado García Mejía.

Las muchachas estaban desnudas, cosa propia de la moda y del sitio. El padre Las Casas, dice la leyenda, desconociendo el hecho de que todavía no era sacerdote, se molestó mucho por lo de la desnudez, e hizo que las muchachitas se casasen inmediatamente con dos soldados españoles. En cuanto al amigo cautivo del cacique sería cuestión de ir a reclamarlo. Enviaron emisarios a Habaguanex, y al fin se presentó este con todos sus caciques, con todo su pueblo, cargado de regalos: miles de papagayos, frutas y muchos instrumentos musicales. A la manera gentil de ellos, para mostrar su buen ánimo, montaron un enorme ballet. Bailaron violentas y turbadoras danzas. Y los españoles, ¿no bailaban? Seguro estoy de que sí. Narváez y Las Casas no, porque eran dos pesados de marca mayor. Pero esos españoles que venían de otras islas, con días de viaje, de calor, de cansancio, y tan amigos como son los españoles de bailar, cantar, hacer ruido, ¿cómo iban a quedarse fuera de la danza? El baile terminaría como terminan siempre estos bailes paganos. Mientras cientos de indios desnudos y corriendo, inventando el streaking, conquistaban por la simpatía y por la música –la que borra todos los enemigos– la confianza de los españoles, ocurría en el subsuelo de la historia un hecho excepcional: iba a nacer allí, al mediodía, en medio de la danza, La Habana.

La nueva villa tuvo la fortuna (o el infortunio, según se vea) de constituirse muy pronto en la llave de la navegación. ¿Cómo descubrieron los españoles la importancia geográfica de La Habana, en la costa norte y no en la del sur? Porque resulta muy corto el lapso entre la fundación y la utilización de su geografía para empeños mayores. La ciudad nace en realidad en 1515, año de muchas fundaciones en Cuba, pero sólo toma cuerpo histórico en 1519. Hay historiadores que mantienen la creencia de que nunca desapareció del todo la primera villa creada en el sur, junto a Batabanó, la San Cristóbal primitiva, dominada por las hormigas, y que lo ocurrido a través de los años fue que se fundió con la nueva población fundada en el norte, en el lugar que todavía conocemos con el nombre de La Chorrera. Parece que tanto Cortés como la gente de Ponce de León viajaron por el sur de Santiago a Batabanó, entrando en San Cristóbal, y subiendo desde allí por tierra a La Habana.

El hecho es que a partir del viaje de Cortés hacia México, el puerto de La Habana queda marcado como puente, sitio de tránsito, trampolín para saltar a tierra firme. La gente que se queda allí tiene tendencias más bien sedentarias; son agricultores y ganaderos, más amigos del ocio que de la aventura, y comparados con los incansables españoles de aquella hora, resultan unos tranquilos burgueses, que aspiran a enriquecerse a través de la agricultura, la ganadería y acaso la explotación de las minas. La psicología del comerciante es muy distinta a la del conquistador. Este permanece fiel a la Corona; el comerciante, el agricultor, el hombre sedentario y de residencia fija, no. Este hombre echa raíces y es el fundamento de una nueva sociedad; él es quien da nacimiento a una patria.

Entre los primeros nombres que vemos vivir y lucir luego del gran baile de los habaneros presididos por Habaguanex, hay algunos señores en tránsito, lugartenientes de conquistadores, que no se quedan: Pedro Barba va por Velázquez, pero luego se marcha con Cortés; Francisco Montejo salta a Adelantado de Yucatán; entre los primeros Rojas numerosos que aparecen en La Habana, alguno se va, con Garci-Caro, con Juan de Nájera, con Pacheco, con los hermanos Martínez, a la conquista de México. Se quedan, por los motivos que fuesen, por su psicología o por sus esperanzas (o el amor a la tierra y a las gentes que les rodeaban), Juan de Rojas, Juan de Lobera, Antonio de la Torre, Juan de Inestrosa, Calixto Calderón, un carpintero llamado Manuel de Juan, Bartolomé Cepero, Pérez de Borroto, escribano, un sastre llamado Domingo Talavera, Juan Gutiérrez…

Toda es gente que tenía poco que hacer en España. En 1520 se produce el gran tajo que divide a la población peninsular española, la guerra civil llamada de los Comuneros, y le sucede un éxodo que modifica totalmente el producido desde 1492 hasta ese momento. Ahora van a huir los rebeldes a la dominación extranjera, los hijos de la nobleza enfrentada al invasor y aplastada por este. Providencialmente la fecha de los Comuneros correspondió o coincidió con la apertura del Continente Nuevo, con la expansión de la tierra firme, que pedía gente y más gente. Dentro de España todo va a endurecerse, a hacerse más difícil para el español que no acepta así como así la arrogancia de los flamencos y los borgoñones. De esa gran herida va a nutrirse, con su savia, la nueva cultura y la nueva vida en el Nuevo Mundo. Desdichadamente La Habana quedó al margen de esa gran “fuga de cerebros” que enriqueció a la Nueva España (México) y luego al Perú y la Argentina. La Habana se convirtió en el puerto de paso, en la posada para una estancia entre dos buques. Quienes se quedaron allí hicieron una vida modesta, que pronto se haría rutinaria. Las estancias de ganado, la agricultura en los hatos, se apoyaban principalmente en los indios. Fue muy prolongada y afectuosa la compenetración entre los primeros “vecinos” de La Habana y los indios de las inmediaciones. La conocida pasión sexual española escribió muchos capítulos de una historia que ahora no podemos comprender. Entre 1519 y 1538 La Habana vivió un período de calma y de naturaleza en estado puro, podemos decir, que lindaba con lo edénico. Un poco a la manera de los indios, aquellos españoles quedados allí, sin ambiciones de grandes riquezas, se “aplatanaron”, parte por la sensualidad, parte por la lasitud del europeo en fuga cuando se asienta en tierras idílicas y salvajes. La Habana parecía condenada a ser, como toda la isla, una especie de sanatorio apacible o monasterio para retiros laicos. Esa era la apariencia, pero contra la dulzura de vivir conspiraba la geografía.

Ya se encargarían los europeos de meter en su danza histórica a todo el Nuevo Mundo, quisiese o no. Al puerto de La Habana le esperaba una participación considerable en esa larga y loca lucha de intereses entre las naciones europeas. Como decía Quevedo, lo que España sola había conquistado, todas las otras naciones querían apropiárselo. Golpeaban en los centros vitales de la economía. Al pasar esta, como por un eje, por la puerta y llave geográfica de la Isla de Cuba, allá se fueron las agresiones y los despojos. Quienes quedaron en La Habana por vivir en paz se verían dentro de poco –en 1538 comienza la función– metidos en el torbellino de la perpetua guerra mantenida por los reyes de Europa contra los reyes de Europa.

La Habana pierde su paz

Al producirse el primer ataque de navíos europeos contra la naciente ciudad, o mejor contra su puerto, se comprendió por todos que la intuición que llevó a los españoles a fijarse en aquel centro geográfico o llave del Nuevo Mundo había sido captada, descubierta por los enemigos de la Corona española. Carlos V, emperador del mundo, estaba en guerra con todo el mundo. Francisco I de Francia había mandado a preguntar al Papa dónde estaba el testamento de Adán, porque él, rey católico como Carlos, no había recibido parte del Nuevo Mundo, repartido como se sabe por la facultad medieval del papado sobre la tierra física del globo. Inglaterra, fracasados los enlaces matrimoniales como el de la hija de los Reyes Católicos con Enrique VIII, mucho antes de que se intentara la unión del hijo de Carlos V, Felipe II, con una reina inglesa, se lanzó a la guerra abierta contra el poderío español en el mundo. Los banqueros alemanes, austríacos y genoveses eran los amos de España y de su Imperio, pero esto no quitaba, sino que excitaba, la malquerencia de los banqueros dejados fuera del reparto. Los Weltzer, los Fugger, poseían territorios inmensos en América, pero cuantos no recibieron prebendas se lanzaron al ataque permanente. Los puertos españoles en el Nuevo Mundo iban a pagar, pese a ser inocentes, los platos rotos en la pelea de los reyes. Y como la organización española del comercio imperial era tan extraña como para fijar dos puertos nada más, uno en España y otro en América, para una corriente de comercio tan vigorosa y en crecimiento continuo, ocurrió que los puertos más ligados a esa corriente eran por supuesto los más castigados por los adversarios y los competidores.

Entre las muchas facetas de la historia que están por escribir, una de las más interesantes, y que produciría mayores sorpresas y lecciones, es la de la historia de las relaciones de los puertos y vecinos de las propiedades españolas del Nuevo Mundo con los piratas y corsarios. Hay indicios de que, lógicamente, las relaciones eran magníficas, porque dada la política de monopolio y de estanco, típica de la organización española de la época, los hombres de América, españoles o nativos, se sentían acorralados, encarcelados por un comercio que apenas les dejaba respirar, y del cual obtenían muy pocos beneficios. Se trabajaba en realidad para la Corona, que a su vez gastaba de manera increíble las riquezas recibidas del Nuevo Mundo, en guerras europeas y en campañas de tipo religioso o político ajenas al sentir de los productores de aquella riqueza.

El comercio libre comenzó en el Nuevo Mundo clandestinamente, cuando los primeros piratas o corsarios aparecieron en territorios de las islas proponiendo intercambios y compras. ¿A quién era mejor venderle? ¿De quién se sentían más amigos los hombres que trabajaban y producían en América? En la Corona y sus representantes veían al Estado extractor, insaciable, que pedía y pedía más y más impuestos y contribuciones para entregarlos a los extranjeros. En el que llegaba por su cuenta, fuese inglés, francés, holandés, se veía a quien podía comerciar con más utilidad, con más amplios beneficios. Los funcionarios de la Corona, auxiliados por quienes disfrutaban de los privilegios, defendían a capa y espada la propiedad del Rey; pero los vecinos, en su mayoría, acababan por entenderse con los enemigos de su Rey. Esta tensión, esta dualidad de criterios, hace que los centros vitales del comercio se conviertan en centros medulares de la vigilancia oficial. De los puertos cubanos el que acabaría por representar la mayor preocupación para la Corona era el de La Habana. De los otros se sabía cuanto era el comercio subterráneo con los piratas, corsarios y filibusteros, pero a la postre importaba poco, porque el puerto de La Habana era el imán y sitio de concentración del más importante comercio.

Esto da a los habaneros conciencia de su importancia. Paradójicamente es esta vigilancia extrema española lo que despierta el sentido de la propiedad criolla. Comienzan a sentir los productores que aquello que se llevan es de ellos, no de la Corona, de ellos. La personalidad geográfica de La Habana se convierte pronto en personalidad económica, y esta, como es lógico, en personalidad política y social. Hay que contar con La Habana, La Habana es importante.

Se tiene conciencia muy temprana de que se crece en función de esa importancia que para la Corona, para el Nuevo Mundo, tiene La Habana. Brota como un sarpullido un cierto narcisismo, una sutil presunción, que si es cierto hallamos en todas las capitales respecto del resto del país, en La Habana tiene una entidad muy visible, obvia. “Lo mejor está aquí”, y aquí hay de todo, como en París”, llega a ser la consigna tácita de lo habanero. Este sentimiento tiene su lado negativo, como todo narcisismo, pero tiene también, como todo narcisismo, su carácter positivo, que resplandece aquí en el nacimiento muy temprano de un sentido de la colectividad, de la representación solidaria que todos los habaneros asumieron siempre en nombre de La Habana. Bastaba con que se les invitase para una obra cualquiera de interés común, y todos respondían.

En el mismo siglo XVI hay un ejemplo magnífico de ese sentido de lo colectivo, bien que forzado por la necesidad de todos pero, en definitiva, la respuesta unánime es lo que cuenta. Por haber situado la nueva población lejos del río, lejos de la zona genéricamente llamada La Chorrera (y que no era únicamente lo que en nuestros días conocemos como tal, sino que se extendía en verdad a casi toda la trayectoria del Almendares o Almendariz, desde las Lomas de Tapaste hasta el mar), el problema del agua para el consumo diario se hacía agobiador. Iban por mar a buscar agua del río, o sea, salían del puerto, a remo, y seguían toda la línea que hoy forma el Malecón hasta llegar a la Boca del Almendares, la Chorrera propiamente dicha. O tenían que traerla por tierra, atravesando los espesos bosques que ocupaban los terrenos que hoy son ciudad: el Monte Vedado, la Loma de Aróstegui, los despoblados donde los Rojas tenían sus primeras estancias, por ahí, por Belascoaín actual, por la esquina de la antigua Beneficencia, lejos, muy lejos para entonces del cogollo de la ciudad, que estaba entre el futuro Palacio de los Gobernadores (el antiguo Ayuntamiento de La Habana) y el puerto. De ahí para acá todo era monte, cultivo, lejanía.

Era preciso traer el agua desde el río hasta La Habana y no seguir llevando a La Habana a buscar agua en el río. El ingenio humano acudió a la vieja técnica de los pozos. Los primeros treinta años de la ciudad se vieron ocupados principalmente por la fabricación de pozos y más pozos, a los que luego se seguirían los aljibes, en cuanto apareciesen las primeras construcciones de cierta solidez. Ahí, en la esquina del Capitolio, en la confluencia de Monte y Amistad, fue abierto el pozo que por mucho tiempo calmó la sed de los habaneros. Era el pozo llamado “de La Anoria”, corrupción de la noria, como está mandado. Y luego, en los conventos, se hicieron cisternas o aljibes para recoger el agua de lluvia (dicen que en el siglo XVI llovía en La Habana mucho más que en los siglos posteriores). Las monjitas regalaban el agua a los vecinos, sacándola por la llamada Puerta del Campo, ahí donde está el callejón de Porvenir. Otra cisterna famosa fue también la de La Ciénaga, que caía, como diría un mejicano, pues en el mero centro de la Plaza de la Catedral. Todos hemos visto el Callejón del Chorro, en la esquina de San Ignacio. Los amigos de las evocaciones retrospectivas, los nostálgicos del pasado (yo no, yo creo que todo tiempo pasado fue peor) pueden imaginar el movimiento humano, el hormigueo de la gente con sus cubos, sus jarras, sus latas, haciendo la cola del agua junto al Chorro; de ahí se veía muy bien la pequeña iglesia que acababan de levantar unos curas nuevos, acabaditos de nacer como orden, y a quienes el rey don Felipe no quería de ningún modo dejar ir a las Indias, pero ellos, tenaces, tozudos, como formados por un vasco de mucho temple, acabaron por conseguir el permiso, y se fueron también a La Habana, donde estaban ya los dominicos y los franciscanos. Estos curitas nuevos se llamaban jesuitas, y de la pequeña iglesia que levantaban allí saldría luego la Catedral.

¡La cola del agua! ¿Cuántas veces, a través de los siglos, han hecho cola los habaneros para llevar a la casa unas latas de agua? Bajo la Corona, bajo la Intervención, bajo la República y bajo el Socialismo, los habaneros, poniendo el grito en el cielo, bajo un sol “que raja las piedras”, en la cola del agua. Es que están en realidad pagando la deuda con el río totémico, cumpliendo pena por el abandono del agua junto a la cual nacieron y debieron vivir siempre. Los nostálgicos del pasado pueden imaginarse lo que eran aquellas colas del siglo XVI, aprovechadas, como siempre por los vendedores improvisados: una vieja que viene vendiendo empanadillas, el galleguito fracasado que ofrece agua de Loja, un persuasivo mulato canoso trae en una cesta botellitas de tisana, hecha con rabo de cochino, raíz de China, jaboncillo (lo que luego van los orientales a llamar “prú”, una de las maravillas del trópico, mucho mejor que la Coca-Cola, vencido únicamente por el agua de coco y por la chicha de piña). Y la conversación, la cháchara incesante del cubano en grupo: todos los chismes, todas las noticias, todos los chistes estallan.

¿Cómo sonaba aquel idioma habanero del siglo XVI? Tenía que ser un habla deliciosa, ablandado ya, a fuerza de brisa y broma, el férreo gorgoteo de la j española, deshaciéndose la fuerza de la c, arrojada del habla por la suavidad natural de la s. Todavía, estoy seguro, no se llegaba a ese idioma increíble de los habaneros puros, pero todo se andaría. La r iniciaba su viaje para convertirse en d o en l: el padque, la cadne, el Adbetto y la Estelvina, todavía no entraban en escena. En el lenguaje aparecían de cuando en cuando nombres indios: burén, hamaca, enagua, cohiba, taburete, bohío, casabe (que el español decía tranquilamente cazaba, sin que se sepa de dónde lo sacaba). ¡Si alguien hubiese tomado apuntes de aquellas conversaciones junto a la fuente! Ya están allí los negros, los mulatos, los indios con ropita europea; ya están todos allí, dando que dando a la lengua, con el rebumbio, con el revolico, con el parloteo. Hay mucha pelea verbal: la que se demora demasiado en sacar su agua y es increpada con sorna por las que esperan; ya está ahí el sainete criollo. A los gritos acude un soldado; viene muy en español de la Corte, con su pesado uniforme, con todos sus arreos. Impone silencio y la gente se calla, pero sonríe mucho. De pronto un negrito se le encara y le dice: “Oye galleguito lo que te voy a decir: quítate ese cadco de la cabeza poqque te vas a achicharrá!” El callejón se llena de carcajadas, el galleguito ríe también. Está, en efecto, sudando a mares. “A ver, dénmele acá a la autoridad un vasito de agua e coco”, tercia una vieja. Y todo acaba en paz.

De Antonelli a Supervielle

La historia de La Habana puede hacerse sobre la dominante del agua, como una sinfonía. Después de los pozos y de las cisternas vino la construcción de la Zanja Real. ¡Cómo se parece esa historia de la Zanja a la que vivimos en la República para la construcción del acueducto! Que si el Ayuntamiento no tenía dinero y tenía el cabildo que fijarle derrama a los vecinos; que si estos ponían o no jornaleros, que si mandaban un negro o dos al trabajo de la Zanja; que si acusaban a esta autoridad o a aquella de sisar dineros o manos de obra. Todo el lance habitual de la gran picaresca española llevada a América, reproducida allí como en cien espejos, en el ingrediente de la picaresca negra, que no es grano de anís, y de la picaresca mestiza.

La conducción del agua de La Chorrera a la villa por medio de una zanja se impuso con el crecimiento de la población, en la segunda mitad del siglo. Mientras, se valieron de subterfugios como el empleo de las aguas del río Luyanó, pocas y no muy buenas. Todavía en 1576 se sacó a subasta la venta con exclusividad de botijas; se llevó la subasta un tal Ginés de Horta, quien se comprometía a vender cuatro botijas por un real. A poco, se hizo una represa en El Husillo, y por medio de una acequia comenzó a llevarse a la villa un promedio de 20 000 metros cúbicos diarios. La acequia fue transformándose en Zanja Real. Esta comenzaba ahí, en El Husillo, entraba por las tierras llamadas Ciénaga, junto a Palatino, bajaba por la calzada y otras calles del Cerro, por el Puente de Cotilla, luego torcía para pasar junto a la Quinta del Obispo, bordeaba la Loma de los Jesuítas y entraba en la calzada de Zapata hasta llegar a la Quinta de los Molinos; de ahí ya bajaba por toda la calle de Zanja hasta parar en el Campo de Marte, junto a la antigua Anoria.

Típico de la época, de la mentalidad dominante en ese siglo y en los que siguieron, es el tiempo que llevó la construcción de la zanja. Se inició realmente en 1544, cuando todavía Santiago de Cuba era la capital de la Isla, y la autorización para abrirla fue presentada al rey por Juanes Dávila. El rey autorizó, no sólo la construcción, sino un impuesto especial llamado “derechos de anclaje”, que pagarían todos los buques que entrasen en el puerto de La Habana. Más tarde se creó otro impuesto, el llamado Sisa de la Zanja. Y así van pasando los años, y sólo en 1566, con 18 656 reales reunidos por la sisa, se dio comienzo a la obra. Se le encomendó a Francisco de Caloña, maestro mayor de la fortaleza. Pero no fue hasta 1592, casi cincuenta años después de la gestión de Juanes Dávila, cuando concluyó la obra. Lo que ocurrió en el camino recuerda mucho otras obras públicas importantes de España y de Cuba. No hay que decir más. Antonelli, el gran ingeniero, fue quien dio remate a la Zanja. En carta dirigida por él al rey en marzo de 1593 y luego de hablarle de que mejor sería poner cadenas de cobre que de hierro para cerrar el puerto, dice: “envío a V. M. una descripción de este puerto y del agua de la Chorrera que se ha traído a esta villa por industria mía”.

Ya los habaneros tenían agua. Era aquella, además, la primera obra importante de ingeniería hidráulica realizada por la Corona en el Nuevo Mundo. Ese acueducto iba en realidad a facilitarle agua a La Habana por más de doscientos cuarenta años, hasta la construcción del acueducto de Albear. Piénsese en su significado a la luz de lo que hemos conocido en nuestro tiempo, los del Canal de Vento, en torno a la construcción del acueducto. Los políticos municipales habaneros basaban en la promesa del acueducto su solicitud del voto. Por verse forzado a incumplir su promesa de dar agua a La Habana, se suicidó don Manuel Fernández Supervielle. El agua, siempre el agua del río, rodeando a La Habana, aproximándose y alejándose. La ciudad estuvo mal instalada en aquel sitio, según las leyes de la naturaleza. Pero según las leyes de la historia, es decir, de la voluntad de los seres humanos, con falta de agua y todo fue un éxito situar La Habana allí, entre el río y el mar. Lejos del puerto, ¿hubiera llegado a ser tentación del mundo, sirena de los soñadores, encanto de los viajeros? Por el puerto se sale al mundo, se está en el mundo. Los sacrificios hechos para llevarle agua a la ciudad están justificados porque ahí donde está, pertenece a la civilización, se hace ciudad, deja de ser monte, paradisíaco cuanto se quiera, pero monte al fin.

La alegría habanera

A la condición de ciudad nocturna, entendiendo por esto que en la noche entrega mejor sus dimensiones y su secreto, une La Habana la condición de ser una ciudad alegre. Vuelven otra vez las interrogaciones: ¿es el mar?, ¿es la gente?, ¿es el vaivén de la mucha población y del mucho dinamismo? No se sabe. Hay ciudades serias, solemnes, graves por sí mismas, sin que nada especial haya ocurrido para enseriarlas. París no es una ciudad alegre, sino seria, pero sin caer en la gravedad de Ámsterdam, que toca ya en la pesadumbre. Madrid es alegre, no siendo puerto, y en cambio Lisboa, con su puerto, es de una tristeza agobiadora, como Atenas. Será que el Mediterráneo se ha puesto triste de unos siglos a esta parte.

La alegría de La Habana estalla primero en la gente, en el pueblo que se tropieza al desembarcar. Y digo desembarcar, porque pienso en la tradicional llegada a La Habana por el puerto, no por el aeropuerto. Todos los testimonios que tenemos del siglo pasado y del presente son de pasajeros por mar. Generalmente entraba el barco muy temprano, casi cuando la luz comenzaba a dibujar la ciudad ante los ojos de los viajeros, acodados expectantes en las barandillas del buque. Un sol picante, gracioso, muy brillante y simpático inundaba todo. Se acercaban los pequeños botes, una vez dentro del puerto el buque, y con los botes venía la alegría dicharachera de la gente. Era frecuente en una época que los muchachos, unos flaquísimos y risueños mulaticos, negritos o blanquitos “de orilla”, pidiesen a los viajeros que arrojasen moneditas al mar; se zambullían como delfines, y cogían entre los dientes la moneda. Nadie veía el drama económico que había detrás de esos graciosos movimientos de delfín en una alberca (como no vemos la atroz historia de hambre que hay detrás de los clavados mexicanos de Acapulco). Y en cuanto el buque era declarado libre para desembarcar a sus viajeros, llegaban los maleteros, los vendedores de maracas y (no sé por qué, pero en una época era así) los vendedores de guantes de señora tejidos. Y nunca faltaban los vendedores de sombreros mejicanos, de castañuelas españolas, de claves, de pequeños bongos, de baratijas sin fin: se iba de la güira al marquito de retrato hecho de bambú, pasando por las horribles plumas tejidas por los presos y los horrorosos collares de caracolitos. (No sé dónde he leído que al fin hubo de llegarse a prohibir la salida masiva de esos caracolitos llamados polymitas, exclusivos de Cuba, porque con lo que gustaban a las cursis ancianas norteamericanas para hacerse collares, había peligro de dejar a Cuba sin polymitas).

Lo singular de La Habana se veía ya en que esa nube de vendedores, que en todas partes es pesadísima, allí era graciosa, jaranera, muy fácil de sobrellevar. Contaba Raúl Maestri, el gran amigo fallecido en el exilio, que a su regreso de Alemania, sintió que había llegado a Cuba cuando, mientras bajaba las escalerillas del buque, le gritaba un negrito que estaba al acecho de los viajeros: “Oye, doctor, ¿quieres que te limpie los zapatos?” Ese empleo del tú con un economista que viene de Alemania, con espejuelos gruesos y muy hecho al espíritu mayestático de los europeos, tiene mucha gracia. Es La Habana. La Habana, ciudad que no soporta a los señores solemnes, y que desalmidona al más estirado de los diplomáticos. Cuando, hace unos cuarenta años, las “damas elegantes”, por imitación simiesca de lo que veían en las revistas europeas como signo de refinamiento social, dieron en la manía de emplear impertinentes, los bien llamados espejuelos impertinentes, la cosa duró en La Habana muchísimo menos que en el resto de las capitales de la cursilería hispanoamericana. A la primera aprendiz de condesa que se atrevió a presentarse en público con impertinentes le tiraron tal número de trompetillas, de esas agudas, persistentes, chilloncitas, que la vieja renunció al artefacto ipso facto. Y al último cubano que le dio la manía de hacerse el europeo y ¡bajo ese calor! usaba aquellas polainas blancas que se ponían los elegantes sobre el zapato, y llevaba, además, monóculo, lo que le ocurrió fue tan doloroso como aleccionador. Era, fuera de esas tonterías, un hombre culto, bueno, periodista de primera, etc., pero tenía la pequeña debilidad de querer parecer europeo y de olvidarse de que estaba en La Habana, y usaba monóculo. El nombrete, apodo o remoquete que le pusieron los habaneros fue mortal: le llamaban Lord Mierda.

El buen humor y la alegría de La Habana son tradicionales. La primera impresión o imagen que se formaron de la ciudad los españoles del Siglo de Oro fue la de que era sitio poco solemne, muy jacarandoso, lleno de bailoteos, guitarrerías y carcajadas. Quevedo dice “para vanas y locas el Morro de La Habana”. Ahí comienza la leyenda de La Habana como ciudad de corrupción. Los clásicos españoles, los que no fueron a América, se resintieron mucho, y vieron con envidia (salvo Cervantes, que era entre ellos el caballero y el de alma más elevada) las riquezas y las alegrías que reinaban allí. Lope odia al indiano con toda su alma porque parece que un indiano (a quien luego cornearía a su antojo) le quitó la mujer por la fuerza del dinero, según Lope.

A lo que parece, lo que más molestaba era que de allá venían muchas canciones nuevas, danzas desconocidas. Y de La Habana enviaron para la Argentina el tango, y para Europa la llamada chacona mulata. No sé cuáles otros bailes dicen los especialistas que América dio a la España de aquellos siglos, pero el recuerdo, particularmente el de La Habana, está ligado a la música popular, a la jácara, al meneo sandunguero. España quedó inoculada de la gracia antillana a través del baile. Lope dice en algún sitio:

Flamencos, indios y negros
y la nación española,
risueños bailando muestran
sus alegrías notorias.

Hasta Quevedo llega el rumor de la zarabanda, del zambapalo, de la chacona. Está en Madrid, rumiando su disgusto de no ir a las Indias a hacerse potentado, pero le suena el bailete y escribe:

Bullícuzcuz
de la Vera cruz,
yo me bullo y me meneo
me bailo, me zangoteo,
me refocilo y recreo…

Con todo esto hay que imaginar la mala fama que dieron a La Habana los que no iban a ella y los hipócritas que posaban de pacatos. Fueron tantos los matrimonios destruidos, los hogares deshechos, porque iba para allá el joven vizcaíno, o castellano, o gallego y a poco la mujer o la familia se enteraban de que “estaba liao” con una negra o con una mulata, que para todos los siglos le quedaría a la mujer cubana fama de conquistadora, de rompecorazones, por no decir otra cosa mayor. Grandísima parte de la mala prensa que tiene Cuba en España todavía viene de ahí, de aquel tiempo en que decir La Habana era decir infierno para los que se quedaban y paraíso para los que iban. Ahora mismo (escribo en Madrid a mediados de 1974) presentarse en una casa española, particularmente de clase media hacia arriba, un joven diciendo que tiene novia cubana, o una joven con novio de ese país, es provocar desmayos, soponcios, reuniones de familia, llamadas al confesor, corre-corre interminable, porque no ha desaparecido el miedo del siglo XVI. Ese miedo se aumenta con la idea de que “los cubanos se divorcian”. Esto explica por qué, en la actual situación de Cuba es frecuente escuchar en España la interpretación de que el caos provino de la inmoralidad, de los vicios, de las malas costumbres. Así pensaban Lope y Quevedo. Así siguen pensando muchos escritores de hoy. Hay un novelista del norte de España, de la región de donde iban más emigrantes en este siglo, que refleja muy bien en sus libros la inmensa alegría, por venganza, que experimenta ante la destrucción, porque para él La Habana era el sitio donde su padre cambió de vida, se fue con una mulata y olvidó a la familia de Gijón. Y como es más cómodo culpar a la mulata y al país de la mulata que al papá, pues arremete contra Cuba antes del caos, y pinta exactamente los cuadros que pintaron aquí en su tiempo los clásicos. Bartolomé Leonardo de Argensola veía con terror la influencia perniciosa de lo que venía de La Habana. Pasan los siglos, y cuando Vicente Blasco Ibáñez habla de la ciudad, no dice ninguna impertinencia, pero su modo de señalar que era la ciudad más alegre del mundo se presta, en la melancólica Europa, a interpretaciones y equívocos nada halagadores.

Porque la gente nunca entiende la alegría ajena, y da en traducirla por falta de moral, por descoco, por impudicia. La leyenda negra en torno a La Habana es producto de la miopía del europeo, hombre triste casi siempre, hombre solemne y (por fuera, en apariencia) tendiendo a lo más serio y grave. Ese contraste engendra en el tristón un resentimiento. Desde los primeros tiempos llegaba a Europa la leyenda de riqueza, de belleza, de fiesta, de fascinación, que brotaba de La Habana. La envidia dictaba en respuesta sus más groseros insultos.

¿Quién convence a un hombre triste, coaccionado por cien fuerzas ambientales, racionadísimo en sus placeres, de que la alegría de una ciudad como La Habana no es producto del pecado, sino de la pura y vigorosa alegría de vivir? Quienes creen en la influencia de la temperatura sobre el carácter, podrán atribuir la alegría habanera a la benignidad del clima. Otros podrán atribuirla a la luminosidad del aire y al resplandecer de las estrellas en el claro cielo de La Habana; y no faltará quien diga que todo viene de la propia música perpetua del mar batiendo contra las rocas, haciendo su música, su ritmo, que se escucha sobre todo hacia la media noche, cuando el mar se adueña de la ciudad y se ve y se oye que la mece, que la acuna suavemente hasta el amanecer.

No importa de donde venga esa alegría, el hecho es que existe la alegría habanera. No la bullanga, no las reyertas en el puerto entre marinos de cien naciones, no lo que pintan de juego, cuchillos, desafíos y maldiciones, sino la alegría verdadera, la que se transforma casi siempre en ganas de bailar. Bailar es la forma más completa de estar alegre. ¡Y cómo se ha bailado siempre en La Habana!

Un vizconde, DʼHespel DʼHarponyille, habla de lo que veía en 1847 en La Habana y en otros sitios cubanos, y dice: “El Baile, de que gustan con pasión, es la ocupación favorita de la juventud. El año entero es un solo baile y la isla un solo salón. Cuando no se baila en las casas particulares o en los pueblos de temporadas, se baila en la propia casa de la familia, muchas veces sin piano ni violines y con sólo el compás de la voz de los bailadores”.[2]

Los cubanos de mayor sensibilidad crítica, los que denunciaban los males y los excesos, como Luis Victoriano Betancourt, gritaban contra el abuso de las diversiones, bailes y juego. “Nada de escuelas para los artesanos –dice Betancourt–, nada de bibliotecas abiertas, nada de gimnasios públicos, nada de educación sólida para la mujer; pero, en cambio, juegos de billar, juegos de toros, juegos de gallos, juegos de barajas, juegos de sacristía. Y luego, bailes de día, bailes de noche, bailes de invierno, bailes de verano, bailes campestres, bailes urbanos; bailes ayer, hoy, mañana, tarde, temprano, ahora, luego; bailes aquí, allí, acullá, cerca, lejos; bailes así, bien, mal, desvergonzadamente; bailes de celdita, de cachumba, de cangrejito, de guaracha, de repiqueteo, de rumba, de chiquito abajo; bailes, en fin, modificados por todos los adverbios y calificativos, por todos los adjetivos de los diccionarios, todo”.

De estas y muchas otras descripciones similares sacarían los cubanos y las cubanas dos cosas: ellos, fama de vagos, de haraganes, de más amigos del ocio que del esfuerzo; y ellas, fama de fáciles y de alocadas. Ya cuando la ocupación inglesa, en 1762, quedaron muy mal las habaneras ante la historia, porque parece que muchas de ellas sucumbieron ante los atractivos que veían en los soldados ingleses. Los rubios tienen bula en el trópico. Corrieron como pólvora los dichos mortificantes, las coplas y cuchufletas sobre la liviandad de las señoritas que caían en trance erótico con el enemigo. Bachiller y Morales dice: «Cada día se hablaba de un nuevo matrimonio y apostasía de las mujeres cubanas. El pueblo bajo murmuraba y cantaba: “Las muchachas de La Habana / no tienen temor de Dios / y se van con los ingleses / en los bocoyes de arroz.” Otra letrilla de la época ponía: “Habaneros alertas / porque las damas han tomado por moda / ser anglicanas / y con tal razón por modistas /mudan la religión.” O bien: “A Dios Habana triste / ciudad del orbe amable / que siendo inexpugnable / hoy rendida te ves.”

Para los hombres, para el cubano en general y el habanero en particular, quedó fija la leyenda de vago, de poco trabajador, de indolente. El hablar lento, como cansado, el no levantarse del sillón, de la mecedora cuando llaman a la puerta, el no apresurarse por nada, quedaron señalados como pruebas de que habanero había en el horizonte. La imagen de Cuba como país donde las gentes trabajaban lo menos posible –desde los indios–, queda como sintetizada en una misteriosa canción cubana que cita el conde Keyserling (y digo misteriosa porque por mucho que indago nadie me dice de dónde puede haber salido o dónde está esa canción), y según la cual, un hijo le dice a la madre “como suprema alabanza”:

El sólo trabajo que hiciste
soy yo que te lo di

y aparte de la horrible traducción se entiende que es un elogio, para el hijo, decir que su madre no hizo en el mundo ningún trabajo manual, nada que pudiese rebajarle la jerarquía. Es quizá la herencia española de considerar deshonrosos los trabajos manuales, y aún cualquier cosa que condujese a ganarse la vida. Puede ser el agobio del largo estío, o la inadecuada alimentación. No sé, repito, de dónde el conde Keyserling sacó esta canción, pero el hecho de que la considere idónea para pintar lo cubano, dice mucho en cuanto a la fama que tenemos en el mundo.

Es bueno saber cómo nos ven y no atenernos únicamente a cómo nos vemos, porque es sabido que siempre tenemos ojo benigno para lo propio, y los cubanos somos demasiado propicios al autobombo. Leamos un testimonio más de cómo La Habana y sus pobladores fueron vistos en el siglo pasado, cuando quedó remachada y fija ante el mundo la imagen que la gente sigue teniendo de La Habana y de los habaneros.

Es el testimonio de un mejicano llamado Licenciado Antonio López Matoso, quien vivió en La Habana entre 1817 y 1829. Relator de la Audiencia de México, expulsado de allí por Callejas, el virrey; estaba López Matoso en La Habana en situación muy especial y desagradable, porque se sentía desterrado y sólo pensaba en volver a su tierra, con su gente. Al principio no quería salir ni hablar con nadie, y prácticamente no veía nada, pero al tener noticias de que su situación iba a cambiar y de que volvería a México, cambió de ánimo y escribió en su Diario lo que vio al salir a la calle. Estas observaciones suyas no tienen desperdicio. Se refiere a su nuevo estado de ánimo, al que le permitía ya mirar el mundo en torno, y dice:

Con esto ya pude dar mis salidas a las calles de la ermosa Havana. Tienen razón de llamarla el Cádiz de la America. Es mui poblada, de mui gran vecindario, y de comercio mui basto. Cuanto se puede apetecer de lujo, de utilidad, de necesidad y apetito; todo se encuentra en abundancia y mui fino. Los efectos, jeneros, y ropa son mui baratos, aunq. no asi las casas q, son mui caras. Hay muí buenos edificios; pero por lo común las casas son bajas y de teja. Todas con menaje y cristalería finas. A mas de la catedral ay las Parroqias del Espíritu sto., el Anjel, sto. Cristo, y estramuros Guadalupe o la Salud. Hay conventos de frailes de Sto Domingo, s. Franco., S. Agustín la Merced, Belen, S. Juan de Dios, y Capuchinos; y de Monjas Sta. Clara, Sta. Catalina, sta Teresa, y las Ursulinas q. son agustinas emigradas de la Ysla francesa de sto Domo.

Estra muros a la otra vanda de la vaía ay una iglesia q. oi es parroqia de Na. sra de Regla.

Ai varias y mui buenas fortalezas: el morro, la cabaña, Principe, la Punta, Arcenales, la Fuerza y Atarés.

Los habaneros son generalme. francos fanfarrones, y las mujeres mui linpias de cuerpo y algunas de alma: mui rasgadotas; la mas pintada echa un terno como un grumete. Por presentarse en el paseo, ó en el teatro mui bien puestas, son capaces de no comer en un año. Primero les faltará cara en que signarse q. dejar de afeitarse con plumas y tijeras de pies a cabeza todas las mañanas.

Tienen las avaneras
diversas caras,
una sirve en la calle
y otra en sus casas;
y aun ai qien tenga
otra cara tercera
cuando se acuesta.

Su ropaje como de tierra caliente es mui lijero, diafano y delgado; de modo q. a prima, vista no dejan duda q. son mujeres, especialmente en el desgote y espaldas. Aunq. el color suele no ser natural, porq. es a mano con el de las caras; pero están á teatro abierto con vistas y mutaciones.

En los pies tanbien tienen
otra ermosura;
pues de pies el tamaño
no deja duda;
y con la media
aunq. cubren no tapan
toda la pierna.

 El juicio de un hombre sin importancia

Quiero elegir para terminar esta larga mirada hacia atrás, hacia La Habana, el juicio de un escritor poco considerado hoy en los medios refinados de la alta literatura. ¿Qué puede importar, dirán los presumidos y los snobs, el juicio de Joaquín Belda? Vayamos con tiento; seamos humildes. Ese escritor, como tantos españoles de su tiempo (entre los que se movían con gran soltura y autoridad los cubanos que vinieron a la Corte después de Fray Candil), está mal “rankeado” en los compendios de literatura contemporánea porque se le tiene en la línea de los lascivos y erotizantes, junto a nuestro compatriota Eduardo Zamacois, junto a Antonio de Hoyos y Vinent, junto a Pedro Mata, junto a Felipe Trigo, etc.; escritores que dijeron más y mejor que la mayoría de cuantos hoy pretenden asombrar al mundo con novelitas tímidamente desgarradas.

Joaquín Belda escribió un bello libro llamado (el título es lo peor) La perla del malecón. Tiene mucho de autobiográfico, y es una novela en clave. Salen personajes de carne y hueso, cubanos muy conocidos, como Enrique Fontanills, el cronista social que inventó el parrafito muy corto por creer que las mujeres se cansan pronto de leer y no se les puede dar sino renglones sucintos, miniparrafitos. Joaquín Belda soñaba desde su adolescencia, como buen español, con La Habana. Un día fue a ella y enloqueció. Su enamoramiento lo recogió en esa novela, muy en su línea de un amor intenso. Puso tres dedicatorias a la obra: una al periódico El País, “que ha sido mi verdadero hogar durante el tiempo de mi estancia en La Habana”; otra “al pueblo de La Habana”, y finalmente la tercera “A ella, que ya sabe ella quien es”. Toda la obra es un canto a La Habana, y tiene un final sorprendente: el protagonista, Belda mismo, comprende que la perla del malecón no era aquella mujer obsesivamente perseguida, sino… la estatua en bronce de Antonio Maceo.

De este criollazo decía el español Belda: “¡Qué figura de hombre más completa!”. Pero no es de ese descubrimiento de la grandeza de Antonio Maceo de lo que yo quería hablar, sino de la despedida de La Habana que Joaquín Belda estampó en su novela. Puede ser la despedida escrita por cualquiera de nosotros, sobre todo si pensamos, como pensaba él cuando escribía, que nunca más volvería a ver la ciudad única. Antes del adiós, el protagonista había dicho de lo injusto que es llamar “simpática” a la ciudad de La Habana.

Yo creo, dice, que los amantes de esta ciudad nos contentamos con muy poco al aceptar ya con demasiada facilidad ese adjetivo; La Habana es algo más que simpática. La simpatía puede ser una cosa superficial, impresionista, que luego la frecuencia del trato se encargue de destruir. A mi juicio –concluye–, La Habana es la ciudad que instintivamente mejor ha comprendido lo que la vida pide a los que estamos condenados a vivirla: trabajar, porque el trabajo fue maldición divina, pero luego, al llegar diariamente la hora del desquite, divertirse con toda amplitud, sin darle la menor importancia a todos esos prejuicios estúpidos con que la mentecatez humana ha entenebrecido la existencia en otras partes.

Y el hombre que ha captado esto se despide así de La Habana:

B. se marcha de La Habana. Cuando llegó el momento de decidir la fecha de la partida sintió invadirle el ánimo una intensa amargura; y cuando ya hizo más que señalar una fecha, cuando fue a la agencia de la compañía de navegación para apartar su pasaje de regreso, experimentó esa melancolía del que sabe que pone fin a uno de los capítulos más interesantes de su vida. No importaba que ese capítulo fuera corto. ¿Acaso se mide el tiempo por las hojas del almanaque? Vivir, había vivido en aquellos pocos meses mucho más que en algunos años.

Pero ¿qué había hecho en concreto durante ellos? En apariencia nada culminante: en su diario de unas cuantas semanas no figuraba ninguna hazaña histórica; ni siquiera de esas catástrofes que purifican con el dolor el corazón humano, haciéndole más fuerte para la vida.

Pero el viajero había conocido un rincón del planeta en el que la vida tenía un sentido jocundo, que fue indudablemente el de la Grecia clásica, y que ya había desaparecido del resto del globo terráqueo.

Sería influencia del clima, la misma juventud del pueblo cubano como tal pueblo, la situación geográfica acaso, que le ponía en la corriente de varias civilizaciones contrapuestas, de cada una de las cuales tomaba lo mejor… Lo que fuese, lo cierto era que en La Habana se entendía el vivir como en parte alguna del globo terráqueo, y no se le dejaban a la vida más penas que las que inevitablemente trae consigo, sin recargar el fardo de ellas en nombre de un prejuicio, de una teoría o de una secta.

Creo que esta visión de La Habana es perfecta porque es absolutamente justa. Quienes vean en ella una deificación del hedonismo como finalidad suprema de la vida no han comprendido nada de la vida, ni del noble sentido de la felicidad. Este sentimiento es uno con el de la libertad. La Habana o la alegría de vivir, puede decirse; o lo que es lo mismo: La Habana o el deleite de la libertad.


Notas:

[1] Rodolfo Domingo Cambiaso: Pequeño diccionario de palabras indo-antillanas, Santo Domingo, 1916.

[2] Cfr. Gustave d’Hespel d’Harponville: La Reine des Antilles ou Situation actuelle de l’Ile de Cuba, Gide et Baudry, Paris, 1850. 

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RICARDO HERNÁNDEZ OTERO
Ricardo Luis Hernández Otero (La Habana, 1946) es investigador y profesor universitario. Por cuatro décadas laboró en el Departamento de Literatura del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba. Sus campos de especialización comprenden aspectos como la prensa cubana, el vanguardismo y la obra de José Martí, entre otros. Es coautor, con J. Domingo Cuadriello, de Nuevo diccionario cubano de seudónimos y autor de las compilaciones Escritos de José Antonio Foncueva, Revista Nuestro Tiempo, Crónicas [de Excelsior] de Alejo Carpentier, Sociedad Cultural Nuestro Tiempo: resistencia y acción, Mirta Aguirre: España en la sangre; España en el corazón. Actualmente se desempeña como Jefe de una Redacción en la Editorial Nuevo Milenio y está al frente de la Revista de Literatura Cubana en su nueva época.
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