FOTO Marcelo Silva

Años después, cuando mi hermano me ladraba a la cara con sus palabras de otros siglos, yo resistía, mientras mi padre, con el cuerpo petrificado en una silla de ruedas, soltaba dos lagrimones que se deslizaban sobre sus mejillas y ahí quedaban, pendiendo, pendientes.

Pobre papá, el rey de la esclerodermia, con su piel cada vez más dura y la cabeza perdida. Seguramente evocaría sus años menos tristes, cuando era un tipo robusto que se destacaba entre los mejores matarifes del gremio. O tal vez llorara por otras razones. Quiero suponer también que al viejo le afligía constatar cómo nuestra familia había entrado en una planta de desguace: mamá muerta, Omaida en el extranjero, hablando cada vez más mierda, Esteban expulsado de la marina mercante por ladrón, más tarde preso, también por ladrón; un nietecito en Ecuador, ajeno a todo, y la otra nieta, mi Gabriela, perdiendo con entusiasmo el idioma de los padres de mi padre, de los abuelos de mis abuelos. Por último, en sus pensamientos estaría yo, dando vueltas y vueltas de una empresa a otra, como en la noria en la que colgaba las reses, de una pata trasera, para que quedaran pendientes con todo su peso, cabeza abajo, antes de perforarle el garguero con el cuchillo más afilado.

Tal vez mi padre lloraba al recordar el olor de aquella sangre, esa sensación de hierro y carne que se adhería a las aletas de la nariz y que inicialmente le había provocado tantas arcadas. Sé, porque en algún momento se lo escuché decir, que cuando empezó en el matadero estuvo las dos primeras semanas vomitando, echándose hacia adelante y abriendo la boca con los ojos disparados y muchas ganas de morirse. Pero en esa época ya tenía un hijo que mantener y un hogar, el mismo al que llegué con lo que creía que habría sido el último cartucho de su virilidad. Papá se cogía muy en serio que a nosotros no nos faltara nada; y sé que esa había sido la razón para aguantarse las temblequeras y las arcadas.

Pero las lágrimas que le brotaban pudieran también tener que ver con el saldo de muertes animales en su haber y con la conciencia de la proximidad de la suya. Una de las primeras escenas que retuvo cuando comenzó en el oficio de zanjar cuellos y de eviscerar animales –esto siempre lo supuse, pero no me atreví a confesárselo a Modesto– había sido la de las bestias que son descargadas por la puerta trasera. No saben que van a morir, aunque pueden oler la atmósfera impregnada de las partículas microscópicas de otras sangres. Muchas entran en estado de pánico, se atacan entre sí, se muerden, braman, se defecan.

Se me hace imposible describir ahora el olor a mierda que mi padre traía consigo a casa. Esto no se lo iba a contar a Modesto: hay secretos familiares que no deben salir del chiforrober, y uno de estos era la peste perenne de mi padre en el cuello, en los antebrazos, en el recodo más intrincado del pabellón de las orejas. Papá, el pobre, olía a mierda y a sangre de vaca. Alguna que otra vez, los domingos, nos subíamos a su cama –él escuchaba la radio en un aparato de fabricación soviética– y al poco rato clavábamos la mirada en los ojos de mamá, que asentía levemente, con lástima, desviando la mirada, como para que a ninguno de sus hijos se le ocurriera sacar a colación el tema.

Con los años he llegado a pensar que mi padre terminó inmunizado o con las glándulas odoríferas atrofiadas del mal olor. De igual manera habrían estado sus nervios, pobre papá, escuchando durante tanto tiempo los alaridos de aquellos animales. Por eso llegaba, agarraba una silla y se pasaba horas sentado en el umbral de la puerta del patio, mirando a las nubes, como aturdido. Es difícil saber a dónde mira un padre medio alienado, comprometido con no fallarle a su familia. Yo mismo, siendo un niño, supe del momento en que papá dejó de sonreír, o cuando empezó a rascarse la cabeza con una pasión desmedida, como queriendo extraer algo de los poros de su cuero cabelludo. No dudo que se estuviera tomando alguna pastilla para dormir o que tal vez la emprendiera contra mi madre cuando estaban en su cuarto y nosotros nos habíamos refugiado, los tres, en el nuestro, en asuntos de niños. ¡Cuarenta años es demasiado! –esto debí habérselo contado a Modesto o a quien fuere que me preguntara. Debí haberlo hecho, pero me callé.

Era frío, papá, como toda la gente que eviscera. Recuerdo el temple con el que le metió una pedrada a un gato que no dejaba de importunarlo por las noches y de arañar desde afuera la puerta de la cocina. La piedra lo impactó de lleno encima del hocico y el gato saltó como si tuviera un muelle en cada pata. Ahí quedó la historia. Mi padre entró y se lavó las manos en el fregadero con lo que quedaba de una pastilla de jabón de lavar. Yo lo vi todo. También mi madre, que me miró con sus ojos de sonámbula y me hizo señas para que me fuera de ahí. No sé dónde estaban mis hermanos. Regreso ahora a esa escena y sólo estamos papá, mamá y yo. Además del gato, que sobrevivió y que nunca más se atrevió a rozar aquella puerta que ya estaba suficientemente arañada por los años.

Era frío, papá: frío y poco conversador –nada de esto tampoco se me habría ocurrido contárselo a Modesto–. Era un hombre callado. A nadie en sus cabales se le ocurriría charlatanear sobre sus hazañas en un sitio donde matan a cientos de animales al día. Quiero pensar que siempre fue un tipo taciturno: porque ya no tengo a mi madre para preguntarle cómo era antes de que empezara a trabajar en los mataderos, y sobre todo porque no me cabe en la cabeza que haya sido su trabajo de destripador el que aniquilara su capacidad verbal y su deseo de comunicarse con la gente.

En alguna ocasión lo escuché hablar del modo en que se “beneficiaban” las reses, mencionar a los animales “beneficiados” con la naturalidad de quien se refiere al saneamiento de un solar yermo. Más tarde supe que aquel término provenía del vocabulario de los mataderos de otros siglos. Era frío, papá, esa especie de picapedrero, aunque a ratos empleara términos delicados para adornar lo peor, como cuando llamaba “sangradura” a la parte opuesta del codo de los humanos, o les recordaba a sus hijos que al lado romo de los cuchillos se le llama “recazo”. Así, entre silencios prolongados y eufemismos, había echado mi padre buena parte de su vida.

Es curioso, pero nunca lo visité en el matadero, bajo unas luces de neón que se habían tornado amarillas: mi padre, enfundado en su mandil de cuero hasta la parte baja de los muslos, cortando casi con los ojos cerrados, de tantos años y tanto arte, las piezas de carne que le llegaban colgadas a la altura de su nariz, respirando con las aletas irritadas las miasmas de la sangre y del resto de los líquidos.

Aquel no era un sitio para niños o adolescentes descabritados. Si muchos de sus colegas huyeron de allí apenas pudieron, y si otros tantos experimentaron signos de depresión, de ansiedad y hasta de pánico, imagino cómo estaríamos de desquiciados sus hijos si hubiéramos visitado esa nave poco aireada, caliginosa. Hizo bien papá al no llevarnos a ver morir animales o a jugar con coágulos como si fueran pelotas de golf color obispo. De todos modos, puedo imaginar el ruido que hacían las reses y los espumarajos que pendían de sus narinas tras haber recibido el primer corrientazo. “¿Has conocido al ojo despavorido de la bestia cuando se le acerca la muerte? –podía haberle preguntado aquella tarde a Modesto.

¿Sabía papá a cuantos animales les había dado muerte? Al día podían haber sido cien, ciento cincuenta, trescientos, quinientos, entre cerdos y reses, según la época, según los objetivos trazados por la empresa y los pedidos de la alta dirección del país. (Durante nueve o diez años, mi padre trabajó en el matadero más importante de la ciudad, el que estaba conectado con los ministerios, el que recibía encargos específicos de instancias de las que los responsables de la planta no podían siquiera hablar). ¿Podía calcular al fin, unos números más, otros menos, la cantidad de bestias pasadas a cuchillo durante cuatro décadas?

Siempre me he preguntado cómo es que no acabó quemándose. Lo sentía despertarse a las cuatro de la madrugada –los mataderos son lugares de vida temprana–, de modo que cuando mi madre nos levantaba para que fuéramos a la escuela hacía rato que papá se encontraba ante una noria que movía cuerpos a una celeridad inusitada, bajo un vapor burbujeante y un carnaval de efluvios que sólo pocos podían soportar.

Cuando mi padre murió y me quedé solo en el apartamento, me dediqué a sacar del chiforrober los diplomas y las medallas que había atesorado. Mi hermana había llegado de su exilio fácil y entre lágrimas había estado husmeando antes que yo. Ahí me convencí de que la escena crucial en una familia que ha perdido a un ser querido no tiene lugar en el cementerio o cuando un funcionario le entrega una urna con un polvo grisáceo, tibio y granulado. El momento que retrata al muerto y a quienes le han sobrevivido se produce al hurgar en sus pertenencias. Como constaté ese día, con papeles antiguos y baratijas no se construye un futuro mejor, por lo que Omaida no se llevó lo que a mí sí me llamaba la atención: las fotos de las fiestas de fin de año en los jardines de un centro recreativo vinculado al Ministerio de la Industria Alimenticia, las cartas de reconocimiento firmadas por dirigentes de los que ya nadie hablaba y hasta el eco de sus palmaditas en el hombro. También hallé sus últimas botas Hunter con sus iniciales en el lado interior izquierdo. Lo que nunca encontré fue un documento que reflejara el número de bestias a las que les quitó la vida, la justificación de su salario y de sus medallas, el origen de la comida que llevaba a nuestra mesa.

Porque papá nunca dejó de llegar con un pedazo de carne dentro de una bolsa de papel de estraza que todos conocíamos como “papel cartucho”, que luego envolvía en varios pliegos de periódico.

—La tinta no mata –me aclaró una vez en la cocina. Abría con cuidado el enfundado de su paquete, antes de filetear la carne–. La tinta cura –hizo una pausa y se sumergió en sus pensamientos, separando los fragmentos de una misma pieza, imagino, según su coloración y su textura–, la tinta asesina a las bacterias –concluyó.

Era una época en la que incluso dos onzas de res equivalían a una especie de maná sanguinolento. Nosotros debíamos guardar para nuestra intimidad el hecho de que comíamos carne de res con bastante frecuencia. ¡Nada de comentarios en la escuela, nada de confesiones gastronómicas ante los amigos! ¡Nada de alardes! –le advirtieron a Estebita. Ni siquiera cuando el médico le diagnosticó a mi hermana bajos marcadores en la hemoglobina y mi madre nos tuvo quince días a base de hígado que papá traía de las últimas reses sacrificadas en la jornada, para que la víscera llegara fresca.

¿Qué habría hecho mi padre para sacar de la “planta de procesamiento”, como se le llamaba, un paquetico macizo de carne de res? ¿Quién, un poco más arriba en la escala laboral, lo había autorizado, cuando en la empresa todos los meses expulsaban a algún operario por la misma razón? ¿Qué tipo de contrato fáustico habría firmado? ¿Por qué logró conservar casi hasta sus últimos días aquella pistola con la que Esteban cometió sus fechorías? Modesto tenía razón: nunca sabremos quiénes fueron nuestros padres, qué groserías profirieron ni a quiénes le torcieron la mirada o el brazo.

Tal vez, por qué no, durante un largo semestre papá había sido el empleado más eficaz y rápido del conocido como “cajón de aturdimiento”; quizás su foto apareciera en el mural de los obreros destacados poco antes de ser promovido para el “cajón de sacrificio”, donde se habría especializado en hincar al animal justo encima de la arteria carótida. ¿Habría sido de los que asumen que mientras más rápido, mejor, y que lo más humano de su labor radicaba en que el cerdo o la res sufriera lo menos posible?

Me habría gustado conocer un poco más sobre la vida de mi padre, sobre su supuesta paz emocional, sobre los amigos y los conocidos que tuvo y que nunca presentó a su familia. ¿Y si ahora mismo, en mis devaneos, el anciano con el que cruzo dos palabras en una cola fue compañero suyo? Me habría gustado verlo envejecer a un ritmo medio entre la cámara rápida y la velocidad habitual, ver crecer su papada y sus mofletes, con el cuchillo en la mano, la convicción casi patológica de su responsabilidad para con su familia, y al fondo un escenario ornado por esa espuma entre roja y blanquecina que se forma en las esquinas de las pocetas sobre las que se desangran las reses.

Me había metido en el terreno de lo inaprensible. No cabía la menor duda. A esas alturas las historias empezaban a conectarse, y para mí aquello era tan intrigante como la identidad de quien acababa de deslizar un anónimo bajo el teclado de mi computadora.


* Este fragmento pertenece a la novela Hotel Singapur (Audere Libros, 2021).

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