Putas Presas, La despedida (dibujo de Camila Lobón)
Dibujo de Camila Lobón

Para Yamilka Lafita, a la memoria de su madre

Ella había perdido a su madre. Pero no había perdido la vigilancia. Aquel día el teniente coronel llamó a C unos minutos después de que K recibiera la noticia del fallecimiento en un mensaje atropellado lleno dolor. El teniente coronel habló como habla un teniente coronel: “Tienen permitido ver a su amiga para darle el pésame”.

Aquella llamada provocó en K y C una impotencia diferente a la impotencia de todos los días. Era la inutilidad y era el agotamiento. La madre de una amiga había muerto; solo así recibían un permiso de libertad temporal. Por esa vez podrían ir a ver a su amiga, conducidas por una patrulla de policía, por un lapso de dos horas solamente. K y C se resistieron a la idea de ir empatrulladas. En patrulla, solo al calabozo.

Pero la realidad de ese momento sobrepasaba al teniente coronel, sobrepasaba la patrulla y sobrepasaba la soberbia. Había que comerse esa libertad enlatada. En menos de dos horas. Por esos días la libertad tenía la consistencia fugaz de un grito proferido desde una azotea.

Al llegar a la casa de la amiga, la mariana que las escoltaba intentó pasar con ellas al interior. A lo que K y C respondieron casi de manera automática, con la autoridad de un teniente coronel: “Usted no va a entrar a ningún lugar, esto es una casa privada”. Y entonces ya adentro se quedaron con un extraño sabor, como si aquello solo fuese, si acaso, un pequeño espacio que solo podían defender, como la buhardilla de una fortaleza; y ya no sus propias vidas, o su propio país.

Pasadas las dos horas, el seguroso llamó a K para decirle que se habían pasado de lo acordado. A lo que K respondió como una orden militar: “Yo acato las órdenes, estaba esperando que me llamaras”.

La patrulla que las conducía de regreso a su casa cárcel se movía con la languidez de un carro fúnebre. Tal vez la patrulla, por el peso que cargaba, sabía de la pérdida y el luto. Contra la muerte ya no hay bandos que valgan, pensó K, solo queda la muerte, eso todo el mundo lo sabe, o al menos es una idea a la que todo el mundo le teme.

C veía el atardecer como una secuencia horizontal de un dolly side y aprovechaba la cobertura de sus gafas negras para ocultar las lágrimas. K apoyó la cabeza en el hombro de C, y quedó inmóvil, un momento, buscando un punto donde sostenerse sobre el hombro esquelético de C, donde un hueso sobresalía como un punzón. Fijó su cabeza sobre el hueso con el propósito de encajarse la sien y neutralizar su dolor de cabeza, con la vista fija en el sol naranja que se extinguía en la costa de La Habana del Este.

Uno de los policías vio llorar a C por el retrovisor y por el mismo retrovisor C clavó sus ojos en él, y vio cómo le invadían el miedo o la vergüenza.

Entraron al túnel. C aguantó la respiración como hacía de niña para probar su resistencia. K olvidó hacerlo esta vez. Aguantaba la respiración cada vez que atravesaba un túnel, ya no para probar sus pulmones, sino para pedir un deseo en el tiempo que durara la oscuridad. Siempre se acordaba de hacerlo a la salida, demasiado tarde, cuando la luz volvía de repente para cegarla. Entonces se reprochaba por haber perdido una gran oportunidad. No todos los días se podía pasar por un túnel, mucho menos tener al alcance la posibilidad un deseo cumplido.

Persistía la oscuridad y C pensó que no podría aguantar todo ese tiempo sin aire. En su cabeza se superponían las escenas de todos los cigarros que se había fumado durante el día. Aun así, C sostuvo el aire, hasta alcanzar a ver La Cabaña, como un cadáver que ya no necesita respirar. Eso sintió. Que había muerto, y con ella un tiempo que nunca más regresaría. Parecemos reliquias, pensó. Dos reliquias que paseaban por la ciudad, exoneradas por la gracia de despedir a la muerte.

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Una vez presas, en nuestra propia casa, no podíamos parar de fumar. Dejamos de usar las palabras “prisión domiciliaria” para usar “prohibición ilegal de la libertad”. Colgamos sábanas con letreros en protesta, en el medio del barrio Colón. El palomar, así le llamábamos a nuestra última casa en Cuba. Una azotea en la esquina del solar La California, con dos ceibas a los laterales, y con la dicha de poder ver la línea azul del mar. Nuestra casa era nuestro país, nuestra propia celda sin barrotes. Una vez nos llamó la tía, en su periplo salvaje para llegar a la frontera de México con Estados Unidos. “Están fumando como dos putas presas”, nos dijo. Ella se refería a lo que la ansiedad reserva para las mujeres encerradas que trabajan en la calle. Ella se refería a lo que la ansiedad reserva para dos mujeres reprimidas que trabajan con la libertad. Esta columna, escrita por Katherine Bisquet e ilustrada por Camila Lobón, cuenta lo que vivieron estas dos artistas durante su último año en Cuba, bajo el acoso y la violencia de la Seguridad del Estado.

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