Luis Manuel Otero Alcántara (FOTO Evelyn Sosa)

Los cubanos nos hemos habituado tanto y por tanto tiempo a vivir en el país de la retórica que hemos olvidado que las palabras no son algo abstracto, sino ideas que deben verificarse en el dominio de lo real y explicarse a través de acciones. De manera que no puede hablarse de “la sociedad más justa” si en esa sociedad un grupo de personas persigue a otras como si de un safari se tratara, cual si se estuviera cazando un animal salvaje. Este domingo 22 de noviembre, las imágenes de la “cacería” contra un individuo en el Parque Central, el asedio y golpiza a una pareja de activistas en esa misma zona, la energía demencial con que el “pueblo enardecido” dirigido por un sujeto fornido vestido de civil arremetió contra la prensa extranjera por su sola intención de reportar una manifestación pacífica, me devolvieron a la mentira que puede ser a menudo el lenguaje.

No me es demasiado difícil aceptar que una persona con un profundo compromiso moral con la verdad y la justicia considere que, después de ver algo así, de saber que respira el mismo aire que arropa a esa violencia, decida que la muerte es preferible a convivir con semejante lógica. La muerte por inanición, por suicidio, por olvido de sí mismo. La muerte por silencio ante lo inexplicable que resulta que un mundo envilecido sea capaz de ofrecerse todavía como un mundo feliz donde se pueda estar. La muerte como elección, como forma de irse de ese mundo a pesar de que quien se apaga piense que él y los otros merecen algo mejor que la barbarie.

Pienso en esto sabiendo que la vida de Luis Manuel Otero Alcántara se apaga, como la de sus otros compañeros en este momento. Mientras discutimos si su acto desesperado es lícito, si la causa primaria que esgrimen es válida, si sus creencias son mejores o peores que las nuestras; si son dignos siquiera de atención, o si lo que hacen es una performance, colocando su cuerpo en el centro de la protesta, no hacemos más que extraviarnos en el reino de la retórica desconectada del hecho en sí: hay un tipo que decidió morirse porque no quiere ver más esa cosa abyecta que es un país donde te pueden cazar en medio del Parque Central de tu ciudad como se caza a una bestia maligna sólo por el hecho de querer hacer público tu desacuerdo pacíficamente.

Otero Alcántara va a morir por esas razones y más. Esa sería, por cierto, su respuesta a quienes lo acusan de ser un mercenario, porque en la cabeza de los que se creen libres en el totalitarismo no cabe que otro lo sea teniendo un credo contrario. Cuando Luis Manuel muera, será el acto más extraño de mercenario alguno. No conozco ninguno que se haya ido así del mundo.

A Otero Alcántara lo pueden acusar de lo que sea, pero no de rendirse intentando cambiar las cosas. Cuando en diciembre de 2018 la Policía lo liberó de su enésima detención por oponerse al decreto 349 que el Ministerio de Cultura (MINCULT) promulgó sin consultar con los artistas, lo único que pedían él y otros creadores era que los funcionarios escucharan su desacuerdo. Entregaron una carta. Esperaron. Como no hubo respuesta, convocaron una sentada ante el MINCULT. La policía se los impidió todas las veces y la sentada se hizo en oscuros calabozos. En esa ocasión, un viceministro que nunca recibió en su despacho a los que protestaron el 349 dijo en la televisión que “hay grupos más interesados en dañar el país que discutir seriamente”.

En 2019, Otero Alcántara estuvo casi veinte veces en diferentes calabozos de La Habana. Por salir de su casa o por montar una carrera callejera con banderas cubanas. Se lo llevaban y ya. Las 72 horas de rigor, la mayor parte de las veces sin saber dónde lo tenían. Hasta que lo metieron preso y acusaron por “desacato agravado”, “ultraje a los símbolos patrios” y “daño a la propiedad”.

En esa ocasión, y ante el reclamo masivo por su liberación, un artista cubano llegó a publicar en sus redes sociales el texto: “Yo prefiero una Cuba sin Alcántara”, que raudos y veloces varios funcionarios del mismo ministerio que no quiso recibir a Luis Manuel meses antes, se apuraron a compartir, como quien pasaba por Twitter y Facebook. Otros directivos de esa institución, más osados, echaron mano a su humor de tercera para calificar a Otero Alcántara como “rata de alcantarilla”. Como el humor es una forma elaborada del pensamiento, por estos días el hijo de otro funcionario lanzó un challenge en las redes donde se burla de la huelga de hambre de la gente de San Isidro. Como puede verse, todos podrán sentirse complacidos en un tiempo breve. Y aquel artista de antes podrá tener la Cuba que pidió. Todos dormirán plácidamente en lo adelante, de eso estoy seguro.

Es absurdo pensar que el Estado no va a ejercer la violencia ante situaciones que considera comprometen su dominio. Pero si lo único que va a ejercer el Estado ante tales circunstancias es violencia, tenemos un problema grave. Ejercer la violencia contra cineastas que piden una Ley de Cine o se oponen a la censura de una película en un pequeño festival; contra animalistas que claman protección legal para sus mascotas; contra un grupo de personas que quieren hacer una revista para ejercer su derecho a la opción por un centrismo político; como mismo se ejerce contra un grupo de individuos que, con razón o no, deciden reclamar la enmienda de una sentencia judicial que consideran injusta, excesiva y arbitraria; todo ello significa que tenemos un problema todavía peor. Que la opción para el que no acepta ni escoge la violencia como opción viable puede ser, definitivamente, morir.

Hay que considerar que el suicidio de una persona que cree más deseable morir que seguir viviendo en tales circunstancias sería una tragedia sin regreso. Un desastre moral que nos va a acompañar para siempre a los que todavía creemos en el valor de la palabra como algo que existe más allá de un acto de fe. Si el mismo Estado que ejerce la violencia es incapaz de comprender que la lógica de dominación imperante en tiempos del caudillo se ha vuelto inviable, que nuevos actores sociales organizados van a poner en cuestión los presupuestos que dan por sentada esa dominación, pero ante ello no va a hacer más que reprimir, esto nos coloca ante una encrucijada.

Alguien debería comprender, más allá de la “razón de Estado”, que un hombre que ha pasado más tiempo de su vida en la cárcel que viajando, que ha estado encarcelado por razones que no entiende, y que ha llegado a ese estado porque no sabe cómo vivir con lo que cree injusto, es un hombre que prefiere morir. Ese sería su último acto de resistencia y oposición a lo que no acepta, pero también es la derrota de todos los que vamos a estar vivos cuando él se haya irremediablemente marchado. Porque con él se habría ido el derecho que nos corresponde y que ninguna violencia puede arrebatarnos el sentirnos limpios al pensar en libertad. Quiero decir, a que las palabras dejen de traicionar la realidad.

El “dejarse ir” de Otero Alcántara nos va a alcanzar a todos para siempre. Porque nos va a mostrar que no fuimos capaces de irnos con él. Que nos quedamos entre los cazadores del Parque Central, entre los abyectos indiferentes, entre los que piensan que el “bloqueo yanqui” es una causa mayor que justifica incluso que seamos viles con el prójimo. Que vamos a seguir viendo para siempre esa cacería donde unos hombres roban un derecho que es de todos mientras hacemos silencio.

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