‘La revolució dels artistes’ , de Leandro Feal
‘La revolució dels artistes’ , de Leandro Feal, en Utopia 126, Barcelona, junio de 2021

La revolució dels artistes es un mural que actualiza la estética pop y una instalación con mimbres de manifiesto. También una fotografía a gran escala que sacude las reglas del oficio a base de una puesta en escena que cobija usos publicitarios, hashtags, posters, capturas de pantalla, recreaciones de la propaganda política, retratos o eslóganes. Todo ello emplazado como el perímetro perfecto para un photocall.

Que Leandro Feal está dotado con una intuición fotográfica fuera de lo común no es algo que vayamos a descubrir ahora. Esto es evidente tanto en la molienda de sus referentes –Alberto Korda, Josef Koudelka, Boris Mikhaïlov–, como en la forma de implicarse en el propio medio, donde a veces se comporta como un paparazzi a la caza de su objetivo, y a veces cruza la frontera hacia el otro lado de la cámara para dar testimonio de su lugar en el mundo.

En su primera trayectoria cubana, Feal deambuló por esquinas poco transitadas, sacando a la superficie experiencias que desafiaban la estandarización de la vida comunista desde el espacio íntimo de una libertad por cuenta propia. En su vida barcelonesa, o en otras ciudades del descampado global, ha sabido capturar resistencias interiores y protestas exteriores hasta convertirlas en iconografías del presente. No han faltado parábolas entre Cuba y Catalunya, donde ha seguido el rastro del underground, los movimientos sociales o la simetría de las banderas con el convencimiento de tener mucho que aprender y algo que decir a sus nuevos paisanos.

Cartel de la exposición ‘La revolució dels artistas’ , de Leandro Feal, en Utopia 126, Barcelona, junio de 2021
Cartel de la pieza ‘La revolució dels artistes’ , de Leandro Feal, en Utopia 126, Barcelona, junio de 2021

La revolució dels artistes es una obra individual realizada expresamente para la exposición colectiva Viva la devolución, que se inauguró el pasado septiembre en la galería Utopía126, de Barcelona. Pero bien podría ser el boceto de otra exposición posible. Un homenaje que cruza, por solo citar unos cuantos nombres de artistas visuales que aquí aparecen, a Luis Manuel Otero Alcántara con Tania Bruguera, a Julio Llópiz-Casal con Camila Lobón, a Claudia Genlui con Celia González, a Yunior García Aguilera con Hamlet Lavastida. Colegas que han marcado y han sido marcados –en varios casos con el acoso o la cárcel– por las protestas cubanas de estos tiempos. Tampoco falta la imagen de un juego de fútbol (que a su vez cita el performance colectivo El arte joven se dedica al béisbol, realizado en 1989 y que consta como la primera huelga del arte cubano después de 1959). Treinta años después, al fútbol jugó incluso alguno que había participado en el juego de pelota de referencia, caso de Lázaro Saavedra, René Francisco y Luis Gómez Armenteros.

Si Henri Michaux definió a los artistas como seres incapaces de resistirse al impulso de dejar huellas, Hamlet Lavastida ha avanzado que su labor debería convertirlos en seres capaces de conquistar el espacio simbólico. En esa cuerda, Feal concibe este mural como una obra de urgencia y, asimismo, arqueológica. Tiene tanto de la impresión en esténcil, a menudo utilizada por su amigo Lavastida, como del método pictórico de Raúl Martínez, el más alto exponente del pop cubano: el artista que, allá por los años sesenta del siglo pasado, convirtió a esta tendencia en “un arma de la Revolución”, para decirlo con la retórica de entonces. Siguiendo la dinámica propia del pop, Martínez hizo con la ideología revolucionaria lo mismo que Andy Warhol con la economía capitalista. Esto es, convertir a los héroes (Fidel Castro, Che Guevara) en fetiches de circulación masiva, igualados a un mismo nivel cromático con personas corrientes. Sesenta años más tarde, allí donde el pop primigenio se dedicaba a igualar, Feal prefiere distinguir. Dejando clara la distancia entre el poder (un presidente, un ministro) y los artistas. Entre los encargados de enmarcar a la sociedad y quienes los desbordan desde esta. Entre los amos del espacio político y los conquistadores del espacio iconográfico.

La tradición fotográfica cuenta con el bagaje necesario para transformar el ámbito público. En su ensayo Contra la originalidad (El éxtasis de las influencias), el novelista Jonathan Lethem recuerda los tiempos en que los propietarios de los edificios, amparados por la ley, podían prohibir que estos fueran captados por las cámaras. Así que la fotografía tuvo que librar una dura contienda jurídica para revertir ese paralelo entre la propiedad y su representación. Solo cuando se ganó esta batalla, el fotógrafo pudo ufanarse de haberse convertido en un “gato libre de mirar a un rey”.

Eso que conquistó la fotografía en un capitalismo no tan remoto, es lo que han hecho los artistas presentes en esta pieza con el socialismo cubano de hoy: apropiarse del espacio público, mirar cara a cara al poder, y levantar su propio edificio simbólico.

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