Frederick de Armas (FOTO Casa de América)

Como en un palacio de espejos, como otro salón de pasos perdidos y encontrados, El abra del Yumurí (Verbum, 2016) deviene un laberinto donde se entremezclan las ficciones familiares, los fantasmas de la Historia y los juegos lujosos de un lenguaje.

Basado en el manuscrito de una novela inconclusa que le legara su madre, Ana Galdós, una habanera de alcurnia que emigró a Estados Unidos después del triunfo revolucionario en 1959, y pórtico de una trilogía aún inconclusa, el libro de De Armas propone un fresco dinámico de la alta sociedad habanera prerrevolucionaria. El drama de un país a punto de cambiar para siempre está contenido en las historias de cinco mujeres. Sus vidas estarán en el relato entrelazadas con distintas realidades, unidas en el denso lienzo histórico urdido por el narrador; un lienzo en el que fluyen lo autobiográfico, la ficción y ciertos elementos afines a la novela negra.

El abra del Yumurí, como relato, atraviesa las grandes mansiones de la Habana, se detiene en los monumentos, busca y encuentra en la arquitectura habanera de los cuarenta y cincuenta el correlato más acorde a las pasiones y peripecias de sus personajes. Siguiendo esa geografía urbana, el libro establece su filiación con algunos de esos grandes libros que nos hacen ver, con nitidez y luz fascinante y crepuscular, algo así como las historias de los hombres narradas por la arquitectura, los paisajes y las obras de arte.

Lo que esta, la primera novela de Frederick de Armas, recoge, no son sólo los ecos de un pasado, las formas de un mundo cubano de ayer, sino su mitología, la atmósfera que, a punto de incendiarse, avivó su fragilidad y su grandeza. Si en Bomarzo (1962), del argentino Manuel Mujica Laínez, el diálogo fundamental del relato estará postulado, a nivel alegórico, en la recreación de las esculturas del sacro bosque de los monstruos, en El abra del Yumurí, será el diálogo con la pintura lo que dará las claves de la historia. Y si en la novela del argentino será la sucesiva aparición en sueños o en viajes de las grandes formas de los monstruos las que expresarán la ambigüedad, la metamorfosis del espíritu del protagonista, en la novela del cubano será la pintura como espejo del mundo el sutil hilo conductor entre disímiles personajes y sucesos.

En su acercamiento a la novela, el crítico Yoandy Cabrera ha afirmado que El abra del Yumurí vuelve sobre la obsesión de su autor en torno a las complejas conexiones entre pintura y poesía, esos misterios lazos que tan bien ha estudiado en su faceta como académico y que en su novela pueblan el texto.

Como bien arguye Cabrera “De Armas expande y diversifica el ángulo de lo cubano haciéndolo más universal”. Sin embargo, creo que el novelista quizás va un poco más allá. En esta novela, como en su día en Paradiso (1966), más allá de las diferencias obvias entre una y otra, lo cubano deviene parte integrante, no subalterna, de la gran cultura universal. El sustrato mítico, la continua referencialidad, las diversas alusiones culturales a las raíces de la nación, son tratadas por De Armas sin caer en las consabidas dicotomías jerárquicas. Los paralelismos con los mitos griegos, la pintura española, el aire y la luz de Matanzas, las religiones populares de la isla, son presentadas como expresiones no excluyentes ni intercambiables. La novela es la caja negra de todo un mundo perdido y ganado por y para la escritura.

Después de todo El abra del Yumurí es, a su modo, un relato de la imposible restauración. De ahí su delicada melancolía, su nostalgia. El vocablo, acuñado por Johannes Hofer en 1688, parte de las raíces griegas nostos que alude al regreso y algia que significa anhelo. Es decir, que la palabra “nostalgia” puede ser definida, por tanto, como el anhelo por un hogar que ya no existe, o que no ha existido nunca. Svetlana Boym, en su conocido ensayo sobre el tema, distingue entre dos formas: la “nostalgia restaurativa” y la “nostalgia reflexiva”. La primera se concentra en el nostos, el regreso a casa. La nostalgia reflexiva, por su parte, se concentra en el álgos, el anhelo en sí mismo, intenta refractar una realidad, no restablecer el pasado. En el caso de la novela de De Armas, se trata del despliegue sutil de lo que Boym ha llamado “nostalgia restaurativa”, esa que resalta el hogar e intenta una reconstrucción imposible del hogar perdido. La nostalgia reflexiva descansa en la profundización de los anhelos, y retrasa el regreso a casa, con cierta melancolía y desesperación. De cualquier modo, estas definiciones no son excluyentes. La nostalgia restaurativa, esa que leemos en El abra…, no se considera a sí misma como nostalgia, sino más bien como verdad y tradición. Este tipo de nostalgia parece proteger la verdad absoluta, al tiempo que la instituye.

Pero De Armas no nos ofrece un cuadro idílico, sino un retablo compulsivo donde crimen y nobleza, donde el refinamiento y el asesinato, son esferas que no dejan de imantarse mutuamente. El asesino serial que elige sólo a mujeres aristócratas como sus víctimas, y que utiliza un pañuelo de seda para perpetrar sus crímenes, otorga a El abra del Yumurí ese espesor alegórico, esa metafísica de la modernidad que es, según Walter Benjamin, atributo de la novela policíaca. Con ella se deja al lector una puerta abierta a la hipótesis de que los asesinos seriales tienen en ciertos relatos el curioso rol de encarnación obscena, y a veces profética, de las pulsiones reprimidas de una época.

En una novela como El abra del Yumurí encontraremos ecos, juegos, laberintos, conexiones semejantes a las que el propio De Armas descubre y explora en su Quixotic Frescoes: Cervantes and Italian Renaissance Art (2006), su minucioso estudio sobre el lugar de la pintura y la escultura europeas en la obra de Cervantes. La visión del estudioso, su sensibilidad cultivada en la creación ensayística, está puesta acá al servicio de la ficción interpretativa, de la evocación creadora. Concebir la novela como palacio de la memoria, es decir, como una suerte de artefacto mnemotécnico, según nos es descrito por Frances Yates en The Art of Memory (1966), acaso ofrezca la oportunidad de leer las imágenes pictóricas que subyacen y articulan la trama como agentes de un saber secreto a conservar y desentrañar. Un saber que es, como el pasado de Cuba, como la magdalena proustiana, también un sabor: el de las ilusiones perdidas.

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