El Observatorio contra la Polarización y el Extremismo Político de ‘La Joven Cuba’ suele repetir los tropos funcionales al poder en Cuba, aunque no los enuncie directamente.
‘¿Ojos para volar?’, Graciela Iturbide, 1991. FUNDACIÓN MAPFRE

Estrenado en octubre de 2022 en la plataforma La Joven Cuba, el Observatorio contra la Polarización y el Extremismo Político, una entidad sin nombres personales asociados, ha venido presentando en entregas sucesivas los resultados de sus observaciones sobre dos de los males que asolan toda vida política actual: la polarización y el extremismo. La existencia de un observatorio de la polarización y el extremismo político es, considerando las problemáticas objeto de atención, necesaria, especialmente en el contexto cubano, si se reconoce que las posiciones políticas en el país han tendido en los últimos años a la radicalización de ciertos sectores y con ello al desarrollo de posiciones que pudiéramos llamar extremistas, en un entorno altamente polarizado.

En su artículo de presentación, el Observatorio ofrece una conceptualización propia de las nociones fundamentales que le interesa abarcar:

Entendemos la polarización política como el fenómeno en el que actores políticos de una sociedad se separan en posturas divergentes que se tornan extremas y excluyentes entre sí, cancelando cualquier posibilidad de diálogo. En este proceso intervienen las élites políticas, tanto gobernantes como opositoras, medios de comunicación, instituciones y comunidades digitales que agrupan a individuos, movimientos u organizaciones necesariamente en uno de los bandos. Asimismo, se interpreta forzosamente cualquier fenómeno político o sociocultural bajo el prisma del conflicto entre “ellos y nosotros”, limitando un abordaje complejo de la realidad.

Asumimos como extremismo político el posicionamiento, ya sea de un sector de la sociedad, un partido político, un grupo de poder o un individuo, en una postura totalmente distanciada del diálogo o el respeto al otro. Parte de considerar ilegítimo todo lo que guarde relación con su oponente y asume como necesario cualquier mecanismo para derrotarlo. Por lo general, se vale del populismo y la manipulación para captar adeptos y justificar el uso de la violencia en cualquiera de sus variantes en pos de un “objetivo mayor”.

Ambas conceptualizaciones son suficientemente amplias como para ser funcionales con independencia del régimen político en que se observen ambos fenómenos. Digamos que describen la apariencia del fenómeno y no necesariamente sus condicionantes o sus peculiaridades en contextos diferenciados. Tal descripción fenoménica de vocación taxonómica no sería problemática si ella no condujera directamente al problema de las falsas equivalencias.

Los extremos de la polarización, que son tanto extremos de una relación polar como actores cuyas prácticas pueden entenderse como extremistas, son vistos por el Observatorio como si él mismo estuviera colocado en un punto medio desde el cual ambos extremos aparecen como equidistantes; una posición que ocupa el punto cero de la objetividad. Sin embargo, tal posición, aunque geométricamente posible, no tiene capacidad explicativa alguna, en la medida en que termina, inevitablemente, ubicando el punto de observación en un sitio muy cercano a uno de los extremos mientras revindica su propia pretensión de objetividad.

Sandoval Roballo, una de las autoras a partir de las cuales se ha construido la conceptualización del Observatorio afirma –y ese debería ser un presupuesto básico de cualquier entidad que se dedique a la observación de fenómenos sociales– que “la idea del extremismo debe ser relacional, puesto que el extremismo per se no puede ser aprehendido”.

Esta cualidad relacional significa, concretamente, que aquello que se considera extremista es resultado también de un punto de vista, y por tanto no puede ser calificado al margen de su posición relativa (a los esclavistas del Sur de Estados Unidos, por ejemplo, les parecía extremismo la voluntad de erradicar el esclavismo; a los partidos políticos mexicanos les pareció un acto de completo extremismo el alzamiento zapatista en 1994). Significa también que el extremismo no tiene necesariamente una connotación negativa, pues en ciertas situaciones extremas, donde hay presión sobre la libertad y la vida, la alternativa llama a la radicalidad, y la radicalidad es todavía diferente del extremismo en tanto se plantea como alternativa a una realidad concreta, y no sobre un vacío. Una visión objetiva (o tendencialmente objetiva, porque el grado cero de la objetividad es inexistente) no podría construirse entonces ocupando un sitio de observación equidistante sino intentando develar los condicionantes de las posiciones y la relación entre ellas. Tendría que considerar, básicamente, las dinámicas de poder entre uno y otro pretendido extremo. Y eso es justamente lo que el Observatorio falla en observar, poniendo como equivalente un régimen impuesto durante décadas que ha tenido el poder efectivo para encarcelar, desterrar, matar y sostener condiciones precarias de vida para una población bajo un régimen de opresión, y del otro lado una oposición que, frente a esa realidad, encuentra maneras de acción y discursos que pueden ser o parecer más o menos radicales, extremistas, o polarizadas, pero que en ningún caso existen sobre el vacío.

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Cuando el Observatorio pone como ejemplo de extremismo una manifestación contra lo que en uno de los textos llaman “las caravanas que en Estados Unidos piden el fin de las sanciones” borra todo el contexto que permitiría explicar por qué una parte del exilio se opone al levantamiento de las sanciones contra el Gobierno cubano y la achaca simplemente a un extremismo que, en ausencia de tal contexto, aparece como gratuito e injustificado. Por supuesto, tal operación podría excusarse con el que hecho de que se trata meramente de una observación (es un observatorio, finalmente) y que, como tal, no tendría por qué incluir explicaciones de lo observado –que por otra parte aparecen en un panorama muy general en la primera entrega–. La apelación a la observación podría también servir de excusa para pretender que no corresponde a los observadores hacer aseveraciones que conduzcan a juicios éticos, pero, en ausencia de la contextualización necesaria, tal juicio ético está implícito. Y favorece al régimen cubano.

Otro tanto aplica al llevado y traído “diálogo”. Incluso en las definiciones sobre polarización y extremismo, el Observatorio coloca el diálogo en el centro como criterio que permite reconocer la polarización y el extremismo. Sobre la polarización, dice: “fenómeno en el que actores políticos de una sociedad se separan en posturas divergentes que se tornan extremas y excluyentes entre sí, cancelando cualquier posibilidad de diálogo”. Y sobre el extremismo: “asumimos como extremismo político el posicionamiento, ya sea de un sector de la sociedad, un partido político, un grupo de poder o un individuo, en una postura totalmente distanciada del diálogo o el respeto al otro”. El diálogo estaría aquí en ese mismo centro que permite ver a la misma distancia los extremos y, por tanto, considerarlos como equivalentes. Así, todo lo que no sea propenso al diálogo es a priori visto como extremismo político y contribuyente al refuerzo de la polarización.

Primera entrega del Observatorio contra la Polarización y el Extremismo Político de ‘La Joven Cuba’, bajo el lema “Un camino hacia el diálogo y la reconciliación en Cuba”.
Primera entrega del Observatorio contra la Polarización y el Extremismo Político de ‘La Joven Cuba’, bajo el lema “Un camino hacia el diálogo y la reconciliación en Cuba”.

Esta visión dicotómica (polar acaso) entre diálogo y polarización/extremismo es simplista y elimina por su propia definición la legitimidad de formas de oposición y confrontación a situaciones de injusticia y regímenes de opresión en las que el diálogo no es una opción, no porque no se desee sino porque las situaciones o los regímenes lo impiden. De inicio, elimina el universo pragmático de las revoluciones, que suelen ocurrir a través de la disputa directa por el poder, y, asimismo, un amplísimo repertorio de formas de lucha no violenta como los paros, las huelgas, las manifestaciones, los escraches, las sentadas, el abucheo y una larga de lista de posibilidades. Muchas de estas formas de lucha cívica, utilizadas en todo el mundo contra regímenes de diverso signo político, son de hecho parte de un movimiento de presión para conducir eventualmente a un diálogo, pero un diálogo en el que sea posible lograr una simetría entre las partes a través de la colocación de la parte que está en el poder en una posición más vulnerable, en la que la ostentación misma del poder se vea amenazada, pues solo en esa posición sería posible alcanzar el éxito de las negociaciones. De lo contrario, el “diálogo” suele conducir, en general, al desplazamiento de la potencia emancipadora contra la opresión hacia un escenario “dialógico” en el que las demandas legítimas son dejadas a un lado en beneficio de la agenda de quien está en la posición de poder.

Es esa una de las maneras en las que el régimen cubano ha presentado el diálogo en los últimos años, como una fachada detrás de la cual lo único que tiene realmente espacio es la revalidación de la ideología y la forma de gobierno dominante, con beneficios para participantes específicos. Cuando Raúl Castro dijo que estaba realizando (como se cita en el texto del Observatorio) “prolongados esfuerzos hacia la normalización plena de las relaciones de Cuba con su emigración que siente amor por la patria y por sus familias” la última parte de la expresión deja claro que hay un perfil aceptable de quiénes podrían ser partícipes de la normalización, y no es exactamente el del amor a la patria sino el de la fidelidad a la élite en el poder.

En el tratamiento de la relación entre el gobierno cubano y la migración, en el marco de la observación de la polarización y el extremismo político, el Observatorio repite todos los tropos funcionales al poder en Cuba, aunque no los enuncie directamente: la dificultad para otorgar derechos básicos a los ciudadanos cubanos estriba en el carácter agresivo de la política de Estados Unidos contra Cuba y en la circunstancia de que los emigrados se han sumado a posiciones de derecha o ultraderecha. Eso es lo que refuerza –según el Observatorio– la polarización y no el hecho estructural de que la migración cubana, a pesar de ser el principal sostenedor de la vida cotidiana de quienes viven dentro del país, y por tanto del país mismo, no tienen en ella ningún derecho de participación que no sea el de sostén económico, ni siquiera la posibilidad de votar en las manipuladas elecciones que se realizan en el país.

En ocasiones anteriores, el Observatorio dedicó espacio a las manifestaciones de extremismo del gobierno cubano y de sus detractores, dejando muy claro cuáles son los polos de una relación política proclive a los extremismos. Aunque presumiblemente el Observatorio atiende ambos polos con la misma pretensión de imparcialidad –al menos no dice que solo los opositores son extremistas–, los ejemplos que presenta de extremismo del gobierno cubano son dudosos en la medida en que una acción extremista implica siempre la existencia de una situación normal, un estado relativamente equilibrado de cosas sobre el cual el extremismo resultaría sobresaliente y justificaría tal denominación; o sea, si algunas acciones del gobierno cubano se juzgan como extremistas es porque el resto de ellas son normales. La posición del Observatorio esconde el hecho de que el gobierno cubano no es un gobierno normal al que a veces se le va la mano, sino uno diseñado para el control total, e impide ver la constitución estructural de la opresión que hace posibles situaciones tales como impedir el regreso de ciudadanos cubanos a la isla. Este tipo de acciones, como las presiones para abandonar el país, las detenciones arbitrarias, las penas excesivas a los manifestantes del 11J, las censuras, las expulsiones de profesores de centros universitarios, la criminalización pública de la disidencia, los asesinatos de reputación, no son casos de extremismo, sino manifestaciones de una forma de gobierno totalitario que tiene en la censura y la represión su forma privilegiada de lidiar con la discrepancia en cualquiera de sus gradientes.

Del lado de lo que consideran extremismo de los detractores del gobierno cubano, ubican por su parte todo lo que, desde organismos internacionales y/u otros Estados, se realizó para poner en cuestionamiento la presentación del régimen cubano como un gobierno con las mismas condiciones que otros gobiernos de la región, como es el caso de la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela de la IX Cumbre de las Américas. Se puede estar a favor o en contra de tal decisión por varias razones, pero categorizarla como extremista impide su valoración como un acto de diplomacia política legítima dentro del repertorio diplomático de los organismos regionales e internacionales. Por otra parte, en el mismo apartado de “detractores del gobierno cubano”, aparece tanto un gobierno o un organismo regional, como grupos sin afiliación institucional que se organizan por ejemplo para sabotear las presentaciones públicas de Puentes de Amor, una iniciativa que aunque ha pretendido mostrarse como exclusivamente humanitaria, realiza labores de propaganda para el gobierno cubano y participa de una agenda política.

Uno de los episodios puntuales que evidencia un descuido con el tratamiento de las escalas en los ejemplos es la mención de un ataque contra la agente de opinión Ana Hurtado. Por qué un ataque, de una única persona, que además no incluyó agresión física, hacia una agente extranjera del castrismo que permanentemente elabora y difunde lenguaje de odio hacia los “gusanos” (como les llama) con el beneplácito y apoyo del propio presidente del país es considerado extremismo, pero no así las acciones y declaraciones de la propia Ana Hurtado: se trata de uno de tantos ejemplos que hace pensar que por debajo de la pretensión de objetividad de la “observación” se esconde un apoyo velado hacia el régimen sirviéndose de falsas equivalencias, descontextualización y encubrimiento de las relaciones y las dinámicas de poder.

La polarización y el extremismo político son por supuesto fenómenos reconocibles en la realidad cubana y, de hecho, es de esperar que vayan en aumento. Pero pretender que el régimen que sostiene el totalitarismo cubano es equivalente a sus detractores, que el extremismo no tiene en realidad mucha razón de ser, y que la voluntad de diálogo de los opositores al régimen con sus opresores es todo lo que hace falta para resolver los gravísimos problemas de un país en crisis permanente, es, por decir lo menos, una tremenda irresponsabilidad.

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Hilda del Carmen Landrove Torres. Investigadora y promotora cultural cubana. Se ha dedicado durante años al emprendimiento social y cultural y más recientemente a la investigación académica en temas de antropología. Actualmente es candidata a Doctora en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.

2 comentarios

  1. Hilda coincido totalmente con tu columna. No se puede tratar igual a los desiguales. En qué sentido? En que no hay un plano de igualdad institucional entre lo que en un país democrático es el gobierno y la oposición. Por eso celebro la lucidez de tu análisis. Un sólo matiz: he leído en la Joven Cuba muchos análisis muy críticos y acertados sobre el gobierno de Cuba. Ojalá esta diferencia con LJC si se pueda abordar desde el dialogo y respeto. Saludos.

  2. Excelente Hilda, muchas gracias por este análisis lúcido y sensato.
    El Observatorio del extremismo, tiene primero que sincerar quién escribe y analiza, pero eso de esconderse ya no resulta confiable luego de seis décadas de dictadura opaca, que impide la información pública a la ciudadanía todo ese tiempo.
    También coincido en que no establecer la asimetría entre el poder y los ciudadanos en un contexto de dictadura, es una falacia. Eso no es objetividad, los ejemplos utilizados por el laboratorio muestran su parcialidad a favor de la dictadura y reclama a las víctimas de los atropellos subordinarse a un supuesto diálogo entre «los amos» y «los esclavos», sin constatar la imposibilidad de la ciudadanía de participar en el control del poder que los aplasta. En otras palabras, le pide a los «esclavos» que sean sumisos al amo que los atropella. Sin contexto, este Observatorio es un apoyo a la dictadura cubana.

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