Libros de Poppy Z. Brite (FOTO Instagram / jordaline)
Libros de Poppy Z. Brite (FOTO Instagram / jordaline)

Hace ya varios años armamos con algunos amigos, profesores y alumnos en Puebla un club de libros raros.

No, raros no, bizarros. No, más que bizarros: enfermos.

Ya había escrito sobre dicha salamanca aquí mismo, así que no ahondo mucho más. Lo que importa para esta columna de La Broma Infinita es que una de esas amigas nos propuso a una tal Poppy Z. Brite, escritora de Nueva Orleans de la que nadie tenía noticia. El libro que envió, en PDF pirata (cual debe de to be) fue El arte más íntimo, novela de 1996. Desde las primeras líneas no había lugar a dudas sobre el color del pan que esta Poppy Z. Brite amasaba en el horno: “A la mayoría les maté a cuchillo. Lo cual no quiere decir que les despedazara por gusto. La mutilación grave o el desmembramiento no me deleitaban; no entonces; lo que me atraía era el susurro tenue y el tajo de la cuchilla”.

En esa novela de Brite, dos psicópatas se daban cita para elegir una víctima común, un chico vietnamita. El primero, Andrew Compton, era un asesino que se autoinducía un estado catatónico para escaparse de la cárcel y cuyos rasgos estaban basados en Dennis Nilsen (aquel sujeto que, en el distrito de Muswell Hill, Londres, estranguló en los años ochenta a más de quince jóvenes); el segundo, Jay Byrne, era un criminal con alto sentido estético, y su perfil estaba inspirado en Jeffrey Dahmer (el Carnicero de Milwaukee, caníbal y necrófilo estadounidense al que se le atribuyeron, entre los setenta y los noventa, cerca de veinte asesinatos). El vibrante chisporroteo criminal que surgía entre ambos hacía parecer a Patrick Bateman bastante menos feroz que lo que Easton Ellis y Mary Harron nos lo enseñaron en American Psycho.

Ese libro de Poppy Z. Brite tiene la virtud de toda buena obra de triperío extremo: hace que cierres las tapas asqueado, pero sabiendo que a la semana querrás más. Así que paralelo a la averiguación de quién firmaba con tan singular nombre, conseguí por mi cuenta, ya que se había deshecho el club de lectura, El alma del vampiro y La llamada de la sangre, las únicas novelas que hasta el momento se habían traducido –y mal, con un español castizo insoportable; se quejan de Anagrama… vean cómo traduce La Factoría de Ideas.

Primero, el personaje. Durante muchísimos años, a pesar de haber nacido mujer bajo el nombre de Melissa Ann Brite, Poppy se sentía claramente un hombre, aunque se había negado a adoptar el travestismo y más aún a someterse al cambio de sexo. Se definía a sí misma como un “transexual no operativo” y conjuraba esta crisis de identidad justo en su literatura. Por eso la ambigüedad de género, la bisexualidad y las pulsiones tanáticas desatadas hacia objetos de deseo que no puede alcanzar se evidenciaba de manera tan patente en sus relatos. Hasta que en 2010 inició su proceso de reasignación sexual, año en que firma, como Billy Martin, la proclama “Iʼm Basically Retired (For Now)”, poniendo en pausa su carrera literaria. ¿Qué hacen Bill Martin y su esposo, el chef Chris DeBarr? Según el sitio web de Brite, rescatan gatos y se empecinan en resistir cada huracán que embiste contra la ciudad de Nueva Orleans.

Ahora, la obra. Hay cosas muy enfermas en estado manifiesto entre sus escritos. Tanto en El alma del vampiro como en El arte más íntimo, La llamada de la sangre y Liquor, de 2004 –confieso que me falta leer Trazos de sangre–, hay un humor retorcido solo digerible para mentes entrenadas en el género (“su sangre es pegajosa y dulzona, querida mía. Yo puedo darte algo mucho más agradable”, le dice Zillah a Jessy en El alma del vampiro); descripciones explícitas de crímenes y aberraciones; encuentros y diálogos entre personajes que resultan una combinación rara pero atractiva de Sheridan LeFanu, Hoffmann y el Marqués de Sade; saltos de personajes de una narración a otra (el caso de los famosos Steve Finn y Fantasma, de El alma del vampiro, que deambulan también como Pedro por su casa por otros relatos); y una obsesión por los vericuetos de Nueva Orleans, así como el estado de Maine supone un escenario de fetiche para una de sus influencias latentes: Stephen King.

Son curiosos los psicópatas, vampiros y asesinos de Poppy Z. Brite. Como si sus actos y dichos, en extremo aberrantes, no estuvieran simbolizando nada y fueran así como son. Es decir, aquí hay puro regocijo gore, sin que aquello quiera significar algo más. Y eso, por supuesto, da miedo. Y del bueno.

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Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981). Escritor, comunicólogo social y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es autor del volumen de cuentos Satori (2018) y de las novelas Clowns (2016) e Infectados (próxima aparición: 2020). Ha publicado, además, El texto desbordado. Aproximaciones contemporáneas al fenómeno literario y artístico (2019); El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (2014) y los dos volúmenes de Roberto Bolaño: una narrativa en el margen (2013 y 2016), entre otros libros académicos. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética, además de escribir y coordinar libros críticos dedicados a autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.

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