Reinaldo Arenas: “El sol racionado”

Tomado de ‘Linden Lane Magazine’, vol. 1, n. 2, abril-junio, 1982, p. 22.

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La novela cubana actual es más rica en personajes que en autores. No puede ser de otra manera en un sitio donde actualmente el arte es una “dependencia” del Ministerio del Interior, al igual que en el medioevo la ciencia era una “sierva” de la Teología. El Ministerio del Interior (y dentro de él la Seguridad del Estado) es ahora quien “atiende” —vigila, condena y premia— tanto a los creadores como a los intérpretes (personajes y autores) manteniendo a todo un pueblo encarcelado y amordazado. La gran épica del terror más prolongado y perfecto que padece Cuba desde hace más de veinte años —persecuciones, retractaciones, depuraciones, deportaciones y fusilamientos…— persiste en la memoria y en el alma de todo un pueblo que incluye naturalmente a sus escritores más relevantes, ya en la tumba, en la cárcel o en el exilio. Poco a poco ese horror se irá conociendo.

Hoy ya sabemos, todo el mundo lo sabe —con excepción, naturalmente, de los esbirros nacionales e internacionales— que la Isla de Cuba es una unánime prisión, que lanchas superrápidas custodian día y noche sus costas, listas para ametrallar a quien intente buscar la libertad; hoy sabemos que esa perfecta prisión está dividida en múltiples prisiones. Algunas son subterráneas y medievales, como La Cabaña, San Severino, Boniato, etc.; otras, se llaman de “mayor rigor”, como Quivicán, Guanajay, Kilo 7; otras, son ciudades prisiones como el siniestramente célebre Combinado del Este; otras, llamadas irracionalmente “prisiones abiertas” o “granjas de rehabilitación” se disfuminan por todo el territorio nacional y sus cayos adyacentes, usurpando y manchando no solamente nuestra historia, sino también nuestra geografía. En estas prisiones el recluso sólo tiene que trabajar forzado el resto dé su condena, que puede ser de uno a treinta años.

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También se sabe —y quien no lo sepa ya es hora de que lo averigüe— que hay prisiones exclusivas para adolescentes, campos de trabajos forzados para homosexuales, celdas de torturas instaladas en Villa Marista[1] y sus anexos para los demasiado silenciosos, y vastas prisiones exclusivas para mujeres que ostentan, como en un mundo típicamente orweliano nombres como “Nuevo Amanecer” y “América Libre”. Para todos los prisioneros no se escatiman tampoco “gavetas” o miniceldas, chinchorros y emparedamientos. Para los que no están dentro de esas prisiones, es decir, para el resto del pueblo que aún tiene el “privilegio” de transitar eventualmente por las calles, hay policías en cada esquina, comités de vigilancia en cada cuadra, “consejos de vecinos” en cada edificio, “consejos de seguridad” en cada centro de trabajo y libretas de racionamiento en cada hogar… No, no es por azar que los intelectuales o eventuales turistas procastristas que elogian los supuestos “logros” del sistema prefieren entonar sus loas a cierta distancia; distancia que irónicamente comienza en los Estados Unidos o en Francia… Sabemos muy bien —¡cómo lo vamos a ignorar!— la vil actitud de muchos de los llamados intelectuales “liberales” norteamericanos y latinoamericanos quienes saben denunciar los crímenes cuando estos les resultan rentables y Ies proporcionan apetitosos viajes (en son de congresistas o turistas) por los países del sol o por los países de las grandes editoriales de occidente. Todo eso y mucho más se sabe, y no estamos, por lo demás, dispuestos ni a olvidarlo ni a perdonarlo.

Si algún alma “cándida” queda aún por el mundo que ignore lo que matraquillosamente aquí se le repite, le rogamos que vaya a Cuba, y en vez de internarse por el Parque Lenin, o por los hoteles exclusivos para turistas extranjeros, o por las tribunas y fachadas oficiales, exija que se le muestre el cuerpo tumefacto de Armando Valladares o el sitio donde se pudren los huesos de Nelson Rodríguez… A estos señores “liberales” o “humanistas viajeros” les hacemos el ruego de que intenten llevarse, junto con una colección de afiches del “Premier”, algunas fotos donde aparezca cómo viven las mujeres en las sórdidas prisiones de Pinar del Río; cómo viven (o mueren), cómo son torturados o fusilados los presos en las sucesivas cárceles que pueblan el “primer territorio libre de América”… ¿No os preguntáis, pálidos de ingenuidad, y balanceándoos al son de “La Internacional”, por qué el New York Times, que corrió a tirarle fotos a Fidel Castro en la Sierra Maestra (en su estadía de varios meses), no fue capaz de tomar ni una sola de Huber Matos en su prisión de veinte años? ¿No os preguntáis, ruborizados de tanto candor, por qué la televisión norteamericana, que incesantemente muestra las actividades de los “guerrilleros” en El Salvador no se interna con el mismo empecinamiento y facilidad en los campos de trabajos forzados cubanos? ¿Cómo es que aún no han ido las cámaras norteamericanas a hacerle una encuesta a Armando Valladares? Tiempo ha sobrado: lleva 22 años en la cárcel. No he oído aún a un libelista norteamericano hablar del poeta Ángel Cuadra, ni de Jorge Valls. ¿Qué periódico norteamericano ha reportado el nombre de las personas masacradas en las calles por los militares castristas durante la toma de la Embajada del Perú, en La Habana? ¿Será que la mención de esos prisioneros y esos cadáveres no se cobra en dólares?

De todos modos, si el viaje a Cuba en son no turístico o apologético, sino por pura honestidad intelectual y humana, os resulta demasiado arriesgado o costoso, o si el “amable guía” se niega a abrir las cárceles y mostrar lo que allí sucede, entonces, se debe leer por lo menos el libro Plantado, de Hilda Perera,[2] obra admirable tanto por su rigor documental, como, por sus valores artísticos. Pues si es cierto que la obra recoge testimonios de primera mano brindados por los presos o ex-presos cubanos y sus familiares, no es menos importante señalar la inteligencia poética y narrativa conque la autora ha sabido combinar los acontecimientos. Verdadera novela de horror sin ficción, sin socorridos patetismos ni descargas panfletarias. El énfasis no está aquí en el terror, sino, en el rigor escueto y documentado conque el mismo se nos presenta. La autora demuestra estar en el momento culminante de su madurez artística. El libro es como una ventana que se abre abruptamente, sin discurso ni preámbulo, a un campo de exterminio, dejando en el alma y en la indignada memoria de los que estamos ya fuera del muro, la certeza de habernos asomado a las mismas puertas del infierno… Infierno que se hace más inadmisible, humillante y siniestro pues a medida que avanza se autodenomina “abanderado del futuro y liberador del género humano”.

Sucesión de crímenes sin castigo íntegramente trasladados a la hoja en blanco, aquí se nos muestra hasta qué grado de bestialidad puede llegar un sistema totalitario perfecto —fascista-marxista— para, sencillamente, seguir ejerciendo el crimen, es decir, seguir en el poder contra toda manifestación de repudio popular. El libro ofrece abundante material para hacer un estudio sobre el desarrollo de la mentalidad criminal en los cuerpos represivos (entiéndase: seres humanos) bajo los estados totalitarios. Y este grado de deshumanización al que se puede llevar al hombre debería ser objeto de un minucioso estudio y contención por parte de los pueblos libres (gobiernos y hombres) que aún tengan interés en seguir siéndolo. Detrás de Hitler tenía que haber millones de alemanes especializados en manejar cámaras de gas, inyecciones mortíferas y eficaces instrumentos de tortura —que diez millones de seres humanos no se dejan incinerar vivos porque un criminal levante el brazo—. ¿De cuántos rusos se valió Stalin para eliminar a 15 millones de rusos?… ¿Cuántos hombres “atienden” hoy las inmensas poblaciones penales situadas en toda Cuba?… Detrás de esas cercas y muros custodiados por esbirros están los que no quieren que nadie se vea obligado a ser esbirro. Ellos justifican, enaltecen y amparan a todos los hombres. Plantado es también, entre otras cosas, un canto a esos hombres tercos y desamparados condenados a prisión perpetua o ya fusilados.

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Asistimos, con la lectura de este libro, a los vastos campos de trabajos forzados en Isla de Pino; queda aquí reflejado de una manera irrebatible —pues son las mismas víctimas, consignadas con nombres y apellidos, las que narran— cómo durante la llamada “Crisis de octubre” (1962) las prisiones cubanas atestadas de prisioneros políticos indefensos, fueron minadas con dinamita para, en caso de una supuesta invasión o revolución interna, volar a todos los cautivos (¡). Contemplamos aquí las masacres en las prisiones de Boniato (provincia de Oriente) y La Cabaña (La Habana). Oímos el estallido de los cuerpos traspasados por la metralla. Vemos desfilar a miles de hombres hambrientos y semidesnudos; cuerpos esqueléticos (algunos ya postrados) que llevan diez o veinte años emparedados, esperando que de un momento a otro se les conceda la “gracia” (el descanso) de ser abolidos… ¡Y sin embargo ahí están!: ofreciendo al terror sus figuras endebles y una terquedad imprevisible hasta para los mismos torturadores “galvanizados por una fuerza interior”, aferrados desesperadamente a lo único que ya se posee y en cualquier momento se puede perder: la vida… Y aún meditando, interrogándose, dudando, buscando, es decir, sosteniendo, casi milagrosamente, esa divina condición humana:

“A veces interrumpía mis pensamientos el hambre, mi destino personal, mi terror a quedarme inválido. A veces me sentía envuelto en una niebla espesa. Como si nada de lo que yo pensara o sintiera pudiera trascender. Cada día calaba más profundamente en mí mismo y me sentía más solo. Muchas veces busqué a Dios sin encontrarlo. ¿Qué sentido podría tener mi vida dentro de la indiferencia cósmica? ¿La tenía acaso? Y se regresa de esas incursiones galvanizados por una fuerza interior, por un grito que me obligaba a reafirmarme. Sí, aún sin Dios, mi vida tenía sentido; tenía que aferrarme a vivirla.”[3]

La dimensión de este libro, tanto por sus valores literarios como por su condición de documento expositivo de una de las masacres más sanguinarias cometida contra el género humano en lo que va del presente siglo, es digna de compararse con Un día en la vida de Ivan Desinovich,de Alexander Soljenitsin… Un día, veinte años, es lo mismo para quien el tiempo ha dejado de medirse por el cambio de las estaciones, por la llegada del día o de la noche, por el estruendo de la lluvia, por un crepúsculo junto al mar, un viaje, o la posibilidad de un encuentro perturbador con un cuerpo glorioso… Un día, un año veinte años, señalados sólo por la hora del “recuento”, los traslados de una a otra celda, las imprevisibles y violentas requisas, la fugaz e insegura visita de un ser querido, la última mirada del que marcha al paredón, la imagen nítida y distante de la madre, el derivar estacionados sobre la litera llena de chinches, inventando ternuras cada vez más imposibles, quizás irrecuperables:

“Mi madre me ofrecía ¡o que ofrecen las madres: la continuidad de un sentimiento instintivo, irracional; esa fuerza irreprimible que se traduce en nimiedades consoladoras, la atadura inquebrantable y férrea de su vida a la mía, la perpetuidad de sus ojos iluminados al relatarme sus miles de insomnios por peligros que me acecharan, la tibieza de su mano, de su pecho, de los miles de caldos y tilos y palabras hechas o dichas con todas las paciencias, la infalible atención a mis palabras, como si de mi boca siempre estuviera a punto de salir una verdad que motivara su orgullo.”[4]

En medio de esas meditaciones, entre tanta soledad escoltada e injusticia silenciada, una salida al patio o a la azotea de la prisión constituye, verdaderamente, una dicha inapreciable. Todo el que haya estado preso en las cárceles cubanas, que nada tienen que envidiarles a las fortalezas medievales, sabe lo que significa un baño de sol. Pero también este “privilegio” es allí muchas veces suprimido. Así durante veintitrés años nuestro pueblo no sólo sufre la racionalización de todos los alimentos, calzado y ropa, sino también el racionamiento del sol:

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“Hasta entonces, normalmente nos daban cuatro horas de sol a la semana. El sol llega a extrañarse como a alguien querido. Es todo: la tibieza, lo libre, sentir herida la pupila, recordar días que lo tuvieron, ¡qué sé yo! Esperábamos el martes o el jueves de sol, como a la visita de un pariente lejano, común a todos. Había quien al salir al patio, abría los brazos para recibirlo. A veces, cuando al salir levantábamos la vista adolorida por la luz y veíamos en el azul del cielo, el ala de algún pájaro cuyo vuelo se cruzaba un instante con nuestros ojos, ordenaban: “¡Adentro!”, y entrábamos ciegos, sin luz, sin la poca, la exigua libertad de mirar cielo.

El nuevo reglamento prohibía hasta ese sol racionado que nos permitían dos o tres veces por semana. Decretaba prisión cerrada; es decir, prisión en galeras, donde el día empieza a las diez de la mañana y termina a las cuatro de ¡a tarde. ¡Qué un cubano le prohíba a otro nada menos que el sol!… ‘Prisión cerrada’.”[5]

Los hombres que figuran en este libro —obreros, intelectuales, estudiantes, campesinos— son los hombres que han estado siempre del lado de la libertad, algunos eran combatientes antibatistianos, quienes pronto comprendieron —¡cómo no lo iban a comprender!— que había que seguir combatiendo. Gente de pueblo que no pensó ni siquiera en cruzar el mar; gente que luchó por una verdadera revolución, por una democracia no sólo estampada en un papel o en la retórica insulsa de quien precisamente la suprime, ni en la verborrea de quien habla, él solo, en nombre de diez millones de personas, y ominosamente le comunica al mundo que esos diez millones de personas amordazadas y esclavizadas, sin derecho ni siquiera de locomoción, elecciones o huelga, son “ciudadanos libres”. Aquí figuran los hombres que no soportaron esa nueva ignominia, y, por lo tanto, son ya cadáveres, prisioneros o exiliados.

Con esa terquedad luminosa y legendaria, con esos testimonios irrebatibles, con la airada memoria y la empecinada esperanza de esas víctimas se ha compuesto este libro; obra coral, por donde transita la tragedia de todo un pueblo esclavizado o disperso. Pero aún persistiendo. La existencia de este libro es una prueba inequívoca de esa voluntad.

Postdata: Voceros y agentes muellemente solapados del castrismo que viven naturalmente en Miami han intentado invalidar este libro y el doloroso testimonio que el mismo representa, aludiendo que la autora no estuvo en los escenarios donde se desarrollan los acontecimientos. La tesis, además de mal intencionada, es endeble: el libro está construido con los testimonios de quienes sufrieron esas prisiones y cuyos nombres son relacionados al final de la obra. Por otra parte, ¿acaso Tolstoi peleó en las guerras napoleónicas o asesinó Dostoievski a alguna anciana? Sin embargo, ¿quién podrá negar el realismo de Guerra y paz o Crimen y castigo?


Notas:

[1] Villa Marista era antes del castrismo una escuela católica, ahora es el organismo central del Departamento de Seguridad del Estado. Las celdas son ahora celdas de tortura herméticamente cerradas por planchas de hierro. Cada una de estas celdas está “equipada” (ahora) con una tubería especial para que el preso pueda recibir baños de vapor o baños fríos.

[2] Hilda Perca: Plantado, Ed. Planeta, colección Documento, Barcelona, España, 1981.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.


Documento original

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