Severo Sarduy, Tánger, verano de 1968

La presente traducción de la obra Je vous écoute (Le escucho) de Severo Sarduy (1937-1993) se basa en el texto que aparece en francés en el tomo II de la Obra completa, edición de François Wahl y Gustavo Guerrero (ALLCA XX Archivos, París, 1999, pp. 1112-1116). Según Wahl, quien preparó una nota introductoria (NRF, n.o 549, abril, 1999) en la primicia que la dio a conocer el mismo año, y que también traducimos y reproducimos aquí, se trata de un texto original en francés inédito que data de 1978 o 1979. Wahl comenta que Sarduy lo escribe después de uno de sus últimos viajes a Tánger, Marruecos, a donde solía acompañar a su amigo Roland Barthes (Barthes murió en 1980).

Antes de nuestra versión, el texto fue traducido por Sebastián Gardette y publicado, pero en forma trunca y sin el beneficio de la nota de Wahl. En la presente traducción ha sido decisiva la ayuda de la profesora Mary Ann Gosser y del poeta Néstor Díaz de Villegas, ambos grandes conocedores de la obra de Sarduy. Agradezco igualmente las conversaciones sobre el tema con Mercedes Sarduy, hermana del escritor.

Enrico Mario Santí
Claremont, CA, 9 de septiembre, 2020


Le escucho

Severo Sarduy

Personajes

Él
Ella (pero suponemos que se trata de un varón)
La radio
Una casete

I. Escuchar

Ella. He venido para escuchar.

Él. No puedo decirle nada. Nada existía antes. Todo ocurre durante el juego y a medida que se hacen las preguntas.

Ella. ¿Qué preguntas?

Él. No sé. El que maneja el juego las inventa. Arregla el decorado, dirige el libreto, monta la obra ayudado por lo que encuentre: un viejo aparato de radio, por ejemplo, y lo que por casualidad ahí se escuche, como una voz.

Ella. ¿Y los otros?

Él. Según las preguntas, según las reglas. La cuestión es cambiar, travestirse, hacerse otro. Disfrazarse. Ojos en blanco en un rostro blanco. Simular algo, un crimen, un ritual vacío, un sacrificio.

Ella. ¿Quién hacía las preguntas?

Él. Él. Siempre él. Y no se sabe por qué. De repente era como una novela policial: una historia que ocurría en Tánger, simple y llanamente porque en la radio tocaban música árabe. Seguidamente en un mercado, un viejo traficante nos propuso una casete en blanco, aunque de hecho contenía algo. Una voz. Una voz autoritaria, tal vez de un dictador. La llamamos El Sacrificador.

Ella. ¿Y el juego empezó así?

Él. Sí. Hasta que las preguntas dictaron lo que sigue. Lo cual se precisó muy pronto.

Ella. ¿De qué se trataba?

Él. Había que eliminar algo, hacer desaparecer algo.

Ella. ¿Matar a alguien?

Él. Sí. Entonces nos disfrazamos. La cara pintada de blanco. Los ojos en blanco. Las pestañas en aluminio, y los labios. Nos convertimos en voraces insectos gigantes, o en muñecas maléficas. En un garabato, o en locos. Una vez pintarrajeados, garabateados, irreconocibles, entonces podíamos empezar el juego… Él dijo: “El peor de los jeroglíficos, ¿no será el de no haber nacido?” Quería desaparecer, desvanecerse, convertirse en piedra. Nos convertimos en los otros.

Ella. ¿Y la obra?

Él. Él fue quien inventó todo, dirigió todo.

Ella. ¿Un relato policial?

Él. Sí. Al final, tuvimos que disparar. Él vestía un impermeable blanco. Con un sombrero. Todo ocurría en la alcazaba de Tánger con fondo de música popular. Y además, una voz amenazante. Un drogadicto, o un brujo. Un viejo. Frases incomprensibles en francés. Una amenaza, de seguro.

Ella. ¿Puedo escucharla? [una casete]. Pero ¿por qué lo perseguían? ¿Por qué había que matarlo?

Él. Él quería saber cómo íbamos a matarlo. Era él quien hacía las preguntas sobre su muerte ficticia. Le inventamos una historia al responderle. No importaba cuál, siempre y cuando muriese al final. Casi siempre una historia de droga; o bien un asesinato resultado de un robo; o bien una desaparición oscura, inexplicable, en un burdel del pueblo, en medio de un círculo de muchachos que esperaban no se sabe bien qué.

Ella. Un sacrificio.

Él. O bien una venta de esclavos. Se les llevaba a la plaza desnudos y encadenados. Los traficantes venían a saborearles el sudor para comprobar si eran fuertes y tenían buena salud. Entonces se les compraba a bajo precio y se les revendía en el Sur, muy lejos al sur, en las fronteras del desierto.

Ella. ¿Todos se prestaban al juego?

Él. Él, él hacía las preguntas. Los otros jugaban según las respuestas. Sólo contaba el final. Cuando terminan las preguntas, empieza el juego.

Ella. Entonces, volvamos a escuchar la voz. [Casete]. ÉL LE TAPA LA CARA.

II. Ver

Ella. Usted me llamó.

Él. Una luz pálida, amarillo sucio color mostaza que caía de la claraboya central, en el salón vacío, ¿Se acuerda usted?

Ella. No. No veo. No me acuerdo. ¿En el salón vacío?

Él. Sí, una luz que caía, como un cono blancuzco, de la claraboya.

Ella. ¿Y alrededor?

Él. Usted lo sabe. Usted se acuerda: las habitaciones. El olor de las habitaciones.

Ella. No. Yo no veo. No me acuerdo.

Él. Fue ahí que él desapareció.

Ella. Desaparecido. El olor de las sábanas. Sí, la gente se había acostado ahí. La gente iba allí para acostarse. Me acuerdo.

Él. O entonces, esa música dulzona en la radio. Siempre la misma. ¿Ud. se acuerda?

Ella. Se oía en la plaza, al lado de la casa de la claraboya. El olor: me acuerdo del olor de la plaza. Menta. Té de menta. Me acuerdo: yerba quemada, olor a hachís.

Él. Y ¿dentro de la casa? Ese olor como de especias, de sudor. La gente venía a acostarse allí. La noche entera. Y hasta la tarde. Una luz color mostaza. Una luz que caía, a veces lechosa, cono móvil, de la claraboya.

Ella. Sí. Y la radio siempre encendida. Me acuerdo.

Él. Fue ahí que él desapareció. En ese olor. Entre sábanas sacudidas, como para secarlas. Era olor a sexo. Llovía. Muchachos sentados en la tarde en el salón oscuro, todavía húmedo, bajo la luz amarilla de la claraboya. Sentados en círculo allí. Esperando algo, a alguien. No bebían. Algunos fumaban. En silencio. Algunos se habían quitado la camisa. Sudaban. Las gotas les resbalaban por la piel. Olor a especias. En el silencio de la siesta, y de repente, una voz en español. Un grito. Alguien buscaba algo. O alguien no entendía, trataba de entender. La música. Se ponía la radio bajito. Fue dentro de ese círculo, bajo esa luz, escuchando esa voz en español, sudando, sin camisa, en esa casa, ante las sábanas sacudidas, como para secarlas, que desapareció.

Ella. No sé. No me acuerdo. Había soldados que bajaron de la montaña. Los había que esperaban toda la tarde. La misma música. Ponían la radio en el suelo, en medio del círculo.

Él. ¿Se acuerda ahora?

Ella. Sí. Hay un momento en que todo se aclara—una luz brusca, de droga, insoportable, como justo antes de un desmayo, tránsito al vacío, como una muerte provisoria. Sí. Eso es, una muerte provisoria. Después, se queda todo lo que ha pasado.

Él. El instante ha desaparecido.

Ella. No, no desaparecido.

Él. Entonces, destruido, aniquilado.

Ella. No, más bien… borrado. Eso es, borrado. Alguien entró en esta casa. Bajo la claraboya. En el gran salón de espera. Oyendo la misma música siempre. Y luego, sí, me acuerdo, una grabación de voz de hombre. Alguien que entra en el círculo, en medio del círculo. Y que ahí se borró. Oyendo una voz de hombre. Esta [casete].

Él. En medio del círculo de los muchachos. Sin camisa. Algunos se habían quitado los jeans, o tenían abierta la bragueta. Debajo se veía una trusa roja o verde. Un rojo vivo, un rojo bermellón, sangre seca. Verde yerba fresca. Un verde claro japonés. Algunos se frotaban el sexo, distraídamente, en la penumbra. Oyendo la misma música, fumando hachís. Entró en medio del círculo. Dijo: “¿Quién me llamó? ¿Por qué?”

Ella. Se le llamó para hacerlo desaparecer. Se le hizo aparecer para precipitarlo. ¿Para convertirlo en qué? No lo sé. No me acuerdo. Una luz intensa. En medio del círculo. La voz grabada. Y enseguida después, cero. Borrado. Tachado. Bajo la claraboya.

Él. Perdido en el círculo. Una transferencia. Un sacrificio. En el centro del círculo, cerca de la radio, ¿había un agujero, un escotillón?

Ella. No

Él. Al fondo del salón, ¿una escalera? ¿Por allí salió encadenado, la boca cerrada con una venda, vendido como un esclavo en el mercado de la plaza?

Ella. No.

Él. Saboreaban el sudor de los esclavos para saber si estaban saludables. Un olor a sudor y a menta. Olor a sábanas sacudidas. Me acuerdo. Luego oímos la radio y también la voz cansada, temblorosa, voz de un viejo perdido, tal vez alejado, cansado, un hombre que no entiende… Entonces, él llegó al salón. El dueño de la casa… Un andaluz gritó algo en español. Fue ahí que él desapareció en el círculo, cerca de la radio, bajo la claraboya.

Ella. Paso al vacío. Pérdida en lo lleno.

Él. La voz, el olor de las sábanas. A sudor, a leche, a menta, ¿Alcohol?

Ella. No.

Él. Una música. Siempre la misma.

Ella. Me acuerdo. Entré en la penumbra del gran salón, en el círculo.

Él. Sí, me acuerdo.

Ella. Una luz pálida, que chorreaba, de un amarillo sucio color mostaza, que caía de la claraboya central en el salón. Los muchachos sentados en un círculo. Y él en el medio. Silencio. Cansancio. Descorazonamiento.

Él. Dibujado ¿Demasiado dibujado?

Ella. Tachado.


Nota

François Wahl

Este breve texto fue escrito directamente en francés a finales de los años setenta, al regreso de un viaje a Tánger. Nunca fue publicado, pero sí realizado por el Atelier de Création Radiophonique de France Culture, en julio de 1979, y difundido varias veces después.

A primera vista, el texto se sitúa bajo un triple signo: el de Nathalie Sarraute por lo que el primer diálogo tiene de detonante, dejando en suspenso de lo que se trata –digamos en el estilo de Fruits d’or; el de Burroughs, cuyo Naked Lunch (así como luego los cut ups) impresionó profundamente a Severo– además de que aquí aparece un retrato del propio Burroughs, y tiene préstamos explícitos del relato esbozado; el de Tánger, la loma hacia la plaza mítica Petit Socco, y de una especie de casa de citas que allí se encuentra. A esto habría que agregar un regreso a la fraseología de La playa, cuando se invocan colores.

Pero lo esencial no está en esto. Se trata de la descripción de un oscuro juego que es también una amenaza, el riesgo escamoteado de uno que dirige la propia víctima. Y que en la segunda parte se ofrece como desaparición en los meandros de un burdel fúnebre.

Nos damos cuenta de lo que el texto tiene de singular cuando se conoce la euforia que Severo solía expresar a su regreso de tales expediciones y las contaba. Se revelaba entonces un reverso de angustia, que igual se transparenta en ciertos poemas eróticos que aparecen en Colibrí, vínculos entre sexualidad y dominación, y al final de Cocuyo. Desde el punto de vista literario, expresa una tentación: ir más allá de Bataille y Burroughs en la oscura descripción de la subversión. Que eso no era su vocación, Severo lo sabía, y lo confirma la propia manera en que el presente texto se recorta. Pero él lo percibía como un déficit, un acto de escritura que él mismo era incapaz de realizar.

¿Incapaz? No estoy tan seguro. Porque dentro de su economía, su escamoteo de la narración a base del diálogo, la opacidad de una estructura que no revela sino un paulatino cuestionamiento que prohíbe representar y una representación que suspende las preguntas, este texto genera una angustia que precipita al lector a su propia noche.


Declaración de derechos de autor / Copyright

D. R. © Estate of Severo Sarduy / Herederos de Severo Sarduy
D. R. © de la traducción, Enrico Mario Santí

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ENRICO MARIO SANTÍ
Enrico Mario Santí (Santiago De Cuba, 1950). Ha sido catedrático de estudios latinoamericanos en las universidades de Cornell, Georgetown y Kentucky. Actualmente es Research Professor en Claremont Graduate University en Los Angeles, California. Tiene en su haber diez libros, dieciocho ediciones críticas (entre ellas, de clásicos hispanoamericanos como El laberinto de la soledad y Canto general), y más de cien ensayos, reseñas y entrevistas. Santí es también poeta, traductor, actor y escultor. Reside en Claremont, California.
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