La Habana hauntológica

La Habana se nos revela como una ciudad profundamente hauntológica, porque encarna de manera casi paradigmática esa superposición de temporalidades inconclusas. No es solo una ciudad marcada por el deterioro material; es un espacio saturado de promesas que apuntaban hacia distintos porvenires y que quedaron, de algún modo, detenidas en el tiempo.

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La Habana es una ciudad que me provoca sensaciones difíciles de nombrar. Hay en ella algo melancólico, una nostalgia que parece adherida a las superficies, y al mismo tiempo una inquietud persistente, un desajuste que no termina de resolverse. Camino por sus calles con la impresión de que algo insiste. Algo que no desapareció, pero que tampoco está plenamente ahí. La Habana se nos aparece como un fantasma, una ciudad suspendida entre lo que fue y lo que no llegó a ser.

Jacques Derrida acuña el término hauntología en su libro Espectros de Marx: El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional (1993), para pensar la persistencia de ciertas ideas que, aun dadas por superadas, continúan operando en el presente. La palabra misma es un juego lingüístico difícil de trasladar al español sin pérdidas. Surge del cruce entre to haunt, un verbo que remite a lo espectral, a aquello que acecha o regresa como una presencia inquietante, y ontology, la ontología como estudio del ser y la existencia. En español, hauntología conserva ese cruce en su forma original, mientras que fantología intenta acercarse desde lo semántico, subrayando la dimensión fantasmal del término.

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En Derrida, este término introduce una perturbación en la manera de entender el tiempo. El presente deja de sentirse estable y comienza a percibirse como un espacio atravesado por la insistencia de aquello que ya no es y, sin embargo, sigue actuando. El autor utiliza la metáfora del revenant, un espectro que regresa debido a una deuda no saldada, para insistir en que no se trata simplemente de un pasado que recordamos y ya, sino de uno que vuelve con una exigencia. En su origen, esta idea surge como respuesta a la supuesta “muerte” del marxismo tras la caída del muro: Derrida señala que el espectro de esas promesas radicales no puede ser enterrado tan fácilmente; esas promesas no desaparecen tan fácilmente. Permanecen, de otro modo.

Mark Fisher retoma esta idea y la desplaza hacia el análisis de la cultura contemporánea en Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (2014). Para Fisher, la hauntología describe una condición histórica específica en la que el presente ya no puede experimentarse como algo autónomo, sino como una acumulación de pasados. Fisher habla de una cultura marcada por el anacronismo y la inercia, donde el siglo XXI parece no haber comenzado del todo o, en otro registro, parece ya agotado antes de desplegarse plenamente. Esta sensación se articula en una de sus formulaciones más conocidas, que Fisher toma de Franco Berardi, la “cancelación lenta del futuro”.

La pregunta que surge inevitablemente es ¿Qué le pasó al futuro? Durante buena parte del siglo XX, el porvenir se imaginaba con intensidad. Existía una confianza en que algo distinto estaba por llegar. Hoy, esa energía parece debilitada. La vida avanza, pero el tiempo no se siente abierto. Se repiten formas, se reciclan imágenes, se insiste en lo ya conocido.

La Habana puede leerse como un palimpsesto temporal. En sus edificios, avenidas, plazas y parques conviven múltiples futuros que nunca llegaron a resolverse. La modernidad previa a 1959, con su aspiración cosmopolita, su cercanía a circuitos globales, su imaginario de progreso tecnológico, sigue visible en las fachadas. A ese estrato se superpone el proyecto revolucionario, que no solo rechaza ese modelo anterior, sino que propone uno completamente distinto, orientado en teoría hacia una sociedad socialista, igualitaria, antiimperialista. Durante las décadas de apoyo soviético, ese futuro pareció adquirir una base material concreta. Infraestructuras, escuelas, instituciones culturales, proyectos urbanísticos que daban la sensación de que el porvenir estaba en construcción. Sin embargo, ese proceso se interrumpe, y lo que queda no es un reemplazo claro, sino una coexistencia tensa entre restos de distintos horizontes.

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Fisher describe esta situación como una especie de estancamiento temporal. La vida continúa, los días pasan, pero algo en la experiencia del tiempo se detiene. No hay grandes rupturas culturales, no hay movimientos que reconfiguren de manera decisiva el horizonte. En su lugar, proliferan la repetición, la reutilización, la nostalgia. Pero Fisher insiste en que se trata de una condición posnostálgica. El problema no es el sentimiento de añorar el pasado, sino una patología del tiempo: la imposibilidad de experimentar el presente sin la mediación constante de lo que ya ocurrió o de lo que nunca llegó a ocurrir. Estamos, en sus palabras, “atrapados en un cementerio donde cada lápida marca una promesa incumplida”.

Por tanto, ninguno de estos futuros prometidos desaparece del todo. Permanecen activos, tanto material como simbólicamente. La arquitectura en La Habana no se deja encerrar fácilmente en la categoría de “patrimonio” como algo puramente pasado. Un cine moderno en ruinas, por ejemplo, no es solo un vestigio, sino que conserva la carga psicoemocional e histórica de la promesa que alguna vez encarnó. Muchos proyectos de la “era soviética” cubana, no se perciben como algo concluido, sino como proyectos en pausa. La Habana está llena de estos “proyectos en pausa” que, de una forma u otra, sabemos que nunca terminaran de nacer y los que tampoco se les permite morir. Incluso los edificios y zonas restauradas del circuito histórico introducen otra capa de complejidad, pues en ellos el pasado se presenta de forma cuidadosamente construida, pero es un pasado que ya estaba atravesado por una lógica de modernidad, de proyección a futuro. Se produce así una especie de simulación donde distintas temporalidades se reflejan unas en otras. En lugar de una línea continua que va del pasado al presente, la experiencia urbana se organiza como un desplazamiento entre anticipaciones detenidas.

Merlin Coverley, al sistematizar estas ideas en Hauntología: fantasmas de futuros pasados (2020), introduce una distinción que resulta clave. La hauntología se mueve entre dos corrientes temporales. Por un lado, lo que ya no es, pero sigue operando como una fuerza virtual. Por otro, lo que aún no ha sucedido, pero cuya promesa continúa influyendo en el presente. El pasado insiste a través de la repetición; el futuro, a través de la anticipación. Ambos convergen en el ahora, desestabilizando la idea de una progresión continua del tiempo.

Aunque este diagnóstico cultural se formula desde la crítica del capitalismo tardío, su alcance es más amplio. La hauntología no depende exclusivamente de un sistema económico específico; lo que describe, en un nivel más profundo, es una dislocación temporal. Futuros que se anunciaron con fuerza, que organizaron la experiencia colectiva, pero que no lograron realizarse y que, sin embargo, tampoco desaparecen. Persisten como espectros que habitan el presente.

Visto así, La Habana se nos revela como una ciudad profundamente hauntológica, porque encarna de manera casi paradigmática esa superposición de temporalidades inconclusas. No es solo una ciudad marcada por el deterioro material; es un espacio saturado de promesas que apuntaban hacia distintos porvenires y que quedaron, de algún modo, detenidas en el tiempo.

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Esto se vuelve aún más evidente en el ámbito político. La Revolución cubana fue, en su origen, uno de los proyectos nacionales más intensamente orientados hacia el futuro. No se limitaba a proponer reformas puntuales; buscaba reorganizar la sociedad en su conjunto y, con ello, reconfigurar la dirección de la historia. El año 1959 se presenta como un punto de ruptura radical a partir del cual se proyecta un horizonte de promesas de justicia y transformación.

Con el paso del tiempo, ese futuro se institucionaliza, se repite en discursos, conmemoraciones, consignas, se mantiene como un referente constante. Sin embargo, su función cambia: deja de operar como un destino percibido como cercano y comienza a comportarse como una invocación ritual. El Estado no simplemente recuerda el pasado, sino que mantiene activa una visión del futuro formulada en otro momento histórico, como si siguiera plenamente vigente. El discurso político continúa hoy en día hablando desde ese horizonte, incluso cuando la experiencia cotidiana se organiza en torno a dinámicas muy distintas. La propaganda, en este contexto, no funciona únicamente como un mecanismo de persuasión ideológica, sino que intenta sostener la continuidad de una narrativa histórica que corre el riesgo de desmoronarse. Funciona como el apuntalamiento ideológico de un pensamiento que se desmorona. La repetición de consignas, de fechas, de figuras, intenta, desesperadamente, evitar que ese futuro proyectado se convierta definitivamente en pasado.

A nivel de la experiencia cotidiana, por un lado, persiste un tiempo “oficial” que afirma la continuidad de un proyecto colectivo (como repite el infame eslogan “Somos continuidad”). Por otro, se desarrolla un tiempo vivido marcado por la improvisación, la supervivencia. La vida diaria, al menos desde los años noventa, se organiza en horizontes cortos. Conseguir recursos, adaptarse a la escasez, moverse dentro de economías informales, depender de remesas…

En este contexto, la relación con el futuro se reubica. Para muchos, particularmente los más jóvenes, el futuro imaginable se sitúa fuera del espacio nacional. Se produce así una separación entre el futuro colectivo que se proyecta desde el discurso oficial y los futuros individuales que se imaginan en otros territorios. Ambos niveles coexisten, y se genera una tensión constante entre una narrativa que no termina de perder su autoridad y una experiencia que ya no se organiza en torno a ella. Por eso, más que una simple falta de futuro, lo que se experimenta es una dificultad para situarlo. El problema no es únicamente imaginar lo que viene, sino reconocer un horizonte que resulte creíble y, sobre todo, cercano. La crisis de Cuba, en este sentido, no es solo material, sino también profundamente temporal.

Mientras esos futuros sigan operando como espectros, sin transformarse en otra cosa, el presente queda atrapado en ese limbo. No se trata de olvidar lo que fue ni de negar lo que se prometió. Pero sí de encontrar una manera de salir de ese bucle, de abrir un espacio donde el futuro vuelva a sentirse como algo practicable, algo que pueda empezar a tomar forma. De lo contrario, la ciudad seguirá habitada por esas presencias que no terminan de irse. Y nosotros, de alguna manera, seguiremos, como zombis, malviviendo entre ellas.

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GUSTAVO TORRES
GUSTAVO TORRES
Gustavo Gus Torres Arma (Habana del Este, Cuba, 2000). Historiador del arte, investigador y crítico independiente. Aborda las artes visuales desde perspectivas queer y feministas. Ha escrito para medios independientes cubanos.

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