Conspiranoico

Es lógico que cualquiera que haya nacido y crecido bajo el ojo del Gran Hermano, con el constante resquemor de ser delatado por un vecino o por su propia familia, y educado él mismo para delatar y autodelatarse, padezca un síndrome crónico de la sospecha. Si a esto sumamos la velocidad y densidad con que corre la desinformación en este mundo que, de tan virtualizado, ya no parece más que un simulacro de sí mismo, y el éxito creciente del odio y los extremismos en el idioma político, tenemos todos los ingredientes para que nazca el conspiranoico.
El conspiranoico es un amasijo de ojos que, de tanto vigilar y sospechar, percibe una realidad detrás de la realidad. Sus sentidos, sobre todo el común, se han atrofiado por la compulsión de repetir un relato que lo valide como mensajero mesiánico de la única verdad concebible, la suya. Da por sentada su ensimismada visión del mundo, por muy simplista que sea, a costa de cualquier evidencia fáctica y hasta de la lógica misma.
Por algún trauma o decepción que no viene al caso, su racionalidad ha cedido a un recelo fundamentalista. Desde ahí embutirá en un delirio conspirativo todo lo que ignore, no entienda o le disguste. Todo y todos a su alrededor serán parte de una gran conspiración para destruirlo y hacerse del control global. Así convertirá la mera diferencia ideológica en Guerra Fría; a cualquier antagonista político, en agente de un complot; y cualquier debate, en un intercambio de acusaciones maniáticas y no de argumentos. Si es de derecha, verá comunistas y revoluciones proletarias hasta en los stripteases de los puteros; si es de izquierda, fascistas y esvásticas hasta en La noche estrellada. Incluso cuando sus ideas contengan algún punto razonable, saboteará su propia credibilidad con grandilocuencias neuróticas.
Esta bestia ha perdido el discernimiento entre realidad y ficción. No piensa en las faltas éticas en que incurre con sus fabulaciones; en el daño real que hace con sus imputaciones sin sentido, cuando con ellas toma a víctimas y aliados por perpetradores o enemigos. No piensa en los estados de paranoia e histeria colectiva que alimenta, ni en cómo esos estados socavan sus propias causas.
El conspiranoico, a fuerza de llevar la suspicacia al extremo del ridículo, ha perdido la razón.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudoética que puede ser el ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weil, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

