Asedios espectrales a ‘El archivo en fragmentos’, libro de ensayos sobre la necroescritura de Marta Aponte Alsina

‘El archivo en fragmentos: voces, cartografías y bricolaje en la escritura de Marta Aponte Alsina’ (2025) dista de ser un coro de voces fantasmagóricas. Se trata de la manifestación de una comunidad animada y palpitante de creadores y estudiosos congregados para un abarcador Festschrift boricua.

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A Juan Carlos Rodríguez (1975-2026)

I

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En las conferencias que luego publicaría bajo el título Espectros de Marx (1994), Jacques Derrida adelantó una reflexión sobre el espectro como un hecho ético que desbordaba los perímetros y parámetros de la leyenda popular y la ficción fantástica. “El mismo Marx lo precisa –dictaba Derrida–, el espectro es una incorporación paradójica, el devenir-cuerpo, cierta forma fenoménica y carnal del espíritu […] difícil de nombrar”.[1] A contrapelo de mitos sobre aparecidos y almas en pena, Derrida argüía que el espectro interviene no para embrujar o ahuyentar sino para imponer una obligación, para detonar una crisis de conciencia. Como en un tribunal, el espectro comparece, desde un más allá, para servir como el desconcertante recordatorio de una promesa, deuda o justicia incumplida, asediando individuos y clanes, personas y naciones: “Ninguna justicia parece posible o pensable sin un principio de responsabilidad, más allá de todo presente vivo, en aquello que [lo] desquicia […], los fantasmas de los que aún no han nacido o de los que han muerto ya, víctimas o no de guerras, de violencias políticas, exterminaciones nacionalistas, sexistas o de otro tipo” (13).

Derrida puso sobre el tapete el tema del revenir espectral releyendo a Marx justo cuando, con el colapso de la Unión Soviética, se proclamaba la defunción del marxismo y la victoria absoluta del mercado, la propiedad privada y la democracia liberal como los ejes de un orden global definitivo. No por casualidad 1994 es también el año de publicación de Angélica furiosa, la ópera prima de Marta Aponte Alsina como narradora. Este otro supremo relato sobre los espectros que emergen al despegar la era global inicia el largo y fecundo diálogo que sostiene Aponte Alsina con la pervivencia posmoderna del fantasma en títulos como El cuarto rey mago (1996), La casa de la loca (1999), Vampiresas (2004), Fúgate (2005), Sexto sueño (2007), El fantasma de las cosas (2010), Sobre mi cadáver (2012), Desenlace (2021) y Borinquen Field (2023). Tal diálogo se da también en las ficciones de archivo en las que, inspirada por figuras o hechos documentados, Aponte Alsina escruta los vicios y los vacíos de los registros históricos: La muerte feliz de William Carlos Williams (2014), PR 3 Aguirre (2018) y Los botánicos alemanes (2024). Al normalizar una dimensión espectral en la diégesis de sus tramas y personajes, los cuentos y novelas de Aponte Alsina bien podrían verse como ejemplos del irrealismo crítico (critical irrealism) que, según Jon Greenaway, define los géneros del gótico posromántico.[2]

Los descarrilamientos y desbordamientos del tren-tsunami de la globalización han confirmado las advertencias de Derrida y las de Aponte para este siglo. Presenciamos hoy un afantasmamiento exponencial, tanto en el orbe de la creación como en el orden humano, con la crisis climática, el exterminio de poblaciones consideradas prescindibles, las siniestras infiltraciones de la inteligencia artificial y el aumento de extinciones irremplazables en el plano ecológico. Si permutamos el spanglish de un título suyo (Borinquen Field), podríamos decir que el mundo globalizado se ha vuelto un Burn-and-Kill Field: un galáctico Big Bang de espectralidades. En el campo de las humanidades, estas circunstancias han dado paso a una escuela de análisis conocida como hauntology, lo que podríamos traducir como “asediología”. Sus cultivadores, a tono con las pautas de Derrida y Aponte, van más allá de interpretar el acecho fantasmal como síntoma de una sicopatología del luto o el resabio de creencias atávicas sobre embrujos y purgatorios. Más bien estudian el auge mundial de lo espectral en la literatura y los imaginarios culturales como una manifestación de las ansiedades sociales activadas por el capitalismo desenfrenado y las catastróficas expansiones que las nuevas tecnologías le posibilitan. En Haunting Modernisms (2017), Matt Foley describe al espectro que asoma en estas circunstancias extremas como “la figuración de una alteridad ética que impele al sujeto a pensar futuros antes inconcebibles”.[3] Según Foley, el sujeto no tiene más remedio que hospedar al espectro en toda su perturbadora radicalidad, de acogerlo en la propia casa sin imponerle condiciones, exorcismos o purgaciones: “El sujeto tiene la responsabilidad de mantener una fidelidad al otro que ha muerto pero cuya presencia sigue percibiéndose en un espacio fantasmático entre la memoria y la alucinación”.[4] Esta propuesta describe al dedillo la necroescritura de Marta Aponte Alsina.

II

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El asunto de lo espectral no se destaca de buenas a primeras en la formidable colección de artículos, reseñas y testimonios sobre la eminente trayectoria creativa e intelectual de Marta Aponte Alsina que ha reunido la poeta y crítica Áurea María Sotomayor para la Editora Educación Emergente. El archivo en fragmentos: voces, cartografías y bricolaje en la escritura de Marta Aponte Alsina (2025) dista de ser un coro de voces fantasmagóricas. Se trata de la manifestación de una comunidad animada y palpitante de creadores y estudiosos congregados para un abarcador Festschrift boricua que celebra cuarenta años de indómita producción editorial, ensayística y narrativa. El libro es un resonante homenaje a la originalidad y la magnitud de la visión creativa de Aponte y el reconocimiento de una deuda multigeneracional con su ejemplo ético e intelectual.

En este aspecto, esta colección se relaciona y distingue de otras dedicadas a escritores puertorriqueños de prominencia. Las tribulaciones de Juliá (1992), enfocada en Edgardo Rodríguez Juliá, fue marcada por un espíritu de polémica y disenso productivo con el autor.[5] En Lección errante. Mayra Santos Febres y el Caribe contemporáneo (2011), un grupo multinacional de críticos jóvenes quiso destacar los debates sobre raza, cuerpo, sexualidad y caribeñidad hábilmente activados por esa escritora.[6] La selección, arquitectura y factura de El archivo en fragmentos indican, por su parte, la voluntad de incrementar, en vez de meramente calcular, la suma de un legado.

Esta colección pretende intensificar su futuridad, acrecentar de manera militante los imaginarios de pervivencia y resistencia que propone. “En este volumen –indica Sotomayor– se vinculan varias insistencias que intentan crear futuro […]. Esta compilación aspira a movilizar la memoria de una poiesis colectiva y del convite articulado entre quienes viven aquí, acullá o entremedio”.[7] “Aquí, acullá o entremedio”: con esta frase la prologuista alude, por supuesto, a la nutrida y peripatética diáspora boricua —nuestra “guagua aérea”, según el decir de Luis Rafael Sánchez. Podríamos asumir que también se refiere a los que han pasado al más allá (“acullá”) o andan atorados en el purgatorio de sus umbrales (el “entremedio”). Citando los trabajos de Ivette López Jiménez y Dafne Duchesne Sotomayor sobre la abundancia de fantasmas en el imaginario apontino, Sotomayor apunta a lo espectral como factor constituyente de esta futuridad: “El ejército de fantasmas [López Jiménez] o el ejército incorpóreo [Duchesne Sotomayor] se une a los ejércitos del presente para apalabrar su estrategia permanente y futura” (13).

Es notable pues que en este convite de tropas tangibles e intangibles participen creadores de múltiples promociones: narradores nacidos en los cuarenta –desde Edgardo Rodríguez Juliá (1946) y Lourdes Vásquez (1949)–, en los setenta –como Francisco Font (1970) y Juan Carlos Quiñones (1972)–, y en los ochenta, como Carlos Fonseca (1987), así como poetas –desde Áurea Sotomayor (1951) y Rafael Acevedo (1960) hasta Carlos Vázquez Cruz (1971) y Margarita Pintado Burgos (1981)–. También participan estudiosos de extensa y prestigiosa carrera como Luce López-Baralt, Malena Rodríguez Castro, Julio Ramos, Marithelma Costa, María Mercedes Carrión, Beatriz Llenín Figueroa y Vanessa Vilches Norat junto a críticos visionarios más jóvenes e incipientes como Christopher Powers Guimond, Duchesne Sotomayor y Nayra Ramírez.

El libro se divide entonces en tres secciones. La primera (sin nombre y la más extensa) es encabezada por la entrevista que Julio Ramos realizó a Aponte en 2019, respondiendo a la sublime conmoción que produjo entre sus lectores la salida del inclasificable PR 3 Aguirre. Le siguen once penetrantes estudios que abordan ejemplos sobresalientes de su novelística y su narrativa, más uno sobre su ensayística. En este último, Beatriz Llenín Figueroa se concentra en las conferencias y prosas recogidas en Somos islas (2015) y Madre del fuego (2022) para repasar cómo Aponte Alsina visualiza las interconexiones rizomáticas entre las ínsulas más marginales del Caribe como una gran patria líquida. En esta amplia patria, “nuestras islas pequeñas, lejos de ser espacios de asfixiante aislamiento, son diversas y complejas redes de mezclas y vínculos”.[8] Llenín Figueroa concluye correlacionando la visión apontina con la poética de la relación de Édouard Glissant y el pensamiento marealéctico de Kamau Braithwaite. El profesor Christopher Powers y la escritora Vanessa Vilches Norat escriben sobre los complejos derroteros aéreo-militares y cósmico-espíritas que Aponte Alsina documenta y fabula en su alucinante Borinquen Field. Ambos discuten, por una parte, cómo la novela documenta los orígenes de la Base Área Ramey, construida en el pueblo de Aguadilla por el ejército norteamericano como aeródromo de repostaje para bombarderos que, con escalas en Recife y Dakar, ingresarían en los teatros de guerra de la Segunda Guerra Mundial al sumarse los Estados Unidos al conflicto. Por otra, exploran cómo la autora fabula una proliferación de fantasmas en una cadena de posesiones como resultado de los desastres aéreos frecuentes en la zona; según la novela, estos “residuos espíritas” persisten existencialmente en la contemporaneidad boricua como un colapso entre temporalidades. María Mercedes Carrión, profesora que estudia la figuración literaria de jardines botánicos en Europa, y Vicente Quevedo Bonilla, botánico y ambientalista, analizan los procedimientos necróticos de los científicos viajeros que examinaron la flora tropical puertorriqueña en el siglo diecinueve, según narra Aponte Alsina en Los botánicos alemanes.

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En sus lecturas de PR 3 Aguirre, Ivette López Jiménez y Carlos Fonseca abordan la compleja futuridad –es decir, el ruinoso presente– que Aponte cartografía en las rutas de extracción y despojo trazadas por la industria cañera ausentista en Puerto Rico en la primera mitad del siglo veinte. En su lectura de La muerte feliz de William Carlos Williams, Dafne Duchesne Sotomayor hace un análisis interseccional afirmativo del cuerpo, la lengua y la identidad del migrante caribeño que logra reubicarse en el norte –tal como lo hizo, en Nueva Jersey, Raquel Hélène Rose Hoheb, madre mayagüezana del poeta titular y protagonista de la novela–. Malena Rodríguez y Nayra Ramírez, por su parte, abordan Sexto sueño, la obra más deliciosamente descabellada de Aponte Alsina: una minuciosa y fantasiosa “re-biografía” de Nathan Leopold (1904-1971). Vástago de la comunidad judía pudiente de Chicago, políglota y ornitólogo prodigioso, Leopold fue coautor, en sus años universitarios, de lo que la prensa amarilla de 1924 proclamó como “El crimen del siglo”: el frío asesinato del menor de edad Bobby Franks como parte de un experimento intelectual. En 1958, al conmutarse su cadena perpetua, Leopold se muda a Puerto Rico bajo libertad condicional para servir como asistente médico en el hospital Castañer de Adjuntas. En la novela, Violeta Cruz, médica forense y bolerista frustrada, re-imagina la vida de Leopold en Puerto Rico, mientras lleva a cabo la autopsia de su cadáver. Entre las hazañas que elucubra está el robo de Irenaki, una momia egipcia depositada en un museo universitario. Leopold lo reanima e incorpora a una noche de juerga que cierra una gira artística del famoso showman Sammy Davis, Jr. en San Juan. Malena Rodríguez analiza la escenificación de la autopsia como una disección de la historia documentada y una auscultación de los mecanismos internos de la novela como género. Ramírez, por su parte, reflexiona sobre la generación de imágenes que ocurre a partir del cadáver de Leopold. Finalmente, Luce López Baralt da cuenta de la magistral integración entre escritura, invisibilización y autofagia que detecta en las canibalizaciones intertextuales de tradiciones literarias de Oriente y Occidente de El cuarto rey mago.

La segunda parte del volumen, “Reseñas”, reproduce cinco textos que, según la editora, sirven para colocar en su justo lugar histórico obras clave de Aponte “en el momento que se publicaron”. Vemos pues a Manuel Clavell Carrasquillo elogiar, en 2004, la contemporaneidad de Vampiresas en su reseña para El Nuevo Día, evaluándola como “una novela de aprendizaje con ribetes góticos”, donde Aponte toma nota de las últimas tendencias mediáticas de la globalización. En vez de “las convenciones de las sagas familiares del realismo mágico o el nacionalismo recalcitrante”, arguye Clavell, Aponte recurre al tópico del vampiro, “un referente tan pop como extranjero”, para sumarse “a la revolución literaria que exigen estos tiempos” (260). También escuchamos la vertiginosa presentación que Juan Carlos Quiñones hizo de Sexto sueño, publicada en 80grados en 2014, en la que el autor dramatiza la temporalidad cuántica, sin asidero en lo lineal, que desata en el texto, como un ensalmo, la palabra “Ya”, colapsando los espacio-tiempos modernos de Chicago, Castañer y San Juan con los del Egipto antiguo. Por otra parte, con el texto de Margarita Pintado Burgos en la revista virtual El Roommate viajamos a 2020; para ella, en los relatos de La casa de la loca, Aponte destaca a mujeres que, eclipsadas por la fama de sus cónyuges –tal cual Rosario Díaz, esposa de Alejandro Tapia y Rivera, “padre de las letras puertorriqueñas”– operan tras bastidores con una agencia discreta pero contundente. Y vemos cómo, en su reseña de Los botánicos alemanes, Eugenio Santiago Valentín, curador del Herbario del Jardín Botánico de Río Piedras, avala el juicio negativo que hace Julia (personaje que Aponte toma de las columnas de Tapia para su revista La Azucena) de las intenciones de científicos como Hans Adalbert y Paul Sintenis cuando extraían especímenes de la flora de la isla para el beneficio financiero de reinos y consorcios europeos.

El volumen concluye con una sección breve y elocuente de testimonios de escritores amigos de Aponte o discípulos que agradecen su influjo. Edgardo Rodríguez Juliá recuerda los años de estudio cuando coincidieron en la “universidad benitista” y, cómo, cuando “ocurrió aquella eclosión de su talento literario”, “Marta Iris” pasó a ser “Marta Aponte”, mientras lidiaba “con mucha incomprensión de la obtusa crítica literaria” (283-6). Juan Carlos Quiñones declara su “ciega cercanía” con la escritora desde los inicios de su carrera literaria, y celebra “su sentido de la dignidad, su intransigencia ante el abuso y su desafío constante desde la palabra y la vida a la opresión de un imperio vil” (287-9). Lourdes Vásquez recuerda proyectos editoriales emprendidos bajo la dirección de Aponte y su coparticipación en conferencias a través del mundo; la describe como “una mujer escritora, con una libertad y complejidad de pensamiento tenaz” (290-1). Lissette Rolón Collazo, la directora de Editora Educación Emergente a cargo de la impecable edición, maquetación y diseño de este volumen, opta por el formato epistolar, y dirige tres cartas de luminosa apreciación y complicidad a “una editora que nos describe,” “una ensayista que no se lo cree,” y “una maga escribiente que nos inventa” (292-4). Carlos Vázquez Cruz, Carlos Fonseca, Francisco Font y Rafael Acevedo hacen acopio de las lecciones que, como escritores o editores, han aprendido de Aponte Alsina. Vázquez Cruz destaca “el revisionismo histórico y la despreocupada exhibición de lo puertorriqueño a la par con referentes caribeños e internacionales” (295-6). Fonseca aprecia el descubrir otro Caribe de rutas y archivos “al margen del Caribe barroco, carnavalesco y sexualizado” que preponderaba en sus seminarios doctorales en Princeton (297-8). Font celebra el desenfado de los formidables enredos técnicos, la involución híbrida, el “zigzagueo libérrimo del modo narrativo” (299-301) de Marta, la cuentera. Acevedo, el director de la revista En Rojo, del célebre semanario Claridad, y de la editorial La secta de los perros, rememora que su primer contacto con Marta fue por Libroguía, su legendaria revista de reseñas que “devoraba cuando era estudiante universitario”.  Asimismo, celebra la gestión de Marta como directora de las principales editoriales públicas del país y describe su obra crítica y creativa como “un tesoro intelectual” (302). El volumen concluye con una deliciosa crónica imaginaria de Marithelma Costa.  En ella, la crítica y novelista establecida en Nueva York fantasea una excursión con Aponte Alsina por los vericuetos de Greenwich Village. Allí vivió Aponte cuando hacía su posgrado en literatura comparada en New York University: las escritoras se topan con los fantasmas de Louise Bryant, Emma Goldman, Inez Milholland, John Reed y Claude McKay (303-5).

III

En su abarcadora introducción, Áurea María Sotomayor traslada ideas de sus notables trabajos sobre derecho, literatura y arte recogidos en Lo preso. Apalabrarse en la desposesión[9] para reflexionar sobre el vaivén entre el trabajo concreto de archivo y la desbordante elucubración imago-documental en la primera parte de PR 3 Aguirre. Sotomayor arguye que Aponta Alsina comienza su fabulación a partir de los contratos de compra y venta que, aprovechando las tremendas ventajas brindadas por el cambio de soberanía en 1898, llevaron a cabo familias adineradas de Boston en Puerto Rico. Estas familias se apoderaron de los terrenos que constituirían el “company town” de la hoy espectral Central Aguirre. Aponte Alsina, pues, re-fabula las funciones sociales y aficiones artísticas de estas acaudaladas familias para dramatizar la desigualdad constituyente de tales contratos como estratagemas del expolio y el robo colonial a principios del siglo veinte. Sotomayor además señala cómo Aponte aborda otra historicidad en Vampiresas: el colapso irreversible del Estado Libre Asociado como utopía socioeconómica con el fin de la Guerra Fría. Sotomayor anota cómo Laurita, joven protagonista que trabaja como transportista de paquetería, se traslada por espacios exteriores e interiores abultados por los desechos y el abandono de un desarrollismo desigual a ultranza. Aponte así logra cartografiar un “viaje a la deriva” de Miramar a Coamo y Yauco “en el cual [Laurita] descubrirá ruinas, casas de artistas convertidas en vampiras y pueblos fantasmales”, para así “denotar la desilusión de una generación frente a los espejismo político-partidistas”.

Otro acierto notable de la introducción es proponer que el inicio de Marta Aponte como escritora visionaria no ocurre en 1994 con Angélica furiosa –como presumo yo al principio de este trabajo–, sino con la publicación en 1985 de Lectura crítica del Parque Central de Bayamón, una crónica urbana sobre el estrafalario parque temático de esta ciudad.[10] Sotomayor considera este escrito como una obra-matriz de la que deviene la necroescritura apontina subsiguiente, según los tres vectores destacados en el título: el recurso de la fabulación para rescatar las voces suprimidas en los archivos oficiales; la inclinación de la narradora a cartografiar espacios y ecosistemas traumatizados por el colonialismo y la modernidad desmedida; y el bricolaje estratégico de desechos textuales y materiales para subsistir y resistir: “Este segundo escrito publicado de Marta Aponte Alsina es una indagación en los archivos de cómo se construyó y que motivó al artífice-político de un parque público para satisfacer de alguna forma la nostalgia de una población que emigra del campo a la ciudad en la década de los sesenta. Esa lectura crítica realizada por Aponte constituye en sí un bricolaje de citas provenientes de la teoría posmoderna a mediados de los ochenta […] No es insensato pues pensar en la hibridez de este texto casi inaugural para elucubrar el futuro proyecto narrativo de nuestra autora porque, sin bien alude negativamente a un bricoleur, también lo es la autora, más no para manipular los afectos y deseos de los habitantes, sino para quitarles un poco la venda de los ojos o la cera de los oídos”.

Entender el proceso textual apontino como un bricolaje de lo que queda a mano para la supervivencia epistémica y material de comunidades asoladas por la violencia del colonialismo es una propuesta acertada. Es entender esta ficción como una voluntad para animar, según reza otro título de Aponte Alsina, “el fantasma de las cosas”; es decir, escribir para resucitar los espectros que residen en nuestra cultura material. Aponte busca rescatar con su escritura-bricolaje el rastro aurático que conservan los enseres, ropas, muebles, cartas, fotografías, artesanías, amuletos y bordados de aquellos que ha sido desaparecidos por el destiempo de la catástrofe.

IV

Un tema apenas tocado en el volumen queda como una ruta por explorar: la pertinencia del gótico como tópico y discurso en el mundo narrativo de Aponte Alsina. Varios críticos jóvenes ya han propuesto una lectura gótica de su obra. Luis Othoniel Rosa, por ejemplo, ha escrito en El roommate: “en casi todos sus libros lo gótico aparece como el tropo literario por excelencia para narrar lo barata que le resulta la vida y el cuerpo a los centros del poder colonial y capitalista para los cuales la economía es más importante que la vida misma”. Asimismo, en una ponencia en LASA 2015, Juan Carlos López propuso leer Vampiresas a la luz de las ideas de Lizabeth Paravisini-Gebert, que habla de un “gótico caribeño”, y de Adriana Lía Goicochea, que estudia el gótico como estrategia feminista. Desde estas perspectivas, ese más allá que se repite en Aponte —ánima sola puesta en abismo— representa, según Rosa, “una rebelión contra un régimen de muerte”.

Si bien estoy de acuerdo en considerar a Aponte Alsina una destacada escritora del “neogótico” puertorriqueño, también pienso que, como bien indican las colaboraciones en esta compilación se ensayos, su obra resulta, antes bien, inclasificable e imposible de ser subsumida a un solo género o tendencia. Más que seguir las pautas del realismo mágico, la novela de detective o la literatura de suspenso en sus ficciones, Aponte lleva a cabo un cuestionamiento y una superación de cansonas convenciones de género (sobre todo las del gótico), debido a su profundo compromiso con la complejidad sicológica y existencial de sus protagonistas. Aponte evita así que sus relatos puedan ser interpretados como alegorías fáciles y simplonas, una característica típica de la diégesis gótica cuando reduce sus personajes y motivos a arquetipos comunes y absolutos, como si llevaran letra mayúscula (el Monstruo, la Víctima, la Maldición, la Ruina).

Los personajes de sus obras se manifiestan como individuos concretos y tangibles más allá de las fórmulas del melodrama. En el mundo de Angélica furiosa (1994), les cuesta pagar la renta, sudan dos o tres empleos, miman sus mascotas y luchan contra el sobrepeso con dietas multirégimen. A Angélica le asedian traumas síquico-espectrales de un extremismo gótico: nace en la mayor desposesión y hambruna rural y sobrevive al tráfico de blancas con saberes brujos, pero queda desequilibrada (no sabemos al final si es la autora de un homicidio revanchista), tras ser abusada por una secta de espiritistas de mesa blanca–. Angélica logra sin embargo sobreponerse a su circunstancia y convivir con su hija y su nieta de acuerdo una ética de persistente solidaridad transgeneracional.

El caso más representativo de cuán inclasificable nos luce la necroescritura de Aponte es la saga, aún inconclusa, de Gabriel Marte, el detective demente que recurre en su obra. En El cuarto rey mago, es el oficial asignado para investigar lo que la policía asume como un encuentro internacional de carteles de droga en el bosque de Carite. Marte descubre en vez un congreso místico de santos e iluminados de todas partes y edades históricas; pierde la razón cuando desaparece antes sus ojos Lorenzo Vargas, un envejeciente retirado y medio chiflado quien, a través de la novela, narra su infiltración en Carite en busca de su hijo Rímer, el “gran mariscal” de la convención. En el universo apontino, sin embargo, Marte no termina sus días en un lúgubre manicomio, como sería el desenlace gótico convencional. A pesar de su “discapacidad mental”, Marte continúa desempeñándose como detective puntilloso, resolviendo casos truculentos de feminicidio en Fúgate y Sobre mi cadáver con una agudeza de análisis digna de Sherlock Holmes, Alfonse Dupin o Hercules Poirot.

Es decir, aún inmersos en diversos matices de locura gótica, los personajes apontinos permanecen lúcidos y prudentes. Hechos a partes iguales de delirio y racionalidad, verismo y fantasía, son gente de carne y seso capaces de reensamblar una viviente y meditada cotidianidad, a pesar de los embates góticos del necro-colonialismo salvaje. En vez de demencia clínica, la dimensión esquizoide en estos personajes es una facultad reparadora y representa lo que Gilles Deleuze calificó, refiriéndose a la esquizofrenia como condición constitutiva de lo literario, como “una iniciativa de salud ante condiciones demasiado fuertes, irrespirables”.[11]

Tales cualidades constituyen a Fernando Lamas, la voz principal en Borinquen Field, la última manifestación del “irrealismo crítico” de Aponte. ¿Qué aspectos góticos operan en una novela en la que las prácticas del espiritismo en Puerto Rico ocupan un plano principal dentro de una expansiva cartografía geomilitar y cósmica (Aguadilla/Recife/Dakar/la Vía Láctea)? El alambicado y recargadísimo espacio/tiempo espírita de la novela escenifica lo que Walter Benjamin describe cuando una imagen del pasado –el espectro– regresa como una “detonación dialéctica que reconstela el presente” con un valor político inmediato. Esta temporalidad acrónica, que descarrila la historia fuera de una fácil teleología linear, opera a cabalidad en las ficciones de Aponte. Jon Greenaway la conecta así con el gótico: “El gótico es la historia a destiempo, fuera de sí; los fantasmas y la violencia del pasado haciéndose visible en el presente”.[12]

A mi entender, entonces, debo insistir en que, en obras como Los botánicos alemanes, La muerte feliz de William Carlos Williams, Vampiresas, El cuarto rey mago, La casa de la loca y Borinquen Field, Marta Aponte Alsina complica e invierte motivos habituales del gótico, explorando la tensa oposición entre dos conceptos del trasmundo que han coexistido de manera simbiótica en el imaginario de las devociones populares puertorriqueñas: el espíritu y el fantasma. De acuerdo con el espiritismo científico kardeciano, se trata de visiones antagónicas, incompatibles, a fin de cuentas, de lo espectral. A través de su narrativa, Aponte Alsina interroga una contradicción estructural que se ha dado a través de las prácticas cimarronas o para-institucionales del espiritismo cruzado en Borinquen. Aponte interroga cómo la creencia en la transmigración benigna, liberadora y redentora de los espíritus a través de la reencarnación que promovió el reformismo kardeciano durante el siglo XIX puertorriqueño claudica ante la aparición violenta del fantasma como retorno histórico de una visceral exigencia revolucionaria de justicia y reparación anticolonial. Sin embargo, mientras que el efecto afectivo-estético, en el gótico tradicional, es el horror por lo crudo y chocante de la visión espectral, en Aponte se desarrolla una relación con el espectro más matizada y llevadera. Una relación, en fin, hospitalaria: fuente más bien de obligación ética que de morboso terror.


Notas:

* Una versión temprana de este artículo fue leída en la presentación del libro, organizada por Áurea María Sotomayor y Editora Educación Emergente, en la Sala Humanidades Puerto Rico del Cuartel Ballajá en San Juan, en agosto de 2025.

[1] Jacques Derrida: Espectros de Marx, trad. José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, Madrid, Editorial Trotta, 1995, p. 20.

[2] Jon Greenway: Capitalism: A Horror Story: Gothic Marxism and the Dark Side of the Radical Imagination, Londres, Repeater Books, 2024, p. 27.

[3] Matt Foley: Haunting Modernisms. Ghostly Aesthetics, Mourning, and Spectral Resistance Fantasies in Literary Modernism, Palgrave Macmillan, 2017, p. 15. Todas las traducciones son mías.

[4] Ídem, p. 16.

[5] Juan Duchesne Winter, Rubén Ríos Ávila, María Elena Rodríguez, Juan Gelpí, Áurea María Sotomayor e Ivonne Sanavitis: Las tribulaciones de Jonás, San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1992.

[6] Nadia Celis y Juan Pablo Rivera (eds.): Lección errante: Mayra Santos Febres y el Caribe contemporáneo., San Juan, Editorial Isla Negra, 2011. Otro ejemplo reciente notable, también coordinado por Áurea María Sotomayor, es el volumen de ensayos críticos dedicados al arco creativo de Eduardo Lalo: Textualidades de Eduardo Lalo: El nómada enamorado del nomos, Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2020.

[7] Áurea María Sotomayor, ed. El archivo en fragmentos: voces, cartografías y bricolaje en la escritura de Marta Aponte Alsina, Cabo Rojo, Editora Educación Emergente, 2025, p. 13.

[8] Ídem, pp. 90-91.

[9] Áurea María Sotomayor, Lo preso: apalabrarse en la desposesión: derecho, literatura y arte en el Caribe insular, San Juan, Ediciones Laberinto, 2023.

[10] Según Worldcat, sólo un ejemplar de este texto sobrevive en una biblioteca del sistema universitario de Nueva York; se trata pues de un libro fantasma.

[11] Gilles Deleuze, Crítica y clínica, trad. Thomas Kauf, Barcelona, Editorial Anagrama, 1996, p. 14.

[12] Greenway, ibidem, p. 12.

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CÉSAR A. SALGADO
CÉSAR A. SALGADO
César A. Salgado es Profesor Asociado del Departamento de Español y Portugués, y asesor de posgrado del Programa de Literatura Comparada de la Universidad de Texas en Austin. Ha impartido seminarios sobre cultura visual y literaria del Barroco del Nuevo Mundo, estudios comparativos sobre James Joyce, literatura e historiografía del Caribe, el grupo Orígenes en la historia literaria cubana y teoría crítica. Es conocido sobre todo como crítico e historiador literario y cultural en los estudios cubanos, puertorriqueños y latinos. Es autor de From Modernism to Neobaroque: Joyce y Lezama Lima (2001); coeditor de TransLatin Joyce: Global Transmissions in Ibero-American Literature (2014) y de dos obras de referencia publicadas por Gale Cengage: Latino and Latina Writers (2004) y Cuba (2011). Con Juan Pablo Lupi ha editado recientemente una colección de ensayos académicos sobre los legados de los autores del grupo Orígenes: La futuridad del naufragio: Orígenes, estelas y derivas (2019).

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