Asamblea de Cineastas Cubanos, cine cubano, censura
Identidad gráfica de la Asamblea de Cineastas Cubanos (Facebook - Asamblea de Cineastas Cubanos)

A Gustavo Arcos, por los debates de madrugada

Mientras más pronto entiendan los miembros de la Asamblea de Cineastas Cubanos que están solos, más rápido asumirán el pase de página que requiere la situación actual. A un año de creado, como colectivo que se erigió desde la rabia y la denuncia ante la censura, el grupo no ha contado con el apoyo masivo de otros gremios (que acaso ni existan como tales), ni mucho menos de la sociedad civil independiente. Tampoco ha sido reconocido por la burocracia oficial, cuya razón de ser perdería sentido de haberlo hecho.

Si bien las fuerzas más lúcidas de las colectividades civiles cubanas apoyan la estrategia y objetivos del gremio de cineastas (a saber, un modelo de política cultural más democrático, lo que implicaría la democratización de la sociedad e instituciones a los que esa política respondería), la táctica no convence a todos. Entre otras cosas porque, ¿qué quiere la Asamblea?

Como grupo heterogéneo, en una primera etapa sus demandas se parecían bastante a las de aquella meritocracia que floreciera en torno al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), y que no renuncia a sus presuntos derechos. Es obvio que un grupo de creadores que quiere hacer cine bajo condiciones de respeto y garantías legales las exija; pero cuando tales demandas no se cumplen, ¿están esos mismos creadores en disposición de seguir haciendo cine? ¿Aceptan conceder derechos o privilegios a cambio de poder seguir ejerciendo su oficio?

El gremio del cine cubano sabe de sobra que cada vez opera en un ambiente de menos libertades. De lo contrario, el éxodo migratorio que ha vivido en la última década no habría existido, ni tampoco el escenario de la creación independiente se hubiera convertido en campo de batalla permanente con las autoridades. Tampoco el otrora espacio de creación más o menos autónomo del cine dentro de un país sin libertades civiles existe más: desde la década pasada, cuando el Ministerio del Interior cubano empezó a exigir revisar los guiones de las películas, la expresión audiovisual en Cuba es terreno rigurosamente vigilado, con la anuencia de ese otro ministerio dado a la vigilancia, el de Cultura.

El ICAIC, a su vez, ha recibido una tras otra estocadas mortales. Desde que hace más de veinte años Fidel Castro decidiera, a expensas de los subsidios de Hugo Chávez, inyectar recursos a la producción de animación (desde su racionalidad, con fines didácticos y propagandísticos), en lugar de al otrora reino de las imágenes de la Revolución cubana, la singularidad del instituto se acabó. El propio Alfredo Guevara, consciente de ello, protagonizó su acto de fuga con el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, creado durante su mando, bajo el brazo.

Pese a todo, los cineastas exigieron a partir de 2013 la legalización de la producción independiente, la creación del Fondo de Fomento del Cine Cubano y una ley de cine. Obtuvieron dos de tres, tras más de media década de reclamos, choques, conflictos. Pero ambas nacieron como instrumentos susceptibles de ser administrados por la racionalidad del régimen cubano, que dispone qué ideas son funcionales a su narrativa, cuáles deben esperar “tiempos mejores”, y desecha las que son improcedentes.

La Asamblea de Cineastas, hay que reconocerlo, consiguió que el torpe aparato institucional se moviera, al menos en los primeros meses de sus reclamos. Pero, como siempre, el mastodonte se desplazó en la dirección que eligió: convocó a los “confiables”, a los cineastas que siempre fueron bien vistos por su aptitud para la “negociación”. Y como esa iniciativa para limar asperezas tampoco dio los frutos esperados, el Ministerio de Cultura hizo su movida hacia adelante: nombró a un comisario al frente del ICAIC.

Aparte de ignorar con total cinismo a la Asamblea, hasta ahora ese funcionario ha cumplido con creces su papel termidoriano, consumando la inevitable toma por la mediocridad de la otrora institución más singular dentro del aparato de la cultura oficial. Hoy el Fondo de Fomento es una bolsa de recursos destinados a dedo; el presidente del instituto viaja a países vecinos a elogiar leyes de cine que no existen en el suyo; lamenta que la ventaja de Cuba en términos de cultura cinematográfica regional yazga en el pasado; pronuncia discursos donde se dice continuidad de algo que ya no existe; anuncia producciones que confirman que el ICAIC difícilmente hará buenas películas. Luego, entre muestras de cine dominicano y ruso en La Habana, las producciones del cine cubano siguen sin verse en las salas de cine de la Isla. ¿Dije salas? Para las poquísimas que aún funcionan, es casi un milagro que allí se exhiba cine.

La condición especial del ICAIC, que como he tratado de mostrar hasta aquí, ya era extinta, sigue existiendo, no obstante, en la nostalgia de aquella meritocracia que era recibida en oficinas con línea directa al despacho del Comandante en Jefe. Una clase de funcionarios-artistas que, por décadas, como excepción que confirmaba la regla, pudo ejercer la impugnación de rasgos del engendro totalitario sin sufrir por ello flagelación pública, y que, como consecuencia, adquirió la autoconciencia de grupo privilegiado. Una clase que pudo, por ejemplo, filmar el juicio a Heberto Padilla para el disfrute de ese espectador privilegiado que fue Fidel Castro. Una clase que podía apelar a la pertinencia de la metáfora, del “reflejo artístico de la realidad”, para salir indemne. Todo ello, hasta un día.

La desfachatez con que hoy en Cuba el Estado policial se sostiene a base de reprimir las críticas, los tropos e incluso las metáforas incómodas y, sobre todo, la organización por su cuenta de los gobernados, coloca a la Asamblea en una dimensión que va más allá de las demandas del cine. El Estado en Cuba lleva más de cinco años legislando sin pausa para acotar el espacio público. Las normas punitivas alcanzan incluso el ciberespacio, tan abarcadora es la ansiedad de control y la ausencia de legitimidad del aparato de poder. Y el cine, el arte público por excelencia del siglo XX, no iba a quedar fuera de ese confinamiento.

Lo anterior sirve en un sentido paralelo: la crisis del relato del ICAIC como recinto iluminista es tan definitoria que hoy, por ejemplo, cuando el cine de Nicolás Guillén Landrián es alabado en todos los confines, sus obras restauradas y su historia contada como debe ser, ¿es posible seguir hablando de Alfredo Guevara como genio intelectual sin mencionar su costado autoritario, su función de vigilante de la doxa del poder, autor de una política cultural que expulsó a Landrián del ICAIC y favoreció su conversión en perseguido político? Menciono apenas una de las tantas anécdotas que la nostalgia por los tiempos idos prefiere ignorar.

La Asamblea de Cineastas encierra como potencia la superación de esa nostalgia por lo que fue y no volverá a ser, porque su cuerpo ciudadano anticipa la Cuba que podría existir porque se desea. Su constitución misma es un acto de repudio al estado de cosas vigente en la isla, y en los derechos que exige se miran con deseo numerosos cubanos, que quizás ni sepan de su existencia, pero también aspiran a un modelo de convivencia democrática. Por ello, los cineastas pueden al fin despojarse de su incapacidad para imaginar un cine más allá del país realmente existente, una condena que te obliga a pensar desde unas coordenadas estrechas y te impone una sociología.

Y he aquí que existe toda una generación de cineastas para la que el ICAIC y el cine de la Revolución cubana significan casi nada, ni siquiera algo que puede o debe negarse. Porque, fuera de ilustrar el valor del acto ciudadano ante los grandes dilemas humanos, aquellas películas, salvo excepciones, dejaron de ser influyentes. (Ese repertorio, mal que nos duela, retrató un mundo desaparecido, que se fundó más en aspiraciones que en lo palpable). Hablo de una generación que aprendió a hacer cine sin mentores con cargos oficiales; que crea una obra que se financia a través de modelos de producción en los que la negociación entre partes disímiles es decisiva; que circula fuera de la lógica centralizada del Estado o del sistema de una institución; que no se reconoce como la expresión ideológica de una superestructura única. Es imposible que todo lo anterior no derive en una ideología que tiene nada que ver con la del Estado totalitario.

De lo anterior resulta que el paradigma para imaginar un cine más allá de ese país desaparecido existe. Está en el nuevo cine cubano, que no tiene una sede física única, que obedece a la lógica trasnacional, que trabaja con imágenes que proceden del repertorio privado de la imaginación.

Para muestra, un botón: en Camino de lava (Gretel Marín, 2022), documental sobre una joven poeta afrofeminista y lesbiana y su hijo, un niño al que cría con feroz conciencia de su singularidad en una sociedad racista y excluyente con aquellos que no actúan como súbditos del Estado, la protagonista compra una casa a la que bautiza como La Tremenda Poderosa. Es una vieja residencia en ruinas, sin techo, y aunque no sabe cómo obtendrá los recursos para repararla, imagina que en ella su hijo podría tener un futuro diferente. Ese niño, que ella capacita para ser un ciudadano dueño absoluto de su soberanía, es ya un sujeto inédito en potencia.

En la Cuba de hoy, ese individuo sin una territorialidad donde desplegar su potencia plena ya existe para el cine cubano, como existe el cine que habitará la casa en ruinas que es el país, un tipo de arte que hablará a los cubanos de mañana sobre disímiles cuestiones más allá de la agenda del Estado. Se trata de un cine que es capaz de imaginar algo que supere el momento actual, que puede formular un lenguaje para hablar del país que todavía no existe, pero para el que ya están los ciudadanos.

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1 comentario

  1. La gran “falla” de la Asamblea..es precisamente verse a sí misma como una “oposición leal” al sistema establecido llámese ICAIC (o su “techo”) Y ese “detalle” quiere decir que es muy posible que haya sido “infiltrada” desde el inicio..Es el juego de los paños tibios por un lado y el desgaste en el tiempo como apuesta desde el poder.Los han dejado “ser y reunirse” porque son “controlables”..Y entre declaraciones retóricas y críticas en saco roto los irán reduciendo a la nada.

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